Cuando un habitante de San Pedro, en Albacete, tiene una urgencia fuera del horario del consultorio llama a don Antonio. Al móvil. Lo tienen prácticamente los 1.236 sampedreños. La cifra nos la da Antonio González Cabrera (El Carpio, Córdoba), médico del pueblo desde enero de 1980. Nunca ha pedido el traslado: "¿Irme de aquí? No, no. Yo quise ser médico rural y me muero de médico rural".

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La especialidad no se llama así. González Cabrera es médico de familia. 41 años en San Pedro, es el decano de los médicos rurales en el mismo destino. En 2020 la Fundación de Estudios Rurales de la Unión de Pequeños Agricultores, UPA, le reconoció su defensa de la sanidad pública en los pueblos. Sanidad, economía y día a día. Porque es de los que se moja en esto de la España vacía. Llegó a ser alcalde (1991-2007) de San Pedro y presidente de la Red Española de Desarrollo Rural (2000-2005).

Pionero en el impulso del turismo rural -“Nos llamaban locos en los 90 y ahora mira”- su diagnóstico desde la Sierra de Alcaraz en Albacete sobre despoblación coincide, en parte, con el de los políticos. Ahora, la receta que plantea es más urgente. Del transporte a los servicios, pasando por internet, critica el paternalismo de la administración. Él, que ha sido político rural, señala: “No nos digáis lo que tenemos que hacer, pedidnos opinión”.

Manifestación del Ampa en Tornavacas. E.E.

Bien lo saben en Tornavacas, donde este viernes los padres no llevaron a sus hijos al colegio. Protestan porque les quitan un maestro. O en los pueblos de Zamora donde se ha eliminado el “tren madrugador” a Madrid. O en Albarracín, Teruel, donde el cura cubre 12 pueblos, algunos vacíos la mayor parte del año. El padre advierte: “No hay milagros contra la despoblación”.

Este pasado viernes, el presidente Pedro Sánchez, el rey Felipe VI y el líder del PP, Pablo Casado coincidían en Soria en la Feria por la Repoblación de la España Rural. La semana anterior, el presidente del Gobierno presentaba su Plan 2050. El documento recoge que actualmente el 80% de la población española vive en ciudades. Y advierte: si no se hace nada, en 30 años, lo hará el 90%.

El Plan 2050 reconoce que “en ciertos casos, el despoblamiento rural no podrá detenerse”. Esto no significa “que todos los pueblos vayan a vaciarse o que las oportunidades y la calidad de vida vaya a reducirse”. Asegura el documento que “avances como el 5G, el Internet por satélite, o la robótica permitirán llevar empleo (teletrabajo) y servicios (sanitarios, educativos y de transporte) a lugares a los que hasta ahora no llegaban; la silver economy -la economía en torno a los mayores de 50 años-, el turismo y la agricultura ecológica dinamizarán la actividad económica y social en muchos pueblos; y la transición energética proporcionará energía limpia y nuevas oportunidades laborales”.

En 2050, concluye, "menos gente vivirá en la España rural, pero quienes lo hagan, podrían vivir mejor que ahora". Sobre el terreno, sin embargo, los que viven en esa España rural ponen en duda estas predicciones.

EL ESPAÑOL hace parada en cuatro regiones españolas con problemas de despoblación: Extremadura, Castilla-La Mancha, Aragón y Castilla y León. ¿Qué dicen el médico, el cura, la joven agricultura y la presidenta de la Asociación de padres de un colegio rural del discurso político sobre los pueblos? Todos coinciden: necesitan menos palabras y más hechos, porque lo que se pierde ahora es más difícil de recuperar en el futuro.

Don Antonio, médico

En la primera consulta de doctor González Cabrera en San Pedro había un barreño y un cubo metálico para las goteras. Aún recuerda “la música” de los días de lluvia y como sus primeros pacientes le preguntaban cuánto tiempo se va a quedar. 40 años después es hijo adoptivo de un pueblo que, en una ocasión, montó una manifestación para que no se fuera.

Ya adaptado al vocabulario manchego –“al principio no entendía muchas expresiones”- pasa consulta diaria en el pueblo y una tarde a la semana se desplaza a los de alrededor para citas sobre diabetes: Balazote, Lezuza, Casas de Lázaro...

