Escena primera. Pablo Iglesias, ahora vicepresidente segundo pero entonces líder político con serias aspiraciones, recibe una llamada una mañana de primeros de enero de 2016. Le cuentan que tienen una información que le afecta. Se queda contrariado.

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Escena segunda. Esa misma tarde, Iglesias se desplaza hasta la sede del Grupo Zeta, editor de la revista Interviú, en el número 3 de la calle Orduña de Madrid. Sube en el ascensor hasta la última planta, saluda a Antonio Asensio, presidente del grupo, y éste le deja su despacho para que compruebe, él mismo y en soledad, el contenido de la tarjeta que hace unos días llegó a la redacción en un sobre. Le dicen que no saben quién es esa Dina Bousselham a la que pertenece pero que hay información sensible sobre él. Tras un rato revisando los contenidos, Iglesias agradece el gesto y se va con la tarjeta de memoria en la que está todo. Fundido a negro y créditos de inicio.

Así mismo podría empezar el capítulo piloto de la serie que relate todo lo que está sucediendo estos días en torno a Iglesias y que podría llamarse, digamos, Todos los hombres (y mujeres) del vicepresidente. Tiene todos los elementos para un auténtico y complejo thriller: una asistente joven, Dina Bousselham, que no se sabe si miente porque está siendo usada o para tapar al jefe; un vicepresidente, él mismo, con un aire de Dick Cheney pero a la española; un policía corrupto, el excomisario José Manuel Villarejo, dispuesto a arrastrar a todos con él y periodistas de investigación, como Alberto Pozas, exdirector de Interviú, convertido por Pedro Sánchez en Director General de Información Nacional y que se encuentra imputado por este asunto.

Pero el hilo conductor de todo esto es ella y siempre ella, la única mujer en la historia, Dina Bousselham, que sin duda se convertiría en la protagonista de la serie por méritos propios. Ella está consiguiendo que esto deje de ser una mera anécdota dentro del tejemaneje de la política que se cuece tras el telón. Ahora que la Audiencia Nacional está investigando qué ha pasado realmente con su tarjeta de memoria, las contradicciones de las declaraciones de Bousselham han colocado a Pablo Iglesias en una situación comprometida. En una semana, Iglesias ha dejado de ser considerado víctima y se han abierto las puertas para que el juez valore si dirigirse al Supremo si encuentra indicios de revelación de secretos y daños por parte de Iglesias. Y el mérito está en los cambios de versión de ella.

Iglesias tras su primera declaración en la Audiencia Nacional, en 2019. EFE

Dina Bousselham, antigua futbolista que comparte pasión por la pelota con Iglesias, entró en Podemos desde sus inicios y se convirtió en asesora de Pablo Iglesias tras el primer triunfo político de la formación, cuando él era eurodiputado en Bruselas. Luego, ella fue ocupando cargos orgánicos dentro del partido y ahora es la directora de La Última Hora!, un medio digital creado este mes de mayo y que sirve de herramienta propagandística de las tesis de Podemos, con la mayoría de sus noticias sin firmar pero los editoriales firmados por Bousselham. Desde la formación morada han llegado a pedir dinero a sus inscritos para apoyar el neonato medio de comunicación.

Fue a ella a quien, en noviembre de 2015, le robaron el teléfono móvil. En él, había una tarjeta de memoria con información sensible. Aparecían fotografías íntimas de ella, documentos de estrategia de Podemos, y fotografías de Pablo Iglesias trabajando. Esa tarjeta llegó a la redacción de Interviú y, tras valorar que el contenido no era noticioso y sí demasiado íntimo, se la dieron a Pablo Iglesias. Otra copia acabó en la casa del excomisario Villarejo; se la había dado el director de Interviú, Alberto Pozas, que había hecho una copia, tras una comida en el elitista restaurante madrileño Mesón Txistu. Todo esto está ahora siendo investigado por el juez Manuel García-Castellón en la Audiencia Nacional como pieza del caso Villarejo.

La última novedad de este asunto ha tenido lugar esta misma semana. Bousselham declaró previamente ante el juez que cuando Iglesias le devolvió la tarjeta de memoria ésta no funcionaba. Esto inmediatamente puso las sospechas sobre el vicepresidente del Gobierno. El lunes, se conoció que el juez le quitaba a Iglesias la condición de víctima, por la que ya había ido a declarar, y se abría la puerta para que el juez eleve una exposición razonada al Supremo. Sin embargo, Bousselham se ha vuelto a contradecir para salvar a Iglesias y este viernes se ha conocido que ahora dice que sí que pudo ver los contenidos de la tarjeta y que no estaba dañada. Pero, arranquemos por el inicio.

