Valencia

Ha pasado justo un cuarto de siglo, pero al verla salir de su adosado de fachada roída por la humedad y con ropa tendida en la parte trasera, no hay dudas. Es ella, la madre del monstruo. La mujer, chaparra y de un pelo rubio que antaño fue moreno y más largo, sale a pasear el perro de uno de los dos hijos que viven con ella en su casa de este pueblo al sur de Valencia.

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Son las 10 de la mañana. La señora viste ropa cómoda, deportiva. Al cuello, un pañuelo rosa y blanco. La mujer, de 78 años, ya está jubilada. Trabajó media vida como matarife en una empresa de distribución cárnica. De noche mataba pollos. Por el día día limpiaba las instalaciones. Ahora vive con su pensión de algo más de 1.500 euros y el subsidio de viudedad, de otros 500.

- ¿Neusa Martins?

La mujer se detiene en una esquina, junto a un pequeño descampado. Al escuchar su nombre, da media vuelta, mira a los ojos del reportero y pregunta: “¿Qué quieres?”

- ¿Es usted la madre de Antonio Anglés?

- Sí.

Imagen de Antonio Anglés distribuida por la Guardia Civil tras su fuga. A los pocos días de huir, Anglés se tintó el pelo de rubio para cambiar su apariencia.

25 años y cuatro días después de que la Guardia Civil hallase enterrados y envueltos en una alfombra los cadáveres de las niñas de Alcásser, EL ESPAÑOL da con el paradero de la mujer que trajo al mundo a uno de los dos asesinos de Miriam, Toñi y Desirée. Desde entonces, Neusa Martins no sabe nada de su hijo Antonio, que se fugó del país. Ni ella ni nadie.

Neusa Martins habla pausado. Aún no ha perdido ese acento portugués de su Sao Paulo natal, donde nació un 27 de octubre de 1940. Concede 30 minutos al periodista, ni uno solo más, un tiempo en el que cuenta, entre otras cosas, que sus otros ocho hijos tuvieron que quitarse el apellido maldito, Anglés, tras el asesinato de las tres menores.  

- No quiero volver a verlo, aunque sé que está muerto. A Antonio lo mataron. En aquello hubo implicados peces gordos. Él sólo huyó porque no quería volver a la Modelo [antigua cárcel de Valencia].

- ¿Nunca se ha puesto en contacto con usted tras huir?

- Jamás he vuelto a saber nada de él. Ni quiero, para mí es un monstruo. Me pegaba cuando necesitaba dinero. Huyó pensando que le echarían encima el muerto. Y así fue, el paso del tiempo me ha dado la razón. Estoy segura. Mi hijo no pudo hacer esa barbaridad.  Los verdaderos asesinos fueron gente de traje, corbata y buenos restaurantes.

Dos apicultores encuentran los cadáveres

27 de enero de 1993. Dos apicultores valencianos, José Sala y Gabriel Aquino, caminan por las montañas que rodean el pantano de Tous (Valencia). Es temprano, sobre las diez de la mañana, y hace un frío húmedo que agarrota pies y manos. Los dos hombres van a comprobar las colmenas que tienen desperdigadas por el monte. Temen que las heladas de los últimos días hayan matado a las abejas.

Aquino, de 66 años, hace un alto en el camino y se sienta sobre una piedra. A unos metros, observa que de la tierra sale una mano. De inmediato, Gabriel y José piensan en sus adentros: “Son ellas”.

En efecto, eran ellas, las tres niñas de Alcàsser: Miriam, Toñi y Desirée, tres adolecentes de entre 14 y 15 años. A las tres menores se les buscaba desde hacía dos meses y medio, 75 días con sus 75 noches, desde aquel fatídico viernes 13 de noviembre.

Durante 75 días, del 13 de noviembre de 1992 al 27 de enero de 1993, las tres amigas estuvieron desaparecidas. Dos apicultores hallaron sus cadáveres en una zona de sierra del entorno de Tous (Valencia)

Aquella tarde noche, sobre las 19 horas, se cruzaron con ellas Miguel Ricart y Antonio Anglés. Ellos iban en coche. Las chiquillas hacían autostop para ir a la discoteca Coloor, en Picassent, a 2 kilómetros de su pueblo. Faltaba una, Esther, quien no las acompañó porque estaba griposa. Aquella dolencia pasajera la salvó.