De su experiencia como médico y alcalde tiene claras algunas cuestiones. La primera, el bolsillo: “No hay dinero para repoblar todos los pueblos. ¿Cómo vas a invertir en un pueblo con 20 familias? Tendrás que invertir más donde haya 200. Hay zonas que hay que dar por perdidas, pero eso no significa abandonarlas, sino modular y acompañar”.

Él lo hace con sus pacientes a los que conoce casi de toda la vida. Como el problema de la despoblación. “Los jóvenes ya se van al instituto comarcal, el que va a la Universidad escuchará que es mejor tener el despacho de abogados en la ciudad…”. Y así, concluye, ya el propio sistema educativo es un poco contrario a las políticas propueblos.

Antonio pasando consulta en su pueblo. E.E.

La capital de la comarca. recuerda, aglutina centro de salud, cámara agraria, instituto… “Es lo lógico, siempre que garanticemos la conectividad”. Y ahí, dedo en la llaga y evidencia: “Hoy todo el mundo tiene coche menos el que no tiene coche”.

Insiste en que los servicios son básicos o “todo acaba fracasando”. “El mapa sanitario no se ha actualizado desde hace 33 años: no tiene sentido que haya un médico en un pueblo con 200 habitantes y que un médico en la ciudad se encargue de 2.000 cartillas: hay que adecuar los recursos, recetar por teléfono, visitar en casa”.

Durante la pandemia algunos pueblos han visto aumentar su población. “Va a ser coyuntural, el joven tiene la inercia a irse a la ciudad, pasaba en la Guerra: la gente se iba al pueblo, al refugio de la naturaleza”. Pero, volverán a la ciudad porque falta trabajo en el pueblo: “Vete a cualquier sitio y dime de qué color es la piel de la gente que coge lo ajos, las cebollas…”.

Una clave política: “El medio rural siempre es el hermano pobre: hay menos votos que en el urbano”. Sigue: “Hay una cosa que está olvidada, el paternalismo de la administración. Tú necesitas un mundo rural vivo, pero permíteme que yo me equivoque y pídeme opinión. No me digas lo que tengo que hacer”. Y se acuerda de cuando en los años 90 los pueblos de su zona, la Sierra de Alcaraz, abrazaron el turismo rural. “Nos llamaban locos, insistían en que a la gente lo que le gustaba era la playa”. Ahora, advierte del monocultivo: “El turismo sólo funciona cuando no hay pandemia, cuando hay dinero y dinero no hay siempre”.

Apuesta por una fiscalidad que incentive quedarse en los pueblos. Castilla-La Mancha se ha lanzado a ello. “Yo no digo que se esté haciendo todo bien o mal, lo que no puede ser es que se diga hoy ‘voy a hacer blanco’ y luego no se haga”.

Por cierto, de la gran promesa de los últimos años, la de internet, un detalle: “Lo cierto es que del pueblo a la ciudad hay muchos trayectos en los que tu móvil no tiene cobertura”. Lo sabe alguien que hace kilómetros. Energía no le falta: “Aquí están los cuatro elementos: aire, tierra, fuego y agua: queda claro: la energía sale del medio rural”.

Nuria, agricultora zamorana

Internet es el escaparate al mundo para Nuria Álvarez, dueña, gerente y todo lo demás de Agroberry. Vende sus moras desde Almendra del Pan, a 19 km de Zamora. La historia de esta joven de 41 años es una historia de maletas con vuelta al origen. A los 13 años dejó el pueblo. Volvería con 35. Licenciada en Comunicación y con un MBA, sus grandes éxitos los ha cosechado en esa segunda fase. En 2019 recibió el premio de la Comisión Europea Rural Inspiration Award, después más: Asaja, el Ministerio de Agricultura…

Trabajaba en Madrid en una firma de publicidad que quebró tras la crisis de 2008. En las entrevistas le ofrecían el mismo sueldo que cuando salió de la Universidad. Así que, maletas. A Dublín: allí su cabeza se dividió entre el inglés y la vuelta a casa: “El sector primario es el motor del país. A mí la ganadería y la agricultura me habían pagado la carrera – privada, en la Pontificia de Salamanca”, reflexionaba.

En Zamora organizaron unos cursos sobre frutos rojos y Nuria mandó a su padre. “Él me iba pasando los contactos de Huelva, de ingenieros, de agrónomos…”. Volvió, montó el proyecto y “desde el primer año me han ido reconociendo y eso te carga de ganas”. Recoge las medallas y luego se las ‘cuelga’ a su padre: “Yo tengo los premios de innovación, pero el innovador es él”.

