“La primera vez que me suspendieron la cuenta de Twitter fue por insultar a un japonés recordándole el genocidio de Nanking cuando él hablaba de la supremacía blanca contra los japoneses”, dice el usuario de Twitter @SubmergedTrader. Le llamó “genocidal coolie”, una palabra que, en inglés, tiene connotaciones racistas.

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Después de aquella vez, en 2018, este abogado bilbaíno de 26 años afincado en Madrid ha sido suspendido de esa red social 12 veces más. La segunda fue cuando una mujer inglesa le confundió con Mariano Rajoy porque en su foto de perfil aparecía el expresidente junto a la influencer María Pombo. “Me tiraron por una discusión con la inglesa. Las demás veces han sido por insultos de baja intensidad o por campañas organizadas para tumbar mi cuenta”, explica.

La historia de @SubmergedTrader no es ninguna rareza. Hace apenas unos días, Twitter también suspendía al párroco de Oria (Almería), Juan Manuel Góngora, por responder a dos usuarios con el refrán “cuando seas padre comerás huevos”, algo que la compañía entendió como un incumplimiento de sus normas comunitarias.

La lista da para largo: la cuenta de Vox fue suspendida en febrero de 2020, al igual que la de su militante Bertrand Ndongo, en noviembre. Por otro lado, también cayó la de Adelante Andalucía, en el mismo mes, o la del periódico afín a Podemos La Última Hora, en agosto.

Las razones que esgrimen gigantes como Twitter para suspender cuentas van desde la incitación al odio, la suplantación de identidad o la desinformación, pero nunca están demasiado claras, dentro del amplio concepto que suponen sus términos de servicio.

Cuenta de Donald Trump, suspendida.

Fuera de Twitter, está el caso del perfil de de Instagram @tetayteta, de contenido feminista y que intenta “dessexualizar” el pecho femenino, en palabras de una de sus administradoras, María Rufilanchas.

“Publicamos un post en agosto sobre los mirones en la playa en la que aparecía una mujer tapándose las tetas y nos inhabilitaron sin darnos ninguna explicación”, explica Rufilanchas. “Pienso que hay que cumplir las normas, y si no las cumples, te vas, pero a veces ni las propias plataformas son coherentes con sus normas”, prosigue.

“Lo chocante es que nuestro perfil fue censurado por contenido sexual cuando uno de nuestros objetivos es dessexualizar la teta”, explica en conversación con EL ESPAÑOL.

El proceso para recuperar la cuenta fue un “infierno”, describe la administradora. Sin embargo, su historia tuvo eco en redes y varios medios y, a través de personajes como la ilustradora Flavita Banana, @tetayteta volvió a la plataforma. Al cabo de un día, volvió a desaparecer, para volver a estar en el aire en unas semanas.

Silicon Valley contra Trump

El poder de las grandes corporaciones de internet sobre el contenido que difunden sus usuarios ha alcanzado su punto álgido en la última semana. El asalto al Capitolio y al Congreso de Estados Unidos por parte de turbas pro-Trump, ha desencadenado en que Twitter, Facebook, Instagram y YouTube hayan suspendido las cuentas del presidente saliente.

No solo eso, sino que los gigantes de Silicon Valley han ido a por todo lo que consideran que ha llevado a una de las escenas más bochornosas en la historia de la democracia estadounidense: Twitter suspendió casi de golpe 70.000 cuentas de seguidores de la teoría de la conspiración QAnon. Por otro lado, Apple y Google Play eliminaron la aplicación de Parler mientras que el servicio de alojamiento web de Amazon borró definitivamente su dominio de internet.

Parler es una red social fundada en 2018 por la familia conservadora Mercer, cercana a Trump, y que pretendía erigirse como una alternativa al monopolio de las grandes redes sociales. Con apenas 1 millón de usuarios, Parler saltó hasta los 15 millones de usuarios tras los acontecimientos de las últimas semanas, hasta su eliminación total.

Su historia es parecida a la de otra red social, Gab, que tras el cierre de Parler, ha subido como la espuma entre los seguidores de Trump. Su fundador, Andrew Torba, anunció que en un solo día se habían registrado 600.000 cuentas nuevas. En septiembre de 2018, apenas contaba con 635.000 usuarios.

Mensaje que muestra Twitter cuando suspende una cuenta.

