Gabriel Salvador, a menudo, cogía su bicicleta, enfilaba el camino que hay desde la casa okupa donde vivía junto a María Gombau y bajaba a su hijo mayor, de tres años y medio, al colegio. Por el camino, a veces, se paraba. Se sentaba en un banco, con su guitarra en la mano, y cantaba. Era su hobby, su principal dedicación. Hace un mes, lo habían dejado sin trabajo. Lo despidieron del restaurante donde trabajaba por falta de puntualidad y por tomar estupefacientes. Por tanto, no le quedaba otra: su dedicación era llevar a su niño y después volver a ese edificio derruido que no era otro que su vivienda. 

Ese mismo camino que hacía Gabriel Salvador, el padre de los dos niños presuntamente asesinados en Godella (Valencia), lo hicieron los servicios sociales varios días antes de la tragedia. Concretamente, el día 11, después de una llamada de "la familia extensa" -es decir, de la madre de María, como confiesan los vecinos-. La Policía Local se presentó en el domicilio y constató que tanto los padres como sus hijos se encontraban en perfectas condiciones. 

"¿De verdad?", se preguntan los vecinos, sin dar crédito. La casa donde vivían Gabriel Salvador y María Gombau carecía de cualquier tipo de salubridad. Es, visto desde cerca, un lugar donde jamás podría vivir alguien con unas mínimas condiciones higiénicas. Con las paredes destrozadas, sin techos, pintadas por todos los lados -una de ellas, "vais a morir todos"-... Es villa miseria. "Sabíamos que alguna vez tenía que pasar algo, es imposible pensar otra cosa", confiesan los vecinos en conversación con EL ESPAÑOL.

"Estaban zumbados"

Pero ahí no acaba la cosa. El día 13 -es decir, 24 horas antes de que aparecieran muertos, el teléfono del menor contacta telefónicamente con los Servicios Sociales para poner en conocimiento una información facilitada por la familia. Desde ese momento, se establece una coordinación con el centro escolar donde acudía el mayor (colegio San Sebastián de Rocafort) y se amplía la información. Pero no se hace nada y un día después los niños aparecen muertos y enterrados. 

¿Se podría haber evitado? La respuesta, posiblemente, sea afirmativa. Los servicios sociales, el mismo día 11, vieron el lugar donde vivían los niños, tenían la información de la familia y los indicios de sus conocidos. María Gombau y Gabriel Salvador no sólo estaban en tratamiento psiquiátrico, sino que además tomaban estupefacientes y drogas de todo tipo (incluidas setas alucinógenas)

Más aún, su comportamiento siempre había sido extraño. "Estaban zumbados", cuenta un amigo de Gabriel. "Créeme, no estaban bien de la cabeza", añade. Y todo el mundo lo sabía. "¡Cómo es posible que no hicieran nada!", se sorprenden los vecinos. Mucho más en una zona como esta, donde todo es aparentemente normal. 

"Zona tranquila, nunca pasa nada"

Villa miseria, como la han empezado a llamar en Godella (Valencia), está al lado de una de las urbanizaciones con más renta per capita de todo Valencia. Se trata de Santa Barbará. Allí, viven Robert Fernández, ex director deportivo del Barcelona, Ayala, ex jugador del Valencia, y residió también Zubizarreta, ex portero del conjunto culé, entre otros. 

"Es una zona totalmente tranquila, donde nunca pasa nada. Por eso, es extraño. Si nosotros pensábamos que podía pasar algo, ¿cómo no se dieron cuenta los servicios sociales?", cuentan sorprendidos a este periódico. De hecho, el mayor llevaba desde febrero sin ir al colegio. Desde el centro, habían avisado a la madre, pero ésta les dijo que no lo acercaban porque su padre iba a cambiar de trabajo y se iban a trasladar. Entonces, desde allí les insistieron: "Para hacer eso tenéis que venir aquí". Nunca fueron. Los niños, antes de que se firmara cualquier papel, fueron encontrados muertos. 

La principal sospechosa sobre el asesinato es la madre, María Gombau, que había reconocido, según su marido, que "los niños estaban poseídos". Es más, los había tirado a una fosa séptica y había tratado de ahogarlos un día antes de la tragedia. A su madre, incluso, le había dicho que se iba a reunir con "el creador". Así lo reconoció Gabriel, que fue al primero que encontró la Policía después de que un vecino alertase al 112 después de ver a un hombre perseguir a una mujer semidesnuda y ensangrentada.

Illuminatis, extraterrestres, animales muertos

Los agentes lo encontraron primero a él, que dio a todos por "muertos" y después les indicó, de alguna manera, el camino: su madre, les explicó, se ha metido en una piscina para resucitarlos. A María la encontraron metida en un bidón, juntando ideas inconexas y sin poder explicarse. Horas después, guió a los agentes al lugar donde se encontraban los críos. Este viernes, ha sido trasladada al hospital para que dictaminen si está en condiciones psicológicas para declarar. 

Los actos de la madre llevan días siendo raros. O, mejor dicho, desde siempre. A pesar de proceder de una familia acomodada, María había decidido vivir a su "aire". Había sido detenida en 2011 coincidiendo con las manifestaciones por el 15-M. Había sido condenada penalmente, pero finalmente la sentencia le dejó cumplir la pena haciendo trabajos sociales en la Casa de la Cultura de Rocafort. 

Después, había vivido en la casa okupa por convicciones. Era de izquierdas, justificaba la dictadura de Maduro, se declaraba ecologista, animalista y antisistema. Y su marido le seguía el camino. Aunque era aún más raro. Él decía ser de los illuminati, creía en los extraterrestres, buscaba animales muertos y tenía puesta una calavera en la puerta de la casa. 

Todo esto, tan raro como sorprendente, pasó desapercibido para los servicios sociales. Los vecinos siguen sin explicárselo. Ellos sabían que algo iba a pasar. Y pasó. No podía ser de otra forma. Salvo que alguien le hubiera puesto remedio mucho antes.