Su pueblo no llega a 200 habitantes. Se ríe cuando le pregunto si tiene amigas porque no he especificado ‘en el pueblo’. “Tengo muchas, pero no viven aquí”. Eso sí, vuelven cuando pueden al pueblo, muchas en verano, justo cuando ella está en campaña, lo que complica las reuniones estivales.

Nuria en la huerta. E.E.

Menos gracia le hace hablar de las políticas contra la despoblación. “Estoy harta, ahora está de moda, es muy cool hablar de despoblación, pero nadie tiene ni idea”. E ironiza: “Das charlas, pero ¿dónde estás empadronado?”. Porque, recuerda, “los pueblos vivimos de los empadronados”.

“Si tomas decisiones sobre agricultura, tienes que saber, que vayas con frecuencia al pueblo, que sepas lo que le pasa al señor mayor cuando se le acaba el Sintrom”. Y se arranca: “Podemos empezar a hablar de hechos. Y no te hablo de mi pueblo. La ciudad también se está despoblando. Allí Adif o Renfe ha quitado el ‘tren de madrugada’, el de las 7.00 de la mañana que cogía mucha gente para ir a trabajar a Medina del Campo y a Madrid”. Era, nos dice, imprescindible. Se eliminó con la pandemia y no se ha restablecido. “Es desvertebrar completamente el territorio: ¿cómo quieres que la gente venga a Zamora?”.

Preguntarle por el Plan 2050 de Sánchez suena arriesgado: “No sé lo que ha dicho Pedro Sánchez, pero todo lo que diga es mentira”. Y es ella la que tiene más preguntas: “¿Quién toma aquí las decisiones? Mucho ‘vamos a apoyar el mundo rural, a las mujeres y sus proyectos’, pero aquí los impuestos para Renfe los pagamos todos por igual. No puedes quitar horarios básicos porque la gente se va”.

Nuria se ha asociado con otros productores de queso, de caracoles, de ranas… Comparten inquietudes y problemas. “La burocracia nos mata a los pequeños”, dice. “La parte no productiva de este país es la que controla a la parte productiva”, dice a modo de introducción. “A veces no tengo tiempo para vender mi producto porque estoy todo el día recibiendo inspectores. Soy la primera interesada en no intoxicar a nadie. Pero una cosa es que se me controle y otra que pierda más tiempo en eso que en vender, porque el inspector a final de mes tiene su sueldo y yo si no vendo, no”, concluye. “Siento mucho decir esto, porque mucha gente se me echará encima pero un país no puede vivir de funcionarios, hay que producir, tenemos cosas de hace dos siglos y hay que modernizarse”. Petición desde el pueblo.

Nacho, el cura de Albarracín

Sociedad moderna o no, Nacho Hernández aglutina en sí mismo varias crisis. La despoblación rural, la falta de vocaciones -cada vez menos curas- y la falta de feligreses en las Iglesias -cada vez más vacías-. A veces el párroco de Albarracín tiene casi más monaguillos que feligreses en la misa. Eso sí, los conoce a todos. “El día que veo mucha gente ya sé lo que pasa: son turistas. En Albarracín como hay muchos colombianos en el sector hotelero y la restauración aún vienen de vez en cuando”. Los niños, nos dice, sí van a misa. “Pero lo padres no, como en toda España”.

Pero los niños son pocos en la zona. “Tenemos una población súper envejecida”. Él está atento con ellos. Tiene como un radar, sabe que si un habitual de misa falta un día es porque pasa algo. Y llama, a ver qué necesitan.

Entre los 12 pueblos en a los que da servicio, suman unos 2.000 habitantes. Albarracín la mitad. Otros no pasan de 30. Y en algunos no vive nadie habitualmente. Cuando van, los vecinos escriben un WhatsApp a Nacho para que se acerque a dar misa.

¿Despoblación? Durante la pandemia ha visto pequeños destellos: “Mi sobrina mayor se vino a Teruel a trabajar”. Y en Albarracín, al que llaman el pueblo más bonito de España, asegura que hay algún negocio que abre, pero aun así “no está esto para echar las campanas al vuelo”.

Nacho, el párroco de Albarracín, en el altar. E.E.

El hijo del último sastre de Monreal del Campo (Teruel), su pueblo natal, 2.300 habitantes, antes de convertirse en el párroco, fue guía turístico de Albarracín –“para pagarme los estudios”-. Hoy no quiere moverse. “Estaré aquí hasta que Dios me llame”. Cuando el obispo hace cambio de provincias pide “por favor, que no me llame, que no me dé Teruel que no me voy”.

