Madrid

De la Torre, Real, Conejo, Moral y Cuenca. Cinco son los apellidos y seis las familias que han convertido a Morata de Tajuña, un pueblo de no más de 7.500 habitantes, situado al sureste de Madrid, en la capital mundial de las palmeritas. Un jugosísimo dulce que, lejos de la tradicional palmera de toda la vida, algo más seca, ha conquistado el paladar de millones de personas. 

No es una exageración. Se calcula que, aproximadamente, en este pequeño municipio se venden un total de 60.000 kilos de palmeritas al año. Cada kilo equivale a 18 palmeras, según cuentan los expertos pasteleros. Y algunos de ellos llevan vendiéndolas desde hace más de 40 años. Y no solo en la Comunidad de Madrid o en España, en medio mundo. Probablemente ahora mismo un neoyorquino, un japonés o un londinense podría estar dando un bocado a esta delicia morateña. Así que, saquen ustedes sus propias cuentas.  

Cada familia tiene su pastelería o panadería en la localidad, algunas incluso con cafetería incluida, y su obrador, donde confeccionan de manera manual las famosas palmeritas. No hay dos que tengan la misma forma. Eso sí, su sabor siempre es inconfundible. Al menos si las compras en el mismo establecimiento.

Palmeritas de Morata de Tajuña. Cedida

Con el paso de los años, cada apellido morateño ha ido creando su propio sello en la elaboración de estos dulces, cuyo precio está en torno a 15 euros el kilo. De este modo, aunque estés comprando siempre palmeritas, en cada pastelería puedes disfrutar de una experiencia distinta. Las hay más grandes, más pequeñas, de distintos sabores, texturas... 

Palmeras de la discordia

Lo que está claro, en cualquier caso, es que pese a lo pequeño que es Morata de Tajuña hay trabajo para todos los pasteleros. Incluso, a priori, en la que habría podido ser la peor época para estos comerciantes. Una pandemia. Y es que en los últimos meses las palmeritas, aunque ya lo eran antes, han sido un auténtico boom que ha atraído a miles y miles de turistas cada fin de semana.

Masificaciones día sí, día también que, aunque han sido completamente beneficiosas para la economía del pueblo, han enfadado a muchos vecinos. Quienes hace unas semanas llegaron a culpar a las famosas palmeritas del incremento de contagios por el turismo que llega desde octubre para degustarlas. Morata ha sido el único municipio madrileño que ha estado confinado hasta el 26 de marzo pasado por su tasa de coronavirus. Hace tres semanas, su incidencia llegó a los 624 contagios por cada 100.000 habitantes. Hace unos días, no obstante, la Consejería de Sanidad anunció su descenso hasta los 312,4. 

La denuncia vecinal causó cierto revuelto en el municipio e incluso copo portadas en los principales periódicos. Las palmeras habían sembrado la discordia. Finalmente, el alcalde, Ángel M. Sánchez, zanjaba la cuestión con un comunicado. "Hay que dejarlo claro: los contagios no se han producido esperando turno en un comercio, ni sentados en una terraza guardando las medidas de seguridad. No y mil veces no. Los contagios se han producido, en la gran mayoría de los casos, en el ámbito familiar y privado, en las reuniones en las que bajamos la guardia amparados en una falsa sensación de seguridad por ser familia o amigos", sentenció el primer edil. 

Pese al conflicto, las familias pasteleras han seguido trabajando a destajo como siempre. Y es más, temen que después de haber salido tantas veces en televisión, la avalancha de turistas sea aún mayor cuando les desconfinen. "Va a ser una locura", aseguran. Una total fiebre palmeril. Pero, ¿por qué se ha convertido este pequeño pueblo, más conocido años atrás por los productos de su huerta, en la capital de las palmeras? ¿Cuál es el secreto de su éxito? ¿Hay pique entre las familias que se dedican a confeccionarlas? ¿Quién empezó primero? Para resolver estas incógnitas, EL ESPAÑOL ha hablado con las seis dinastías del dulce y las ha reunido en la plaza del Ayuntamiento de Morata de Tajuña. El punto cardinal que une a las seis pastelerías.

De la Torre

Loli, la dueña de Pastelería De la Torre. Enrique Falcon

Para responder a la primera pregunta, tenemos que desplazarnos hasta la calle Domingo Rodelgo, 12. La Pastelería De la Torre. Pues fue allí donde hace más de 40 años, Luis de la Torre hizo la primera palmerita de Morata de Tajuña. Lo cuenta Loli, su hija y que ahora es dueña del negocio, en el que trabaja junto a su marido, sus tres hijos.

