“Me quieren echar de aquí como a un perro, pero no lo voy a consentir. Este no es sólo mi trabajo. Vivo aquí. Este club es mi casa. Y por eso me he atrincherado en mi habitación”.

Lo cuenta Evelyn Rochel desde la habitación 113 del club de alterne Flowers, situado en Las Rozas (Madrid). Evelyn es una colombiana de 41 años que lleva 15 ejerciendo la prostitución en España, casi siempre para los mismos jefes. Un par de conflictos acaecidos en los últimos meses han llevado a la dirección del club a despedirla. Sin finiquito, sin indemnización, sin haber cotizado y sin derecho a paro. 

DESPIDO Y DESAHUCIO

Evelyn, como la mayoría de las chicas que trabajan en el Flowers, vive allí, por lo que el despido tiene carácter de desahucio. Irse del club le supondría no tener ni un techo donde dormir. Con lo que no contaba nadie era con que Evelyn iniciase su particular rebelión y se hiciese fuerte dentro de su cuarto. Allí dentro lleva metida una semana.

Ella usa la palabra “atrincherarse” y es casi literal. En el suelo hay maletas, bolsos, bolsas, ropa y todo tipo de enseres personales. Todas sus pertenencias están desparramadas por la habitación, a la espera de que un juez determine qué hacer en este caso. Porque cuando le comunicaron su despido y le dijeron que tenía hasta las 6 de la tarde para abandonar el Flowers, Evelyn fue al juzgado y lo denunció. Ese es, cree Evelyn, el motivo por el que sus jefes no han cumplido aún sus amenazas de echarla del edificio.

LA PRIMERA REBELIÓN: EL ORIGEN

Las causas del desencuentro definitivo entre Evelyn y los propietarios del burdel se remontan a finales del año pasado. Evelyn cuenta que “nos endurecieron las condiciones laborales. Antes eran más flexibles, pero en noviembre todo cambió. Nos querían obligar a estar en la barra de 5 de la tarde a 5 de la mañana, sin descanso. Nos impedían comer o cenar a la hora que nosotros tuviésemos hambre”, explica mostrando un ticket azul en el que le especifican a qué hora puede ir al comedor. “Nos obligan a nosotras a limpiar la habitación después de estar con los clientes, porque ahora el servicio de limpieza no viene tan a menudo. Nos cargan con la responsabilidad de cobrarle al cliente 5 euros extra más por cada media hora de uso de la habitación. Y si nos olvidamos, lo tenemos que pagar nosotras. ¡Ah! Y el protocolo con el cliente. Cada vez más severo. Siempre sonrientes y siempre dispuestas para ellos. Tenemos que acercarnos, ser amables con ellos y tenerlos contentos. Son órdenes”, enumera.

Evelyn vive en el club Flowers de Las Rozas

Ese cúmulo de nuevas obligaciones unilaterales la llevó a empezar la primera rebelión en el burdel. Quiso sentarse con su jefe para negociar, pero la encargada le negó esa cita. Entonces reunió al mas de medio centenar de prostitutas que trabajan en el Flowers. Las espoleó para amenazar con una huelga y lideró las protestas. “Todas me apoyaron. Cuando el jefe se dio cuenta de lo que se le podía venir encima, aceptó hablar con nosotras”. Al parecer, el propietario desistió en aquel momento de incorporar aquellas normas, aunque a Evelyn le consta que con algunas chicas nuevas sí que las está aplicando. Sea como fuere, Evelyn ganó aquella batalla, pero pasó a estar en el punto de mira. “Me convertí en una persona incómoda para ellos”, recuerda ahora. 

EL SEGUNDO Y DEFINITIVO EPISODIO

El segundo episodio tuvo lugar el viernes pasado. “Yo estaba en la barra con un hombre que me prometió que iba a subir conmigo. Estuvo una hora sobándome y magreándome mientras hablábamos. Cuando se cansó de meterme mano, me dijo que se largaba y me tiró un billete de 10 euros como propina”. Cuenta Evelyn que ese tipo de comportamientos es habitual en los prostíbulos, "pero a mí ese día me pilló cruzada y le insulté. Le dije que yo no funciono con propinas, y que si él me había prometido que íbamos a subir juntos y ahora no lo cumplía, él no era un hombre sino un mierda”.

Ambos se enzarzaron en una fuerte discusión, a la que acudió el encargado del burdel. “Le preguntó a él qué había pasado. Yo quise dar mi versión pero me mandó a callar diciendo que la única versión que le importaba era la del cliente”, cuenta con rabia.