¿Las políticas contra la despoblación? “No leo todo lo que dicen. Vienen súper tarde. La España interior está en problemas desde hace 30 años”. Y así, coincide en el diagnóstico con el Plan 2050: “Vamos a perder muchas poblaciones, no se puede regenera la población por arte de magia, por mucha wifi o banda ancha que nos concedan”.

No cree ni en fórmulas mágicas ni en parches. “Aunque pidamos a voz en grito que venga a alguien para llevar el bar o familias para no cerrar la escuela…. Te arregla un año y ya. Pero el que lleva un bar en un pueblo de 30 habitantes no tiene ni para pagar autónomos”. Y continúa, “muchas cosas ya no tienen vuelta atrás, tenemos que buscar políticas que reequilibren y que no haya superpoblación en cuatro núcleos”.

Por eso, es partidario de las ayudas fiscales. “A veces no cuesta lo mismo un producto en el medio rural que en la capital donde los súper ponen ofertas. Aquí, aunque sólo sea por los portes, hay cosas que se encarecen”.

Recuerda además que, en los pueblos, casi todo el mundo tiene coche, pero no todos. “El transporte público cada vez es más tercermundista, hay pueblos de los que atiendo que no tienen autobús todos los días: así que si alguien se tiene que desplazar tiene que llamar a un taxi”. El tren -como en Extremadura- es otra batalla: “Por aquí pasa la línea más antigua de España: Teruel-Sagunto, pero sólo hay una vía, el tren es un tamagotchi y además, caro”.

¿Qué le pediría a Pedro Sánchez? “Que tengan palabra, que no se lleve el viento lo que nos prometen y que las agendas contra la despoblación las haga la gente que vive en el pueblo y no la gente de la capital”. Coincide así con un clamor general en el medio rural: “No se puede construir desde despachos sin conocer la realidad. La mejor asesoría es la gente que vive aquí”. Porque si no, asegura, “aquí sólo quedan el maestro, el médico y el cura”.

Amalia, presidenta del Ampa

“El día que falte el profesor y el médico el pueblo se acaba, son dos cosas totalmente fundamentales, que vivamos mejor o peor es secundario”, nos explica Amalia Domínguez, presidenta del Ampa -la asociación de madres y padres- del colegio de Tornavacas, Cáceres. Están en pie de guerra.

“En enero nos quitaron una plaza fija de primaria. No nos quejamos porque ya sabemos que hay menos niños y nos apañamos con un interino”, relata. Ahora les quitan un interino y el cole, con 76 niños, se quedaría con cinco profesores y un director- secretario- jefe de estudios. El cole ya agrupa clases por falta de profesores.

Saben que estos son los pasos atrás que no se recuperan. Pero ¿qué responde el otro lado? “El inspector no ha dado señales de vida hasta que no hemos llevado el tema a los medios”, nos explica Amalia. La suya, asegura es una lucha “que cada día a peor”, desgrana, mientras reconoce que preferiría no encontrarse ahora con el presidente del Gobierno.

Los padres protestan megáfono en mano y el pasado viernes no llevaron a los niños a clase. “Nos han dicho que estamos cometiendo una ilegalidad, sólo hablan en cifras”. No tiene mucha esperanza: “No van a hacer nada: sólo somos números, tenía que constar más que somos personas”.

Amalia, la presidenta del Ampa. E.E.

Amalia tiene dos hijos: el mayor, de 13 años va todos los días al Instituto en autobús a otro pueblo. “Cuando en su momento tocó hacerlo se fue al centro del Valle, no hay otra”, explica.

En el pueblo donde nace el río Jerte y se cultivan las renombradas cerezas, viven unos 1.200 vecinos. “Sin el mundo rural tampoco existirían las ciudades, si no trabajamos el campo de qué vamos a comer”, dice Amalia. Ella es agricultora, su marido constructor, mi cuñado tiene un taller… Dos de las maestras del pueblo son sus primas. “A nosotros nos gusta estar en el pueblo, pero con estas cosas nos están hundiendo”.

Durante los fines de semana y el verano hay más vida, asegura. Esa que Amalia y el resto de padres luchan por mantener todo el año. Estos días, a golpe de protestas en la puerta del colegio. “El lunes seguimos”, confirma. ¿Un plan para el 2050? “Yo tengo problemas ahora, el futuro es que ayuden a los que estamos aquí”.