El tintineo de las copas de cristal de baccarat marcó el compás de una cena que parecía suspendida en el tiempo.
Entre bocado y bocado de aquel besugo perfectamente preparado, Virginia desgranaba los secretos de la dinastía XVIII de Egipto con una pasión que me hacía olvidar que, apenas una hora antes, yo no era más que un abogado español dormitando en un chester verde.
—Hay algo en la inmortalidad del arte que me consuela —dijo ella, dejando la servilleta de hilo sobre el regazo—. Los casos que llevas tú, Luis, son efímeros, dolorosos. Lo mío es buscar la belleza en lo que ya no puede sufrir.
La miré fascinado. La luz de las velas del restaurante del RAC se reflejaba en sus ojos celestes, dándoles un matiz casi eléctrico. Me di cuenta de que su altura no solo le confería una elegancia natural, sino una presencia que llenaba el espacio.
Al terminar el vino, la atmósfera se había vuelto tan íntima que el bullicio contenido de las otras mesas era solo un ruido lejano.
—¿Te apetece un último vistazo a la terraza antes de que el frío nos eche de aquí? —le propuse. Subimos de nuevo, pero esta vez evitamos la biblioteca. Nos detuvimos en un rellano donde los ecos de la historia del club parecían susurrar desde los retratos.
Al salir al pequeño balcón, el aire gélido de Londres nos golpeó el rostro, un contraste violento pero necesario tras el sopor del champán y la calefacción. Londres brillaba bajo nosotros con ese aspecto grisáceo y noble de Saint James.
—Mañana vuelvo al museo —dijo ella, rompiendo el silencio—. A veces siento que paso más tiempo con los muertos que con los vivos. Gracias por recordarme que una cena improvisada puede ser mejor que cualquier jeroglífico.
—Virginia —le dije, acortando la distancia de metro y medio que nos separaba en la biblioteca—, en mi trabajo veo lo peor y lo mejor del ser humano. Hoy, en este club, creo que he visto lo mejor. No dejes que los faraones te roben todo el tiempo.
Ella soltó una carcajada cristalina que pareció flotar sobre Pall Mall. Se acercó y con toda naturalidad me dio dos besos en las mejillas. Su piel olía a una mezcla de sándalo y al papel antiguo de los periódicos que tanto le gustaba leer.
—¿Sabes, Luis? Los arqueólogos no solo excavamos tierra. También excavamos momentos.
Sacó una pequeña tarjeta de visita de su bolso negro. En ella, escrito a mano con una caligrafía inglesa impecable, figuraba un número de teléfono y una dirección cerca de Russell Square.
—Si alguna vez te cansas de los pleitos y quieres ver la piedra Rosetta sin hacer cola, llámame. Pero no te duermas en la biblioteca la próxima vez, podrías perderte algo importante.
La vi alejarse por el pasillo enmoquetado, su silueta esbelta recortada contra la madera oscura del club. Se movía con la seguridad de quien conoce los pasadizos del tiempo. Me quedé allí unos minutos, apoyado en la barandilla, sintiendo el frío de noviembre en mis manos.
Bajé a la recepción para recoger mi abrigo. El conserje, con su uniforme impecable, me saludó con una inclinación de cabeza.
—¿Ha disfrutado de la velada, señor?
—Mucho más de lo que esperaba, gracias.
Salí a la calle y caminé hacia Piccadilly. El frío de seis grados ya no me importaba. Metí la mano en el bolsillo y acaricié la tarjeta de Virginia.
Mi año sabático en Londres, que hasta esa tarde consistía en observar la vida desde la barrera de mi libreta, acababa de dar un giro inesperado.
Al llegar a mi apartamento, abrí la libreta de hojas blancas por la página donde había intentado escribir antes de conocerla.
Solo había una frase garabateada justo antes de que se me cayera el móvil al suelo: "El destino suele despertarte con voz de mujer". Sonreí.
No sabía si aquella historia terminaría en una amistad duradera o simplemente en un relato para el periódico, pero aquella noche, bajo el cielo de Londres, sentí que las leyes de la probabilidad se habían rendido ante la magia de una biblioteca.