La resolución de aquel conflicto tuvo lugar al día siguiente. “A las dos de la tarde me citó el propietario para comunicarme, de muy mala maneras, que me echaba a la calle. Además, como quería que aquello fuese ejemplarizante, llamó a una persona de cada departamento para que estuvieran presentes: a una de las chicas, una de las limpiadoras, uno de seguridad… Y allí mismo, con todo su público, me dijo que tenía hasta las seis de la tarde para abandonar el edificio. Fue muy humillante”, explica.

DENUNCIA EN EL JUZGADO

Visto el carácter definitivo de la medida, Evelyn decidió no acatar la decisión. Se fue al juzgado e interpuso una denuncia por estar sometida a condiciones de esclavitud. Luego volvió a su habitación y comunicó que no pensaba marcharse de allí.

“Lo que hicieron fue, entre otras cosas, anular mi acceso a la máquina de pagar”. Evelyn se refiere al ticket que tiene que adquirir cada día, por 90 euros, en concepto de alquiler de la habitación. Evelyn corrige ese extremo: “Eso es lo que dicen ellos, que es por la habitación. Pero en realidad yo pago 90 euros al día por trabajar. Si fuese por la habitación, a mi me tratarían como a un huésped. Pero no es así. A mí me obligan a bajar a trabajar 12 horas seguidas y me prohíben que vaya a cenar cuando tengo hambre. Si quiero toallas limpias, las tengo que pagar. Si quiero sábanas limpias, lo mismo”. 

Anulando su método de pago, los propietarios del burdel podrían echarla por no abonar su estancia. Evelyn se fue a ver al propietario y le dejó los 90 euros en metálico enicma de la mesa, pero él no le quiso coger el dinero. Mantuvieron una tensa reunión y Evelyn acabó llamando a la policía para ponerlos en conocimiento de la situación. “Vinieron y hablaron con él; a mí los agentes me dijeron que no valía la pena denunciarle porque iba a quedar en nada”.

Evelyn muestra los incómodos zapatos de tacón que le obligan a llevar 12 horas

Desde entonces, ha decidido no salir de la habitación 113, que no tendrá más de 15 metros cuadrados. Tiene un baño compartido con otra compañera y un pequeño balcón con unas ‘preciosas’ vistas a la autovía. Tiene miedo a salir por si al volver no la dejan entrar, le han cerrado la puerta o le han cambiado la cerradura. Cuenta que los primeros días eran sus compañeras las que le subían alimentos a escondidas, pero que después le comunicaron desde la dirección del Flowers que le iban a permitir bajar al comedor. Dice que tiene el apoyo moral de sus compañeras, que están bastante nerviosas con todo este asunto. Tiene el apoyo moral pero, en contra a lo que sucedió con la rebelión que ella misma lideró en noviembre, en esto está prácticamente sola.

LA PROSCRITA DEL BURDEL

Llegar a la habitación de la proscrita de un burdel no es tarea fácil. Me cito con ella a las 7 de la tarde en el interior club. Como ella no puede bajar hasta la sala a recibirme, urde un plan para que nos veamos: yo tengo que hacerme pasar por un cliente y esperar en la barra. Una compañera suya me identificará y ambos subiremos a la habitación. Pero cuando lleguemos a la primera planta, yo me meteré en la 113 a hacer la entrevista. Evelyn sólo me dice el nombre y el color de pelo de la chica que vendrá a buscarme.

A las 7 de la tarde de un día laboral ya contabilizó a más de una veintena de hombres en la pequeña discoteca que es la planta baja del Flowers; una oscura sala con luces de muchos colores, una gran barra central y el volumen de la música muy alto. Pago 11 euros por una cerveza y me pongo a mirar el pelo de todas las mujeres del lugar. Un pequeño contacto visual (o a veces ni eso) provoca que la chica se acerque sonriente, empiece a hablar conmigo y se ponga a tocarle la espalda. Efectivamente, el protocolo del que me habló Evelyn se cumple a rajatabla.

En el ticket muestra el horario que tiene asignado para cenar. Fuera de esas horas, no puede entrar al comedor.

En 5 minutos rechazo educadamente la compañía de una chica búlgara, una brasileña y otra colombiana. Allí no viene nadie a recogerme. Suena el teléfono y Evelyn me cuenta que su amiga no va a bajar porque está con un cliente. Me toca ir solo. Aunque en este tipo de locales no es normal que un cliente suba a las habitaciones sin compañía, ella me da instrucciones para llegar al ascensor por mi cuenta y me dice que me estará esperando en la primera planta, que no hable a nadie ni mire a nadie por el camino. 

Finjo hablar por teléfono y me meto en el ascensor. A la salida me espera una chica rubia en ropa interior que me pregunta dónde voy tan solo. No parece colombiana. Es rubia y tiene acento del este de Europa. A tres metros, otra mujer muy morena me hace señales desde la puerta de la 113. Esa es Evelyn.

