María del Mar Contreras Chambó, Mar para sus amigos, Kika para sus padres, tenía 21 años el pasado jueves 10 de mayo cuando su ya exnovio la asesinó de un disparo. Ojos rasgados, pelo largo, sonrisa eterna. Ella, joven granadina, había decidido terminar con su relación previamente, pero cuando José Miguel Fernández, de 24 años, la llamó para dar una vuelta, accedió. Su carácter bondadoso, altruista, no permitía hacer lo contrario. Cómo no, después de tanto tiempo juntos. Cómo no, si lo estaba pasando mal.

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Era una chica con duende, singular. Lo afirman quienes la conocían y lo constataba con rabia contenida su propio padre. Ella "para todo el mundo era algo especial", lloraba su progenitor en una concentración convocada en Granada en su memoria esta semana. Mar acudía, rauda, veloz, visceral, sin dudarlo, a ayudar "a cualquier amigo que la llamara en cualquier momento".

Porque Mar, aunque estudiaba Filología Hispánica -estaba en el tercer curso-, decía que podía ser psicóloga porque le gustaba ayudar a los demás, según fuentes familiares consultadas por Granada Hoy. Además, a parte de la universidad, dedicaba su tiempo libre a trabajar puntualmente de modelo.

Mar y José Miguel tenían una relación tóxica. Ella le acababa de dejar.

Una relación tóxica

Mar y José Miguel llevaban juntos cerca de dos años. Su relación siempre fue de idas y venidas, de extremos. Las amigas de Mar relataban que Mar, aunque intentaba alejarse, siempre caía en sus redes a poco que su asesino le intentara convencer. Era, a todas luces, una relación tóxica. “La engatusaba, la hacía sentir mal para estar con ella", lloraba la madre de la chica esta semana.

"Vino a verme y me dijo que estaba solo y se sentía culpable. Que no se creía que le perdonase y le apoyara después de todo el daño, que me quería y que ojalá todo fuese perfecto y tal. Y que no quería que yo tuviese una doble vida, en plan estar con él y luego estar con otros”, confesaba en un mensaje de WhatsApp la propia Mar a una amiga desvelado por el mencionado diario.

No fue diferente el fatídico jueves. Aunque ya no estaban juntos -Mar incluso había llegado a confesarle a algunas amigas que sufría ciertos episodios de malos tratos psicológicos, aunque no había llegado a denunciar-, él la convenció para que se vieran. Acababan de cortar. La joven estudiante le había dicho que no quería verlo más hasta que terminara la época de exámenes universitarios. Ese mismo día lo había empleado en repasar una y otra vez para sus asignaturas. Pero recibió un mensaje de José Miguel. Luego otro. Un tercero. Hasta que él consiguió su objetivo.

Ella dejó los libros abiertos sobre la mesa. Cogió una chaqueta, avisó a sus padres de que iba a “despejarse”, saludó a una vecina y salió. Ya nunca volvería.

Mar estaba en el tercer curso de su grado de la Universidad de Granada.

Tirador habitual

José Miguel era un habitual en el campo de tiro de Las Gabias, a media hora en coche de la capital granadina. Practicante de tiro olímpico, poseía licencia de armas y solía acudir a estas instalaciones, muchas veces acompañado de Mar. En sus fotos siempre se muestra feliz, relajado, pero nunca dejó tranquila a la chica. Tenía problemas psicológicos. “Tiene bipolaridad y trastorno persecutorio, se cree que todo el mundo lo persigue”, confiaba Mar a unas amigas en distintos audios enviados a través de mensajería instantánea. “Le he dicho que hasta que yo no termine los exámenes que no me busque. Necesito estar tranquila".

Quedaban pocos instantes para el cierre del campo de tiro. Mar y José Miguel se encontraban en una zona ciega para las cámaras que vigilaban el establecimiento. Primero un disparo. Claro, rápido, certero. A los pocos minutos, otro. José Miguel había disparado a Mar en la cabeza, mientras ella estaba sentada, y, después, se suicida. No hubo gritos de auxilio, tampoco llamadas de socorro. No quedaba nadie en el Centro de Alto Rendimiento de Tiro Olímpico.

"Ni un accidente ni un arrebato"

"En ningún caso fue un accidente, ni un arrebato, ni cualquier otra cosa", clamó la madre de Mar en la concentración de esta semana. Ellos denunciaron que se trataba de un caso de violencia machista desde un primer momento, aunque las autoridades tardaron en reconocerlo.

Los padres de Mar sólo piden ahora justicia, en el ámbito penal y en el social. Para que no haya más Mar. Para que no mueran más mujeres. "Que se oigan las voces de los que están al lado, de los que conocen esto, de los que saben algo, para que puedan ayudar. Para que los padres podamos hacer algo. Para que no nos digan qué pesada eres, mamá. Para que esto no pase más".

Imagen de la entrada al campo de tiro de Las Gabias donde han ocurrido los hechos. Efe

Tras el asesinato de Mar se ha conocido que los Presupuestos Generales del Estado contemplan un gasto de 50 millones de euros más para el Pacto de Estado para la Violencia de Género. La dotación final alcanzará los 130 millones de euros. El compromiso inicial era llegar hasta los 200 millones.

María del Mar Contreras Chambó es la decimotercera mujer asesinada por un hombre desde que comenzó el año. En España, en 2018, también han sido asesinadas Jénnifer Hernández Salas, de 46; Laura Elisabeth Santacruz, de 26; Pilar Cabrerizo López, de 57; María Adela Fortes Molina, de 44 años; Paz Fernández Borrego, de 43; Dolores Vargas Silva, de 41; María del Carmen Ortega Segura, de 48 años; Patricia Zurita Pérez, de 40; Doris Valenzuela, de 39; María José Bejarano, de 43; Florentina Jiménez, de 69, y Silvia Plaza Martín, de 34.

La serie 'La vida de las víctimas' contabilizó 53 mujeres asesinadas sólo en 2017. EL ESPAÑOL está relatando la vida de cada una de estas víctimas de un problema sistémico que entre 2003 y 2016 ya cuenta con 872 asesinadas por sus parejas o exparejas.