Málaga

Durante casi dos décadas, Ana María García Romero dedicó sus esfuerzos a cuidar a siete niños que no eran suyos. Trabajaba como empleada del hogar, apenas tenía tiempo para sí misma. Por eso no pudo ser madre hasta bien avanzada la treintena. Hace seis años, a principios de 2013, nació su primera hija, en el Hospital Universitario Virgen de la Victoria de Málaga. Las cosas, sin embargo, no salieron del modo que esperaba. En teoría era el momento de disfrutar un poco más, de cultivar su propia semilla, pero la vida se encargó de desmontárselo  todo en el primer minuto de juego. "Es la primera hija que tengo de verdad y me pasa esto". El sonido frío, sordo y seco de aquel golpe se le metió por dentro como un escalofrío y ya no se le ha vuelto a salir. 

Su hija se cayó al suelo de cabeza unos segundos después de que la diera a luz. Acababa de venir al mundo y los despistes simultáneos de quienes atendían el parto pudieron tener consecuencias irremediables en el primer minuto. Puede incluso que todavía las tengan. La vida, desde entonces, es una lucha continua contra las dificultades que se van presentando.

Esta mujer se ve obligada también a combatir de forma irremediable ese miedo cerval que agita a muchos progenitores: ese mal presentimiento que se tiene a veces y que obliga a imaginar qué pasaría si el recién nacido se le cae a uno al suelo. Ahora, seis años después, el Servicio Andaluz de Salud (SAS) ha reconocido los hechos, la gravísima negligencia médica y ha decidido indemnizarla con 46.942 euros para ella y para el padre de la menor. Una decisión, explican tanto la madre de la pequeña como su abogado, que van a recurrir de forma irremediable. 

Lo que le indigna tanto a Ana María como a sus abogados es la escasa cuantía otorgada por el SAS. Un dinero que tiene que destinar, en parte, a pagar los servicios de su letrado, Francisco Damián Vázquez. Una cuantía "insuficiente para poder darle a la niña los cuidados que necesita. Después de todo lo que ha pasado esto no me lo pueden hacer, así que pienso llegar hasta el final".

Ana, en su entrevista con EL ESPAÑOL. B.C.

Debido a la caída en el parto, las lesiones de la niña le han provocado un retraso madurativo y escolar, algo de estrabismo (desviación de la mirada en uno de los ojos) tiene desde entonces problemas de vista, de oído, deficiencias en la capacidad de aprendizaje, necesidad de cuidados especiales. Las dolencias le han ido surgiendo con el paso de los años y con el propio crecimiento. "Ella siempre está un paso por detrás", explica Ana María. Durante algún tiempo, la tuvo que llevar al logopeda. A la pequeña le ha sido reconocida su situación de minusvalía y no es posible descartar daños neurológicos en un futuro próximo. 

Ana María recibe a EL ESPAÑOL en una cafetería cercana a su casa, a media hora del centro histórico de Málaga. Acude al encuentro con una de las amigas que le han servido de apoyo en los momentos más complicados de estos últimos años. Viste ropa sencilla, luce sonrisa de optimismo, habla como un torrente. Dice estar llena de fuerza. 

-Esa primera vez que coges a un niño, que te tiembla el brazo... -explica-; es inseguro. Yo por las noches es que me levanto, y que me recuerda. Y qué hago, a ver, qué hago. Es como una ansiedad que uno tiene dentro. 

Tras la tragedia en el parto, Ana María se volcó en proteger y en sanar a su pequeña recién nacida. Ocho meses después de ser madre, esta mujer perdería su trabajo como empleada del hogar de una pudiente familia de la ciudad. Desde ahí se las ha tenido que apañar ella sola. 

"Aún sueño con el sonido del golpe"

"Muchas noches de los últimos seis años no he podido dormir. En algunas de ellas todavía sigo soñando con el golpe. Con ese sonido sordo de la caída". Es una imagen que no pudo ver, pero que no se le va de la cabeza. Resulta imposible, dice, ya que es lo que ha marcado y lo que va a marcar la vida de su hija. 

"El parto fue provocado", recuerda. Ana María llegó de emergencia al hospital con síntomas de parto, en la semana 39 de gestación, el 16 de enero del año 2013. Ya había roto aguas. Tras su ingreso, fue trasladada al paritorio. Había cinco personas, aparte de ella, en la habitación en la que iba a dar a luz a su hija: la matrona, otra facultativa y tres jóvenes estudiantes de prácticas.

"Me decían, tú empuja, tú empuja". Y ella empujó y empujó, pero algo salió mal en el momento en el que el bebé, una preciosa niña de pelo azabache, asomaba la cabeza.

Madre e hija, poco tiempo después de su nacimiento y de su accidente. Cedida a EL ESPAÑOL

Para ayudar a que el bebé salga, la matrona ejerce presión sobre el vientre. Entretanto, la ginecóloga valora la posibilidad de utilizar un fórceps, y decide introducirlo. La cosa parece ir bien. La niña tiene ya más de la mitad del cuerpo fuera, entonces la ginecóloga se gira. El cuerpo de la niña, por inercia, continúa saliendo de la madre, y en ese breve lapso de tiempo el bebé se desliza hacia el vacío. Entretanto, ninguna de las cinco personas que la atienden, ni siquiera la matrona cuya labor consiste en extraer a la recién nacida del interior de la madre, está atenta a lo que ocurre.

La madre no ve nada. Tan solo escucha un golpe sordo. "Lo recuerdo, lo puedo oír ahora mismo. De repente, un porrazo. Me viene a la cabeza cada noche". 

