Lorca

Amanece en Lorca. En la cafetería de la estación de autobuses, la televisión reproduce una y otra vez las imágenes del terremoto en Italia. Los testimonios son idénticos a los que se escucharon en Lorca en mayo de 2011. “Esto es como el infierno de Dante”, dice alguien. Una imagen se repite: un campanario y un reloj parado. En uno de los relatos que inspiró el terremoto de Japón en 1995, Haruki Murakami escribió: “Era un especial sobre el terremoto. Reproducía las mismas imágenes de siempre, una vez más. Edificios ladeados, autopistas destruidas, ancianas llorosas, confusión e ira que no iban dirigidos a nadie”. Es la historia repitiéndose otra vez.

Los trabajadores que desayunan antes de empezar su jornada permanecen ajenos a la tragedia. Gastan bromas sin mirar a la pantalla. La televisión necesita repetir escenas traumáticas una y otra vez. Es su forma de ayudar a la gente a entender qué ha pasado mientras el mundo les sacudía. "Si no te lo crees, te lo repito", parece decirles.

O será la supervivencia: la negación. Aquí, el 11 de mayo de 2011, sobrevivieron al terremoto más destructivo ocurrido en España en más de medio siglo. Los dos seísmos que se sucedieron aquella tarde dejaron 9 fallecidos, 324 heridos y más de 3.000 personas desplazadas a raíz del posterior derribo de 1.152 casas.

“En Birmania, otro terremoto en Birmania”, dice una mujer desde la otra mesa. “Pero esos estarán más preparados que nosotros”, dice el hombre que la acompaña.

En Lorca, sólo un edificio se desplomó tras los dos terremotos que destrozaron la ciudad y, especialmente, el barrio La Viña. Durante cinco años y tras una interminable batalla con la burocracia, los vecinos del barrio han ido regresando a sus casas, hoy recién estrenadas. Pero muchos no se atreven a volver a la zona cero del terremoto. Están acostumbrados a sentir temblores y, desde 2011, viven con la catástrofe pisándoles los talones y el miedo.

LA ZONA CERO: VOLVER O MARCHARSE

Entre bajos vacíos y junto a un solar por construir, José Tomás López (42) regenta el bar Space desde diciembre de 2013. El día del terremoto vio cómo las paredes del piso de su madre reventaban y creyó que aquel día no saldría de allí. “Lorca estaba desabastecida”, explica mientras sirve desayunos. El bar está completamente renovado. Una pared reproduce una cita de Carl Sagan muy propia de quienes han estado tan cerca de la vida como de la muerte y viven con el asombro de los niños: "A veces creo que hay vida en otros planetas, y a veces creo que no. En cualquiera de los dos casos, la conclusión es asombrosa".

“La cafetería aún enfrenta problemas burocráticos. Sigo sin licencia, también de nuestra parte ha habido algún fallo. No todo ha sido culpa de las autoridades en mi caso”, reconoce el propietario de Space. Cuando observa las imágenes de Italia no puede evitar revivir aquel 11 de mayo. “Ahora mismo me recuerda a la iglesia de Santiago cuando salía en televisión. Lo que tuvimos aquí solo fue una versión a pequeña escala”, aclara.

José Tomás López. V.M.

En la misma manzana se erige La Antigua, una churrería que, a pesar de su nombre, sólo lleva 14 meses abierta. Una mujer de pelo corto y castaño lee el periódico al otro lado de la barra mientas la televisión sigue reproduciendo las imágenes del terremoto en Italia. Juani Morales (50) alza una mirada triste y sonríe con una expresión afable. Viste de negro. Ella tampoco ha podido olvidar aquel día que hoy le devuelve la televisión: “Parecía estar reventando todo. Una fachada que se cayó me recordó a lo que vivimos aquí”.

Juani estaba en su casa el 11 de mayo de 2011 cuando sintió el primer temblor y su hija lloró desde otra habitación. Acostumbrada como estaba, creyó que al rato empezaría a sentir réplicas. Pero su marido le dijo que se fuera lejos, a un lugar en el que no hubiera nada; lejos de edificios. Con una vecina y los hijos de ambas, buscó refugio en un parque cercano y entonces comenzó a escuchar el rumor: “Viene otro más grande”, decían los vecinos. “La Policía vino aclarando que aquello era un bulo y que estuviéramos tranquilos. Nosotros nos fuimos al campo. Cuando íbamos por la carretera, todo estaba lleno de ambulancias y se oían sirenas por todas partes. Los teléfonos se habían colapsado”. Cuando recuerda lo que dejaban detrás, Juani no duda en recurrir a la comparación de sus vecinos: “Parecía que Lorca estaba en guerra”.

