Pepe Barahona Fernando Ruso

Encarna y Antonio vuelven a estar juntos. El matrimonio de nonagenarios separados en dos residencias de pueblos cordobeses diferentes por falta de plazas en la zona de Los Pedroches se ha reencontrado este jueves por la tarde después de la agitada respuesta a la publicación de EL ESPAÑOL. Los nervios de él contrastaron con la sorpresa de ella, a la que le mantuvieron el secreto para evitar generarle falsas expectativas.

Antonio entró en la Residencia de Alcaracejos preguntando por su Encarna. Ayudándose con su bastón, “el garrotillo”, avanzó diligente hacia la mujer con la que ha estado casado casi 65 años, aniversario que se cumplirá el próximo 12 de agosto. De entre todos los residentes que sesteaban en una amplia sala del geriátrico, Antonio reconoció rápidamente a su esposa. Al verlo, los ojos de Encarna se abrieron de pura sorpresa. Solo unos segundos más tarde, ambos se fundieron en un torpe y emocionado abrazo.

“¿Aún me recuerdas?”, le preguntó Antonio a Encarna. Ella asintió con los ojos brillantes y una amplísima sonrisa. “Ya lo creo que te conozco”, respondió. Varios besos después, los bastones descansaron junto a un par de sillones. Antonio y Encarna apenas hablaban. Como una pareja que acaba de conocerse. La timidez se quebró con algunas miradas cómplices de él y la risa recurrente de ella. Solo entonces empezaron a tocarse. A jugar con las manos. A recordar los días que vivieron juntos y que tuvieron un punto, y aparte, hace dos meses.

“No me he separado nunca, nunca, nunca de ella”, repetía Antonio. “Ni siquiera cuando íbamos a coger aceitunas”, apostillaba Encarna. Ambos insistían en las caricias, esas que la burocracia hurtó hace dos meses.

A mediados de noviembre, los dos nonagenarios dijeron adiós a su casa de Santa Eufemia, municipio cordobés en el que nacieron, se conocieron, se casaron y tuvieron su único hijo, Basilio. Los dos pasaron de vivir de forma autónoma en una amplia casa de dos alturas a pasar sus horas en la residencia de Dos Torres. Consecuencias de la edad, él tiene 93 y ella 91.

Hasta finales de mayo, el matrimonio tuvo que hacer frente a un gasto de unos 2.300 euros al mes. Los dos esperaban la valoración de la Ley de Dependencia para poder disfrutar de sendas plazas concertadas en una residencia, lo que abarataría la factura, imposible de mantener durante varios meses más.

La reacción de Encarna al ver a Antonio entrar en el salón de la residencia de Alcaracejos. Fernando Ruso

La separación

El visto bueno de la Administración llegó para Encarna antes que para Antonio. A ella le asignaron una plaza en la residencia de Alcaracejos, un municipio situado a unos diez kilómetros de Dos Torres. Ambos se dijeron adiós y empezaron a contar con los dedos de las manos sus encuentros. Los problemas de salud de ella, agravados por un principio de demencia senil, hacían imposible sus visitas a Dos Torres. A Antonio le tocó vencer su animadversión al coche para poder visitar a su mujer. “Prefiero ir andando antes que montarme en el coche con mi hijo —asegura él—; no sé cómo conduce, pero me mareo, no me gusta el coche”.

Las llamadas por teléfono tampoco mitigaban la soledad de los abuelos de Santa Eufemia. La sordera de ambos imposibilitaba cualquier atisbo de conversación. Los contactos se redujeron a una visita a la semana.

“Nosotros, que no nos hemos separado nunca”, insisten ambos.

Las visitas intermitentes se han mantenido hasta este jueves. Cinco días después de que EL ESPAÑOL publicase la historia de Encarna y Antonio. Desde entonces, las redes sociales se han convertido en un hervidero de peticiones para que los nonagenarios volvieran a convivir juntos. A las interacciones en Internet le siguieron las gestiones de distintas administraciones, de la Consejería de Igualdad y Política Social de la Junta de Andalucía a la Delegación del Gobierno en Andalucía o partidos políticos y organizaciones de diversa índole.