Aquel sonido era el de la cabeza desprotegida e indefensa de su hija estampándose contra el suelo. El despiste de todos los que supuestamente la estaban atendiendo hizo que la niña se precipitase "desde una gran altura y con mucha fuerza". En la caída, su tierno cráneo se golpeó con el metal quirúrgico que recubría parte del suelo de la sala. A la vez, de la violencia de la caída, el cordón umbilical de la bebé se rompió, desgarrándose, como si alguien rasgase una tela. 

"Me dijeron que era una manchita en la cabeza"

Ana María comenzó a gritar, alarmada, preguntando que qué acababa de pasar. A qué se debía aquel ruido sordo. Desde su posición no podía advertir lo que estaba pasando. La matrona y el resto de facultativos se volvieron, recogieron a la bebé del suelo y se la llevaron. Su hermano, que esperaba en el pasillo, exigió entrar al escuchar los gritos. No se lo permitieron, así que acabó entrando por la fuerza. Al bebé ya se lo habían llevado.

"En el momento no me dijeron que se había caído. Simplemente me explicaron que se la tenían que llevar para hacerle unas pruebas". Horas después se la acercaron para que la vieran, totalmente tapada, excepto la cara, donde se advertían sus ojos abiertos. "Me dijeron que solo tenía una manchita en la cabeza". 

Era algo más que eso lo que había ocurrido. A la pequeña le detectaron una hemorragia con posible edema cerebral. Los días posteriores a los hechos, los análisis revelaron nuevos focos de hemorragia en distintas partes de la cabeza de la niña. La niña permaneció hospitalizada durante 16 días, cinco de ellos en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatal (UCIN). 

Algo más de dos semanas después de los hechos llegó una carta a casa de Ana María: "Una carta. Es ahí cuando me lo explican. La única que nos llamó para disculparse fue la matrona". 

-El momento más difícil de estos dos años.

-¿El más difícil? En octubre, cuando le iban a operar de la vista tras varios años con gafas. La operaron de los dos ojos. Y bueno, al verla ahí, con los dos ojos ensangrentados...Lo he pasado malamente en esa operación.

La más pequeña de su clase

La niña (a quien llamaremos Emilia para preservar su intimidad) es la mayor de su clase, pero va un curso retrasada para lo que es normal a su edad. Cursa tercero de educación infantil, todavía se confunde al leer. Hace unos meses, a principios de octubre, tuvieron que operarla de la vista. No empezó a andar hasta que prácticamente cumplió los dos años. "Es que no se movía. Tu la ponías en el suelo y es que ni siquiera era capaz de gatear". 

Hospital Universitario Virgen de la Victoria de Málaga, donde ocurrieron los hechos. Europa Press

Desde que perdió su trabajo, Ana María se ha dedicado en cuerpo y alma a los cuidados de su hija. Lo hace sola, sin tiempo apenas para nada que no sea las terapias semanales a las que la tiene que llevar o para estar pendiente de ella las 24 horas del día. Vive con sus padres y con la pequeña, y ahora, de cuando en vez, logra obtener algún trabajo como peón operaria del ayuntamiento de la ciudad. Se trata de un dinero que entra en casa como agua de mayo y que le ayuda a ir tirando. 

Luego, claro, las temporales revisiones. Los problemas han ido surgiendo estos años en torno a la pequeña como los temporales en medio de una travesía por el océano. Muchos amigos, y otros seres queridos, se han ido quedando en la orilla mientras Ana María y su hija sortean las sucesivas tormentas y complicaciones que les van surgiendo. Los defectos en el habla. El retraso en el colegio. Las citas en la consulta del pediatra. Los problemas en el oído. Los problemas en el estómago. El miedo incluso a salir a la calle. A hacer una vida normal. 

La velocidad es otra de las cosas que pone a su hija en aprietos. Los vértigos son una constante en su día a día. "Muchas veces la llevo al  parque y tiene que estar con los mayores mientras los niños juegan y se suben al tobogán. Se marea, le entran náuseas, se cae al suelo sola. Pierde todo el equilibrio", explica su madre. La niña sufre esto en situaciones menos lúdicas. Al subirse a un autobús, por ejemplo. O al viajar en coche. No es capaz de soportarlo.

-¿Es así siempre?

- Pues casi siempre, sí. Cuando es la feria de Málaga (en verano) nos da mucha pena porque todos los niños se suben a los coches de choque y ella no puede. Ella tiene que quedarse sentada con nosotros. Tiene seis años y no se sube en los carricoches. Puede ser de los vértigos, de que está yendo mal del oído... En el coche, como vaya así muy suelta, se me agarra a mí y me dice: mami para, para, para. 

-Claro, tú intentas que se vaya a acostumbrando a la normalidad. 

-Sí, sí, pero me da mucha lástima. Nosotras insistimos, pero luego tiene que parar. El daño que a mi me han hecho eso no se puede pagar. Sin quererlo, si te viene un problemita, se echa para adelante y no pasa 'na'. 

Dice Ana María que parece que la peor parte ya ha pasado, y que ahora solo queda que su pequeña vaya mejorando. Y que se resuelva todo y que les otorguen la indemnización que les corresponde. Por eso  van a recurrir. "Esto a mí ya no me la paga nadie. El carácter mío ya no es el mismo. Mi niña ve una bata blanca y se echa a temblar. Mami, no, mami, no, mami, no. Entré allí con una niña sana y me la devolvieron llena de cables".

Madre e hija, hace algunos años. Cedida a EL ESPAÑOL