Inclusion en movimiento
Que formar parte no sea algo extraordinario
Chus Trasancos, vicepresidenta de Enki, dedica unas palabras en un día muy especial para su organización. Hoy se corre la carrera ENKI, con más de 17.000 personas inscritas
Hay cosas que, cuando las vemos, deberían parecernos normales.
Una persona haciendo deporte. Participando en una carrera. Entrenando con su equipo. Disfrutando de una actividad con amigos. Compitiendo, si quiere competir. O simplemente estando allí.
Sin embargo, cuando esa persona tiene discapacidad, todavía tendemos a mirar la escena de otra manera.
A veces con admiración. Otras, con sorpresa. Incluso con cierta emoción que, aunque nazca de un buen lugar, termina colocando a la persona en un lugar diferente al de los demás.
Y quizá convenga detenernos ahí.
Porque una persona con discapacidad no necesita que convirtamos cada experiencia en una historia de superación. No necesita que la miremos como alguien extraordinario por hacer algo cotidiano. Necesita poder participar.
Y para que eso sea posible, muchas veces lo que tiene que cambiar no es la persona, sino el entorno.
Un espacio puede ser más accesible. Un material puede adaptarse. Una actividad puede plantearse de otra manera. Un entrenador puede recibir formación. Un equipo puede aprender. Una organización puede preguntarse qué barreras está dejando fuera a determinadas personas.
Son cambios que quizá desde fuera parezcan pequeños.
Pero para quien se encuentra una puerta cerrada una y otra vez, pueden significar algo enorme: poder entrar.
El deporte tiene, además, una capacidad especial para mostrarnos todo esto. Porque cuando desaparecen las etiquetas y empieza el juego, la competición o el entrenamiento, aparece algo mucho más sencillo: personas compartiendo una misma experiencia.
Con sus diferencias, sí.
Con sus distintas capacidades, ritmos y necesidades.
Pero formando parte del mismo espacio.
Y eso debería ser lo importante.
No la excepcionalidad de quien participa, sino la normalidad de que pueda hacerlo.
No la emoción de ver a una persona con discapacidad superar una dificultad, sino la satisfacción de saber que cada vez existen menos dificultades que le impidan estar donde quiere estar.
Porque también hay una responsabilidad en nuestra manera de contar estas historias.
Podemos hablar de discapacidad desde la lástima, desde la admiración o desde ese relato de “a pesar de todo” que tantas veces termina reduciendo a la persona a su discapacidad.
O podemos hablar de personas.
De sus decisiones. De sus preferencias. De sus relaciones. De lo que les gusta y de lo que no. De lo que aportan a un equipo. De lo que disfrutan cuando practican deporte.
Y también de las condiciones que necesitamos crear para que todo eso sea posible.
Quizá ahí esté el verdadero sentido de la inclusión: que nadie tenga que ser presentado como una excepción para explicar por qué merece estar.
Que participar no sea un gesto de generosidad.
Que adaptar no sea hacer un favor.
Que la accesibilidad no sea un añadido que se incorpora cuando alguien lo reclama.
Que formar parte sea, sencillamente, formar parte.
Todavía queda camino para llegar ahí. Pero cada espacio que se abre, cada barrera que desaparece y cada persona que encuentra su lugar nos acerca un poco más.
Y quizá llegue el día en que una persona con discapacidad haciendo deporte no nos parezca una historia extraordinaria.
Será simplemente una persona haciendo deporte.
Y entonces sabremos que algo ha cambiado de verdad.