Jesús Suárez

Jesús Suárez El Español

Opinión

Cuanto A Coruña tenía sed

Un texto del comunicador Jesús Suárez sobre la singular historias de las gaseosas coruñesas

Publicada

Hubo un tiempo en que A Coruña fabricaba hasta sus burbujas.

Y no es una frase bonita para empezar un artículo. Es literal.

Antes de que los supermercados nos llenasen los pasillos con botellas de plástico de multinacionales, antes de que una bebida tuviese que venir acompañada de una campaña de publicidad millonaria y antes incluso de que algunos refrescos que hoy parecen haber existido toda la vida hubiesen llegado a España, esta ciudad tenía sus propias fábricas de gaseosas.

Muchas.

Tantas que hoy cuesta imaginarlo.

Porque hemos caminado miles de veces por lugares como los Cantones, Santa Margarita, A Gaiteira, Monelos, Juan Flórez o Fernández Latorre sin sospechar que allí hubo hombres llenando botellas, máquinas inyectando gas, cajas esperando junto a una puerta y carros preparados para repartir sifones por bares, ultramarinos y casas.

La historia empieza muchísimo antes de lo que cualquiera podría pensar.

Hay que irse hasta 1808.

Sí, 1808.

Mientras España estaba a punto de meterse en una guerra contra Napoleón, en el número 1 del Cantón Pequeño funcionaba una fábrica de cervezas y gaseosas llamada Merckel.

Dos siglos después uno lee aquello y parece imposible.

Pero allí estaba.

La publicidad de aquella fábrica recomendaba beber su gaseosa como un refresco sano y agradable al paladar. Con el tiempo Antonio Merckel continuaría el negocio familiar y después lo haría Manuel Serrano, su yerno, que se hizo cargo de la factoría hacia 1883.

Una docena de botellas grandes costaba diez reales.

Intento imaginar aquellos Cantones.

No los de ahora.

Los otros.

La gente paseando por una Coruña del XIX mientras, detrás de alguna puerta, alguien fabricaba gaseosa.

Y aquello no había hecho más que empezar.

En 1868 aparece otro nombre fundamental: Santa Margarita.

El italiano Luis Giavina instala allí una fábrica de gaseosas y cerveza. Después continuaría el negocio su viuda, Manuela Sánchez Gómez, y aquella actividad industrial sobreviviría a propietarios, generaciones y décadas.

Santa Margarita todavía no era el parque urbano que hoy conocemos. Era otra periferia, otra ciudad, otro paisaje.

Por allí acabaría funcionando una industria que llegaría al siglo XX y que terminaría convertida en Aguas de Santa Margarita S.A.

Cuando hoy subimos hacia la Casa de las Ciencias cuesta imaginar botellas, cajas, almacenes y trabajadores donde nosotros solo vemos parque, árboles y tráfico.

Pero estaban allí.

Y la gaseosa seguía extendiéndose por Coruña.

En 1891, Edmundo Jalvo tenía en Gaiteira, 19 una fábrica llamada La Cruz Roja.

Y aquí la historia empieza a tener sabor.

Porque no fabricaban solamente aquella gaseosa transparente que muchos asociamos a las comidas familiares.

Había refrescos de fresa, grosella, frambuesa y menta.

En 1892 ya repartían por la ciudad utilizando carros.

Después Jalvo aparece en Puente de Monelos y en 1895 anuncia incluso servicio a domicilio. Bastaba avisar a la fábrica.

Tenían teléfono.

El número 90.

Me encanta ese dato.

Hoy llevamos un ordenador en el bolsillo, pedimos cualquier cosa pulsando una pantalla y nos desesperamos si tarda veinte minutos. En aquella Coruña alguien levantaba un teléfono, llamaba al 90 y pedía que le llevasen las bebidas a casa.

Y llegaban.

Probablemente sobre un carro.

Pero Jalvo todavía tuvo tiempo para dejar otro detalle magnífico.

En 1895 registró una marca para distinguir cervezas, gaseosas y refrescos.

