Yudarkis con su abuela, su madre y su tía en Cuba

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Cubanos en Galicia y gallegos en Cuba cuentan la crisis de la isla: "Es un país en guerra sin bombardeos"

La realidad que describen está marcada por apagones, precariedad, desesperanza y una emigración que vuelve a unir ambos lados del Atlántico

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Para miles de cubanos repartidos por el mundo, las conversaciones con su familia en la isla comienzan últimamente con una pregunta: "¿Hay corriente?". Después de las noticias sobre los interminables apagones, vienen la falta de comida, los precios imposibles, la basura acumulada, la dificultad para encontrar medicamentos o la incertidumbre constante de no saber qué puede empeorar mañana en medio de una crisis sistémica, agravada en los últimos meses por el endurecimiento de la política de sanciones de la administración Trump.

En Galicia, muchos cubanos viven pendientes de esas llamadas y mensajes. Y en Cuba, algunos gallegos observan con preocupación y tristeza la situación. Todos ven cómo la isla se desmorona mientras el resto del mundo parece mirar hacia otro lado o quedarse atrapado en discursos ideológicos.

Yudarkis, cubana residente en A Coruña, acaba de regresar de pasar diez días en Camagüey, Cuba. Aunque mantenía contacto diario con su familia desde España, asegura que estar físicamente allí la ha dejado muy tocada.

Tres horas de electricidad de cada treinta

"Suelo hablar todos los días con mi madre por mensajes de texto, y los fines de semana hacemos videollamada, pero siempre buscando la oportunidad en que haya electricidad, porque si no ella no puede conectarse", explica. La falta de suministro eléctrico se ha convertido en el eje alrededor del que gira toda la vida cotidiana. "Ahora mismo hay de media tres horas de electricidad cada treinta horas", asegura.

Durante su estancia volvió a toparse con una realidad difícil de soportar, incluso emocionalmente. "Mi abuela tiene 92 años y gracias a Dios todavía está bien, pero en estos momentos un anciano en Cuba es un problema tremendo", relata. Contratar a alguien que la acompañe mientras trabajan "es otro gasto más que hay que afrontar en un país donde los salarios son ínfimos".

Yudarkis recuerda que ella misma llegó a dirigir una editorial en Cuba cobrando apenas unos 4.100 pesos mensuales, el equivalente a menos de diez euros al cambio informal actual. "Imagínate cobrar eso y que un simple cartón de 30 huevos cueste 3.300 pesos".

Lo que más le impactó en este último viaje fue el deterioro general del entorno urbano y del estado de ánimo colectivo. "La gente que no vive en Cuba sigue teniendo una imagen idealizada de la isla, como si fuese un lugar alegre y paradisíaco. Piensan en música, playas y gente bailando, pero no se imaginan la realidad diaria".

"Tengo miedo de que ocurra algo que traiga muchas más desgracias, incluso pérdidas de vidas"

Yudarkis, cubana que vive en Galicia.

Describe calles llenas de basura acumulada, periódicos usados como sustituto del papel higiénico y aves carroñeras ya integradas en el paisaje habitual de las ciudades. "Hay que convivir con eso constantemente", lamenta. Aun así, asegura que lo más duro no es únicamente la pobreza material, sino la normalización progresiva de esa situación.

"Cuando yo era niña, cada vez que se iba la luz la gente gritaba de frustración y cuando volvía gritaban de alegría. Ahora nadie reacciona. Es algo tan constante que la gente simplemente espera a que vuelva para cocinar, lavar o cargar los teléfonos".

La cubana también menciona una incomprensión frecuente entre quienes emigraron y quienes permanecen en la isla. Explica que muchas personas en Cuba perciben que vivir en el extranjero implica automáticamente prosperidad económica. Sin embargo, recuerda que buena parte de los emigrantes cubanos en España han tenido que empezar completamente desde cero y reconstruir su vida en condiciones complicadas.

"Los que en Cuba teníamos una situación profesional buena, aquí muchas veces acabamos haciendo trabajos que nadie quiere. Pero desde allí eso no se percibe como sacrificio" ante las urgencias de su propia realidad, afirma.

A pesar de todo, confiesa que lo que más teme es que la situación desemboque en algo todavía peor. "Tengo miedo de que ocurra algo que traiga muchas más desgracias, incluso pérdidas de vidas". Y aunque cree que el país necesita cambios urgentes, reconoce sentirse pesimista debido a "la mentalidad agotada de un pueblo que lleva casi setenta años viviendo así".

La sensación de impotencia también atraviesa el testimonio de Luis Enrique, otro cubano residente en Galicia. "Desde aquí lo vivo con alivio, porque ya no estoy pasando ese calvario, pero al mismo tiempo con mucho dolor porque tengo allí a parte de mi familia", explica.