A Juani, como a casi todos los vecinos del barrio La viña, tuvieron que derribarle la casa. “La suerte, entre comillas, es que tenía dos seguros. He salido bien parada gracias a ello. Hay gente que ha tenido que luchar mucho. Yo volví a los cuatro años, pero aquí siempre había alguien para aprovecharse: el piso que antes del terremoto costaba 300 euros, pasó a 550”.

Juani no se queja de su situación. Mientras que cientos de familias siguen sin poder volver a sus casas, ella ha recibido las ayudas a tiempo y le han pagado el alquiler. “Yo no puedo hablar mal de cómo se han portado, al menos en mi bloque de pisos, porque la verdad es que en La Viña tuvieron que tirarlo todo”, recuerda.

En la Avenida de la Vendimia imperan los comercios vacíos rematados con carteles de “Se alquila” o “Se vende” en los que el sol ha desgastado los números de teléfono. “No se atreven a volver, no sé por qué”, se pregunta Juani.

En el bar de María, muy cerca del de Juani, varias mujeres desayunan. Hablan del terremoto de Italia: “Dicen que se ha sentío hasta en Roma”.

María López anda como despistada. Esboza sonrisas forzadas, pero en cuanto puede se deja caer sobre una de las sillas de plástico de la terraza de la Asociación de Vecinos La Viña y, con la mirada perdida, comienza a emitir frases como una letanía.

"Yo me voy ya. Si mi hija no puede trabajar, ¿que voy a hacer yo aquí? Queríamos que tuviera algo con lo que entretenerse, sin pensar en el niño. Tiene varias vértebras fastidiadas y la acaban de operar otra vez. Con un mal movimiento, se queda en silla de ruedas. Mi nene estaba durmiendo en la otra casa y no se enteró de ná. Nos lo llevamos allí donde teníamos el bar, que se está reconstruyendo y le cayó una viga y lo mató. Si no me lo hubiera llevao, igual mi nene estaría aquí y no se habría enterao de na. A ver pá qué nos lo tuvimos que llevar...", cuenta con los ojos humedecidos la abuela del único menor de edad que falleció el día del seísmo.

Junto a la puerta del bar Asociación de Vecinos La Viña, una inscripción del ayuntamiento aclara que el local fue reconstruido tras el terremoto. “Hicieron cuatro cosas y pusieron la placa, pero hay agujeros en los que entran las ratas. Me dejaron hacer una cocina aparte, esa que ves, pero me caían unos goterones que me daba hasta asco. Pedí permiso para construir un baño, pero nada: si se mean los abuelos, les tengo que dar una botella. Ni tenemos ayudas, ni se arregla lo otro y encima pagamos alquiler. Esto ni es asociación ni es . Yo me voy ya de aquí. Bah".

En el barrio La Viña sólo se puede vivir y trabajar (en paz) con la mentalidad de Juani: “Tenemos que aprender a vivir con eso. Si no, no viviríamos. O vivimos con esto o tenemos que irnos de aquí, no hay más. Y estés donde estés, te puede ocurrir”.

LA UNIÓN DE LOS VECINOS

José Alberto Lario es maestro de primaria y estrella local de rock en sus ratos libres. Como portavoz de la Asamblea de Vecinos Afectados por los Terremotos, lleva 5 años dando voz a aquellos que perdieron sus casas, poniendo a la burocracia en evidencia y amenazando con movilizarse todavía más si las últimas ayudas pendientes no llegan ya.

“Aquí se ha dicho que los vecinos han tardado en volver a sus casas porque no se ponían de acuerdo. Eso es totalmente falso. Los vecinos han tenido que afrontar una serie de dificultades económicas porque coincidió con la crisis. El proceso se ha ralentizado por esas dificultades, no porque no fueran capaces de ponerse de acuerdo. Pero en realidad la comunidad autónoma de Murcia es la principal causante de esa ralentización, porque tuvo retenidas las ayudas durante varios meses”, explica mientras desayuna.

José Alberto Lario es portavoz de la Asamblea de Vecinos Afectados por los Terremotos. V.M.

Mientras los vecinos esperaban las ayudas y el pago de alquileres, el casco histórico fue rehabilitado e incluso se creó una concejalía dedicada a revitalizarlo. En Lorca se antepusieron las campanas a las personas. “Sí, es patrimonio. Pero ¿qué mayor patrimonio hay que los vecinos?”, lamenta Lario.