Las tres amigas nunca llegaron. Desde allí, Ricart y Anglés las llevaron a una casa en mitad del monte, las violaron varias veces y las mataron a sangre fría para luego enterrarlas juntas en una fosa.

Tras recibir el aviso de los apicultores, investigadores de la Guardia Civil desenterraron los tres cadáveres de las chicas. Estaban junto al barranco de La Romana. Aparecieron envueltos en una alfombra nueva. Dos de ellos, descabezados.

Cuatro años después, tras un juicio en el que sólo se pudo sentar en el banquillo a uno de los dos implicados, se condenó a Miguel Ricart, el Rubio, a 170 años de prisión. Del total de la pena cumplió 20 años debido a que se le aplicó la doctrina Parot [hoy es un hombre libre; se piensa que está en Francia].

“De niño era muy bueno y guapo”

El otro violador y asesino que colaboró con Miguel Ricart se llamaba Antonio Anglés, un preso que por aquel tiempo se encontraba fugado de la cárcel tras la concesión de un permiso penitenciario de seis días. Pasado ese tiempo, no volvió entre rejas.

Anglés, al que apodaban el Asuquiqui, cumplía una pena por ajustar cuentas con su novia, Nuria Pera, una yonqui que le había robado droga. Como represalia, Anglés la metió en la planta baja de su casa, en Catarroja, donde la encadenó de un tobillo. Cuando estaba listo para lanzarla a un pozo ciego, apareció su madre, Neusa Martins, y frustró la venganza. Luego uno de sus hermanos, Enriquito, avisó a la Guardia Civil. El Asuquiqui terminó en el chabolo.

- ¿Cómo era su hijo hasta que se le perdió el rastro, Neusa?- pregunta el reportero.

- De niño, hasta los 10 o 12 años, era muy bueno. Muchísimo. Y muy guapo. Rubio, piel clara… Guapísimo.

- ¿Cómo le trataba a usted?

- Empeoró cuando se hizo chaval [quiere decir adolescente]. Cada vez que necesitaba dinero, me pegaba. Una vez quiso comprarse una moto y me dio un puñetazo para que fuese al banco a sacar efectivo.

- ¿Recuerda lo que sucedió con su novia, Nuria?

- Claro, cómo no me voy a acordar. Pero de ahí a matar a tres niñas hay un mundo.

- ¿Le gustaría volver a verlo si estuviera vivo?

- No, ya no. Me hizo sufrir mucho antes de fugarse, y la familia lo pasó muy mal cuando se le buscaba en casa, por Valencia, en Portugal...

Nuesa Martins cuenta que sus otros ocho hijos tuvieron que cambiarse el apellido Anglés porque, según dice, estaba manchado de por vida. A. L.

Una fuga de película: “Mi hijo no era Superman”

Antonio Anglés protagonizó una fuga de película que, de seguir vivo, dura hasta hoy. Cuando supo que la Guardia Civil iba a por él, se esfumó de su casa con los tres millones de las antiguas pesetas que su madre le había dado poco antes para comprarse una casita en Llíria, un pueblo del interior de Valencia a 45 kilómetros de Catarroja, donde vivían los Anglés Neusa.

En su huida, el Asuquiqui se tiñó el pelo de rubio en una peluquería de Valencia; se cobijó entre gitanos; ocupó un chalet durante varios días; robó coches; se dirigió hacia Cuenca por carretera y, desde allí, huyó a Portugal cruzando España de este a oeste. Por último, se esfumó dentro de un barco de bandera irlandesa, el City of Playmouth, en el que logró colarse en el puerto de Lisboa.

Dentro del pesquero, la tripulación lo encontró en la sala de máquinas. Lo detuvieron y lo metieron en un camarote del que poco después escaparía en dos ocasiones. La primera, lanzándose a las aguas embravecidas del golfo de Vizcaya en un bote salvavidas. Lo rescató un helicóptero del Gobierno francés, que lo devolvió a bordo. De nuevo en el barco, lo encerraron. La tripulación atrancó con maderas la puerta y las ventanas del camarote. Al llegar a tierra, Anglés ya no estaba. Hasta hoy.

