Paloma Anca
Cosas que no debería decir en voz alta
Paloma Anca confiesa qué hace cuando nadie mira. Y cuando alguien miente
Hay placeres que se supone que una buena persona decente no debería disfrutar. Pequeñas miserias que uno no confesaría en una entrevista de trabajo, ni en una primera cita. Algunos, ni siquiera los confesaríamos en una cena con amigos. Sin embargo, ahí están, dándonos unas alegrías minúsculas, pero adictivas.
Por ejemplo, a mí me gusta ducharme durante más tiempo del necesario. Una ducha poco sostenible; de esas que terminan empañando el espejo, las ideas y el alma. Y que me hacen salir con los dedos arrugados y una deuda moral con el planeta.
Y ya que estoy con momentos íntimos de cuarto de baño, confesaré otra cosa: me gusta convertirme en dermatóloga y explotarme un grano con precisión quirúrgica. Pero ojo, eso solo lo hago conmigo. Tocarle un grano a otra persona me provoca el mismo asco que ver una cucaracha en la ducha. Hay placeres que no se comparten.
También leo prensa rosa con una mezcla de asombro y fascinación. Juzgo a la gente que sale ahí y también a la que le interesan semejantes asuntos. Eso sí, veinte minutos después yo ya sé cómo ordena el armario una influencer portuguesa y que una modelo sueca desayuna pan de espelta con semillas.
Otro pasatiempo que tengo es entrar en Wallapop sin buscar nada. Solo por el placer de cotillear curiosear qué vende la gente. He visto desde zapatos desparejados, muebles descritos como ‘ideal para restaurar’ que en mi opinión eran ‘ideal para quemar en la hoguera de San Juan’ y hasta una urna funeraria tornasolada.
Después están los placeres que deberían doler, pero que alegran. O por lo menos alivian. Como planear una quedada con alguien y que se cancele unas horas antes. Es como una victoria sin esfuerzo. Por no hablar del placer que da que no te respondan a una llamada que tenías que hacer por cortesía.
Y en Instagram también pasan cosas. A veces me pongo a leer los comentarios que hay bajo la foto de algún famoso. Ni opino, ni doy likes. Solo observo cómo dos personas que no se conocen de nada se enfadan y discuten por la forma de un cuerpo ajeno o por la decoración de una cocina. ¿Y los vídeos de gente limpiando? Por favor. Ver cómo una olla quemada queda reluciente o la tapicería de un sofá vuelve a ser blanca me da más paz que el yoga. Y cero agujetas.
Aunque creo que el placer más feo de todos (y el que más disfruto) es el de pillar a alguien en una mentirijilla y no decir nada. Asentir mientras le dejas que añada detalles. Hacer una pregunta inocente. Ver como se complica ella sola… A veces ha llegado a darme pena, pero al final pienso: “bueno, es que se lo ha buscado”.
Y ahora que he puesto todo esto por escrito, tengo la sensación de haber contado demasiado que mis pequeños placeres dicen más de mí de lo que pensaba. Voy a darme una ducha para reflexionar si publico este artículo o no. Y si tardo en salir, ya sabéis el motivo.