En Talarrubias, Badajoz, el termómetro alcanza sin mucho esfuerzo los 40 grados a la sombra en pleno verano. En los años 70, esta localidad pacense tenía unos 4.000 habitantes, hoy algunos menos, y una de las familias del pueblo ayudaba en la lucha contra la canícula vendiendo, puerta a puerta, polos de hielo caseros. Estamos en la capital de la comarca de la Siberia Extremeña. Los registros anuales de temperatura dejan bien claro que la zona no recibe el nombre de la gélida región rusa –donde se superan los 50 grados, pero bajo cero- precisamente por el mercurio. Versiones hay unas cuantas, pero la de mayor consenso señala que ambas zonas se comparaban a principios del siglo XX por su aislamiento, la lejanía de sus capitales y la apuesta por el tren. Los rusos construyeron entonces el Transiberiano. El ferrocarril en Extremadura es otra historia. Por Talarrubias, por ejemplo, no pasa. La estación más cercana es la de Cabeza del Buey, a unos 35 kilómetros. 

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Pues bien, situados ya en el corazón de la calurosa Siberia extremeña, allí el hielo había que fabricarlo. Y precisamente con una fábrica de hielo contaba aquella familia que repartía polos de hielo caseros puerta a puerta. Con ellos asistimos al germen, al nacimiento del polo FLAX, uno de los símbolos del verano español. El polo de bolsa, el polo barato –cinco pesetas, un duro, unos céntimos de euro-. El que comparte congelador con los helados de firma, pero no está en el cartel. Una empresa que comenzó no sin dificultades, como recordaba siempre Evaristo a sus cuatro hijos, y que factura cerca de tres millones de euros tras ampliarse más allá del polo de bolsa.

Burmar, de Burgueño Martín, fabrica más de 100 millones de golosinas al año y las distribuye por toda España, Europa, el Norte de África y Canadá, uno de los principales mercados de Burmar, junto a Francia. La exportación roza el 30% de la facturación total de la compañía.

Volvamos al origen: los Burgueño tenían varios negocios entre los 60 y los 70: una taberna, una tienda de ultramarinos, un cine y, claro, la fábrica de hielo. Su hijo Evaristo ayudaba en verano con el puerta a puerta. Lo hacía acompañado muchas veces por uno de sus grandes amigos, Juan Gómez, el Pajuato. De chiquillos igual no imaginaban que iban a trabajar toda su vida laboral juntos en una de las empresas que, heredando el carácter de sus padres, fundaría Evaristo. Burmar, la fabricante y distribuidora del Flax. Era 1973, y el joven tenía 23 años. Dejó los estudios y decidió montar un negocio. Pequeño estudio de mercado y “de ahí surgió la idea de montar una fábrica de polos”, explica Evaristo Burgueño hijo, la segunda generación de la mítica firma de golosinas, en una entrevista con EL ESPAÑOL. 

Superhéroe de cómics

Dos históricos trabajadores de la fábrica.

El polo FLAX, inicialmente de los sabores básicos, fresa, limón, lima, naranja, cola… se inspiró en su nacimiento en un superhéroe de cómics Flash Gordon. Hoy quizá sólo lo conocen los amantes del cómic clásico, pero en los 70 triunfaba como icono de la ciencia ficción y la misma Wikipedia dice que “probablemente constituyó el icono más conocido de la ciencia ficción visual hasta la aparición de Stars Wars”.


Con el super héroe vestido de azul, que hoy se mantiene en el envase, Burmar Flax lanzó sus grandes campañas de publicidad a finales de los 70 y principios de los 80. “Fueron las primeras campañas de publicidad de un producto de confitería en la televisión española”, recuerda hoy Evaristo Burgueño. El slogan sigue vive hoy: “Burmar Flax, sabores de otra Galaxia”.

Los orígenes fueron duros. Recuerda su hijo Evaristo que la primera fábrica estaba situada en el primer piso encima de la casa de los abuelos. Las máquinas no soldaban, ni terminaban de cerrar bien. “Nada estaba bien desarrollado entonces”. Y el líquido de colores a veces se salía, y se manchaba el suelo. Y de filtrarse, en el techo de casa de los abuelos había manchas y goteras… de colores. Para bajar las cajas desde el primer piso a las furgonetas de distribución instalaron “una rampa de madera por el balcón”. Y de ahí, a repartir por toda España.