"A mi padre le gustaba estar mucho en el obrador. Hacía cosas diferentes. Probaba distintas harinas, hacía las masas, las tiraba, volvía a probar... Hasta que un día, como las palmeras secas no se vendían, empezó a mojarlas en almíbar y a recubrirlas de chocolate. Ese día la casa se empezó a inundar del olor a chocolate con el hojaldre mojadito y cuando probé la primera fue una maravilla", rememora Loli de la Torre, en una entrevista con EL ESPAÑOL. 

En aquel entonces, en la década de los ochenta, esta familia morateña ni siquiera imaginaba lo que supondrían esas palmeras. Era el germen de lo que años después sería una revolución en la gastronomía y el turismo local. "Cuando las empezamos a vender, empezó a correrse la voz y venían incluso de los pueblos de alrededor, fue todo un boom", recuerda esta pastelera. Aunque nada comparado con lo que viven ahora. 

Setenta años después, Loli sigue confeccionado los dulces en el mismo obrador en el que su padre horneó la primera palmerita, pero eso sí, de diferente forma. "Hemos ido mejorando la receta. Cuando estaba mi padre, solo las hacía de chocolate. Mi hijo empezó a innovar y ahora las hacemos de galleta oreo, kinder, fresa, chocolate blanco...", explica Loli. Lo que sí tienen siempre en mente son los consejos que el abuelo y fundador, Luis de la Torre, les dio cuando dejó el negocio. La materia prima, siempre de primera calidad. Trabajar muchas horas, y dormir poco. Y así ha llegado el éxito. 

Aunque, claro, ellos no han sido los únicos. Cuando el resto de panaderías vio la demanda que suscitaban las palmeritas, empezaron a confeccionarlas en sus obradores. Y aunque a Loli le duela que haya quienes digan que otro, y no su padre, fue quien creó los codiciados dulces, la competencia para ella no es un problema. "Siempre que me preguntan, digo lo mismo, hay trabajo para todos. Ahora que estamos confinados, no paramos de hacer pedidos. Y meses atrás, las colas eran larguísimas y la gente espera, eh. La verdad es que era impensable todo esto", sostiene. 

Conejo

Raúl, uno de los dueños de Panadería Conejo. Enrique Falcon

Gran parte de la culpa de este boom palmeril la tiene el Ayuntamiento de Morata de Tajuña. Consciente del éxito que tenían en los alrededores las palmeritas de sus pasteleros, en 2018 decidió crear la Feria de la Palmerita de Morata. En ese evento, a mediados de diciembre, se vendieron cerca de 116.000 palmeras. Unos 5.400 kilos en total que las seis pastelerías despacharon en la plaza del pueblo. Además de confeccionar una palmera gigante de dos metros de alto y ancho. Hasta el momento, se han celebrado tres ferias y cada año se ha superado récord en cifras de ventas. No solo de dulces, sino de reservas hoteleras, hosteleras e incluso de rutas turísticas. 

"La primera feria triunfó porque muchos ya nos conocían. La última fue ya desbordante. Las colas que se hicieron de horas... fueron increíbles", recuerda Raúl. Este morateño regenta la Panadería Conejo junto a su mujer, después de que ella la heredase de sus padres. Son la cuarta generación. La familia Conejo hacía pan desde hacía más de 100 años, pero cuando los turistas empezaron a pedir palmeritas en el establecimiento, decidieron apostar por ellas. Y acertaron, claro. 

"Cuando vino la crisis, no esta, la anterior, vimos en la palmeras una manera de complementar el negocio. Contacté con las pastelerías para ver si me las hacían, pero se negaron. Así que empezamos a hacerlas nosotros y fuimos creando nuestro formato", explica Raúl. Su sello, así lo denomina el pastelero, es hacer palmeras solo de un tipo. "Soy tradicional, igual que en el pan, hacemos las mismas formulaciones que hace 60 años. Una pequeña palmera de hojaldre, con un tamaño para que pueda ser de dos bocados. Emborrachada y recubierta de chocolate de alta calidad, sin que empalague", detalla este empresario. 

