Con o sin alzacuellos, el Padre Apeles (55) es un personaje a quien el todopoderoso delineó para goce y disfrute de los pecados más banales, como se pudo ver en Moros y Cristianos (1997-1998), Crónicas marcianas (1997-2005), La ventana (1996-1997) o Día a día (1997-1999). Más allá de su imaginación, le quedó niquelado. Lo mismo sirve para dar misa de espaldas en latín, que para ser jurado de un concurso de modelos o brindar con cava en los premios Planeta.

Desde hace dos años vive en Roma, pero no por estar más cerca del Santo Padre, “sino porque ya no había saraos y estaba un poco harto del independentismo”, asegura a EL ESPAÑOL desde su piso en un edificio histórico de finales del siglo XIX en la zona del Castillo de Sant’Angelo: “Se dijo que había túneles secretos que llevaban directamente al Vaticano, pero existe un muro hueco que va desde el palacio apostólico hasta el Castillo cuando el Papa tenía que protegerse de los ejércitos enemigos. Actualmente, es una atracción turística”.

Lo tiene claro. No vuelve aunque lo verde empiece en los pirineos. Prefiere los ecos pretéritos y pluscuamperfectos de la Dolce Vita e involucrarse en el estudio de la historia de la iglesia. “Ya me establecí definitivamente aquí y sólo un terremoto (de los que hay tantos en Italia) me movería. Cataluña y Barcelona se están hundiendo cada vez más. En lugar de ocuparse en la innovación, la reindustrialización, la mejora del nivel educativo y el turismo de calidad prefieren cavar su propia fosa -analiza- porque no hay estadistas, sino aventureros. No habrá independencia mientras Europa se mantenga unida. ¿Quién nos asegura que la situación económica no empeorará, triunfarán los populistas y se hará todo añicos?".

Gina Lollobrigida y el Padre Apeles.

— ¿Qué balance hace de su estancia en Roma?

— Después de unos años en Ferrara (localidad de la región italiana de Emilia-Romaña) donde trabajé en la curia en un maravilloso palacio barroco con jornadas laborales que se prolongaban más allá de la medianoche, primero como Canciller (asuntos jurídicos) y después como director del archivo histórico, decidí retirarme a Roma para ocuparme de investigaciones históricas. Pensé que podría disfrutar de toda la vida social y cultural que la urbe ofrece, pero pasé del virus separatista al de la Covid y la ciudad se paralizó. Vivo completamente enclaustrado. Paso días sin pisar la calle.

— ¿Y cómo le afectó el aislamiento y el toque de queda?

— Pasé semanas sin ver a nadie. No venía ni la limpiadora. Menos mal que una amiga me enseñó por Skype a poner la lavadora y la secadora. Por eso, desde que se han abierto las fronteras, he aprovechado el tiempo viajando a Canarias, he navegado por Mallorca y en Madrid he visto bastante teatro por si vuelven a cerrar las fronteras en octubre. 

— Descríbame la Roma pandémica. 

— Ha sido muy triste. Recuerdo un día en que a las cinco de la tarde estaba delante del Panteón y no había absolutamente nadie. Lo único bueno que ha sucedido es poder disfrutar de las vistas de una Roma vacía. Actualmente hay un inicio de recuperación del turismo ideal para quienes vivimos en la ciudad, pero claramente insuficiente para los que tienen que vivir de los turistas. Para el Vaticano ha sido catastrófico. Los museos vaticanos tienen una enorme plantilla a la que han tenido que pagar sin contar con los ingresos de los turistas. La situación italiana es más o menos la misma que en el resto de Europa, una patada para adelante y que paguen las futuras generaciones.

El padre Apeles con la elegante condesa Federici.

— Su mayor desfase durante el estado de alarma

— ¡Me he portado superbien! Salí de casa en tan contadas ocasiones que me olvidaba la mascarilla por falta de costumbre y la policía me llamó la atención en un par de ocasiones. En cuanto a diversión, solo la condesa Marisela Federici abrió sus jardines en dos ocasiones para pocos elegidos y con mil precauciones. Fueron fiestas maravillosas y la única oportunidad de 'respirar'. Y en plan rave ilegal sólo un cumpleaños de un embajador en un sótano con 10 personas todos con mascarilla y a las nueve a casa (carcajadas).

