Desde mediados de abril una sensación de malestar carcomía la vitalidad de Isabel: “Cada vez me sentía peor”. Sin embargo, ni las jaquecas ni la pérdida de apetito podían frenar a esta ecuatoriana que madrugaba a diario para deslomarse en el campo por 5,90 euros la hora para garantizar un buen futuro a su hijo: “Mi gran sueño es que Bryan acabe la carrera de Medicina en Ecuador”. Esta inmigrante no era consciente de que había caído en las garras del bicho y lo que creyó “una gripe”, la acabó convirtiendo en la paciente uno del rebrote de coronavirus de Totana que ha provocado que esta localidad de 32.000 habitantes sea la única de la Murcia que esta semana no ha pasado a la Fase 2.

“Me notaba cada vez más decaída, pero no paraba de trabajar”, admite Isabel a EL ESPAÑOL. Ella es solo una víctima más de este rebrote de COVID-19 que se ha producido como consecuencia de un cúmulo de factores que van desde los pisos patera de los inmigrantes, a las precarias condiciones de las empresas de trabajo temporal (ETT) del sector agrícola. Todo ello aderezado con una serie de incumplimientos de las recomendaciones y restricciones establecidas por el Gobierno de España para evitar contagios en entornos laborales.

“Hace dieciocho años que vivo en la Región: desde entonces siempre me he ganado la vida cuidando a personas mayores y trabajando en el campo”. A sus 66 años, Isabel sigue en el mercado laboral porque a ojos de la Administración no ha cotizado el tiempo suficiente para disfrutar de una pensión: “Llevo doce años trabajando en el campo, recogiendo tomates, lechugas y fruta en varios municipios, pero solo tengo cotizados cinco años, por eso no puedo jubilarme”.

Como viene siendo habitual por estas fechas, Isabel buscó empleo para la campaña de fruta de hueso y la contrató una empresa de trabajo temporal (ETT) de Lorca: “Comenzamos en abril recogiendo lechugas en Aledo”. Todo iba bien hasta que ese mes encaró la segunda quincena de tajo en una finca de fruta de hueso de Calasparra: “Tenía mucha tos, me dolían los ojos, cada vez comía menos y sentía como si me clavaran cuchillos en la espalda”. Este fue el primer error que dio origen al rebrote de Totana: Isabel no fue a su médico de cabecera cuando presentaba síntomas leves de COVID-19 y con ese cuadro clínico continuó acudiendo a trabajar hasta el martes 5 de mayo.

Su hijo Bryan

La Policía Local de Totana realizando un controles de seguridad ciudadana después de que se detectase un rebrote en la localidad.

“No sabía qué síntomas tenía el coronavirus: yo solo le pedía a Dios que me dejara trabajar”. La angustia se anteponía al malestar general que padecía Isabel porque tanto ella como su marido, Gabino, son jornaleros agrícolas, y no podían permitirse el lujo de perder un salario debido a que todos los meses tienen que enviarle una fuerte suma de dinero a su hijo Bryan. “Le mandamos 900 euros mensualmente: ese dinero lo necesita porque en Ecuador no tenemos casa, tiene que pagar un alquiler y todos los gastos de la carrera de Medicina”.

El matrimonio con tal de que su primogénito se convierta en médico está dispuesto a agachar el lomo en el campo las horas que hagan falta y a pasar apreturas en España. De hecho, Isabel y Gabino residen en un piso patera de Totana: “En la vivienda hay seis habitaciones y convivimos diez personas, por nuestro cuarto pagamos de 200 a 220 euros mensuales, incluyendo luz y agua”. Eso facilitó que el ‘bicho’ buscase nuevos huéspedes no solo en la cuadrilla de jornaleros donde trabajaba esta sexagenaria, sino también en el piso patera: “Los compañeros de la vivienda están en cuarentena”.

