Mañana del domingo 11 de marzo de 2018. España contiene el aliento por la desaparición, 12 días antes, de Gabriel Cruz, un niño almeriense de ocho años. Hace un rato que Ana Julia Quezada, de origen dominicano, ha dejado en un hotel de Almería a Ángel, su novio y padre del menor. El hombre ha quedado con unos periodistas que están cubriendo el caso de su hijo. Tras despedirse, Ana Julia se marcha conduciendo un Nissan Pixo de color gris. Una vez sola, la mujer, de 43 años, se dirige a Rodalquilar, donde llega pasadas las diez de la mañana. En esa pedanía de Níjar (Almería), incrustada en pleno cabo de Gata, la familia de su pareja tiene una pequeña casa en una finca rural. Al detenerse, Ana Julia se baja del coche, retira piedras y tableros de madera de una zona de tierra próxima a una piscina, coge un bulto envuelto en una alfombra y lo introduce en el maletero de su vehículo.

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Es la imagen de apertura de este reportaje. Aparece en el sumario del caso, que está a punto de dar un giro de 180 grados. Son las 11.09 de la mañana. Ella no lo sabe, pero la Guardia Civil tiene ‘pinchado’ su teléfono desde hace una semana y ha puesto un micro oculto en el interior del vehículo que conduce. Sospecha que está implicada en la desaparición del menor. Minutos después, Ana Julia, ajena a les pesquisas policiales, vuelve a la carretera. Mientras circula sin rumbo durante una hora, habla sola en voz alta. Desde sus puestos, los investigadores escuchan frases que les eriza el vello: “¿Dónde lo puedo llevar yo…? A algún invernadero (...) ¿No quieren un pez? Les voy a dar un pez por mis cojones”.

Sólo unos minutos después, cuando está a unos metros de acceder con su coche al garaje de la casa en la que vive con Ángel en Vícar, a 70 kilómetros de donde tenía enterrado aquel bulto, guardias civiles de paisano la detienen en mitad de la calle. Uno de los agentes abre el maletero, retira parte de esa alfombra y dice: “Es él”. Se trata de Gabriel, el hijo del novio de Ana Julia. Fin a la búsqueda: la madrastra es la homicida.

Imagen del sumario. Ana Julia en la finca de Rodalquilar (Níjar, Almería).

"Yo te quiero", a gritos

Ana Julia es la persona que ha acabado con la vida de ‘Pescaíto’, como lo llamaba su  madre, Patricia Ramírez. Pero Ana Julia, en un arranque de cinismo, todavía es capaz de romper a llorar y niega que haya sido ella la que introdujera el cadáver del niño en el maletero de su coche. “Yo te quiero”, grita pese a saberse acorralada. 

Desde hacía un año, Ana Julia no soportaba al niño, que pesaba 24 kilos y medía un metro y 30 centímetros. Lo mató pegándole con un hacha en la cabeza y asfixiándolo después. El propio menor le había contado a su madre los continuos roces que tenía con la nueva pareja de su papá.

Ana Julia había logrado distanciar a padre e hijo. La propia Patricia Ramírez se lo contó al juez instructor semanas después de la detención de Ana Julia. “Sé que la relación que tenían Gabriel y Ana Julia no era buena. Antes, Gabriel y Ángel tenían una relación más estrecha. Gabriel hasta se había quejado alguna vez de la pareja de su padre”.

A 48 horas del arranque del juicio a Ana Julia Quezada, EL ESPAÑOL reconstruye cómo la acusada de asesinar a Gabriel fue capaz de sostener una mentira que sólo tocó a su fin cuando decidió mover el cadáver del niño. “Tiene una mente fría y calculadora”, explica Ana Gutiérrez Salegui, psicóloga forense del Instituto de Probática e Investigación Criminal, quien ha analizado el perfil psicológico de la acusada que a partir de este lunes se sienta en la Audiencia Provincial de Almería. “Ana Julia veía a Gabriel como un estorbo en su relación con Ángel”, añade Gutiérrez Salegui. “Sentía celos hacia el menor por robo de atención. Unos celos enfermizos que la llevaban a odiar al pequeño”.

