Sanxenxo

Había una vez un rey sin reino. Tuvo uno durante más de 40 años, pero fue desterrado. Sus andanzas y desmanes durante todo ese tiempo le acabaron pasando factura y se vio obligado a marcharse para acabar sus días en el extranjero, en las tierras de ultramar. Pero en su camino al exilio, y antes de decir adiós, pasó por su refugio. Por el lugar en el que los súbditos seguían siendo sus súbditos. Por el lugar donde aún se le rinde pleitesía, no se le juzga y hasta el puerto lleva su nombre. Por el pueblo en el que él querría acabar sus días.

En su larga travesía hacia el destierro, hizo noche el rey sin reino en su pequeño refugio. Allí fue recibido por sus acólitos, por su séquito. Por sus más fieles escuderos. Marinos y navegantes que le recibían con toda clase de prebendas. Allí celebró el monarca su última cena antes de emprender su presunto último viaje. Y esa noche, entre vinos y amigos, entre viejos lobos de mar, les reveló que no les decía adiós sino hasta luego: “Volveré. Espero que en septiembre, porque quiero navegar aquí”, fue su despedida, cuentan a EL ESPAÑOL fuentes próximas al entorno del club.

Juan Carlos I, el rey emérito, pasó por Sanxenxo el lunes para encontrarse con su círculo de confianza, con los amigos que no le han abandonado en estos tiempos de zozobra. Cuando su buque iba a la deriva, encontró en ese puerto de la costa gallega el timón que le guió. Aquí nadie le llama “el emérito”, aquí sigue siendo “El Rey”. Juan Carlos y Sanxenxo se unieron en 2005 en una simbiosis de la que ambas partes se aprovecharon. 

Una de las playas de Sanxenxo DLF

Y esta unión se ha fortalecido tanto en los últimos cuatro años, que Juan Carlos ya ha avanzado que es allí donde quiere acabar sus días. No en el Caribe, no en los Emiratos Árabes Unidos, no en Ginebra con su hija. Quiere que sea aquí, en las Rias Baixas, donde le dejen acabar su días en paz. Y aunque desde la Casa Real no está por la labor, él tampoco está por obedecer. En Sanxenxo le esperan y creen que volverá en breve. EL ESPAÑOL se ha desplazado hasta Sanxenxo, el pequeño reino del rey desterrado. La joya de la costa gallega, la perla turística en la que el emérito ha encontrado su corte y su sitio. 

Galiza monárquica

Galicia, esa pequeña comunidad autónoma al noroeste de España que tiene más kilómetros de costa que la gigantesca Andalucía. Si lo comprueban en un mapa no les saldrán las cuentas, pero así es: su escarpado litoral, con mil recovecos, la hacen ideal para esconderse, para fugarse. Y si hay un lugar de la geografía gallega donde debe estar un rey, ese es Sanxenxo.

La comarca del Salnés es la Costa Azul de Galicia y Sanxenxo es su Saint Tropez. Es el destino estrella, el municipio con más plazas hoteleras de la comunidad (en torno al 13% de todas ellas). Combina unas paradisíacas playas cristalinas con el verde de los robles y los eucaliptos de sus montes. Un lugar en el que hay mil caminos para llegar al mismo sitio, donde el GPS se vuelve loco, donde las sinuosas carreteras de montaña se pierden en mitad de la nada, para salir siempre al mar. El mismo mar en el que Juan Carlos de Borbón recuperó las ganas de vivir y cuyo puerto deportivo lleva su nombre.

Carretera rural en Sanxenxo DLF

No es la primera vez que en la provincia de Pontevedra rinden pleitesía de forma exacerbada a la Casa Real. Ya en 1902 un grupo de empresarios gallegos cedieron a Alfonso XIII, abuelo de Juan Carlos I, una isla para que estableciese allí su residencia estival. Fue la isla de Cortegada, a escasos 30 kilómetros de Sanxenxo. Allí se hicieron planeas colosales: la construcción de un palacio real para pasar el verano, como edificio estrella.

La isla le fue arrebatada cuando se proclamó la república, aunque Franco se la volvió a entregar a Juan de Borbón (padre del rey) después de la guerra. Había un proyecto para construir allí varios bloques de apartamentos, 75 viviendas unifamiliares y un palacio que tendría que ocupar 30.000 metros cuadrados. Nada de eso se hizo y Don Juan acabó vendiendo la isla en 1979 a un promotor inmobiliario por el irrisorio precio de 68 millones de pesetas. Y es que siempre hubo gallegos que quisieron al rey viviendo en su tierra. Y aunque nunca llegó a fructificar, la idea sigue viva.

