Desde hace dos años, Yolanda ya no sale a la calle. Al menos, mientras está en su barrio. El hasta hace poco idílico Balcón del Tajo Oeste, en Colmenar de Oreja, en el norte de Madrid. Un lugar familiar, rodeado de verde y montaña, alejado del ruido de la gran ciudad y perfecto para criar a los más pequeños. 

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Esta sensación fue precisamente la que sintió esta madrileña cuando decidió mudarse a Colmenar con su marido y sus hijos hace cuatro años. Y posiblemente también la de sus otros 34 vecinos. Ahora, claro está, es todo lo contrario. Es una pesadilla. Un sinvivir continuo.

Todo empezó con la primera okupación de una vivienda en la urbanización, después llegaron los robos, los incendios, el tráfico de drogas, las palizas entre bandas, las amenazas de muerte a los vecinos, las carreras ilegales, los perros peligrosos en la calle... Y más y más okupaciones hasta hacerse con prácticamente todo el barrio y tener atemorizados a todos los propietarios. 

Ahora, tal vez, sea más sencillo entender a Yolanda (51), pero también a Catalina (52), Ana Rosa (53), Isabel (54), Yolanda (55), Enriqueta (56), Elena (57), Álvaro (58), Mar (59), Beatriz (60), Mariví (61), Óscar (62), Gabriela (63), Paula (64), Silvia (65), Verónica (66), Silvestre (67), Mayka (68), Inmaculada (69), Raquel (70), Vicente (71), Encarnación (72), María Teresa (73), Violeta (74), María del Mar (75), Leticia (76), Bruno (77), Rocío (78), Juan (79), José M. (80), Ignacio (81), Maricarmen (82), Margarita (83), Ana 84) y Nicolás (85). Son sus vecinos y tampoco salen a calle. Y si lo hacen es con sus perros u organizados en grupos por si se encuentran con alguna sorpresa en el camino, tienen que ir a intentar parar una okupación a un vecino [han llegado a tener 30, y en algunas ocasiones hasta tres por semana] o, simplemente defenderse de ellos. 

Estos 35 propietarios se suman a las miles de víctimas del fenómeno okupa que existen en España. EL ESPAÑOL ha dado voz en una serie de reportajes a 100 españoles que han tenido o tienen su vivienda okupada. En el caso de estos vecinos, la segunda entrega, muchos tienen sus casas okupadas, algunos se han podido librar de ellos, pero en definitiva siempre terminan conviviendo con los okupas. 

Sin las cenizas de su hijo

El interior de la vivienda de Juan, tras ser okupada durante el confinamiento.

Juan tiene 72 años, está prejubilado por su afección de corazón y es uno de los propietarios afectados por la okupación en su barrio. Hace unos años se divorció, se mudó a Almería para cambiar de vida y decidió poner la casa en venta. Nunca estaba mucho tiempo sin pasar por ella, pero con el confinamiento no pudo ir. 

A los pocos días de que el Gobierno declarase el estado de alarma, los okupas se hicieron con la casa. "Me avisó un vecino, entonces yo llamé a la Guardia Civil, les dije que me estaban robando. Me dijeron después que los habían sacado, pero al poco volvieron a entrar", cuenta Juan, en una entrevista con EL ESPAÑOL.

Él sostiene que no son okupas al uso, sino "gente que se dedica a usurparla, reventarla, robar todo lo que hay dentro e irse". Cuando Juan pudo volver a su chalet, de unos 1.200 metros, no sabía si chillar, llorar o volver a irse. Estaba totalmente destrozada y para más inri, los okupas, de etnia gitana, habían dividido todo lo que había en el interior en lotes y lo habían ido vendiendo en la parte trasera de la calle. Vamos, como si se tratase de un mercadillo. 

Este afectado lo supo por su vecinos y porque cuando llegó, pudo ver todavía algunas bolsas de basura llenas de utensilios y algunos muebles. Lo que sí han vendido, según asegura este madrileño, es la urna que contenía las cenizas de su hijo pequeño. "Esto es horrible, sientes miedo y al mismo tiempo, mucha impotencia. Trabajas durante veinte años para conseguir tener algo y te roban tu única vivienda", relata Juan, quien ha emprendido acciones legales contra sus okupas. Un proceso, bien civil o penal, que puede extenderse años si los indeseados inquilinos recurren los fallos, mientras disfrutan de la casa. 

Cemento en las tuberías

Las bolsas que los okupas hicieron para vender los muebles de Juan.

Yolanda recuerda perfectamente cuando ella, su marido y unos cuantos vecinos más intentaron parar la okupación de la casa de Juan, pero no pudieron hacer nada. "Fue en abril, en la calle de debajo de mi casa. Nos avisó un vecino de que estaban intentando entrar por el párking, mientras habían puesto a los niños en la puerta. Cuando llegamos no pudimos hacer nada. Habían echado ya cemento sobre la arqueta del agua para que no se la cortásemos", relata.  