Gab nació en 2016 en un momento en el que se conocía que Facebook tenía un equipo que censuraba puntos de vista conservadores, o se expulsaba de Twitter al provocador Milo Yiannopoulos por una polémica con la actriz negra Leslie Jones.

En este contexto, Torba, un emprendedor de 26 años, creó una red social en la que cupiesen todas las víctimas de censura en las grandes plataformas. Torba presentó Gab como un nuevo templo de la libertad de expresión.

La realidad es que Gab, al igual que Parler, se convirtió en el fondeadero de discursos del odio contra minorías raciales, sexuales o religiosas, un reducto de fanáticos pro-Trump y de otras comunidades marginales de internet, que terminó por censurar todo lo que no era afín a sus usuarios.

Gab corrió una suerte parecida a la de Parler ahora: Apple y Google Play eliminaron la app de sus servicios. La empresa que alojaba su dominio estuvo a punto de hacerla desaparecer por completo y, de hecho, así fue, temporalmente, después de varias publicaciones unidas al autor la matanza en una sinagoga de Pittsburgh en 2018.

Las implicaciones de redes como Parler y Gab siempre parecieron inofensivas mientras se quedasen en lo virtual. Pero sucesos como el de Pittsburgh o el tiroteo en la pizzería Comet de Washington de un seguidor de la conspiración “Pizzagate”, convencido de que el restaurante era una tapadera de una red de pederastia vinculada al Partido Demócrata, demostraron lo contrario.

Para el profesor del IE experto en internet y tecnología Enrique Dans, “las escenas del Capitolio han provocado un impacto que ha desencadenado un cambio social”. Dans recuerda que no se trata solo de un movimiento de las empresas tecnológicas, sino que muchas compañías “que forman una parte significativa de la sociedad estadounidense” se han desvinculado del trumpismo después de esas imágenes, aprovechando, además, que a Trump le quedan apenas días en la oficina.

Cuenta de Adelante Andalucía, suspendida.

“El trumpismo lleva azuzando las redes desde antes de su llegada, por lo que podríamos hablar de cierta hipocresía de estas empresas, pero en todo caso, ahora ha quedado claro que no se quieren hacer la foto con él”, añade.

Para el experto no se trata de censura, sino de un estricto cumplimiento de los términos de servicio: “No creo que debamos hablar de que un grupo de empresas tecnológicas echen a un presidente. Si yo tengo unos términos de servicio en mi bar y un cliente no los cumple, lo puedo echar siempre que esos términos de servicio no incumplan la ley”, dice Dans.

De forma parecida se expresa Dina Bousselham, responsable del portal afín a Podemos La Última Hora, cuya cuenta de Twitter fue suspendida el verano pasado: “Nuestra cuenta cayó por una denuncia masiva por parte de muchos usuarios de Twitter, no tiene que ver con la libertad de expresión”.

“El reto de Twitter, al igual que el de los medios de comunicación, es el de frenar y combatir la difusión de bulos... fake news y mentiras que propician discursos de odio, racistas, lgtbfóbicos o misóginos que ponen en peligro los cimientos de la propia democracia”, afirma la periodista.

Dictadura tecnológica

La envergadura e influencia de plataformas como Twitter las han convertido en tan esenciales como internet. Frente a los nimios millones de usuarios de Parler y Gab, Twitter tiene 330 millones de usuarios. Facebook, por su parte, cuenta con 2.700 millones de usuarios mensuales activos mientras que Instagram supera los 1.000 millones, según los últimos datos disponibles.

“Son casi monopolios”, dice Dans. “Sus decisiones tienen implicaciones como que Trump no pueda expresarse ni relacionarse con sus millones de seguidores en su red social favorita, o que Parler se quede, casi sin excepciones, fuera de internet, pero están en su derecho”.

Twitter también suspendió la cuenta de Vox.

Para un tuitero como @SubmergedTrader, redes como Twitter “tienen un sesgo hacia la izquierda y no son coherentes con los umbrales que establecen”.

“Ejemplos como Irán, las cuentas del régimen venezolano, el ala más radical de los demócratas y el movimiento Black Lives Matter tienen comentarios muy deshumanizadores y no son eliminados. Los mensajes de Trump no son menos peligrosos que los que dicen que la investidura de Rajoy en 2016 era una farsa democrática o los que llaman a las víctimas del terrorismo en España un lobby ultra”, prosigue.

“Me preocupa la capacidad que tienen para limitar el pluralismo político en el debate público”, concluye el tuitero.