La futbolista y su móvil

La historia particular de Dina Bousselham hay que empezar a contarla no en la Audiencia Nacional y ahora sino en Tánger y en 1990, lugar y fecha en la que nació. Creció siendo una niña feliz con una afición atípica -entonces, y cada vez menos ahora por fortuna- para las niñas marroquíes: el fútbol. Ella todavía hoy recuerda con cariño las horas muertas en el barrio en las que el fútbol era el único pasatiempo y cómo iba sorteando comerciantes y viandantes, con la pelota, por las callejuelas de la medina de Tánger al ir a visitar a sus abuelos. También recuerda con cariño su época de ultra del Raja Casablanca, de cuando llevaba la bengala en la mano. De alguna forma, la sigue llevando.

Dina Bousselham es fan declarada del Real Madrid. E.E.

Cuando cumplió los 18 años, en 2008, Dina abandonó su Marruecos natal y llegó a Madrid, para estudiar Ciencias Políticas en el campus de Somosaguas de la Universidad Complutense de Madrid. Por aquel entonces, Pablo Iglesias era un joven profesor universitario, que llamaba a la revolución y que, como en El club de los poetas muertos, pedía a sus alumnos que se subieran a la mesa para contemplar el mundo desde otro prisma. Y ahí conoció a otro joven estudiante, miembro de una organización estudiantil que se llamaba Juventud Sin Futuro, Íñigo Errejón.

Pronto se fue ganando el favor de ambos, futuros líderes de Podemos, aunque más especialmente de Pablo Iglesias. Él le dio una matrícula de honor en su asignatura, después la fichó como colaboradora en La Tuerka, el espacio de tertulia política que Iglesias dirigía hasta que se convirtió en vicepresidente, y la convirtió en su asesora cuando él estaba en Bruselas. En su ascenso, fue ocupando distintos cargos orgánicos de Podemos y ha acabado dirigiendo un medio de comunicación que el propio Iglesias ha presentado en sociedad.

La cercanía de Bousselham y Pablo Iglesias era tal que se empezaron a difundir rumores de una relación entre ambos. Igual sucede ahora con la actual asesora de Iglesias, Lilith Vestrynge, hija de Jorge Vestrynge, ex Alianza Popular y que también nació en Tánger, como Bousselham. Cuentan fuentes conocedoras de esta historia que Bousselham era amiga de Errejón y que cuando se produjo el cisma entre él e Iglesias ella tardó en escoger bando para acabar apostando por el caballo ganador.

Todo esto habría sido una historia más entre los rumores sentimentales de Pablo Iglesias. Pero estalló lo que ahora se va desenvolviendo. El 1 de noviembre de 2015, Bousselham estaba en el Ikea Alcorcón con su pareja y actual marido, Ricardo Sa Ferreira, también vinculado a Podemos. En un momento de aparente descuido, a ella le robaron el abrigo. Ahí llevaba la cartera y un teléfono móvil de la marca Sony Experia y modelo Z2. En su interior, el dispositivo tenía una tarjeta de memoria SD en la que aparecían fotografías íntimas de ella, fotografías de Pablo Iglesias y otros militantes y documentos de estrategia política de Podemos. Empieza el thriller.

Dina recuerda con cariño su etapa como futbolista. E.E.

Estalla el ‘caso Dina’

Unos meses después del robo del teléfono, en enero de 2016, bien a través de un sobre anónimo o alguien personalmente hizo llegar la tarjeta al jefe de compras de la redacción de Interviú, localizada en el edificio Orduña, sito en la calle del mismo nombre y que albergaba la sede del ya extinto Grupo Zeta. Una tarjeta que podría tener información valiosa sobre Pablo Iglesias. De aquella época es la famosa rueda de prensa en la que Iglesias pide la vicepresidencia, ministerios y el control sobre el CNI.

La información la examina Alberto Pozas, director de la revista y tras analizar la información, elabora una serie de folios para sus superiores en los que explica por encima qué hay dentro de la todavía no famosa tarjeta de memoria. Tras ello, presidente del grupo, Antonio Asensio, y el director editorial, Miguel Ángel Liso, deciden que no lo van a publicar. La información es demasiado íntima, muy comprometida, y no ven valor noticiable en ella.

Asensio decide contactar con Pablo Iglesias para que vaya a verlo él mismo y dársela. Lo que sucede tras la llamada a Iglesias es lo que abre este reportaje, esa primera escena del thriller. Al entregárselo a Iglesias se pierde la pista. Meses después Pozas acabaría entregando otra copia que había hecho él mismo a Villarejo, alegando que fue por una petición verbal policial según consta en sus escritos de defensa.

A partir de aquí la historia se empieza a complicar y la veracidad de los hechos es lo que intentan dilucidar los investigadores actualmente. Lo que se sabe es que Pablo Iglesias no entrega inmediatamente la tarjeta a Bousselham, sino que se queda con ella, y con todo su contenido íntimo, entre 5 y 39 meses. Se sabe también que en julio de 2016 se hicieron públicos los comentarios machistas de Pablo Iglesias sobre la presentadora Mariló Montero, en los que decía que “la azotaría hasta que sangrase”.