La aristócrata de origen venezolano es uno de los rostros más populares de la televisión italiana, donde no le importa polemizar sobre cualquier tema de actualidad. Su abuelo materno fue Carlos Delgado Chalbaud, presidente de Venezuela asesinado por el dictador Marcos Pérez Jiménez. Para esta gran dama que da las mejores fiestas de la ciudad eterna en su villa “La furibonda” de la Via Appia Antica, la misma en la que habita la mítica Gina Lollobrigida, con quien Apeles ha departido en alguna ocasión, la diversión es la base de todo. Su primer marido fue el magnate libanés Roger Tamraz, con quien tuvo dos hijos, Margherita (fotógrafa) y Eduardo (hombre de negocios) y después se casó con Paolo Federici, de quien tomó el título. 

El Padre Apeles, cantando y bailando.

— ¡Vaya amistades!

— Aquí soy muy prudente, nada de modelos ni personajes de la tele. Solo gente de clase (bromea). La condesa es buenísima, muy simpática y encantadora.  

A principios de julio murió Raffaella Carrà, que hizo temblar los cimientos del Vaticano enseñando el ombligo y bailando el sugerente Tuca Tuca. A España no llegó ningún comentario de la Santa Sede, ¿sabe lo que pensó el Papa? Quienes habitan actualmente el Vaticano apenas saben quién era (risas). Aunque la Carrà hizo alguna declaración un poco heterodoxa, en Italia no se le tiene muy en cuenta, por lo que recibió un funeral religioso por todo lo alto. Era un mito y en Italia se respeta a los mitos desde Rómulo y Remo.

— Y ahora se nos ha ido otro Dios (Messi) que ha dejado el purgatorio (Barça). 

— La gestión del Barça ha sido calamitosa. Por muchos esfuerzos que hiciera Laporta y su junta nada podía hacerse. La verdad es que no les envidio. Tienen una situación muy difícil y la opinión pública es cruel. Uno de mis mejores amigos, Xavier Barbany, es miembro de la junta y veo todo lo que sufren para salir del pozo. Messi aún ofrecerá unos años de excelente fútbol y seguiremos disfrutando de él, pero el Barça ya no podrá apuntarse sus goles.

 

De momento, Apeles anda algo aburridillo porque no hay alfombras rojas en las que te deslumbran los flashes, más bien algunas recepciones en embajadas con ciertos diplomáticos y alguna que otra soirée en casas privadas, “pero nada de famoseo”, apostilla. A veces, se lleva alguna sorpresilla, como en el Gran Baile Ruso, donde coincidió con los príncipes Giovanelli. Al ser sacerdote secular puede permitirse cotillear y deambular colgado de un canapé porque los votos solo los hacen los religiosos como los franciscanos o los jesuitas. Entre tanto oropel y dimes y diretes, damos el salto a temas más serios. 

— ¿Suele ver al Papa Francisco? 

— Aunque vivo a pocos metros del Papa no le veo nunca. Sí conozco a personas de su entorno y me aseguran que no son íntimas, porque Bergoglio no quiere “íntimos” (risas). 

— Aún no se ha aprobado la Nueva Constitución Apostólica, ¿cuáles son los cambios más relevantes desde Juan Pablo II?

— Supongo que te refieres a la reforma de la Curia. Si finalmente llega a puerto creo que será inútil y empeorará las cosas. Quienes tienen que ser reformados son, ante todo, los “curiales” (risas). El problema del Vaticano y de la Iglesia en general es el mismo que el de las instituciones estatales o internacionales, ya que se vive frenéticamente en la improvisación a golpe de titular. Las instituciones tienen que estar bien pensadas y reglamentadas por pocos especialistas y no deben cambiarse continuamente. El movimiento continuo le iba bien a las caderas de la Carrà, pero no a los gobiernos. El Vaticano necesita una profunda reorganización, como la utilización masiva de nuevas tecnologías porque ya no se puede pagar la actual estructura. Tengo ideas, pero no me escuchan (ríe sonoramente).

El Padre Apeles, dando misa.

— La gran inmoralidad del Óbolo de San Pedro dejó al descubierto los inmuebles de lujo que el defenestrado cardenal Becciu compró en Londres, Roma o París ¿en qué punto se encuentra el escándalo? 