La llamó La Torre de Hércules.

No podía llamarse de otra manera.

Coruña embotellaba hasta sus símbolos.

Después llegó Osiris.

A comienzos del siglo XX, Casado Hermanos y Compañía desarrolló en A Gaiteira una actividad dedicada a la fabricación de cerveza, bebidas gaseosas y hielo artificial.

Hielo artificial.

Otra expresión que hoy parece insignificante y entonces significaba tecnología.

La empresa tenía despacho en Juana de Vega y fábrica en A Gaiteira. Y por aquella historia pasó además un hombre llamado José María Rivera Corral, que entró en la sociedad a comienzos del siglo XX.

El apellido seguramente ya les resulta familiar.

Porque poco después empezaría otra historia industrial coruñesa que acabaría llevando el nombre de esta ciudad por medio mundo.

La de Estrella Galicia.

Y así descubrimos que cerveza, hielo y gaseosa compartieron durante un tiempo tuberías invisibles dentro de la historia industrial coruñesa.

Pero sigamos caminando.

Vamos hacia Juan Flórez.

Hoy es una calle completamente integrada en el centro, llena de edificios, comercios, coches y gente que va deprisa.

En 1923, aquello era otra cosa.

La Sociedad Anónima Primera Coruñesa presentó un proyecto para construir allí una fábrica de gaseosas.

Y no hablamos de cuatro botellas llenándose en la trastienda de una tienda.

La planta destinada a fabricación rondaba los mil metros cuadrados.

Después aparecería La Unión Industrial, vinculada a las gaseosas y los sifones.

Y la fábrica terminó haciendo algo que muy pocas empresas consiguen.

Meterse en el lenguaje de una ciudad.

Durante generaciones hubo coruñeses que llamaron a aquella zona la Costa da Unión.

¿Por qué?

Por la fábrica.

La gente recordaba los carros, los caballos, los sifones y aquellas calles todavía adoquinadas.

Eso es lo maravilloso de las ciudades.

Puedes derribar una fábrica, eliminar su cartel, construir encima, cambiar las aceras y levantar edificios nuevos.

Pero durante décadas alguien seguirá diciendo:

—Baja por la Costa da Unión.

Y el muerto continuará respirando.

En Fernández Latorre, 98, encontramos en 1930 otra pequeña fábrica de bebidas gaseosas propiedad de Luis Camba.

Y alrededor de todas estas empresas fueron apareciendo nombres que hoy parecen personajes de una novela sobre una Coruña desaparecida:

La Camelia. La Gaitera. La Deliciosa. La Inglesa. La Selecta. El Gurugú. El Ángel de la Guarda. El Trovador Herculino. Aguas de San Cristóbal. La Aldeana. María Pita. Marineda. Alicia. Chenú.

Y unas cuantas más.

Cada nombre llevaba detrás una familia, unas máquinas, unas botellas, trabajadores, rutas de reparto, clientes y un pedazo de ciudad.

Porque la gaseosa no era solamente una bebida.

Era una pequeña industria de proximidad.

Las botellas salían de una fábrica situada quizá a unas pocas calles de la casa donde terminarían encima de una mesa.

Después volvían.

Se lavaban.

Se llenaban otra vez.

Y comenzaba de nuevo el viaje.

Los sifones recorrían los bares. Las cajas entraban en los ultramarinos. Los repartidores conocían a los clientes. Los envases tenían identidad propia. Algunas botellas llevaban grabada la marca directamente en el vidrio porque aquel recipiente no estaba pensado para morir después de beberlo.

Tenía que regresar.

Y entonces llegamos a 1956.

Ese año ocurre algo que explica perfectamente que el mundo estaba empezando a cambiar.

Varios fabricantes coruñeses decidieron unirse.

Estaban La Unión Industrial, Aguas de Santa Margarita, Aguas de San Cristóbal, María Pita, Alicia Botana y Lugo-Coruña.

De aquella unión nació una marca que muchos coruñeses todavía recuerdan:

Obelisco.