- ¿Cree que su hijo pudo hacer todo eso?

- Mi hijo no era Superman. Imposible. Nadaba bien, pero no era capaz de hacer todo eso. Quizás se lo comieron los tiburones- dice con ironía.

- En los últimos años se ha dicho que Antonio se había sometido a una operación para cambiarse el rostro, que estaba cobijado en una favela de Brasil, donde usted nació y tiene familia, o que había contratado los servicios de una prostituta en Uruguay...

- Mentira. Es todo mentira. Son bulos que sirven para mantener el enigma de mi hijo. Pero Antoñito murió [es la única vez que habla de él con cierto grado de cariño]. Se lo cargaron los peces gordos que estuvieron implicados en todo aquello. Él, lo único que quería era no volver a la cárcel modelo de Valencia. Cuando supo que se le buscaba, decidió fugarse.

- ¿Y no hubiese sido más fácil defender su supuesta inocencia?

- No, porque en este caso hubo gato encerrado. Él y el Rubio ya estaban condenados. A mi hijo lo mataron para que no se descubriera quién estaba detrás de la muerte de las niñas. Fue todo un complot.

Detención de Miguel Ricart: el pueblo clamaba justicia

El caso cobró un peso mediático hasta el momento desconocido en España. Para muchos, de su mano nació la telebasura. Aquel trágico suceso levantó la ira de una población que exigía detenciones inmediatas.

“Alcàsser clama justicia tras el hallazgo de las tres niñas asesina­das", tituló EL PAÍS en su primera página, a tres columnas, dedican­do a la noticia el mejor espacio. En cambio, el anuncio de Felipe González de expulsar del PSOE a los que aprovecharan el cargo para enriquecerse se vio arrinconado a una columna.

El mismo día de la aparición de los cadáveres, la Guardia Civil se personó en la casa de los Anglés. En la caseta de La Romana encontraron unos cinturones, una radio vieja, colillas de cigarrillo, trozos de tela... y 17 pedazos de un papel que, al reconstruirlo pegando los trozos entre sí, resultaron ser parte de un volante del Hospital de La Fe, de Valencia.

Pero, ¿cómo podían seguir allí aquellos diminutos trozos de papel dos mes y medio después, si aquella era una zona de fuertes vientos? En el formulario se podía leer con relativa facilidad que se trataba de un parte de asistencia médica a un paciente que había acudido a ese hospital a la 1.09 de la madrugada del 14 de mayo anterior, y al que se le había diagnosticado una infección genital.

La casa de La Romana donde las niñas fueron violadas y torturadas está en ruinas. David L. Frías

Al volante le faltaba un pedazo correspondiente al espacio reservado a reseñar la identidad del enfermo. Sin embargo, en el folio recompuesto se adivinaba que el primer apellido del paciente empezaba por ANG … Al final, pertenecía a Enrique Anglés. Los investigadores concluyeron que él era uno de los asesinos.

Los agentes no tardaron demasiado en descubrir que el tal Enri­que Anglés era un hombre con personalidad trastornada y pertene­ciente a una familia muy conocida en Catarroja por haber tenido alguno de sus miembros más de un problema con la justicia.

Se detuvo a Enrique Anglés, al que se le dejó en libertad después de interrogarlo y ver que no pudo ser él el autor de los asesinatos. En realidad, era su hermano Antonio y no él quien llevaba el parte médico porque Antonio, en ocasiones, se hacía llamar Quique para ir a los médicos debido a que desde la Semana Santa anterior estaba fugado de la cárcel tras aquel permiso de seis días.

Mientras la Guardia Civil aporreaba la puerta de su casa en Catarroja la tarde del 27 de enero de 1993, Antonio Anglés se lanzaba a la calle por el tejado del inmueble. Tenía 27 años.

En plena operación policial llega al portal de la casa de los An­glés un joven rubio, de 23 años, cargado con una bolsa de naranjas, ignorante de lo que está sucediendo. Se llama Miguel Ricart. Se le detuvo en ese instante. Decía que venía a ver a Antonio.

