Cristian Paniego, religiosamente, acudió, como muchos sábados de invierno, al polideportivo municipal de Corral de Almaguer (Toledo). Había quedado para jugar al fútbol. Nada serio. A los siete años, le diagnosticaron una cardiopatía asintomática y, cada vez que hacía deporte, tenía que medirse. Pero, hasta el momento, había llevado una vida completamente normal. De hecho, asiduamente, acudía al gimnasio o echaba una ‘pachanga’ con los amigos del pueblo. Como hizo ese maldito día, cuando a pocos minutos de terminar el partido, se desmayó. Cayó a plomo al suelo, se dio en la cabeza y empezó a sangrar. “¿Qué pasa?”, se preguntaron todos.

Faltaban cinco minutos para las 20:00 horas y una serie de circunstancias dieron al traste con el fallecimiento del joven de 21 años. La ambulancia llegó casi media hora después de que se desplomara, a las 20:26, según la denuncia. En ese tiempo, nadie lo atendió. En el pabellón, el desfibrilador se encontraba guardado en un cajón sin llave y ninguno de los allí presentes sabía utilizarlo. Y los médicos del centro de salud de Corral de Almaguer, a tres minutos (650 metros) en coche del polideportivo municipal, se negaron –según ha denunciado la familia– a acercarse al campo para tratar de salvar la vida de su vecino. Ahora, sus padres, Milagros y Valentín, piden justicia. No podrán recuperar, desgraciadamente, a su hijo, pero están dispuestos a luchar para que no vuelva a ocurrir lo mismo. 

Cronología de una desgracia

Pasado el tiempo, en Corral de Almaguer siguen sin creérselo. Sus amigos, porque estuvieron presentes aquel maldito sábado, fueron los que llamaron al 112 y los que lo vieron morir. Vieron caer a Cristian sobre el campo e intentaron hacer todo lo posible para salvarle la vida. Tras verlo en el suelo, rápidamente, enfilaron hacia el centro médico –a 650 metros del polideportivo– de la localidad manchega e, inmediatamente, le pidieron a los dos profesionales que se encontraban allí que fueran a ayudar a Cristian. Pero, entonces, se toparon con el primer obstáculo: les dicen que no podían acudir porque, por protocolo, no podían abandonar el centro. Además, no tenían vehículo para desplazarse y el otro equipo del centro había salido a cubrir un servicio en otro pueblo. 

Cristian, días antes de morir, posaba con su traje para carnaval.

Los amigos de Cristian les ofrecieron su coche a los facultativos médicos, pero estos se negaron a acudir, según cuentan los testigos. No tenían, según estos, los instrumentos adecuados. Milagros, alertada por la novia de su hijo, llegó al centro en poco tiempo y pidió, también, que asistieran a Cristian. “Estaba planchando y me fui para allá. Cuando llegué, estaba morado. Me dirigí a Urgencias y la enfermera me dijo que la ambulancia ya estaba en el polideportivo”, cuenta Milagros en conversación con EL ESPAÑOL. 

Así era, al llegar, los servicios sanitarios, llegados desde Quintanar de la Orden (Toledo, a 21 kilómetros de Corral de Almaguer), estaban presentes por la llamada del 112, pero con malas noticias. “Está muerto”, me dicen. Pero, a pesar de todo, logran reanimarlo y lo llevan al Hospital Virgen de la Salud de Toledo en un helicóptero. “Allí, lo atienden, pero sufre varios infartos y muere”, prosigue Milagros. “Si lo hubieran hecho antes, quizás hubiese seguido con vida, nos dijeron los médicos”, añade Valentín, su padre. 

Podría haber sobrevivido, también, si en el polideportivo donde jugaba al fútbol hubiese estado disponible un desfibrilador. “Había, pero estaba guardado en el cajón y, además, nadie sabía utilizarlo”, lamenta Valentín. El encargado del pabellón se ausentó al funeral de su abuela y dejó al cargo a otro amigo del pueblo. Pero, claro, este no sabía ni dónde estaba el desfibrilador. Es decir, nadie hizo nada. “Bastante consiguieron los chavales colocándole en posición de defensa para que no se tragara la lengua”, repasan sus progenitores. 

"Se podía haber evitado"

“Creemos que, en otras condiciones, se podría haber evitado”, prosiguen. Por eso, han denunciado a los sanitarios que presuntamente se negaron a auxiliar a Cristian por denegación del deber de socorro y han llevado a cabo una reclamación administrativa interpuesta contra el Ayuntamiento de Corral de Almaguer por cómo se encontraba el desfibrilador del pabellón. ¿Para qué? “Para que a otras personas no les ocurra lo mismo”, espetan, ambos. 

Cristian, en un retrato de su madre.

Milagros sabe que no podrá recuperarlo, pero quiere luchar por una causa que considera justa. No quiere que exista otro caso como el de su hijo. Un año y medio después, sigue sin recuperarse. “Es muy complicado”. Acude al psicólogo, al psiquiatra y a una terapia por duelo en Madrid todos los meses. Eso le ha ayudado a contar lo ocurrido, a poder sacar fuerzas de flaqueza para seguir adelante, para poder iniciar su lucha y contarle su historia, por ejemplo, a este periódico. 

En su memoria, tiempo después, continúan almacenados aquellos días junto a Cristian. “Él era la alegría de la casa”, recuerda. Cada día, se levantaba a las cuatro de la mañana y cogía el coche, recién comprado, para ir a Quintanar de la Orden para trabajar en una fábrica de jamones. “Después, volvía con el pan, se echaba la siesta, se iba al gimnasio y veía a su novia”. Así, cada día, sin quejarse, tranquilo, disfrutando de su madre, Milagros, que trabaja en el Ayuntamiento ayudando a mayores; y de su padre, Valentín, que se 'saca las habichuelas' en el campo. 

Junto a todos ellos era feliz y vivía tranquilamente en Corral de Almaguer. Soñaba, de hecho, con ahorrar algo de dinero para poder seguir estudiando un grado superior de informática, lo que siempre había querido hacer durante toda su vida. Con eso, y con acudir al concierto de Bon Jovi de este junio en el Wanda Metropolitano. "Eso le encantaba", recuerda Milagros. Nada especial. Como tampoco lo eran esos carnavales del pueblo para los que su madre ya le tenía preparado el traje. “Se lo había probado días antes de morir”, lamenta su madre.  

Su vida era, por tanto, completamente normal. Se diría, incluso, que muy feliz. Pero el destino y una serie de circunstancias concatenadas acabaron con su vida. Tenía 21 años. “Estaba en uno de sus mejores momentos”. Pero, entonces, ocurrió. Se desplomó en aquel maldito polideportivo, a 650 metros de un centro de salud, en un campo sin desfibrilador, con la ambulancia atendiendo fuera… Y con la mala suerte, según denuncian familia y amigos, de haberse encontrado a dos sanitarios que se negaron a auxiliarle. 

Milagros y Valentín posan con el retrato de su hijo Cristian. DAVID PALOMO EL ESPAÑOL