Otro de los hilos conductores de la cadena de contagios que generó el caso Isabel fueron las condiciones laborales de la empresa en la que estaba contratada. Prueba de ello es que el autobús que trasladaba a la cuadrilla de jornaleros excedió supuestamente el tope de pasajeros que el Ministerio de Sanidad estableció impidiendo que se ocupasen todas las plazas durante el estado de alarma. El bus contaba con algo más de medio centenar de asientos y el Servicio de Epidemiología de Salud Pública corrobora que rozaron el máximo: “Llegaron a viajar 45 trabajadores y no puede superarse un tercio de la capacidad”.

El Servicio de Epidemiología, bajo la jefatura de María Dolores Chirlaque, ha llevado a cabo una exhaustiva investigación del rebrote de Totana que ha permitido frenar los contagios y establecer las causas de este episodio. “El origen ha sido un contacto laboral mantenido dentro del autobús”, resume Chirlaque. Cada día, a las seis de la mañana, Isabel llegaba con síntomas de COVID-19 a la Plaza Príncipe de Asturias de Totana donde tradicionalmente cientos de jornaleros aguardan la llegada de furgonetas y autobuses para transportarlos. Entre los empleados legales también suelen haber inmigrantes ilegales a la espera de ganarse unos euros en el campo.

Cada viaje en el bus de la ETT era para sus pasajeros el equivalente de un billete de lotería para ser contagiado de coronavirus porque no se cumplía la normativa de desplazamientos y en el pasaje viajaba el ‘bicho’ que hace tiempo que había conquistado el sistema inmunológico de la pobre Isabel. “Por el número de personas que iban en el autobús y los contagios que ha habido, nosotros deducimos que en el bus no se han tenido en cuenta las normas de distanciamiento social y de higiene de manos”, insiste la jefa del Servicio de Epidemiología.

Una técnica de Prevención de Riesgos Laborales de UGT explica cómo deben efectuarse los desplazamientos laborales: “El Ministerio de Sanidad establece que los trabajadores obligatoriamente deben ponerse una mascarilla para viajar y tienen que ocupar una plaza en cada fila, sentándose en zig-zag, para que nadie lleve a una persona en el asiento de detrás y se mantenga una distancia de seguridad de un metro y medio”. Sin embargo, este diario ha tenido acceso a fotos del citado bus donde los jornaleros viajan sin mascarillas y sentados con gente detrás: no hubo cordón sanitario.

“Solo se ponían la máscara tres o cuatro pasajeros”, asegura un empleado de la ETT que viajaba en el autobús del rebrote que a la postre impidió que Totana pasara de la Fase 1 a la 2 de la desescalada. “El chófer llevaba varios días diciendo que se encontraba mal, que tenía algo parecido a la gripe y ponía el aire acondicionado: eso era una bomba de relojería”.

No medían la temperatura

Esta técnico de UGT indica que en la guía del Ministerio “se recomienda” medir la temperatura a los empleados antes de incorporarse a su puesto de trabajo y a la finalización de la jornada laboral. “Ese control permite hacer una criba del estado de salud de los empleados porque a partir de 37,4 grados se considera que son febrículas y el trabajador debe acudir al Servicio de Revención de Riesgos Laborales de su empresa o a su médico de cabecera”. En la finca de Calasparra no se le puso el termómetro a ninguno de los jornaleros de la ETT. “Me puse mala en Calasparra”, confiesa Isabel.

No habla en vano porque una compañera de trabajo confirma desde el anonimato que los síntomas que padecía esta jornalera le impedían seguir el ritmo de la cuadrilla. “A Isabel la sacaban del trabajo porque le dolía todo el cuerpo y el lunes (4 de mayo) empezó a tener fiebre”, ejemplifica esta sudamericana. La encargada de la cuadrilla de la ETT no informó al médico de la empresa ni separó a Isabel del resto de empleados.

Conforme avanzaba la jornada se incrementaban las posibilidades de contagio. “Había una garrafa de agua para que bebiera toda la gente cuando se quedaban sin bebida y en la hora de la comida se formaban grupos de trabajadores que comían todos juntos”, apunta un empleado como otras de las prácticas aparentemente negligentes que ayudaron a la propagación del coronavirus entre la plantilla.

Positivo

Once vecinos de Totana fueron trasladados por las autoridades sanitarias de la Región de Murcia desde la estación de autobuses para que aislarse.

