David Palomo Enrique Recio

M. L. no estaba ni en el sitio adecuado ni en el momento justo. Pero, claro, quién lo iba a pensar entonces. Ella pasó, junto a su novio Kike, por el peor lugar posible, la avenida Mistral de Barcelona, cerca de plaza de España y del Paralelo. Y lo hizo, además, a una hora prohibitiva, las 15:30, con nadie en la calle y el peligro esperándola entre el silencio de las esquinas. Nadie, en realidad, lo podía prever. Pero ocurrió. Iba discutiendo con su pareja, a la gresca, cuando Farid, el dueño del bar 69, la invitó a entrar en su local. A priori, sin malas intenciones, tan solo por buena voluntad, con un único propósito: ayudar. Pero, a posteriori, listo para cometer un crimen, para degollarla sin que exista, por el momento, explicación aparente ni razón con sentido para ser escrita o investigada. 

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La joven, a sus 17 años, se dio de bruces con la fatalidad del destino. Nadie lo entiende. Sus amigas, días después, siguen en shock. No entienden cómo, de pronto, se han quedado sin M. Ni tampoco cómo pudo acceder a entrar en el maldito bar 69. ¿La razón de tanta incomprensión? Obvia. “Era una chica muy tímida, bastante reservada, poco social y que tan solo tenía un grupo de amigas en el instituto. No se juntaba con el resto de la clase”, cuentan sus conocidas en conversación con EL ESPAÑOL. 

Siempre iba “a su bola” y, en buena medida, gran parte de su tiempo lo pasaba con Kike, su novio, al que había conocido, al menos, “hace cuatro años” y con el que estaba, seguro, “desde que entró en tercero de la ESO”. Con él pasaba las horas, de un lado para otro, mientras buscaba su futuro entre libros. A sus 17 años, hacía Bachillerato en el colegio de los Salesianos de Rocafort. Vivía feliz, tranquila y sin más agobios que los propios de la edad. Pero, ay, fue pasar por esa calle y que todo, de repente, se truncara. 

Los agentes de los Mossos se llevan el cuerpo de la asesinada.

Su historia de amor, sus aspiraciones… Todo se fue al carajo. Kike, su novio, al verla despegarse de su lado, trató de entrar con ella en el bar 69, pero Farid cerró a cal y canto. Aun así, intentó acceder al local. No podía. La puerta estaba completamente cerrada. Entonces, escuchó los gritos de M. antes de presenciar una escena dantesca: el marroquí salió del interior manchado de sangre y con una bicicleta en la mano. Se subió a ella y huyó sin decir nada, sin dar explicaciones ni mirar atrás.  

Kike, inmediatamente, se metió dentro del local. Su novia había sido degollada. Se encontraba en el suelo, tendida en mitad de la sala, sin vida y herida por un arma blanca, en mitad de un charco de sangre. ¿Por qué? Nadie lo sabe. El crimen no tiene explicación. Farid no conocía a la pareja de nada y ellos jamás habían entrado en el bar. Pero, ese día, todo se junto en un encuentro inesperado, en una acción fortuita y en una fatalidad que no encuentra consuelo ni comprensión. 

Los brotes psicóticos de Farid 

La única explicación plausible es que Farid, en el momento, sufriera un brote psicótico. Ese podría ser el móvil del crimen. Eso sí, su estado psicológico era una incógnita para la gran mayoría de sus conocidos. El marroquí llegó a Barcelona hace 15 o 20 años, estaba integrado, hablaba catalán con frecuencia –y mejor que Messi– y estaba casado su mujer, María. Era, a ojos de los vecinos, un inmigrante ejemplar. 

Tarjeta del local propiedad de Farid. Allí ocurrieron los hechos.

Además, económicamente siempre le había ido bien, había aportado como ciudadano ‘catalán’. El bar 69 era el último negocio de hostelería de los muchos con los que había prosperado en la Ciudad condal. Antes, había hecho muchos otros. El principal, alquilar habitaciones a extranjeros por la plataforma Airbnb. Su vida, por tanto, era completamente normal. Nadie sospechaba que pudiera hacer algo así. 

Ni siquiera se lo había planteado el dueño del alquiler del bar 69. “Siempre me ha pagado puntualmente y se ha mostrado como una persona completamente normal”, reconocía el ‘casero’ en conversación con EL ESPAÑOL. Pero, claro, su relación se limitaba a lo estrictamente contractual, a nada más. Él pertenecía tan solo a su círculo relacional más lejano. En cambio, los más cercanos tenían otra opinión. 

Los vecinos, últimamente, ya sospechaban de que le pasaba algo. El bar 69 abrió dos meses atrás y, desde el jueves pasado, algunos testigos presenciales, como la dueña de la charcutería que comparte número con el local de Farid, lo habían visto raro. Su comportamiento no era normal: abría el local y lo cerraba a deshoras, fuera del horario comercial; y su única empleada se fue diciendo que le había advertido de que iba a cerrar recientemente. Mientras, paseaba por los alrededores del local, saludando a los transeúntes y comportándose aparentemente normal. 

Pero no lo era. “Cuando tenía un brote, se ponía a la defensiva y reaccionaba de forma muy violenta”, cuentan fuentes de la investigación a este diario. Y, definitivamente, parece que uno de esos golpes psicóticos le dio cuando M. paseaba con Kike por allí. Aprovechó la discusión para perder la cabeza y degollar a la joven de 17 años. Ahora, ingresado en el área de Pisquiatría del Hospital del Mar de Barcelona, espera a saber cuál será su futuro.