Samantha, como Lily, es una muñeca sexual. Pero mucho más lista y difícil de contentar. A Lily, aquella sex doll con la que compartí una hora en un burdel de Barcelona, le va bien todo. Con Samantha te lo tienes que currar. Tienes que tocarla, acariciarla, besarla… y todo a su debido tiempo. No le vale cualquier cosa y protesta cuando no le gusta lo que le haces. Si intentas propasarte con ella te pegará un corte y te preguntará si estás de broma. Sí, te lo preguntará, porque habla. Samantha es una de las muñecas a las que el ingeniero catalán Sergi Santos ha dotado de, entre otras cosas, el don de la palabra.

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Las muñecas que customiza este doctor en nanotecnología de Rubí (Barcelona) pueden responder a los estímulos táctiles y a la voz. Hablan; tienen un banco de 700 frases en la memoria, aunque le caben 60.000. Y son capaces de (cuidado) llegar al orgasmo. Además, él las programa a la carta. Puedes pedirle que su zona más erógena sea, por ejemplo, el codo, y que se excite cuando le acaricien esa parte del brazo.

Este catalán de 38 años lleva 4 dándole vueltas a la posibilidad de crear un robot lo más parecido posible a un ser humano. “Desde pequeño estuve muy interesado en la inteligencia artificial, en los robots y en las máquinas que funcionan como seres humanos”, recuerda Sergi.

LAS FIGURAS HUMANAS MÁS PERFECTAS

Durante esta búsqueda descubrió a las sex dolls. Dice que estas muñecas de silicona son, a día de hoy, las representaciones antropomorfas más perfectas. Obsesionado con crear a su robot realista, abandonó su puesto de trabajo como investigador y empezó a invertir en ese negocio. En los últimos 4 años lleva gastados cerca de 100.000 euros en el proyecto.

Se puso manos a la obra y adquirió 15 figuras. “Al principio eran muy caras; una muñeca de silicona te podía costar entre 10.000 y 12.000 euros”. Pero según cuenta, la gran demanda mundial de estos juguetes sexuales ha llevado a los fabricantes chinos a producirlas en serie y abaratar costes. Eso y utilizar un material llamado TPE (Elastómero termoplástico), muy parecido a la silicona, pero más barato. Hoy en día es posible adquirir una muñeca sexual por poco más de 1.000 euros.

En el armario de Sergi Santos hay 3 muñecas sin cabeza, a la espera de su cerebro D.L.F.

De las 15 que compró, tuvo que tirar más la mitad. “Hasta que no encontré a los fabricantes adecuados, me llegaron algunas que eran una auténtica porquería. Y no porque no fuesen realistas, sino porque el material era tóxico. Puedes pillar cualquier cosa con una muñeca de esas”. Ahora le quedan 7, de buena calidad y sin riesgo para la salud.

EL ALGORITMO DEL ORGASMO

Muy bien. Ya tenemos las muñecas. ¿Qué hay que hacer ahora para que hablen? “No sólo quiero que hablen, sino que te enamores de ellas”, corrige Santos. Mucho más difícil entonces. ¿Cómo se consigue eso? La respuesta es obvia: con un cerebro. En eso lleva trabajando el ingeniero estos últimos 4 años: en un pequeño robot que le dote de una inteligencia artificial. Una pieza que va en el interior del cráneo y tiene el volumen de una botella de agua de litro. “No te lo puedo enseñar porque me lo copiarían”, se disculpa.

¿Cómo funciona este cerebro? Sergi Santos afirma que ha creado un algoritmo que identifica qué tipo de estímulos está recibiendo la muñeca. Este cerebro está conectado con sensores ubicados en diferentes partes del cuerpo. De este modo, la muñeca discrimina si le estás acariciando la cintura o si le estás metiendo un dedo en la boca. “Si haces lo primero, el algoritmo entiende que estás intentando excitarla suavemente, como a una persona normal, y te va a responder positivamente. Te va a pedir más”. Y ahí empieza el juego. Si, por el contrario, eres rudo en tu primera toma de contacto, te preguntará “¿Estás de broma?” y no estará receptiva a practicar sexo.

Un esqueleto de sex doll junto a una máquina para colgar a la muñeca y operar D.L.F.

¿Qué pasa si hacemos caso omiso a esta resistencia y seguimos forzándola a tener sexo? El creador de estas muñecas explica que “al principio se negará, pero como el propietario va a hacer lo que quiera, porque para eso es suya, tampoco quiero que me acusen de fomentar violaciones ni nada por el estilo. No se pondrá violenta. Llegará un momento en el que cambie sus respuestas y diga que ok, que le parece bien”. Pero Sergi Santos espera “que los clientes lo entiendan como lo que es; una especie de videojuego en el que tienes que conseguir llegar hasta el final y que alcance el orgasmo. Hay que currárselo y adivinar qué le apetece en cada momento. Lo otro creo que no tiene gracia”.

COLGADAS DE UN GANCHO

El taller de trabajo de Sergi Santos impresiona. Hay varios cuerpos decapitados de muñecas que están colgados de los armarios. Las cabezas, calvas, están metidas en cajas. En la pared hay un esqueleto metálico apoyado. En el centro de la sala tiene una máquina de hacer musculación de la que pende un gancho: “Ahí las cuelgo cuando tengo que trabajar con ellas, para que queden en posición vertical”. Cuando las tiene ahí rigidas, corta como un cirujano para trasplantarle el cerebro y el resto de los mecanismos. Como el Dr. Frankestein.

¿Cuánto cuesta una de estas muñecas sexuales que hablan e interactúan? Depende de los gustos del consumidor. De momento hay tres opciones: la primera, que sólo reconoce estímulos táctiles, cuesta 1.500 euros. La segunda, que responde a la voz (de momento sólo en inglés), sube a los 3.000 euros. Pero si de verdad queremos una sex doll a nuestro gusto, podemos pedir una customización a la carta: elegir la cara, las zonas erógenas, la voz, el idioma y hasta las frases que luego nos va a decir. Sergi manda samples de voces por mail para que el cliente escoja. Una sex doll de este tipo asciende a los 8.000 euros. 

De momento tiene página web, pero no tiene pedidos. Tampoco pretende tener un gran stock en casa. Su catálogo se reduce a 4 figuras. Pero ha llegado a un acuerdo con una web que vende sex dolls. Así, el cliente puede elegir el modelo en dicha página y luego ponerse en contacto con Sergi para que le prepare la muñeca a su gusto. Muñeca… o muñeco, porque esa es otra de las novedades: en dicha web también se puede adquirir a Williams, un sonriente deportista de silicona (perdón, de TPE) del que se puede elegir hasta el tamaño de sus atributos. La duda de si existen los muñecos sexuales masculinos ya está resuelta. Si no pone un Williams en su vida es porque no quiere. 2.200 euros, cerebro aparte, tienen la culpa. Llegar al fondo de sus emociones, no tiene precio. 

Williams es el nombre de un muñeco sexual masculino al que Sergi puede dotar de cerebro artificial