— Hay que redimensionar las cosas. Cuando se habla de cifras la opinión pública se escandaliza, pero hay que tener en cuenta el tamaño de las instituciones. La economía vaticana es paupérrima. Piensa, por ejemplo, que el presupuesto del ayuntamiento de Barcelona es mayor que el del Estado de la Ciudad del Vaticano. Son muchos los gastos y cada vez menos los ingresos. Dicho esto, la verdad es que lo poco que tienen no lo saben administrar bien. Y en multitud de ocasiones no es porque sean corruptos (a veces sí lo son), sino más bien se debe a la incapacidad, la prepotencia y la vanidad porque los procedimientos están anticuados. Sinceramente, Francisco intenta poner de su parte, pero no es fácil ya que habría que mejorar las regulaciones, los procedimientos y, sobre todo, el reclutamiento del personal.

— Renovadores contra conservadores, ¿quién ganará la partida?

— Dentro de siglos triunfarán los conservadores porque la naturaleza de las cosas llevará a ello. Sin embargo, durante muchísimos años han ganado de calle los renovadores.

— Existen innumerables leyendas urbanas sobre la fortuna incalculable del Vaticano, toneladas de oro escondidas, pinacotecas inacabables, inmuebles de lujo por todo el mundo… 

— Hay cosas verdaderas y falsas mezcladas y mal entendidas. De fortuna incalculable y cofres de oro nada de nada. Aún existen muchísimos problemas para cuadrar las cuentas. Hay un patrimonio considerable de activos financieros e inmobiliarios que a menudo están mal administrados y que es necesario mantener ya que si no se hace así sería pan para hoy y hambre para mañana porque las donaciones no paran de disminuir a causa de la crisis económica, los escándalos y, por encima de todo, la descristianización. 

Así que lo de marcar la casilla de la Iglesia en Hacienda no está de moda.

— Hoy el dinero va a la Fundación Gates antes que a las obras de la Iglesia. Los millonarios no la apoyan. En cuanto a lo de las pinacotecas está claro que sí tienen centenares de cuadros, pero es como si dijésemos que el Ministerio de Cultura es muy rico porque tiene el Prado. ¿Qué hacemos? ¿Subastamos los museos vaticanos en Sotheby’s para que vayan las obras de arte a las colecciones privadas de los príncipes árabes o los mantenemos para que por una módica entrada los puedan disfrutar todas las personas que quieran? ¡Para mí no hay duda!.

El Padre Apeles junto a India Martínez.

— Sólo iría a Supervivientes si se hiciera en Montecarlo. Siempre he preferido que me insulte Mariñas a que me piquen los mosquitos. ¡Ah, y otra de las concursantes tendría que ser Nicole Kidman! Mi única habilidad podría ser la de camelarme a los riders para que me trajesen el almuerzo de Casa Lucio.

— Tras la docuserie de Rocío Carrasco, ¿habló con ella? ¿la cree? 

— ¡La felicité por su coraje! ¡Yo sí la creo! Rocío es incapaz de mentir. Es muy buena niña y ha sufrido mucho. Entendí que durante tantos años prefiriera no decir nada porque los problemas familiares es mejor solucionarlos en la esfera privada y no "a lo Pantoja”. Al menos, su testimonio ha servido para que muchas personas abriesen los ojos. No obstante, creo que no hay que politizarlo ni usarlo como argumento para las denuncias falsas. Ese no ha sido el objetivo de Rocío.  

— Y tanto amor que se profesaban…

— Yo experimenté muy de cerca lo enamorada que estaba Rocío de Antonio David. Por él hubiese hecho cualquier cosa. No puedes ni imaginarte cuánto lo apoyó en aquellos momentos tan difíciles de las multas... ¡Es una pena como acabó todo! 

— Trabajó con ella en Cita con Apeles (1997), ¿recuerda con cariño aquella etapa? 

— Sí. Rocío es una gran compañera y merece ser feliz. Tiene detalles de gran delicadeza para la gente a la que quiere y, por encima de todo, es alguien de una gran lealtad. Me siento muy orgulloso de haber trabajado con ella. Siempre he creído que tendría que dedicarse a la canción. Obviamente no tiene las cualidades de su madre, pero canta bien.

 

A lo largo de su carrera televisiva y radiofónica ha rechazado proposiciones sexuales como le hacían a cualquier famoso, se negó a protagonizar campañas publicitarias e ideológicas que iban contra sus principios como la promoción del juego o animar a la gente a invertir en estafas, rechazó otras ridículas como grabar disco y hacer cine y aún se arrepiente de una oferta: “Tenía que haber aceptado escribir en revistas que contenían desnudos”, afirma con locuacidad. Como siempre, debatiéndose entre el cielo y el infierno de las tentaciones.

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