“Va a volver para quedarse”

Un vecino de la zona pasea, mascarilla en ristre, por el minúsculo andén de la carretera de la playa. Está jubilado y no navega. A pesar de vivir a 200 metros de la orilla, la playa no la pisa desde hace años, “no me acuerdo cuantos”. Pero a pesar de estar tan desconectado del mar, sabe que el emérito ha estado por allí esto días, que viene a navegar, que ama su pueblo y que piensa volver. “Él no quiere irse, él se quiere quedar a vivir aquí en Sanxenxo. Va a volver para quedarse”. Lo afirma el paisano y lo repiten los vecinos como un mantra. La mayoría no lo ha visto nunca en persona, pero siempre tiene un primo de un primo que se lo encontró por casualidad. O un amigo al que saludó. Y todos tienen claro que el rey va a volver.

Juan Carlos de Borbón en una de sus visitas a Sanxenxo DLF

En el centro neurálgico de Sanxenxo, el rey nunca se fue. Principalmente porque el puerto deportivo, principal atracción del pueblo, sigue llevando su nombre: "Puerto Deportivo Juan Carlos I". Desde el BNG propusieron retirarle el nombre, pero el alcalde Telmo Martín (PP), el mismo que había en el cargo en 2005 cuando se inauguró el puerto, ha cerrado esa opción de un portazo.

El alcalde forma parte de ese reducido grupo del que quiso despedirse en la última cena que el rey sin reino celebró en Sanxenxo. La última, fugaz e inesperada visita del monarca tuvo lugar pocas horas después de dejar La Zarzuela, el palaacio en el que ha vivido los últimos 58 años. El banquete tuvo como objetivo despedirse de los suyos: un reducido grupo de amigos del Real Club Náutico de Sanxenxo, “porque lo de Sanjenjo está mal traducido. Si lo queréis en castellano tendríais que decir San Ginés, Eso de Sanjenjo es un invento que por aquí nadie dice”, nos advierte una fuente del entorno del Náutico.

La última cena

La mencionada cena de despedida tuvo lugar el domingo por la noche, en mitad de una tormenta de cielo claro. Porque aunque las condiciones meteorológicas eran óptimas para la navegación, la crítica situación en la que se hallaba el rey emérito a esas alturas era ya insostenible: sus escándalos con Corina, los regalos de los reyes de Oriente Medio y otras muchas presuntas irregularidades le empujaban a marcharse fuera de España para siempre. A borrarse del mapa.

Pedro Campos lanzando al rey a la piscina en una imagen de archivo

A regañadientes (y presionado por su familia, especialmente por su hijo y sucesor, Felipe VI), Juan Carlos de Borbón aceptó firmar un papel en el que se despedía de su patria y anunciaba su partida para no volver. República Dominicana, Oporto, Ginebra o Abu Dhabi son algunos de los lugares barajados como destino definitivo. Todo cábalas, porque Juan Carlos no dijo en ningún momento dónde pensaba ir. Tampoco dijo que se iba a Sanxenxo, que fue su primera escala. Allí llegó en 2005 para disputar la Volvo Race y se enamoró del pueblo.

Cuentan fuentes próximas al entorno del Náutico que sus amigos más estrechos, los de su nueva corte, fueron los únicos que estaban advertidos de esa cena. El primero, su inseparable Pedro Campos. Presidente del Real Club Náutico, sobrino de Leopoldo Calvo-Sotelo y uno de los empresarios más populares de la zona. Campos es la muleta invisible del monarca. Lo conoció en los 80, con las regatas como punto en común. Desde entonces han sido uña y carne, hasta el punto de que el rey sin reino tampoco tiene palacio en la zona, pero se lo cede Pedro Campos.

Un palacio prestado

El chalet de Pedro Campos está dentro del Concello de Sanxenxo, en la zona de Areas, unos metros por encima de la playa de Nanín. Preguntar a cualquier vecino cuál es la casa en cuestión es enfrentarse a una respuesta ‘a la gallega’: “Bueno, depende. ¿Cuál de ellas?” es la contestación más habitual .Porque Pedro Campos cuenta con varias posesiones en la zona. Una a nombre de su madre, otros apartamentos a nombre de sus hermanos. “En cualquiera de esos chalets puede acoger al rey. Por sitio no va a tener mucho problema”, remata otro vecino. Cuando el monarca se instala allí, sus movimientos son pocos y calculados: del chalet al Náutico, de ahí al barco y de vuelta a casa  



Es en casa del presidente del Náutico donde Juan Carlos de Borbón tiene su campamento y hace vida normal. Desde ahí se ve la costa, tiene privacidad y se siente protegido. “Saluda todo el mundo y se deja hacer fotos si se lo piden. Aquí no va en coche oficial. Cuando viene al pueblo siempre llega con Pedro Campos y su Volvo de color gris. En esta última visita también”, indican a EL ESPAÑOL. La campechanía era esto.

