Víctor, uno de los últimos tostadores de cacahuetes a leña de España
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Uno de los últimos tostadores de cacahuetes en horno de leña de España está en Galicia: se tuestan a mano en Betanzos
Víctor tuesta artesanalmente en horno de leña en una aldea cercana a Betanzos, manteniendo vivo un oficio en vías de extinción en España
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Víctor comenzó tostando cacahuetes en una habitación de la casa de su suegra. Así, casi sin pretenderlo, arrancó una historia que hoy suma ya dos décadas. Todo empezó cuando él y su mujer se hicieron cargo de una pequeña tienda de ultramarinos en Betanzos. Aquel negocio se abastecía de cacahuetes a través de un proveedor local, un hombre mayor que poco después se jubiló. Ante su retirada, y viendo la escasa calidad del producto que ofrecía el mercado, Víctor decidió dar un paso al frente y empezar a tostarlos él mismo.
Lo que comenzó como una solución doméstica para ir tirando, acabó convirtiéndose en una aventura empresarial y hoy, Víctor es una de las únicas personas en toda la península que elabora cacahuetes tostados en horno de leña. Mientras la inmensa mayoría de los frutos secos que consumimos se producen de forma industrial en grandes fábricas o pequeños tostaderos que utilizan electricidad, gas o gasóleo, él sigue apostando por un método lento, artesanal y exigente, pero que, como defiende, aporta un sabor, un color y una textura imposibles de reproducir de otra manera.
Si hablamos de trabajo artesanal, Víctor no tiene rival. Su tostadero se encuentra en una pequeña aldea a las afueras de Betanzos. “Cuando el negocio empezó a crecer, tuve que salir de casa de mi suegra y me instalé aquí… que, por cierto, también es de mi suegra, pero estaba completamente abandonada” El tostadero en cuestión es muy rudimentario, pero todo está hecho con sus propias manos. Ha reformado a conciencia la planta baja de esta casa de aldea, poco a poco y con esfuerzo para después fabricar su propia máquina para tostar los cacahuetes.
“Es la tercera que fabrico: la primera tuve que desecharla porque ya tenía muchos años y estaba desgastada, luego hice una más y esta última está más perfeccionada” nos explica. La esfera donde se introducen los cacahuetes procede de un viejo pozo, el motor es de una lavadora y buena parte de los materiales son reciclados. Aún así, Víctor no se conforma: ya piensa en fabricar una nueva máquina, esta vez “más grande”.
El proceso del tueste artesanal
Tostar cacahuetes como lo hace Víctor es un trabajo duro, lento y que no admite despistes. Primero, enciende la leña que coloca bajo la esfera metálica. Después pone en marcha el motor que la hace girar. Solo cuando la máquina ha alcanzado la temperatura adecuada introduce los cacahuetes crudos y cierra la esfera de forma completamente hermética, con un doble sistema de seguridad.
La razón es sencilla: “El cacahuete seco prende como la paja. Si entra una chispa de la leña dentro de la esfera, arde todo”. A partir de ahí comienza el verdadero trabajo. La máquina gira durante unos veinte o treinta minutos, aunque el tiempo nunca es exacto. Al tratarse de leña, la temperatura no es constante y puede oscilar fácilmente entre los 100 y los 300 grados, lo que obliga a un control continuo.
Durante el tueste, Víctor ha ideado un sistema que le permite extraer pequeñas muestras sin abrir la máquina para comprobar el punto. Sabe bien que del tostado perfecto al quemado hay apenas un suspiro. Un par de minutos de más y toda la hornada se pierde. No hay termómetros ni automatismos que valgan: aquí manda la experiencia, el color, el olor y la intuición que dan tantos años repitiendo el mismo gesto.
Una vez listo, el cacahuete se saca y se deja enfriar en un recipiente antes de pasar al envasado. El proceso continúa en una máquina que los introduce en sacos y, finalmente, se embolsan a mano en los dos formatos en los que se comercializan: 300 y 500 gramos. Bolsa a bolsa, una a una. Hay jornadas en las que Víctor puede llegar a preparar él solo hasta trescientas.
Añadiendo el cacahuete crudo en la tostadora
¿Los últimos cacahuetes tostados en horno de leña…?
Durante el tiempo que pasamos con Víctor, insiste en varias ocasiones en la dureza de este oficio. Habla sin rodeos del sacrificio, de los momentos en los que ha pensado en dejarlo todo y buscar “un trabajo de ocho horas, con un sueldo fijo a fin de mes y en el que, si hay problemas, sean del jefe”. Pero también reconoce que esto es lo que le gusta hacer y que le sigue ilusionando.
Hay, además, una realidad que flota en el ambiente, aunque él apenas la verbalice: cuando Víctor deje de hacerlo, el negocio desaparecerá con él. No hay relevo generacional ni nadie dispuesto a dedicar su vida a tostar cacahuetes uno a uno, controlando el fuego de la leña pacientemente. Quizá por eso, no resulta descabellado pensar que, dentro de unos años, los cacahuetes tostados en horno de leña sean solo un recuerdo más de tantos productos que, poco a poco, han ido cayendo en el diván del olvido.