Corría el año 1977 y al buzón de la revista Kantil que se editaba en San Sebastián comenzaron a llegar unos extraños mensajes. “Eran notas ingeniosas y humorísticas que rezumaban atrevimiento”, describe Félix Maraña, que en ese momento se encargaba de la correspondencia. Algunas iban acompañadas de dibujos e incluso tenían un tono amenazante. El personaje detrás de ellas se ganó el sobrenombre de ‘El diablo’. No en vano, el anónimo había nacido en el barrio de Ibaeta, cerca de un lugar conocido como “El Infierno”.

Su intención, a través de aquellas notas, no era otra que la de presentarse. Era un joven llamado Fernando Aramburu (San Sebastián, 4 de enero de 1959) en pleno despertar literario.

Han pasado 44 años desde que aquel adolscente tímido y discreto, pero “tremendamente creativo”, según describen algunos de sus conocidos a EL ESPAÑOL, dejaba sus mensajes en el buzón de Kantil. Hoy, Aramburu es el escritor vasco más leído de todos los tiempos y uno de los españoles que más cotizan en el mercado literario internacional. Su obra maestra, ‘Patria’, publicada en 2016, ha vendido más de 1,2 millones de ejemplares, ha sido traducida a 34 idiomas y adaptada a televisión por HBO.

Iván Giménez

Hace tres meses, Aramburu publicó ‘Los Vencejos’, su última novela. Si bien no ha sido tan halagada por la crítica como ‘Patria’, Aramburu es un hombre que ya vive instalado en el éxito y su libro será uno de los regalos estrella el día de Reyes. Un éxito que es fruto de un esfuerzo persistente y de una actitud estoica inalterable de la que apenas se atisbaba nada cuando tenía 16 años.

Entonces, Aramburu supo que quería ser escritor. Pero no tuvo una inspiración repentina o un autor que le abriese los ojos al universo literario, ni experimentó ningún evento extraordinario. “Fue la evolución natural de una enorme inteligencia creadora que estaba en él. Un hambre de conocimiento y una mirada sobre el mundo que encontraron su forma de expresarse a través de la escritura”, relata Maraña en conversación con este periódico, sobre aquellos primeros años, en los que coincidió con el autor.

Porque Aramburu no se crió entre libros: nació en el seno de una familia humilde, hijo de Fernando Aramburu Goicoechea, conocido como ‘Piolis’, y de Mari Irigoyen. Su padre era obrero en una fábrica de artes gráficas y su madre, ama de casa. Vivían en un pequeño piso de un bloque de viviendas en el paseo de Orixe del barrio de Ibaeta de la capital guipuzcoana, con Rosa María, la otra hija del matrimonio.

“En su casa no había libros, pero sí mucho cariño”, recuerda, por su parte, el también escritor Francisco Javier Irazoki, amigo de Aramburu desde hace 43 años y quien, con el tiempo, se convirtió en una especie de ‘alter ego’. “Su padre se dedicaba a un trabajo manual pero tenía un gran ingenio y sentido del humor, algo que Fernando heredó”, continúa Irazoki. “El padre le sacaba punta a todo”. Maraña, por su parte, habla así de Mari, su madre: “Era una mujer muy discreta, cariñosa y con una notable inteligencia natural”.

Fuera de casa, Aramburu pasaba las horas en las aulas del desaparecido colegio de Santa Rita, regentado por los padres Agustinos. “Como alumno, era algo parecido al paradigma del mal ejemplo. Tanto fue así que el director decidió recuperarlo sentándolo en primera fila, junto a mí, en el mismo pupitre”, recuerda otro escritor, Álvaro Bermejo, a este periódico. Él llamaba a Aramburu con el diminutivo de “Fernandito”.

Tras el cierre del Santa Rita, Aramburu y Bermejo continuaron sus estudios en el colegio Larramendi, ubicado en el Seminario Diocesano de San Sebastián. Allí cursaron lo que entonces se conocía como Bachiller Superior. “Fernando no salía del fútbol, donde ejercía como un excelente central. Jamás le vi entonces con un libro en sus manos, fuera de los lectivos”, apunta Bermejo sobre aquella época.

Entre los lectivos, el primero que cayó en sus manos fue El Lazarillo de Tormes. Pero nada presagiaba que el joven Aramburu cambiaría de la noche a la mañana, como describe Bermejo: “De pronto, ese adolescente montaraz y balompédico mutó en un ser absolutamente poseído por la poesía –incluso por los gentilicios, una perversión como cualquier otra-”.