Los historiadores del helado señalan a la antigua Roma como el origen del mismo, porque se congelaban algunas bebidas para refrescar al personal. Pero a lo largo de la historia, como ahora, la clave del producto no era sólo el origen sino también la distribución. Y ahí llegamos hasta Marco Polo, de quien se dice toma precisamente su nombre el polo porque sería este viajero mercader quien lo descubriría al mundo. Desde otra tierra de viajeros conquistadores, algunos siglos después, Evaristo Burgueño Martín, podría decirse que hizo lo propio en España, con el polo sin palo a través del marketing y la publicidad.

A cinco pesetas 

El Flax, que costaba cinco pesetas, un duro, no sólo estaba -y está- en todos los quioscos y tiendas de chucherías del país, además, había entrado en todas las casas a través de la televisión. Tenía su propia línea de cromos –todavía pueden encontrarse nostálgicos que los venden y compran en internet-, se publicitaba en programas infantiles y se ganó el corazón de los pequeños con su dulce sabor y por supuesto, su bajo precio. Agua, azúcar, espesantes –para no morder sólo hielo cristalizado- y acidulantes. Ahí la sencilla ¿o no? receta para endulzar y refrescar el verano de todo un país.

Ante tal éxito, ¿por qué no patentarlo? “Ni se pensó”. Pero además, desde Talarrubias nos recuerdan hoy que no eran exactamente los únicos que hacían polo de bolsa. Evaristo Burgueño nos remite a FlaggGolosina, el mismo concepto, en Sevilla. Concretamente en Lora del Río, también en los 70. Burmar, por cierto, acabó comprando la marca sevillana.



No fue la única compañía que adquirió Evaristo Burgueño, que se había convertido en un millonario de la época gracias al triunfo del Flax. Le llegaban, le llamaban, para más aventuras. En la península y en las Islas. “En Mallorca le ofrecieron un local de 1.500 metros cuadrados”, y así montó una discoteca: DiscoChic, tuvo su éxito, como recuerda su hijo y algunas crónicas ochenteras de la isla. Pero no era fácil dirigir un negocio nocturno en un enclave turístico al otro lado del mar. Porque el cuartel general de Burgueño, como hoy el de sus hijos, sigue siendo Talarrubias. Y eso que se cuenta que tuvo ofertas "golosas" para cambiar la sede. Siempre quiso quedarse en su tierra. “Mi padre era muy emprendedor y a lo largo de su vida profesional montó varias fábricas, pero su negocio fundamental siempre fue Burmar, a lo que más tiempo dedicó y con el que estaba más vinculado de forma emocional”, explica su hijo.

Y que siguió mimando. En los años 80, nuestro empresario amplía su fábrica de Talarrubias para producir caramelos de goma. Hoy en su catálogo, que está en inglés y en francés, se ofrecen más de 70 variedades de golosinas.

La segunda generación

Los hermanos Burgueño, la segunda generación a cargo de la empresa.

La segunda generación de la familia Flax está formada por cuatro hermanos y cada uno comparte una visión distinta. Son Evaristo, gerencia y dirección; Eva, administradora; Coronada, adjunta a la dirección y Antonio, I+D+i. Pero antes de hablar del concepto empresarial, hay una pregunta que no podemos obviar. Y más viendo esa fábrica, por la que circulan tubos con líquidos dulces de colores…

— ¿Cómo es ser niño en una familia que tiene ni más ni menos que una fábrica de chuches? Así a bote pronto parece el sueño de cualquiera.

En mi casa no había nunca golosinas, lo típico de ‘en casa de herrero….’ Yo personalmente lo que si hacía es que me iba al almacén sin que nadie me viera, cogía las llaves y me gustaba mucho enredar en los pasillos, hacía de todo, abrir cajas, comerme alguna golosina o montarme en los camiones que teníamos.

