Javier Navarro. Sevilla
Cuenta Eva Díaz Pérez en su reciente biografía sobre Sevilla que el departamento de Cristalografía, Mineralogía y Química Agrícola de la Universidad de Sevilla ha analizado concienzudamente el albero que se asienta en la Feria de Abril.
El resultado no es un hallazgo como tal, sino que confirma la hipótesis inicial: en su mayoría se trata de arena de origen marino, conocida como calcarenita. El polvo que se levanta y asienta a diario en el Real —mientras los sevillanos hacen lo mismo: posar y despegar el cuerpo de la cama para completar el jornal más satisfactorio del año— está compuesto por restos fósiles que datan de cuando la ciudad estaba parcialmente sumergida en un estuario.
El agua llegaba desde la barrera de arena de Cádiz hasta esa Venecia del sur que era la Spal fenicia, y luego la Hispalis romana. Los moluscos recorrían entonces las orillas del Lacus Ligustinus con la inconsciencia de que serían, siglos después, la materia sustentadora de un prodigio festivo.
Cuando en pocos días se bailen sevillanas y el albero conquiste los suelos de las casetas, cuando se consuman toneladas de manzanilla y el zotal intente mitigar la bacanal de estiércol, el cementerio de conchas reposará ahí abajo, en silencio.
La evocación de la escritora me llevó a pensar en qué sustentarán nuestros huesos cuando el corazón se nos pare, en qué se convertirán los restos del magnolio de la Catedral, las esporas de pan de oro que Ruiz Gijón puso en las andas del Gran Poder, las astillas de las sillas de Quidiello o los sarmientos de los que brota la manzanilla.
Todo eso se transformará en un amasijo amorfo que no sabemos qué color tendrá, pero que con un poco de suerte sustentará otras fiestas, otras historias, a otros futuros habitantes del desierto al que apunta convertirse el bajo Guadalquivir.
«Todo es cuestión de escala» es una de las primeras cosas que se aprende en el oficio de la arquitectura, y al poco se le añade «y también de tiempo». Con esos dos materiales, los segundos del reloj y las partículas sólidas, se construyen tanto edificios como vidas se engendran: por eso en el albero se aloja un lago entero, pero también microscópicos camarones que vivieron hace siglos.
Con el vértigo de sabernos insignificantes, no queda otra que disfrutar del paso de los minutos y de la renovación de la primavera, sabiendo que los seres queridos que este año no nos acompañan, en cierta forma, siguen aquí: el aire que respiraron en sus primaveras felices es el mismo que exhalamos hoy nosotros, después de haber subido y bajado varias veces a lo alto de la atmósfera, haberle dado otras tantas vueltas el globo y haberse comprimido, condensado y unido con el agua en forma de vapor.
Como de las algas marinas fenicias, Sevilla está compuesta de los que nos dejaron, y en la futura ciudad reposaremos nosotros. Pero el aire seguirá siendo el mismo, que volverá a su ciudad predilecta para pasar por los pulmones de la venidera estirpe sevillana.
La imagen de los cristales microscópicos del albero citado por Díaz Pérez se parece mucho a una fiesta de colores y piedras preciosas. Qué gran misterio este del mundo: antiguos cadáveres marinos convertidos en joyas deslumbrantes. Si ampliásemos las lentes enfocándolas en la piel de madera policromada de algún Cristo o alguna Virgen veríamos también un tejido de múltiples colores.
En las fotos de detalle que pueblan los talleres de restauración se reconocen cuadros del puntillismo francés, lienzos troceados por Alberto Burri, composiciones abstractas de Rothko y tesoros relucientes como los del Orinoco.
Concentrada en los carrillos de la Virgen del Dulce Nombre —de eso estoy seguro— reposa una escena florida de Cézanne, con pequeñísimas pinceladas de rosa, verde y azul; y también un paisaje vahído de Monet en la frente de la de las Aguas del Museo; y un desierto rojo y marrón en la vieja mejilla del Señor de Sevilla. Un cuadro de Orsay o el desierto de Atacama condensados en la tez de una imagen, así es la magia de la escala, del tiempo y de la materia.
Cuando mañana veamos al Cristo de la Corona cruzar el umbral de su parroquia, estaremos viendo a la vez el antiguo lago fenicio y los tonos rosáceos de las señoritas de Aviñón: allí reposan las mismas partículas de pigmentos que un día usó el pintor para desbaratar los dictados de las academias de Bellas Artes, y que mucho antes el imaginero eligió para darle un aspecto humano a la talla del Sagrario.
Crucemos Sevilla estos días en silencio, como los moluscos de la Feria, con la certeza de estar pisando el polvo que toda Sevilla, desde su primer morador al último que la habite —justo antes de que desaparezca—, aportaremos para que se obre este milagro tan extraño.