La indefensión que sienten estos vecinos es tal, tanto por las fuerzas de seguridad como del propio ayuntamiento que, frente a los okupas, han decidido organizarse para impedir que sigan okupando viviendas en el Balcón del Tajo Oeste. "Empezamos a organizarnos por Whatsapp y por redes sociales, y por las noches distintos grupos salen a dar distintas vueltas", cuenta esta vecina. 

Eso, claro, también les ha traído problemas. Yolanda recuerda cuando una noche su marido y otros vecinos salieron con los perros de paseo y recriminaron a una okupa, de etnia gitana, que dejase de sacar basura de los contenedores. "Le dijeron que podía atraer a las ratas y les hizo caso", prosigue. Lo peor vino después. A los pocos minutos, esa mujer fue hasta su casa y amenazó con matar a su marido: "Te tengo que traer a tu marido muerto a la puerta de tu casa; que yo soy familia del que ejecutó el tiroteo en Aranjuez", le profirió. 

Y es que la guerra sangrienta entre dos clanes de Aranjuez, el de los Nitos y los Pelofino, que terminó con la muerte de tres mujeres en un tiroteo en julio de 2019, hizo que una de las familias se marchase de allí y se asentase en Colmenar de Oreja. Fue entonces cuando comenzaron los problemas. "Imagínate la situación, mi hija lo escucho todo. Estuvimos todo el verano con crisis de ansiedad. Tengo mi casa perimetrada con cámaras, tres perros, spray para salir y una alarma conectada a la policía en el llavero", relata esta víctima. 

Lo peor, no obstante, fue cuando los vecinos del barrio intentaron parar un robo en una vivienda en pleno estado de alarma. Una vecina entró en su casa y se los encontró en plena acción. Entonces, avisó al resto de vecinos por el grupo. El robo acabó en batalla entre okupas y vecinos, que resultaron heridos. "A raíz de eso, ese fin de semana decenas de patrullas de la Guardia Civil estuvieron controlando todos los accesos de la urbanización, como si esto fuese la guerra", sostiene Yolanda. A la siguiente semana ya no estaban y el domingo todos los vecinos se despertaron con los puntos limpios del barrio ardiendo

"No los podemos echar"

Los vecinos han enviado 35 cartas, firmas con nombre y apellido, al alcalde de Colmenar de Oreja y a la Delegación del Gobierno, pero nadie, por el momento, les ha ayudado. Vivir en el barrio es una pesadilla continua. 

¿Usted sabe lo qué es salir de viaje un fin de semana y programar alarmas en el móvil a las 3:00 am, a las 5:00 am para verificar el estado de la alarma de tu domicilio y tomar fotos a esas horas? o ¿Abrir los ojos en la mañana y verificar si tu casa está bien? ¿Antes de dormir hacer la misma comprobación, al igual que al medio día? o ¿movilizar a amigos y vecinos porque la aplicación tiene un problema y llamarles a las dos de la madrugada como sucedió en diciembre? Sólo por salir un fin de semana.

¿Sabe usted lo que siente al ver a un grupo grande de okupas caminar por las calles, cada uno con palos a media noche y los vecinos creer que iban a por nosotros aunque al final era una reyerta entre ellos? ¿Sabe usted lo que es tener que ir con las escrituras de tu casa en el coche? Porque claro, si se entran en tu domicilio mientras vas a hacer la compra ¿cómo demuestras que es tu casa?

Catalina, katy para los vecinos y amigos, es la vecina que más se ha movilizado por su barrio. Ella firma esta carta y, aunque no ha recibido respuesta, no pierde la esperanza. Aunque ha habido veces que sí lo ha hecho. "Nunca se me olvida que una vez intentamos parar una okupación y la Policía nos dijo: Los okupas han demostrado que el candado que han puesto es de ellos y no los podemos echar", critica, perpleja, Catalina, que resiste todavía en su vivienda. Otros, en cambio, han decidido marcharse del barrio aunque siguen pagando la hipoteca.  

Ahora, lo único por lo que luchan estos vecinos no es que se eche a los okupas, al menos ahora. Sino que puedan poner su propia seguridad a la entrada y la salida de la urbanización. Controles de seguridad y personas que vigilen las 24 horas quién puede entrar y quien no. Sin embargo, el Consistorio está poniéndoles problemas. "Nosotros solo queremos algo tan básico como protegernos". 

La primera entrega: (I) 100 españoles con su casa okupada: las víctimas impotentes de la patada en la puerta

[Más información:Así ayuda la ley al okupa: cómo la retuercen y cómo puedes evitar la okupación hasta que cambie la norma]