"Ojalá no vuelva más"

“Ojalá no vuelva más”, le dijo Gabriel a su padre la última vez que Ana Julia viajó hasta Santo Domingo, capital de la República Dominicana. “Espero que se quede allí”. Ana Julia se había marchado sola porque su novio le había dicho que no podía ir con ella de vacaciones hasta su país natal. Ángel le argumentó que, en las fechas que le propuso viajar, le tocaba quedarse con su hijo. Los investigadores siempre han pensado que Ana Julia pudo actuar movida por ese resentimiento.

Gabriel Cruz desapareció el 27 de febrero de 2018 en Las Hortichuelas, una pedanía también de Níjar y a 5 kilómetros de Rodalquilar. Ese día, sobre las 15.30 horas, le dijo a su abuela y a Ana Julia que iba a jugar a la casa de otros niños -nietos de una prima hermana de la mujer-. Según la instrucción del juez Rafael Soriano, la acusada, “en una actuación reflexiva y meditada”, se marchó trás él y lo convenció para que le acompañara a la casa de Rodalquilar, donde ella tenía que pintar.

Ana Julia Quezada y Ángel Cruz, padre del niño muerto. EFE

Una vez allí, Ana Julia agarró a un “inocente” y "confiado" Gabriel, lo golpeó de forma reiterada con violencia,  y con sus manos le tapó la nariz y la boca hasta asfixiarlo. Tras quitarle la vida al niño, Ana Julia cavó una fosa con una pala que había llevado días antes a aquella finca. Ana Julia desvistió al niño antes de enterrarlo. Guardó la ropa en una mochila. Seis días después, el 5 de marzo de 2018, cuando un amplio dispositivo ya buscaba al menor por cada rincón del Cabo de Gata, ella se subió a su coche con las prendas del menor, condujo hasta Retamar-El Toyo, una zona residencial de Almería, y las arrojó al interior de un contenedor de vidrio.

Durante los 12 días de búsqueda, Ana Julia convivió con los familiares del niño en la casa de la abuela del menor. La vivienda de Las Hortichuelas, a donde nunca volvió Gabriel, se convirtió en el punto de encuentro de los seres queridos del niño. Ana Julia en ocasiones se mostraba ausente. En otras, activa y dicharachera. Era capaz de pasarse horas tumbada en una cama, sola, mirando el móvil y, a su vez, tratando de consolar a la abuela del niño. “Tranquila, Carmen, Gabrielillo va a aparecer. Hoy va a aparecer… Le vamos a dar Coca-cola”.

Gabriel sabía vestirse solo

Cuando aún no había aparecido el cadáver, Ana Julia Quezada participó en una entrevista en la radio pública gallega. Entre sollozos, dijo: “Estamos destrozados. Ya no sabemos qué hacer. Nos estamos volviendo locos”. En aquella entrevista llegó a hablar sobre el menor en pasado, para luego corregir. “Era un niño muy responsable... es un niño muy responsable".

La mentira seguía. Pero Ana Julia había cometido un error. Fue el 3 de marzo, cuatro días después de su desaparición. En un intento por dirigir las sospechas a un antiguo novio que residía en Las Negras, a 3 kilómetros de Las Hortichuelas, dejó una camiseta seca y planchada en una zona que ya había sido rastreada.

Ella contó que era la camiseta que llevaba Gabriel cuando se le perdió el rastro. “Yo lo vestí”, explicó a los investigadores. Ese día, la madre del niño comenzó a desconfiar de la presunta asesina. “Cuando dijo que era de Gabriel me hizo sospechar mucho. Dijo que le había vestido ella… Pero el niño se vestía solo, tenía ocho años”.

Este próximo lunes habrá pasado año y medio de la muerte de Gabriel Cruz. Ana Julia Quezada se enfrenta a una posible pena de prisión permanente revisable, condena que han pedido tanto la acusación particular, que ejercen los padres del niño, como la Fiscalía.

Patricia Ramírez y Ángel Cruz, padres de Gabriel. EFE

Los progenitores del menor fallecido sufren desde entonces estrés postraumático y trastorno de adaptación con reacción depresiva prolongada. La magistrada que presidirá el juicio, Alejandra Dodero, ha atendido la petición de Ángel Cruz y Patricia Ramírez para que su declaración en sala, prevista para el martes 10 de septiembre, sea a puerta cerrada, por lo que no podrán acceder a ella ni periodistas ni público. Un día antes declarará Ana Julia, la mujer que les arrebató a 'Pescaíto'.