El periodista Alberto Pozas a la salida de la Audiencia Nacional, en 2019. EFE

Desde Podemos fueron corriendo a vincular esto con la sustracción del móvil, con que las conversaciones estaban ahí grabadas, y Bousselham amplió su denuncia del robo incluyendo esto. Nadie dijo que la tarjeta ya había vuelto a manos de Podemos. Cuando en noviembre de 2017 detuvieron al excomisario Villarejo, en el registro de su domicilio apareció parte de la información de Dina, guardada en dos carpetas.

El contexto era perfecto para Podemos. El argumento era el siguiente: Pozas le había dado toda la información privada a Villarejo y éste la compartió con los medios de comunicación, que la publicaron. Tenían a las cloacas mediáticas y del Estado confabulando juntas para atacarles. Se convirtió en una delicia a la que sacar rédito electoral cuando, antes de las elecciones de abril de 2019, Dina Bousselham tuvo que ir a declarar ante el juez por primera vez. Ahora se sabe que todo era mentira y que el uso electoralista, el convertirse en víctima por parte de Iglesias y sacarle rédito político, era torticero y deliberado.

Las 4 mentiras de Dina

Si ahora se conoce que todo esto es falso, ha sido gracias a las declaraciones que Dina Bousselham ha hecho ante el juez. Son contradictorias, cada una más que la anterior, y están salpicando a todos los que rodean esta historia. Hay hasta cuatro grandes contradicciones.

La primera de las mentiras se produjo en marzo de 2019, un mes antes de las elecciones. Dina Bousselham ocultó ante el juez, siendo un dato clave, haber compartido las capturas de pantalla en las que Iglesias hacía comentarios machistas sobre Mariló Montero. Entonces, la línea era culpar a Villarejo. Sin embargo, más tarde la Policía Nacional acreditó que había mentido y tuvo que reconocer que las había pasado a terceros. 

De izquierda a derecha: Dina Bousselham, Pablo Iglesias, Alexis Tsipras y Teresa Rodríguez. E.E.

La segunda contradicción se ha producido este mismo 18 de mayo. Dina Bousselham entregó la tarjeta con la información y que esta no funcionaba y la Policía no pudo extraer su contenido porque estaba parcialmente quemada. Bien. El marido de Dina, Ricardo Sa Ferreira, dijo a las autoridades que tras el robo del móvil él no había vuelto a saber nada sobre la tarjeta. Sin embargo, para acreditar que ella no la destruyó, aportó como prueba una serie de correos electrónicos que había mandado a una tienda para intentar recuperar los datos.

Esos correos estaban enviados desde la cuenta de Ricardo Sa Ferreira, por lo que Dina compromete la versión de su marido. Y aquí está la tercera mentira: ella dijo que sus intentos de recuperar la información se produjeron en verano de 2016 pero los correos son de febrero de 2017. Ello estalla al mismo tiempo contra Pablo Iglesias, ya que ahora es imposible saber cuánto tiempo estuvo la tarjeta en manos del actual vicepresidente del Gobierno.

Y aquí la cuarta y última contradicción, y la más grave. Dina Bousselham declaró en un primer momento que había recibido la tarjeta quemada y que no pudo acceder a su contenido. Sin darse cuenta, con esa declaración implicaba directamente a Pablo Iglesias. Si en el Grupo Zeta el vicepresidente la pudo revisar y Dina no, fue él el que la quemó. Así, este lunes, el juez dictaba un auto en el que encargaba nuevas investigaciones a Asuntos Internos. Del resultado de esas investigaciones dependerá la valoración posterior del juez sobre si tiene base o no para dirigirse al Supremo. 

Lejos de dejar que las cosas sigan su curso, Bousselham ha decidido huir hacia adelante con una nueva contradicción, y lo ha hecho para salvar a Iglesias. Ahora resulta que la tarjeta sí que funcionaba. Tras conocer que el juez está valorando elevarlo al Supremo, Dina ha presentado en la Audiencia Nacional un escrito en el que rectifica sus últimas declaraciones.

Ahora dice que “cuando se me entregó [por Pablo Iglesias, a quien no cita] funcionaba, y comprobé que en su interior había contenidos de mi teléfono”. Nada que ver con la anterior afirmación: “nunca pude ver su contenido”. Pero, como ella misma sabrá, el árbitro ya ha pitado y el balón está rodando: el juez está esperando a que la Policía le informe sobre los aspectos de la investigación que hay que completar, esencialmente, por qué manos ha pasado la tarjeta. Alea jacta est, que dirían.