“Revolución surrealista”

Aquellas notas en el buzón de Kantil llevaron a Aramburu a las reuniones de la revista, que tenían lugar los miércoles. La publicación se había fundado en julio de 1977, y en ella publicaban la flor y nata del mundillo cultural vasco en la época de la Transición. Entre sus firmas estaban Raúl Guerra Garrido, premio Nadal, o Jorge Aranguren, premio Adonais de poesía.

La mayoría de miembros de aquel colectivo miraban a Aramburu con cierto reparo: muchos tenían carreras literarias establecidas o procedían de un entorno burgués que les permitía vivir holgadamente. Pero no era el caso del joven Fernando. Pese a su timidez, sacó a relucir “su ingenio, mordacidad e inteligencia” -en palabras de Maraña- y comenzó a cartearse con la élite cultural del país. Aramburu no era nadie, pero tener detrás a Kantil le permitió conocer a personajes de renombre como Gabriel Celaya, el argentino Juan Larrea o Vicente Aleixandre.

“Él tenía la claridad de que quería ser escritor y a través de Kantil desarrolló un sistema de relaciones muy positivo que serían trascendentales para su carrera. No lo hacía con el objetivo de ganar favores, sino desde la autenticidad”, recalca Maraña.

El autor de 'Patria' fue, al poco tiempo, nombrado secretario de la revista, se presentaba en Madrid a hacer sus entrevistas y llamaba a la puerta de figuras literarias que no le conocían de nada. Al mismo tiempo, comenzaba sus estudios de Filosofía y Letras en los Estudios Universitarios y Técnicos de Guipúzcoa (EUTG) de los jesuitas, actual universidad de Deusto, con el apoyo de sus padres. Tuvieron que hacer un esfuerzo notable para que pudiera estudiar.

Un año después de su entrada en Kantil, en 1978, Francisco Javier Irazoki escribió a la revista con una serie de poemas que quería publicar. “Me contestó Fernando proponiéndome la Tercera Revolución Surrealista. Era una carta muy larga en la que esgrimía un compromiso de fidelidad fraterna que comenzó entonces y, a día de hoy, no se ha interrumpido. Nos llamamos todos los días”, dice Irazoki en conversación telefónica con este periódico.

Fernando Aramburu (izquierda), junto a José Félix del Hoyo y Álvaro Bermejo en los años 70.

Al lado de Irazoki, Aaramburu puso en marcha aquella “Tercera Revolución Surrealista” a través del colectivo 'Cloc', en abril de 1978. El germen de 'Cloc' se produjo en el colegio Larramendi entre él y Bermejo, a quien, en sus palabras, “arrastró a su mundo”. “Fue él, el que había nacido cerca de “El Infierno”, quien redactó el acta fundacional que depositamos solemnemente, en un incunable medieval de la sala de Espiritualidad [del Seminario]”, prosigue Bermejo.

Aquella dupla pronto se convertiría en un grupo de jóvenes con inquietudes literarias e intelectuales que querían agitar la sociedad de la época. El nombre se lo dio igualmente Aramburu, -'Cloc'- “por el ruido que un saco de garbanzos provocaría en la cabeza de los viandantes si se lanzaba desde un séptimo u octavo piso”, revela, por su parte, Irazoki.

“Fue un buen comienzo para una revolución cultural, la de provocación surrealista, la del sinsentido por el sinsentido. De ahí en adelante todo fueron felices desvaríos en un crescendo que nos deparó cierta notoriedad local y, lo más importante, vivir en una suerte de perpetuo estado de gracia, el de ser autores y protagonistas simultáneos de nuestro propio y bien desmesurado relato”, añade Bermejo.

Años rebeldes

No todos estuvieron de acuerdo con las acciones del colectivo. Entre ellos, el propio Maraña. Porque desde Cloc, Aramburu y sus amigos cometieron una serie de “atentados”, en palabras de Maraña que, como grupo surrealista-dadaísta, reivindicaban la rebeldía y la provocación por sí mismas: pintaron grafitis en dos ocasiones en el emblemático Peine del Viento de Eduardo Chillida, pusieron un petardo a la entrada del despacho de Raúl Guerra Garrido o sabotearon el local de la propia revista Kantil. “En un momento de cambio como aquel, tenía todo el sentido”, defiende Irazoki.

Fueron los años más rebeldes de Aramburu. “El petardo en el despacho de Guerra Garrido hubiese sido enjuiciado por la Ley Antiterrorista si llega a suceder cuatro años después. Nunca suscribí esas acciones”, dice Maraña, por su parte. Aramburu se dio a la vida bohemia, mientras su producción cultural no se detenía.