Y en ese ambiente crecieron los cuatro hijos de Evaristo Burgueño. Todavía eran niños cuando su padre, ya con la revolución del Flax asentada, quiso seguir innovando. En los 90, Burmar lanzó la golosina líquida. La base del Flax, pero que se consume sin necesidad de congelar: directamente se bebe. Es la Cantimplora Zumrok. Igual que con los polos, se lanzó una campaña en radio y televisión.

Como faro empresarial, Evaristo mantuvo siempre los polos y las golosinas, pero además de la discoteca, tocó otros palos. Tuvo almazaras de aceites y una embotelladora de agua, Aguas Fondetal. Fue a principios de los años 2000.

Evaristo Burgueño padre falleció en enero de 2014, a los 65 años recién cumplidos, tras ser uno de los empresarios más reconocidos de Extremadura. “Mi padre estaba muy orgulloso de su compañía”, nos recuerda su hijo. “Empezó con prácticamente 20 años, con mil dificultades, trabajando de sol a sol, fue capaz de llegar a medio mundo con sus productos, siendo un empresario muy reconocido dentro del sector y proporcionando una media de 80 puestos de trabajo durante 45 años en un pueblo donde había muy poca actividad industrial”.

500.000 al día 

Polos flax.

La fábrica de Burmar tiene hoy 40 empleados, de ella salen 500.000 flaxes al día. Pero se producen más golosinas, hasta 1,2 millones de piezas al día. Al año, más de 100 millones. Y por cierto, el polo no se congela en origen. De hecho, para hacer las fotos para este reportaje, tenemos que acordarnos de meterlos antes el congelador.

— Y tras esto, ¿se puede inventar algo más en el mundo de las golosinas?

Siempre hay algo que inventar, aunque, depende de lo que se entienda por inventar… pero hay aún mucho recorrido, muchas variables o versiones que se pueden desarrollar, y en eso estamos.

Y ese recorrido pasa, por ejemplo, por golosinas gourmet fabricadas con zumo natural y sin colorantes ni conservantes artificiales. De hecho, en Burmar Sweets cuentan con un departamento de I+D y desde ahí han lanzado las primeras chuches ecológicas veganas. Y eso, sí, aseguran desde Talarrubias, “siempre gustosas”. Algunos de estos pasos consisten en cambiar el azúcar blanca por azúcar moreno de caña integral.

Este año, por ejemplo, ha llegado al mercado el Flax Zero: cero azúcar, cero calorías. Y nuevos sabores. A los básicos de naranja, fresa, lima, limón, cola y tropical –ese azul que deja la lengua teñida-, se han sumado mora, melón, energy–, melocotón y piña colada.

¿Y todo en el verano de la pandemia? “El mercado nacional ha estado muy muy parado, pero hemos aprovechado para cambiar la imagen de la empresa y trabajar en innovación”, explica Evaristo Burgueño Márquez, gerente de la compañía.

En los últimos años “el mercado de las golosinas no ha cambiado excesivamente, pero sí que se apuesta por productos más naturales”, explica. Recuerda eso sí “que una golosina es una golosina y está buena como es”. Asegura que “hay que saber cuándo tomarlas, pero cuando se toman tienen que tener sabor, aroma, color y si no, pierde su esencia”.

Con esa idea, a las puertas de cumplir 50 años, en Burmar fabrican chuches con Omega-3 y té verde, acuden a ferias internacionales seleccionados y los hermanos aseguran que están “ilusionados y con ganas de trabajar”. Y eso que afirman no ser “muy ambiciosos”, pero por el momento, han seguido las líneas innovadoras de su padre. Y como él, no tienen ninguna intención de salir de Talarrubias. De hecho, su objetivo es ampliar mercado en Extremadura, en una forma de seguir luchando por dar algo más de impulso económico a la Siberia extremeña, una de las zonas más despobladas de España, con una baja tasa de actividad económica y poco conocida.

Con sus casi 50 años de experiencia, los Flaxes de Burmar ponen, sin embargo, un toque de fresco y de color a los 40 grados a la sombra de esta comarca aún por descubrir.