Apartamentos propiedad de la familia Campos, donde podría ubicarse el rey emérito DLF

Cuentan también que, en contra de lo que se publicitó, el rey sí que pisó el Náutico en su última visita: “Cerraron la cuarta planta del edificio para ellos”, aseguran a EL ESPAÑOL estas mismas fuentes. Y que en la comitiva estaban presentes los más íntimos: marineros de los que comparten velero con el monarca, gente de confianza con la que, fundamentalmente, habló de barcos. “Ha coincidido su peor momento personal con sus ganas renovadas de navegar. Eso le hace sentirse joven y olvidarse de sus problemas”.

Comer y competir

Porque el rey sigue compitiendo en vela. Ahora, en la modalidad de clásicos, en la categoría 6. Con piezas de viejos barcos de los años 20 y 30, le han adaptado el buque al monarca, para que se siente, se encaje y no tenga ningún problema de equilibrio. Con esta montura disputa la competición regatista, cuya próxima cita tendrá lugar este mismo mes en Suiza, en el lago Leman. Por ese motivo, no son pocos los de Sanxenxo que le sitúan “en Ginebra con su hija, dispuesto a navegar”. Son los mismos que advierten: “Va a volver en septiembre, porque hay regata en el pueblo y él quiere participar”.

Tras esa prueba, que ha estado disputando en cada edición durante los últimos años, el rey emérito, la tripulación de su barco y sus amigos más íntimos suelen participar en una cita ineludible: una cena en alta mar. El equipo parte desde el Náutico y celebran un ágape próximo a una batea, donde comen frutos del Atlántico. Percebes, vieiras, pulpos y zamburiñas. Dicen los que le han tratado, que Juan Carlos de Borbón no quiere perdérsela este año, por muy mal que estén las cosas en su casa, por muy lejos que le quieran.

Playa de Sanxenxo

El rey se acaba de marchar y no se sabe dónde. Lo único que tienen claro por aquí es que ha estado en Sanxenxo y que piensa volver en breve. Su deseo, además, es quedarse. No quiere pasar sus últimos días lejos de su país. Defiende su inocencia y se aferra a sus amigos, que le adoran, como motivo para regresar. La ruptura con su familia es total, por lo que no piensa obedecerles más. Nunca lo ha hecho, pero en este escenario de escarnio, mucho menos. Aunque le prohíban quedarse en Sanxenxo, en su pequeño reino, él hará oídos sordos.

Su tumba, su panteón

Sanxenxo sería también un buen sitio para reposar durante toda la eternidad, una vez fallecido. Porque esa es otra de las incógnitas que rodean a Juan Carlos de Borbón: El Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial está completo: de los 26 sepulcros existentes, hay 24 ocupados. Los 2 restantes son para los padres del emérito. Y aunque a él no le interesa pensar en ese momento y se siente más vivo que nunca, Patrimonio Nacional ya empezó hace un par de años a buscarle un sitio para cuando fenezca.

El pequeño cementerio de Sanxenxo está coronado por una enorme cruz de piedra, que es el símbolo del camposanto. Justo detrás queda un parterre libre, en una situación privilegiada, donde encajaría perfectamente un Panteón Real. Situado en una colina, desde allí se oye golpear el Atlántico. El mismo mar que llevó al monarca en 2005 a enamorarse de Sanxenxo, que parece ser el único interés que le queda al emérito en España.

Cementerio de Sanxenxo DLF

Despechado y repudiado por los suyos, Juan Carlos de Borbón sigue ocultando a los españoles cuál es su ubicación actual. Lo que no oculta a nadie el rey sin reino en su círculo más próximo es que no ha dicho adiós, sino hasta luego. Que se va para volver. Y que cuando vuelva, que lo hará, vendrá a Sanxenxo. Antes, quizás, de lo que todo el mundo imagina. Porque en Sanxenxo, pase lo que pase, Juan Carlos "sigue siendo el rey"

  

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