Desde entonces, la versión oficial de los hechos dice que Ricart y Anglés subieron a un Opel Corsa a Miriam, Toñi y Desirée la tarde noche del 13 de noviembre de 1993. Luego, las violaron y las asesinaron. Tras ello, las enterraron en una fosa en mitad de la sierra. 75 días después dos apicultores encontraron sus cadáveres. Hoy, el Rubio está en libertad tras cumplir su condena. De el Asuquiqui nada se sabe.

Teorías confabulatorias: "Hay gato encerrado"

Aquella operación de la Guardia Civil, sumada a la inmediatez de la detención de Ricart y la implicación de Anglés, levantó las suspicacias entre los valencianos y provocó que surgieran diversas teorías confabulatorias.

La más extendida la encabezó Fernando García, padre de Miriam. Era aquella que decía que Miguel Ricart y Antonio Anglés sólo sirvieron de intermediarios entre las chicas, a las que habrían secuestrado o convencido de alguna manera para que fuesen con ellos, y un grupo de empresarios y políticos de la Comunidad Valenciana que acostumbraban a realizar juegos sexuales mezclados con violencia para grabarlos en películas snuff

- Te repito: en ese caso hay gato encerrado. Mi hijo, si se llega a quedar aquí, hubiera sido condenado como Miguel Ricart- dice Neusa Martins en la puerta de su casa, ya un tanto cansada de las preguntas del periodista-. No encontraron ningún rastro de sangre de mi hijo en los cuerpos de aquellas chiquillas. ¿Eso por qué?

Neusa cerrando el portón trasero de su casa, un adosado de dos plantas en el que vive desde hace una década. Asegura que su hijo está muerto y que, en caso de seguir vivo, ya no querría verlo jamás por el dolor generado en su familia y el maltrato a la que la sometió de joven. A. L.

Neusa tiene razón en este aspecto. Los pelos púbicos hallados en las dos autopsias a las que se sometieron a las niñas apuntaron a la participaron de entre cinco y siete personas. Su ADN no coincidió ni con el de Ricart ni con Anglés. Tampoco se encontró rastros de sangre o fluidos orgánicos en la caseta donde sucedieron los hechos. Además, en uno de los cuerpos de las chicas apareció incrustada una cruz de Caravaca que no pertenecía a ninguna de ellas.

[En 1999, estando en la cárcel, Miguel Ricart concedió una entrevista telefónica a una periodista del programa 'Alerta 112' de Antena 3. Dijo tener la conciencia tranquila, insistió en su inocencia y señaló: “La verdad del caso Alcásser no ha salido. A Antonio lo mataron en España”. Nunca más ha vuelto a ofrecer una declaración].

- ¿Cómo es su vida ahora, Neusa?

- Todos mis hijos se cambiaron el apellido Anglés. Está manchado de por vida.

- ¿Vive sola?

- No. Conmigo viven Roberto, de unos 40 años, y Enrique (50). Roberto es un caso perdido por la droga que se metió de joven: ahora pasa el día tirado en una cama. Enrique, el pobre, tiene problemas de cabeza (sufre un retraso cognitivo severo).

- ¿Y el resto? [En las localidades de la comarca de L'Horta Sur de Valencia se dice que algunos de sus hijos se dedican al tráfico de drogas]

- Bueno, todos viven por aquí. Una, Kelly, tiene muchos bienes. Mauricio y Carlos son dos empresarios que tienen gasolineras. Ricardo falleció hace cinco años, vivía aquí conmigo. También tengo otro en el psiquiátrico de Bétera. En fin… Están repartidos.

Siempre se ha dicho que Neusa tuvo nueve hijos. Pero no es cierto. Antes de emigrar a España e instalarse en Valencia, la madre de Antonio Anglés dio a un luz a un niño en el hospital de Sao Paulo. Nació prematuro, lo metieron en una incubadora y desapareció.

- Me lo robaron- dice.

- Señora, ¿ha sufrido mucho estos años?

- Sí, pero todo me lo echo a la espalda y miro hacia delante.

Luego, la brasileña Neusa Martins mete la llave en la puerta trasera de su casa, entra y se pierde entre las paredes de su vivienda, donde reside desde hace una década. Se observan cajas llenas de trastos, una carretilla...

- No puedes entrar, lo siento, chico. Enrique es muy violento...