Pese a haberse encontrado muy indispuesta el lunes 4 de mayo, Isabel volvió el martes a subirse al bus y regresó a la finca calasparreña para trabajar de 8 a 14 horas y de 15 horas a 18.30 horas. “Tenía decaimiento y ya no podía comer: solo bebía agua”. El miércoles 6 de mayo esta ecuatoriana amaneció tan mal que se fue directa a los servicios de urgencias: le dieron cita para el viernes en el Centro de Salud de Totana-Sur. Otra oportunidad para que el COVID-19 extendiera sus tentáculos por el municipio totanero y en la empresa: “Volví a casa y el jueves regresé a trabajar”.

En cuanto el viernes 8 de mayo puso un pie en el Centro de Salud de Totana-Sur, con una sintomatología de tos crónica, ausencia de apetito y un fuerte malestar general, el facultativo de Atención Primaria derivó a Isabel al consultorio médico de la pedanía de Campillo en Lorca para que el sábado 9 de mayo fuese sometida a una PCR. Ya era demasiado tarde porque ese sábado otros compañeros de cuadrilla comenzaban a sentirse indispuestos y uno hondureño faltó a trabajar.

El domingo 10 de mayo un médico llamó a Isabel para confirmarle que había dado positivo por COVID-19. “Me encontraba muy mal: vomitaba”. En cuanto esta mujer conoció su diagnostico tuvo claro qué es lo que le pasaba a su esposo, Gabino, de 65 años: “Mi marido también era positivo porque me decía que tenía tanta fiebre que le quemaba el cuerpo por dentro”.

Un parte cada cuatro horas

A diario, cada cuatro horas, le llegan puntualmente al Servicio de Epidemiología los resultados de los test de coronavirus que se realizan en toda la Región y cuando ese domingo se les notificó el caso de esta vecina de Totana saltaron todas las alarmas: Isabel confirmó a Salud Pública que trabajaba en el campo y que durante las dos primeras semanas en las que empezó a padecer síntomas de COVID-19 no había dejado de acudir a recoger fruta, previo desplazamiento en autobús junto a una cuadrilla de jornaleros.

“El estudio de trazabilidad y el rastreo de contactos estrechos es más complicado con personas que dan positivo y trabajan en el campo porque en sus empresas mueven a mucha gente y sus trabajadores tienen mucha movilidad: un día pueden recoger fruta en un municipio y al siguiente están en otra localidad”, subraya la jefa del Servicio de Epidemiología, María Dolores Chirlaque, sobre todas los interrogantes que despertó en su departamento el positivo de esta jornalera.

El lunes 11 de mayo el resto de la cuadrilla de jornaleros volvió a subirse de madrugada en el que bien podría denominarse el autobús del bicho’ para desplazarse 95 kilómetros desde Totana hasta la finca de Calasparra. A las horas de empezar la jornada de trabajo comenzó a cundir la preocupación entre la cuadrilla porque Isabel no había acudido a trabajar ni viernes ni sábado ni lunes. Además, el empleado hondureño que había faltado el sábado también falló el lunes.

“Empezó a circular el rumor de que dos personas tenían síntomas de coronavirus y cogí mucho miedo porque soy paciente de riesgo por una enfermedad que padezco”, tal y como detalla un empleado sin especificar que patología padece para no ser identificado por la ETT y tener problemas laborales. Este trabajador tenía claro que el bicho había anidado en la empresa: “Isabel estuvo trabajando enferma dos días, con fiebre y con tos, yo le decía que fuera al médico”.

A lo largo del día este hombre llegó a decirle a sus compañeros que tenían que parar de trabajar y marcharse a un centro de salud para pedir que les sometieran a un test para ver si estaban contagiados. “Mis compañeros no quisieron”. La necesidad de ganar un salario pudo a la cuadrilla compuesta por inmigrantes sudamericanos. “Ese lunes, sobre las seis y media de la tarde, cuando acabamos la jornada, el dueño de la empresa acudió a la finca para confirmarnos que dos jornaleros habían dado positivo”.