Maraña recuerda que tuvo un encuentro con Aramburu en 1980 en la calle Zubieta. Le recomendó que leyera a Federico García Lorca. Al cabo de dos meses, Aramburu había devorado la obra del poeta granadino y de varios exponentes latinoamericanos del género, y le trajo un poemario que se transformaría en ‘Ave Sombra’, su primera obra. “Leía día y noche”, dice Maraña.

El inquieto poeta también tenía aquel año un programa en Radio Popular, la emisora del obispado, donde retransmitía una radionovela llamada ‘El Garaikotrueno’. Era un guiño mordaz al Lehendakari de aquel momento, Carlos Garaikoetxea. Para Maraña, Aramburu podía dedicarse a leer y a escribir porque no tenía más obligaciones que esas. En aquel tiempo tuvo una novia, pero la relación no llegó a prosperar.

Poco después, Aramburu dejó la EUTG y se matriculó en la Universidad de Zaragoza. “Fernando sólo fue aceptado en la facultad de Filología de la de Zaragoza, que debió ser un calvario para él, pues en su correspondencia siempre escribía ‘Zarasufre’, dice Bermejo al respecto. Pero, según Maraña, fue allí donde Aramburu expandió su horizonte vital e intelectual, a través de profesores como Agustín Sánchez-Vidal. “Se dedicó a vivir la vida. Frecuentaba ambientes libertinos, estudiaba poco y leía mucho”, dice Maraña, que se veía con Aramburu en San Sebastián cuando venía a visitar a sus padres.

Antiguo colegio Santa Rita de San Sebastián.

En Zarasufre, no obstante, Aramburu encontró el amor. Buscando un compañero de piso, Aramburu empapeló la ciudad con anuncios y terminó por presentarse a la puerta de la casa en la que vivía con otros estudiantes una joven alemana llamada Gabriele Pape. La chica congenió rápidamente con el grupo de Aramburu. Con él, además, comenzó a tener una relación especial. Él siempre la llamó “La Guapa”.

Luego vino el servicio militar y regresó forzado a Zaragoza, donde le quedaba una sola asignatura para licenciarse, la cual no le perdonaron. Tres años después se casó con Gabriele y, en 1985, ambos se fueron a vivir a Alemania, de donde ella era originaria.

Media vida en Alemania

Aramburu aterrizó en el país germano casi con una mano delante y otra detrás, pero con un gran bagaje que venía cultivando desde el final de su adolescencia. Al principio se instaló en Lippstadt, donde había conseguido una plaza como profesor de español para hijos de emigrantes instalados en Alemania. Era una modalidad educativa que pagaba el Estado, y la plaza era como de funcionario.

La obtuvo gracias a la recomendación de Maraña, a quien Aramburu fue a ver antes de mudarse con Gabriele, en el año 1984. Maraña era entonces jefe de prensa del Festival de Cine de San Sebastián y redactó un expediente “sin asiento en la realidad”, como él mismo define, con el objetivo de que su entonces amigo Aramburu pasara el riguroso proceso de selección alemán. “Me lo inventé yo”, confiesa Maraña.

Por las clases de español de Aramburu pasó el futbolista venezolano de origen alemán criado en Lippstadt, Christian Santos, que lo recuerda así, según dijo en una entrevista a La Voz de Galicia en 2019: “Nos animaba a expresarnos y era un buen profesor. Nos daba un papelito y teníamos que inventar un cuento. Nos ponía un cómic y teníamos que inventarnos qué pasaba y lo que decían”.

En Alemania, Aramburu pasó años sin publicar absolutamente nada. Pero su trabajo tenaz y discreto continuaba en la sombra. Al tiempo que daba clases, dedicaba el resto de horas a leer y a escribir.

Gabriele Pape, Fernando Aramburu y Natalia Gil en una fiesta de El Mundo de Catalunya en 2019.

Con Gabriele tuvo dos hijas, Cecilia e Isabel. Se asentaron finalmente en Hanover, de donde era Gabriele. Más tarde, pediría una excedencia literaria para dedicarse exclusivamente a escribir. En 1996, envió a Tusquets su primera novela, Fuegos con Limón. De nuevo, recurrió a la ayuda de Maraña, de quien se llevó “8 o 10 anuarios” de El País, Egin y Diario 16 de su despacho para documentarse. “Desde hace 20 años no nos hablamos, sin embargo. Han sido 20 años de dolor. Me acusó de decir algo contra él que nunca dije”, asegura Maraña a este periódico.