Su inquietud principal es el nivel de control político y social que percibe en la isla. "Lo que más me preocupa es hasta dónde puede llegar la dictadura para mantenerse en el poder". Describe un país donde la escasez afecta prácticamente a todo y donde muchas familias dependen de forma casi absoluta de la ayuda enviada desde el extranjero.

"No hay manera de subsistir que no sea viviendo de la limosna de los familiares que están fuera", afirma. En su caso, realiza envíos frecuentes de comida y productos de higiene desde España y, cuando puede, también dinero en efectivo.

Luis Enrique considera además que gran parte de la sociedad española sigue sin comprender la magnitud real de la situación cubana. "Hay personas que pueden imaginar lo mal que está Cuba, pero para saberlo de verdad hay que haber vivido allí". También critica que todavía existan sectores que idealizan políticamente el sistema cubano. "Incluso lo aplauden y lo veneran desde la comodidad de España. Yo invitaría a todos los que piensan así a que se vayan a vivir a Cuba, a ver cómo les va y cuánto duran allí".

Un "tablero" sobre el que todos juegan

Arantxa es estudiosa de las relaciones de los emigrantes gallegos en Cuba y lleva más de 20 años viviendo en la isla, de la que ya se siente parte y a la que describe de una manera muy directa y visual: "Es un país en guerra sin bombardeos".

La comparación remite a la memoria histórica de su propia tierra. "Es algo parecido a Galicia en 1936. No había bombas, pero sí pobreza, tristeza, miedo y oscuridad". A su juicio, el gran problema es que Cuba se ha convertido en un símbolo político global sobre el que todo el mundo opina, mientras la vida concreta de los ciudadanos queda en segundo plano.

"Hay gente que pregunta por qué los cubanos no protestan más y otros que dicen que cómo se van a quejar si tienen las bondades del socialismo. Pero nadie piensa en las personas que viven aquí".

Arantxa cree que la isla se ha convertido en "un tablero sobre el que juegan muchos bandos". Por un lado, quienes aseguran hablar en nombre del pueblo cubano. Por otro, quienes dicen querer liberarlo. "Pero ninguno se preocupa realmente por los ciudadanos", lamenta.

También denuncia la hipocresía que, a su juicio, rodea el tratamiento internacional de la crisis cubana. "Cuba lleva muchos años así de mal, pero ahora que Trump vuelve a ponerla en su punto de mira es cuando aparecemos otra vez en todos los telediarios", afirma. "Es agotador sentir que el mundo solo se acuerda de nosotros cuando somos tendencia".

Para ella, esa utilización política constante acaba invisibilizando el sufrimiento cotidiano de la población. "Todo el mundo utiliza a Cuba para sus propios discursos, pero, ¿quién ayuda realmente a la gente corriente?".

Trabajando con jóvenes cubanos, asegura que el sentimiento dominante entre ellos es la ausencia total de expectativas de futuro. "No hablan de proyectos, ni de construir nada aquí. Solo piensan en cómo emigrar".

La memoria de la emigración

Arantxa, que está creando el Archivo de la Memoria Gallega en Cuba, insiste en que esa realidad conecta directamente con la historia de su tierra. "Esto no es tan distinto de la Galicia de hace un siglo, cuando la gente se marchaba porque tampoco veía futuro". Y justo por eso cree que de este lado se debería mirar el fenómeno migratorio cubano desde una perspectiva histórica y humana mucho más consciente.

"No hay prácticamente ningún gallego que no tenga un abuelo, un bisabuelo o un tío emigrante. Galicia fue durante generaciones una tierra de salida. Nuestros mayores también cruzaron océanos buscando sobrevivir".

En su opinión, esa memoria migratoria debería impedir cualquier reacción xenófoba hacia quienes llegan ahora desde Cuba o desde otros países latinoamericanos. "Un gallego no puede ser xenófobo", afirma con contundencia. "No nos lo permite nuestra historia, ni nuestra dignidad, ni nuestro ADN".

Las voces recogidas en este reportaje coinciden en algo fundamental: es imposible entender a Cuba únicamente a través de imágenes turísticas o discusiones geopolíticas. Cuba es hoy millones de personas tratando de resistir entre la escasez y la desesperanza. Y, paralelamente, Galicia vuelve a ocupar un lugar central en el presente y el futuro de la isla.

La última frase de Arantxa resume el vínculo humano que todavía une ambos lados del Atlántico: "Ahora nos toca recibir a esos nietos y bisnietos con respeto, discreción, cariño y solidaridad".