"PAREZCO UN REFUGIADO"

Entro en la habitación y miro todas sus pertenencias tiradas por el suelo. Sonríe con amargura. “Parezco un refugiado, ¿verdad? Estas son todas mis cosas. Soy como las tortugas, voy con la casa a cuestas”. Me lo dice en voz muy bajita, porque ahora que ella no está autorizada a trabajar allí, no colaría que estuviese con un cliente.

Hablamos en susurros durante dos horas, en las que me cuenta que se vino de Barranquilla (Colombia) al País Vaco hace 18 años, por amor. Que la relación no salió bien y decidió buscarse la vida. Por un cúmulo de circunstancias, acabó dedicándose a la prostitución. “Encontré un libro que se llamaba ‘Guía secreta de España’ en la que salían casi todos los puticlubs del país. Como yo en España ya no tenía a nadie, me daba igual dónde ir. Cerré los ojos y puse el dedo al azar en una página. Me tocó Empuriabrava (Girona). Allí me fui a un club en el que tenía que darle el 40% de lo que cobraba a mis jefes”.

Todas las pertenencias de Evelyn están apiladas en el suelo de su habitación.

De allí fue a parar al mítico Riviera de Castelldefels, el que fue el prostíbulo más grande de Cataluña y propiedad de los dueños del Flowers. Para ellos ha estado trabajando los últimos 15 años. “Yo estuve en la última redada del Riviera, que la policía nos marcaba a las chicas con rotulador para controlarnos, como los nazis a los judíos”, recuerda. Pasó por otro burdel de los mismos propietarios antes de llegar al Flowers, y aquí ha estado trabajando (y viviendo) los últimos dos años y medio de su vida. “Sábados, domingos, Navidad, fin de año… No es justo que ahora me echen por quejarme de una vejación. Y menos así, como un perro”.

SIN PARO NI COTIZACIÓN

Evelyn sabe que esta situación tiene que llegar a su fin, pero no piensa moverse de la 113 hasta que el juez se pronuncie. “Dirá que no es competencia suya, porque lo presenté en un juzgado penal. Pero así al menos hago tiempo”, explica. También reconoce que no tiene objetivos a corto ni a medio plazo. “¿Dónde voy yo? Esto es mi casa. Y oficialmente no he trabajado. No tengo paro ni años cotizados. Como mi trabajo no existe, yo no existo”, lamenta, recordando que “lo que sí me toca es pagar. Yo ejerzo porque estoy dada de alta en autónomos como vendedora. Mentimos por nuestros jefes. Y aquí ahora no me cobran la habitación, pero hasta ahora he estado pagando 2.700 euros al mes por poder trabajar. Les he pagado, según mis cuentas, 109.200 euros en los últimos 4 años y medio y habrán ganado como un millón y medio de euros conmigo desde que trabajo para ellos. Pero el jefe el otro día aún tuvo la cara dura de decirme que lo que estaba haciendo no era ético”.

Lo que sí que tiene claro es que no hay posibilidad de solucionar el conflicto entre ella y su jefe. “Aquí me han humillado y me han tratado como a un animal. Yo no vuelvo a trabajar para él”, asegura. Se enfurece cuando recuerda que “por culpa de mi trabajo estuve a punto de morir en mayo. Como tenemos que lavarnos las partes íntimas muy a menudo, la flora se debilita. Me cogió un dolor intensísimo al vientre que era insoportable. No fueron ni para llamar a una ambulancia. Me montaron en el coche del chico de mantenimiento y me soltaron en el centro de salud, como a un bulto. El médico que me atendió me diagnosticó una peritonitis y me mandó al hospital Puerta del Hierro. Casi me muero. Y así me tratan ahora”.

Evelyn lleva dos años y medio residiendo en el Club Flowers

La pregunta que le suelen hacer a Evelyn es: "¿Por qué no te fuiste?". Y ella siempre responde lo mismo: "Porque no hay adonde ir. En todos los clubes ponen las mismas condiciones". Cree que este tipo de problemas vienen “por la situación en la que estamos las prostitutas en España. Recuerdo que en la última redada vino gente de una ONG que ayuda a las chicas. Me dijeron que me buscase un trabajo digno. Mire, mi trabajo ya es digno aunque a usted le moleste. Yo lo único que quiero son los derechos que tiene cualquier persona. Y esto sólo lo consigue la ley. Así no podemos estar. Que sigan con la hipocresía y prohíban la prostitución. O que se conciencien y la regularicen con todas las de la ley. Pero tal y como estamos ahora no podemos seguir. Porque no existimos. No somos personas”. 

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