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Cuenta Pepe Pérez Muelas en su último libro —un estimulante viaje en bici por Italia, en realidad una bajada al abismo del pensamiento— que Petrarca sube el Viernes Santo de 1336 al Mont Ventoux junto a su hermano Gherardo. No lo hace como peregrinación ni promesa, sino por el mero placer estético de hacerlo. Gracias a esa proeza mundana me acuerdo de una cita de Nietzsche —ese clásico habitante de tanto texto pretencioso, acaso como este mismo— que dice: “Las personas activas ruedan como rueda la piedra: con la necedad del mecanismo”.
Con el mecanismo de los días también se escriben estas palabras y estas columnas semanales en El Español, siguiendo al Petrarca alpinista que subía la montaña sin saber por qué, aunque en la rutina de hoy cambie el placer del poeta por el amargor del filósofo. El tiempo ha demostrado que Nietzsche acertó en muchas cosas; así se sienten muchas almas, rodando en sentido contrario, hacia abajo, sin entender la razón del paso de los días, del deterioro de las caras proyectadas frente al espejo, sin saber hacia dónde conduce el camino, aunque sí dónde acaba: en un negro intenso y eterno.
De eso va el último libro de Juan Tallón —uno también compra libros por el necio hecho de hacerlo—: de cómo una pareja se deja revolcar por el centrifugado de la vida contemporánea en la capital. Reuniones, presiones, nervios y ansias conviviendo con las obligaciones de cuidar a un hijo y mantener a flote la economía familiar. En ese equilibrio, la estabilidad mental queda cogida con pinzas hasta que todo explota. La vida como un Mont Ventoux nada idílico: un tren del horror lleno de trampas, con muertos de verdad y telarañas irrompibles.
Tal vez la única salvación al sinsentido de dejarse arrastrar por esa ola sea hacer el trayecto acompañado: con lo que sea, con un amuleto, con un amor o con un hermano, con una postal, con una canción. Hace años vi en el metro de Buenos Aires a un desconocido sacar su móvil, abrir la aplicación de la Cadena SER y filtrar el apartado geográfico hasta dar con Radio Sevilla. Pensé entonces que su única compañía debía de ser la ciudad que nos había visto nacer a los dos, y que su Gherardo Petrarca particular eran los recuerdos que de ella conservaba aunque estuviese a 9.655 kilómetros. También sería probable que una familia le esperase en alguna casa de Belgrano, de la Recoleta, acaso de Quilmes o Lanús, pero aquel hilo invisible que le unía a Sevilla parecía entonces su única razón de ser, el argumento central para resistir al paso de los días sin desfallecer. Aquel exiliado hacía de Sevilla su ancla, pero era inútil: allí seguía, rodando montaña abajo, escuchando en el “subte” que la estimación de voto apuntaba a Juan Ignacio Zoido como nuevo alcalde, punto final del prolijo reinado de Monteseirín. La voz del locutor, las retenciones en el nudo de la Gota de Leche o la última huelga de TUSSAM conseguían aligerar los kilos de la enorme piedra de Sísifo: la cuña que impedía ser aplastado por esos días que, lejos de Sevilla, ya no eran azules, sino grises, plomizos.
Arrastrando los pies colina abajo, bien pegados al suelo para que la vida no se le despegase de las suelas, imagino a aquel hombre tomando algunos días en secreto la línea roja desde Carlos Gardel hasta 9 de Julio, y cambiándose a la verde para bajarse en Catedral, con la esperanza remota de que algún fallo del espacio-tiempo lo llevase frente a los pies de una Giralda que tanto perfilaba en sus noches de radio a la carta; otros días el trayecto saldría de la estación de Facultad de Derecho (línea amarilla), en un Viapol lejano, hasta bajarse en la Florida (línea roja), a pocos pasos de una puerta Carmona que no se parecía en nada a la que él recordaba.
El hombre del “subte” encontraba pasadizos hacia Sevilla que le daban sentido a los 365 infiernos de la rueda: entre el humo, el cansancio y el recuerdo, aparecía una razón por la que seguir rodando. Por el mero hecho estético de seguir viviendo, aunque fuese cuesta abajo.