Para lograr salir adelante de una forma digna, los miembros de la asamblea se han manifestado en Murcia y han ido hasta el Congreso de los Diputados. No obstante, según las cifras que baraja Lario, en el barrio San Fernando, aún en construcción, 232 familias no han podido volver todavía a sus casas. En el Edificio Don Álvaro, Avenida Portugal y Los almendros, 70 familias pasan todavía por la misma situación. “En Avenida Portugal ni siquiera se ha demolido aún”, aclara.

En Lorca, la movilización de los vecinos fue clave para enfrentarse unidos a una burocracia que se estaba olvidando de ellos y con la que llevan una incesante lucha desde mayo de 2011. Por eso, cuando Lario ve las noticias, no puede dejar de pensar que lo fundamental para que Italia pueda salir adelante lo antes posible es la organización de los afectados.

La noticia del terremoto de Italia vuelve a aparecer en pantalla. “Después de la tragedia, el verdadero drama empieza ahora. Si los vecinos afectados no se movilizan, les va a costar mucho salir adelante. Aquí, 5 años después del terremoto han vuelto a sus casas. Hay un instituto que no se ha construido en 5 años”, dice.

UNA ANTROPÓLOGA ITALIANA EN LORCA

Como cada mañana, el miércoles, lo primero que hizo Elena Boschiero fue encender la tele para ver las noticias. Esta antropóloga italiana vive en Lorca, donde está llevando a cabo un trabajo etnográfico sobre la perspectiva humana de los terremotos de 2011. “De buena mañana, cuando me encontré con la noticia, supe que iba a ser un día complicado. Estuve todo el día pendiente de las noticias. Me llevé un gran susto. Además, desde que ocurre hasta que la gente vuelve a la normalidad pasan años. Llamé a mi familia, pero en mi zona no se sintió el terremoto. Tengo amigos que sí estaban cerca y lo sintieron, pero estaban en la playa y allí no llegó a ocurrir nada”, explica.

Boschiero se ha especializado en el lado antropológico de las catástrofes y lleva meses entrevistando a los lorquinos que vivieron el terremoto, en busca de las representaciones simbólicas del desastre que han ido creando. “Cuando llegué a Madrid para estudiar el máster, acababa de ocurrir el terremoto de Lorca hacía dos o tres meses. Fue un tema muy presente, salió por todas partes. Ya había hecho un trabajo en la universidad sobre Chernóbil que me había llevado a interesarme por el lado antropológico de desastres de este tipo”, relata.

NO ALCANZAN LA NORMALIDAD

Carmen Torrecillas. V.M.

Tras la primera sacudida, Carmen Torrecillas sabía que llegarían las réplicas. Lo que nunca esperó fue lo que encontró: una polvareda blanca que cubría la calle y el mundo abriéndose. “Íbamos como zombies mirándonos los unos a los otros. Era la guerra. He visto gente incluso tirando sus pertenencias por el balcón”.

Carmen ha conseguido reabrir su óptica después de 5 años, aunque las condiciones no son idílicas. “Ahora tenemos muchísimos problemas. En el edificio había pisos hipotecados. Tenemos luz de obra, hace una semana o así nos la cortaron porque no hemos podido escriturar todavía. Ahora parece ser que tenemos que hacernos cargo de lo que costó la construcción del edificio. Ha habido gente de fuera que ha hecho negocio con nosotros”, lamenta.

En todos los bares de La Viña, la televisión emite incesantemente la misma noticia. 240 muertos. 279. La cifra aumenta. La conmoción va a más pero también nos aleja. A los fallecidos durante el terremoto de Lorca se les puede poner nombre, imaginar qué hacían en el momento de la tragedia. La cantidad es inferior, pero el dolor es el mismo para quienes conocen su nombre y no tienen ni idea de qué número le ha asignado la muerte en un arrebato de ira.

“Era como el infierno de Dante”. La tragedia es un lugar común al que todos sucumbimos. El reloj que se para, las campanas que no pueden tañer, bocas del infierno, tierras que se abren. La guerra. Podría ser una broma pesada del destino: Lorca viene de una palabra árabe que significa la batalla y quienes vivieron el seísmo en el barrio La Viña coinciden en que aquel día de mayo la ciudad parecía asediada por una guerra.

La escena que describe Murakami se repite tras todos los terremotos. Es el desconcierto que antecede a la primera fase de asimilación. Lo mismo que le inspiró el terremoto de Kobe le podría estar inspirando ahora, ante cualquier pantalla, mientras Italia trata de entender qué le han hecho a sus entrañas.

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