Las palmeritas no solo salvaron a los Conejo de la crisis, sino que hicieron que sus ingresos se multiplicaran. Hacen una media de 100 kilos de palmeras al día. Hay días que incluso 150, pues también reparten en pueblos de alrededor. Y han aumentado su plantilla de trabajadores hasta los 16. "Esta mi mujer, una prima mía, la mujer de un primo mío, el resto es gente del pueblo, de toda la vida. Es como si fuésemos todos familia", cuenta. 

Real 

Palmeritas de la Pastelería Real. Enrique Falcon

En la Pastelería Real, a escasos metros del Ayuntamiento, la familia se dedicaba al negocio del pan desde hacía cuatro generaciones. Hasta que en 1995, Marisa Real y su hermana decidieron empezar a hacer las palmeritas. Hicieron obra en la pastelería y comenzaron a trabajar a destajo. Veinticinco años después, siguen al mismo ritmo, pero en compañía de gran parte de la familia y otras cuatro empleadas que se encargan de despachar en el local. Y vendiendo diez veces más que antes, obviamente.   

No solo se pueden comprar en su establecimiento, también en varios supermercados como Carrefour. Aunque, asegura la dueña, los mayores ventas se obtienen del fin de semana. "Cerrar un domingo aquí es impensable, es cuando más gente viene. Tenemos de muchos tipos, chocolate blanco, glaseada, de fresa, pero la que más triunfa es la de chocolate", dice. 

— ¿Cómo es la relación entre todos los pasteleros que os dedicáis a las palmeras? ¿Hay pique? 

— No hay pique. Siempre hay una que dice que ella las inventó y nada. El hojaldre luego se lo traen congelado. Con todos me llevo bien. Cuando hemos hecho las ferias grandes, todos juntos. Nos quedábamos sin chocolate y nos lo dejábamos. Al final, los padres de todos nosotros también han compartido oficio. 

Moral 

Carmen Moral, en la entrada de su pastelería. Enrique Falcon

De todos las palmeras que se fabrican en Morata de Tajuña, las que han llegado más lejos han sido las de Carmen Moral. Es la dueña de La Boutique del Pan y la que se encarga de confeccionar todos los dulces. Sola, sin más ayuda que la de las dos empleadas que tiene atendiendo en la cafetería. Aún así, ha vendido sus palmeras de nata, trufa y chocolate en Nueva York, Japón, Londres o París. "Había un señor que siempre me compraba para Nueva York, también japoneses... En fin, de muchos sitios. También hago pedidos para Alicante, Valencia... ", sostiene

— ¿Y no ha pensado nunca ampliar el negocio?

— A ver, antes estaba mi hermano, pero ya se jubiló. Hay muchísimo trabajo ahora, pero me pilla en una edad que ya no me interesa. Prefiero seguir así, me supondría muchísimo más lio y ya trabajo muchas horas al día. 

Los dueños de Panadería Encarni. Enrique Falcon

De la misma familia que Carmen son también Encarni y su marido, Eloy Moral, que regentan la Panadería Encarni. Los dos negocios de los Moral se abastecen del pan que hacen en la Panificadora Morateña, propiedad de la familia. Y desde hace cinco años, ambos se dedican también a las palmeritas. "Como nos pedían palmeritas, pues empezamos a hacerlas. En los últimos años, se han hecho muy famosas. Pero bueno, también hacemos otras muchas cosas como tortas, magdalenas...", cuentan. 

Cuenca 

Rubén y su mujer, dueños de La Dulcería Morata.

Los Cuenca, en cambio, comenzaron a vender estos dulces hace más de 25 años en La Dulcería Morata, su negocio. "Primero fueron mis suegros y ahora estamos mi mujer y yo. Nosotros tenemos nuestro propio sello. Y es la palmerita de pistacho, son únicas, nadie más las hace y gustan mucho", cuenta Rubén. 

Aunque no puede estar más agradecido de cómo está yendo su pastelería, cree que las ferias han terminado por convertir en una locura la venta de palmeras. "Se nos está yendo de las manos, es imposible abastecer a tanta gente. Esto de confinarnos nos ha venido casi bien, para descansar. Porque cuando esto se acaba, ahora que hemos salido en tantas televisiones, y con la Semana Santa, esto va a ser una locura. Pero bueno, hay que aprovechar, no nos podemos quedar tal y como está la cosa", confiesa.  

Hayan sido o no el centro de la discordia entre los vecinos, lo que está claro es que ahora es ya imposible no relacionar las palmeritas con Morata de Tajuña. Y parece que será así durante muchos años más. 

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