Hasta entonces aquellos fabricantes no envasaban gaseosa en formato familiar. Decidieron crear una botella común y una marca única.

Y eligieron para grabarla en el vidrio algo que cualquier coruñés reconocería inmediatamente.

El Obelisco de los Cantones.

Otra vez la ciudad dentro de una botella.

Lo curioso es cómo funcionaba aquello.

Cada fabricante continuaba elaborando la gaseosa en sus propias instalaciones. Todos utilizaban el mismo envase y la misma marca, pero una etiqueta colocada en el cuello permitía identificar qué fábrica había producido aquella botella.

Incluso acordaron un precio común.

Era, en cierto modo, la respuesta de los pequeños fabricantes locales ante un mercado que estaba creciendo y transformándose.

La gaseosa había dejado de ser aquel producto asociado en sus comienzos a determinados cafés y consumidores acomodados.

Durante los años cincuenta y sesenta estaba en todas partes.

En las comidas.

En los bares.

En los ultramarinos.

En las casas.

Sobre aquellas mesas donde siempre había una botella de vino, una barra de pan y alguien diciendo:

—Échale un poco de gaseosa.

Durante décadas funcionó.

Hasta que dejó de hacerlo.

Llegaron empresas mucho más grandes.

Cambió la distribución.

Cambió el consumo.

Cambió la normativa sanitaria.

Algunas familias no encontraron una nueva generación dispuesta a continuar levantándose cada mañana para fabricar, lavar, embotellar, cargar y repartir.

Las grandes marcas podían producir millones de botellas, invertir cantidades enormes en publicidad y colocar sus camiones prácticamente en cualquier punto del país.

El pequeño gaseosero de barrio tenía la batalla perdida.

Algunos cerraron.

Otros abandonaron la fabricación y sobrevivieron convirtiéndose en distribuidores de bebidas.

Y las fábricas fueron desapareciendo.

Una detrás de otra.

Después desaparecieron los carros.

Después muchas cajas.

Después los sifones.

Después aquellas botellas gruesas que parecían capaces de sobrevivir a una guerra.

Y finalmente desapareció algo todavía más importante:

la certeza de que Coruña había fabricado su propia gaseosa.

Por eso me fascina esta historia.

Porque cuando hablamos del pasado industrial de A Coruña solemos mirar hacia el puerto, los grandes talleres, las fábricas importantes o las empresas que sobrevivieron.

Pero hubo otra industria mucho más pequeña metida literalmente dentro de los barrios.

Una industria que olía a almacén húmedo, a caja de madera, a botella recién lavada y a caballo cansado esperando delante de una puerta.

Una Coruña donde una fábrica podía llamarse La Torre de Hércules.

Otra María Pita.

Otra Marineda.

Otra Obelisco.

No necesitaban contratar una agencia para explicar de dónde eran.

Lo llevaban escrito en el nombre.

Ahora puedes caminar desde los Cantones hasta Santa Margarita, bajar después hacia Juan Flórez, continuar hacia Fernández Latorre, A Gaiteira o Monelos y prácticamente no encontrarás nada que te advierta de todo aquello.

La ciudad se lo tragó.

Como hace siempre.

Construimos encima de lo que fuimos y después nos sorprendemos cuando alguien encuentra una fotografía y pregunta qué demonios había allí.

Pues allí también hubo gaseosa.

Hubo empresarios.

Hubo trabajadores.

Hubo repartidores.

Hubo sifones golpeándose unos contra otros dentro de cajas.

Hubo carros dejando pequeñas chispas sobre los adoquines.

Hubo botellas de fresa, grosella, frambuesa y menta.

Hubo una fábrica con el teléfono 90.

Hubo un Obelisco encerrado dentro de una botella.

Y hubo una ciudad capaz de beberse a sí misma.

La próxima vez que pase por los Cantones miraré el Obelisco de otra manera.

Porque durante unos años aquel monumento tuvo un hermano pequeño.

Era de cristal.

Estaba lleno de gaseosa.

Y acababa encima de la mesa de cualquier casa.