La vida de Aramburu transcurre en la actualidad sometida a la más estricta disciplina. Lejos queda el joven surrealista de los años 70: se levanta temprano y a las 7 de la mañana está delante de su ordenador en un despacho de Hanover. “Como los vecinos de Kant ajustaban sus relojes cuando salía a pasear, Fernando Aramburu es exactamente lo mismo que el filósofo. No se separa un ápice de su rutina”, cuenta Irazoki. Come en el despacho y, a las 6 de la tarde, regresa a casa y saca a pasear una o dos veces a su perra Lola. El resto del tiempo lo dedica a leer.

Y así le llegó el éxito de Patria, tras publicar Fuegos con limón, Los ojos vacíos, El Trompetista del Utopía, Bambi sin sombra, El artista y su cadáver, Vida de un piojo llamado Matías, No ser no duele, Los peces de la amargura y Ávidas pretensiones. No le cogió por sorpresa, como describía Irazoki: “Pese a ser una persona plenamente conocida, siempre hizo lo mismo. Su compromiso es con la literatura, no con el éxito. Tiene una gran discreción y en él nunca asoma vanidad”. El escritor es el primero que siempre lee sus manuscritos antes de publicarse, los cuales -dice- corrige con “suma severidad”.

A pesar de sus ventas millonarias, en España no figura ninguna sociedad a nombre de Aramburu o al de su mujer. Su estilo de vida, al igual que sus hábitos, se ha mantenido. Es de hecho, un misterio la fortuna que acumula, de la que nunca ha hecho gala. “Ahora puede dedicarse a vivir holgadamente de la escritura, lo merece”, recalca, por su parte, Maraña.

El día a día de Aramburu parece aburrido, pero Irazoki destaca que es un hombre “hecho para vivir”. “Le interesa todo lo humano, disfruta mucho de todo y, es desde ese aparente aburrimiento -porque no se aburre nunca- donde construye todo su mundo que luego los demás vemos reflejado en sus libros”. Irazoki también revela que su amigo escritor es un gran cocinero y amante de la música, para la que tiene “un excelente oído”.

Libertario

Otro de los grandes enigmas de Aramburu es su posicionamiento político. El alumbramiento de ‘Patria’ le puso en la palestra al retratar aspectos esenciales de la sociedad vasca durante los años del terrorismo de ETA. En los últimos años, de hecho, ha participado en actos de víctimas y llegó a criticar el cartel de la serie dedicada a su novela por "equiparar" el sufrimiento de estas con el de los presos etarras.

Es algo que sorprendió a Maraña, porque, en toda su vida, Aramburu se mantuvo al margen de lo que ocurría. En 1984, cuando Maraña gestaba el movimiento vasco por la paz junto a otros nombres como Fernando Savater, “Aramburu estaba preocupado por su futuro en Alemania”, dice Maraña, recordando de nuevo la anécdota de la recomendación. Por su parte, Bermejo es también claro al respecto: “Fernando no leía periódicos, el terrorismo quedaba lejos de su literatura y ya estaba yéndose a Alemania”.

El padre de Aramburu era miembro de UGT y sí que escribió sobre los problemas de los trabajadores en un ambiente nacionalista cada vez más asfixiante. Pero, en general, según Maraña, “él estaba fuera de todo”. Para Irazoki, la síntesis política de Aramburu está reflejada en Albert Camus, como hombre en constante evolución y libre de encasillamientos. “Tiene la identidad del andante”, dice Irazoki.

El polémico cartel promocional de la serie 'Patria'. EP

En sus inicios tuvo interés por propuestas libertarias y siempre ha recelado de los grupos cerrados o de las ideologías que definen. “Le resultan insoportables el dogma y el nacionalismo. No soporta, al igual que yo, la cárcel de las identidades. Se niega a ser lo que le digan que tiene que ser, rechaza la tribu y abraza la idea del ciudadano del mundo”, explica Irazoki.

Rodeado de libros, al lado de su mujer cerca de 40 años, con sus hijas desarrollando sus respectivas carreras, con una rutina y disciplina kantianas, discreto y tenaz; Aramburu parece vivir ajeno a su éxito y no teme lo que le depara el futuro. “Yo le doy a los demás el fruto de un trabajo disciplinado, monótono, diario… la vida de un escritor, si es un poco prolífico, es bastante gris. Contamos hechos ajenos, llamativos o relevantes en nuestros libros que no se corresponden con nuestra propia vida”, dijo el Aramburu lejano de aquel rebelde diablo en una reciente entrevista en EL ESPAÑOL.

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