Presión para acelerar el reencuentro

La crítica política llegó a la Administración andaluza desde partidos de izquierda y de derecha, que citaban la historia publicada por este periódico. “Es una barbaridad que mantengan separados a esta pareja de ancianos por los déficits de la Junta de Andalucía. ¡Tienen que volver a estar unidos! #JuntosSiempre #JuntaNoLosSepares”, decía Teresa Rodríguez, de Podemos Andalucía.

“El caso de Antonio y Encarna nos ha encogido el corazón. Este es un claro ejemplo de la falta de sensibilidad del Gobierno de Susana Díaz. Lo que unió el amor hace 65 años, no puede separarlo la mala gestión de la presidenta de la Junta de Andalucía”, apuntaba el líder de los populares Juanma Moreno Bonilla.

El propio Partido Popular confirmaba a última hora del lunes a este periódico que Encarna y Antonio volverían a convivir este jueves. Ese era el compromiso de la Consejería de Igualdad, que también anticipó la medida a los reporteros de EL ESPAÑOL, y así se ha cumplido.

Poco después de las cinco de la tarde, Antonio se despidió de los compañeros de su residencia en Dos Torres. Estaba nervioso. “¿Pero saben a qué hora vienen por mí?”, preguntaba insistentemente. “¿Dormiré esta noche en Alcaracejos?”, seguía sin que nadie quisiera revelarle todo lo que se tramaba a sus espaldas. La maleta, una de esas antiguas, marrones y cuadradas, ya estaba hecha.

“Antonio, ¡siéntese!”, le decían las trabajadoras de la resistencia. “¿Sentarme yo? Pero ¿vienen ya? Por mí me voy andando para allá”, respondía Antonio. Muy nervioso, lúcido y sonriente, dedicándole varios adioses a los que hasta hoy han sido sus compañeros de residencia. También a los que cuidaron de él.

“Pues nos dio mucha pena cuando se fue Encarna de esta residencia”, explicaba una de las trabajadoras. “Y, ahora, pues también nos da pena que se vaya Antonio, pero sabemos que volverán a estar juntos”, aseguraba.

El último viaje a Alcaracejos

Encarna y Antonio en el dormitorio de la residencia que compartirán desde hoy en Alcaracejos (Córdoba). Fernando Ruso

Acicalado, con unos pantalones limpios —como el que se prepara para su primera cita—, Antonio se subió al coche que lo llevaría a Alcaracejos. Los apenas diez kilómetros que distan entre Dos Torres y Alcaracejos se hicieron eternos para Antonio. En menos de 15 minutos, su coche llegó a la entrada de la residencia que ya es su casa.

El nonagenario agarró su bastón y se bajó del coche con ímpetu. Más rápido de lo que cabría esperar para alguien de 93 años. Alcayatado y sin ayuda, Antonio enfiló los últimos metros que lo separaran de Encarna.

“Yo ya sabía algo”, apunta Encarna a los periodistas. “Por la mañana me dijeron que me iba a poner muy contenta por la tarde, yo creía que era porque me iban a llevar de pitorreo; pero no, me dijo que iba a venir Antonio”, apunta.

Los abrazos y los besos han seguido en las horas siguientes al reencuentro. Encarna ha hecho de cicerone a Antonio. Juntos han ido al que será su nuevo dormitorio. Una alargada habitación con dos camas separadas.

Lo de hoy es una alegría grande, toda la vida juntos; y ahora juntarnos otra vez, pues una alegría grande”, afirmaba Antonio. “Si antes nos queríamos —zanja el abuelo—; ahora nos vamos a querer más”.

Antonio y Encarna juntos en la residencia de Alcaracejos (Córdoba). Fernando Ruso