Aislamiento 

Instalaciones del Centro Internacional de Voley Playa de Lorca donde pasaron su cuarentena voluntaria un grupo de once vecinos de Totana.

En el Servicio de Epidemiología trabajaron a contrarrelol para identificar a las personas que podrían haberse contagiado, con la ayuda de la Policía Local y la Guardia Civil, así como de la empresa de trabajo temporal de Lorca. “La empresa colaboró porque le explicamos que en Totana había un rebrote que, de momento, lo podíamos controlar, pero si no hacíamos las cosas bien podría haber un repunte importante y no solo Totana se podía quedar en la Fase 1, sino toda la Región de Murcia, incluso volver a la Fase 0”, recuerda la epidemióloga María Dolores Chirlaque.

Las pesquisas de los sanitarios con la colaboracion de las Fuerzas de Seguridad les permitieron identificar seis casos positivos y determinar la cadena de contagios: la paciente uno, Isabel, propagó el virus al ‘paciente dos’, su marido, Gabino; el trabajador hondureño de la ETT que causó baja tras la ‘paciente uno’, a su vez le contagió el COVID-19 a su madre y el chófer del autobús y otro integrante de la cuarilla también tenían el ‘bicho’. Chirlaque apunta que “el vínculo epidemiológico entre ellos era que casi todos habían trabajado en la misma empresa y se tipificó como brote”.

Con los positivos ya identificados: el Servicio de Epidemiología de Salud Pública estableció los contactos estrechos de esos positivos tras escudriñar minuciosamente el entorno familiar de todos, sus rutinas de trabajo, incluso los supermercados a los que acudían a hacer la compra o los locutorios a los que iban a llamar a sudamérica.

Tensión social

El alcalde de Totana, Juan José Cánovas.

El alcalde de Totana, Juan José Cánovas, viendo el panorama que se avecinaba con una población con 32.000 habitantes, de los que un 20% es inmigrante, trabaja en el campo y en muchos casos conviven en pisos patera, optó por lanzar públicamente un mensaje de alerta a sus vecinos: “Puede haber un rebrote muy serio si no hacemos bien las cosas cada uno de nosotros individualmente”. A la opinión pública trascendió que el foco eran los jornaleros de una ETT lo que generó malestar en el sector agrícola porque temían que en el mercado se mirase de reojo sus productos y se estigmatizase a los productores agrarios como profesionales que no garantizan las condiciones higiénico-sanitarias en plena pandemia de coronavirus.

Para aquel entonces el Gobierno autonómico optó por establecer un cordón sanitario: Totana sería el único municipio de los 45 de la Región que el lunes 25 de mayo no pasaría de la Fase 1 a la 2. La tensión social fue a más porque se sumó el malestar de los profesionales de la hostelería y el comercio que se vieron privados en sus negcios de acogerse a los beneficios del siguiente nivel de la desescalada.

Los seis positivos fueron ingresados en el Hospital Virgen del Alcázar de Lorca y a los 45 sospechosos de ser protadores de coronavirus se les ofreció la posibilidad de realizar voluntariamente la cuarentena en el Centro Internacional de Voley Playa de Lorca, bajo suspervisión médica, con habitaciones individuales, equipadas con aseo, y servicio de comida. Once accedieron a realizar la cuarentena a partir del viernes 15 de mayo y los treinta y cuatro restantes se aislaron en sus domicilios. Como en su mayoría se trata de jornaleros: el Ayuntamiento movilizó un dispositivo con Cáritas para llevarles periodicamente comida para llenar la despensa porque dejaron de trabajar y de recibir sustento.

El pasado domingo todos los que se aislaron en el Centro Internacional de Voley Playa de Lorca recibieron el alta tras someterse durante la cuarentana a dos PCR en las que dieron positivo. En el Hospital Virgen del Alcázar de Lorca solo quedan ingresados dos de los seis positivos. Isabel, la ‘paciente uno’ del rebrote de Totana recibió el alta el jueves 21 de mayo y regresó a su piso patera a realizar una breve cuarentena hasta que reciba el alta médica: “En todo este tiempo no me han llamado de la empresa ni para saber cómo estoy ni siquiera para la baja”.

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