Jesús Suárez.

Jesús Suárez. El Español

Opinión

La danza de las moscas

Una reflexión de Jesús Suárez sobre cómo volvemos una y otra vez a aquello que nos causa daño

Publicada

Hay noches en las que apago todas las luces de la casa menos una.

Solo una.

Entonces espero.

No tarda mucho.

Primero aparece una mosca. Después otra. Luego diez. Luego veinte. Comienzan a girar alrededor de la bombilla con una precisión casi religiosa. Dibujan círculos perfectos. Se rozan. Se golpean entre ellas. Chocan contra el cristal caliente. Caen al suelo. Permanecen inmóviles unos segundos. Y, cuando cualquiera pensaría que han aprendido la lección, levantan el vuelo de nuevo.

Siempre vuelven.

Hay algo obsceno en esa insistencia.

No persiguen la luz.

Persiguen una mentira.

Porque la bombilla jamás las abrazará. Nunca las alimentará. Nunca les ofrecerá refugio. Solo les promete una cosa.

Quemarlas.

Y ellas vuelven.

Una y otra vez.

Mirándolas entendí que el ser humano es el único animal capaz de contemplar su propia destrucción… y llamarla esperanza.

Nos pasamos media vida dando vueltas alrededor de personas que son exactamente esa bombilla.

Nos acercamos.

Nos quemamos.

Retrocedemos.

Lloramos.

Juramos que nunca volveremos.

Y, en cuanto oscurece un poco el alma, allí estamos otra vez.

Orbitando.

No porque no conozcamos el final.

Precisamente porque lo conocemos.

Hay una parte enferma de la mente que acaba encontrando paz en aquello que la destruye. Como si el cerebro, agotado de luchar, decidiera firmar un pacto con el verdugo.

Y entonces ocurre el milagro más macabro de todos.

El dolor deja de doler.

Empieza a parecerte normal.

Ya no te preguntas por qué no te llaman.

Te preguntas si molestarías al llamar tú.

Ya no te preguntas por qué dejaron de quererte.

Empiezas a preguntarte cuándo dejaste de ser suficiente.

Ese es el instante exacto en que la bombilla ha ganado.

Porque el fuego nunca quiso quemarte la piel.

Quería quemarte la identidad.

Reducirte.

Doblarte.

Convencerte de que naciste para girar alrededor de aquello que jamás podrás tocar sin romperte.

Y tú obedeces.

Cada vuelta es más pequeña.

Cada impacto contra el cristal más fuerte.

Cada caída más silenciosa.

Hasta que ya ni siquiera vuelas por ilusión.

Vuelas por costumbre.

He visto moscas morir así.

No caen fulminadas.

Caen despacio.

Con las alas deformadas.

Con ese vuelo torcido que anuncia que ya no queda regreso posible.

Y aun así…

Antes de morir…

Intentan acercarse una última vez.

Esa última embestida siempre me ha parecido la imagen más terrible de la naturaleza.

No luchan por vivir.

Luchan por regresar a aquello que las está matando.

Y pensé que nosotros hacemos exactamente lo mismo.

Volvemos al mensaje.

Volvemos a la fotografía.

Volvemos a la conversación.

Volvemos a la voz.

Volvemos al recuerdo.

Volvemos al lugar donde nos rompieron.

Como si una parte de nosotros creyera que el mismo cuchillo que abrió la herida será también el encargado de cerrarla.

Qué enfermedad tan elegante tiene el alma.

Con qué delicadeza aprende a fabricar cadenas invisibles.

Las peores adicciones nunca entran por las venas.

Entran por la memoria.

Porque la memoria no recuerda las quemaduras.

Recuerda la luz.

Y ahí empieza la condena.

Ya no buscas ser feliz.

Buscas volver a sentir aquel destello, aunque dure un segundo y el precio sea desangrarte durante meses.

Entonces dejas de vivir.

Empiezas a orbitar.

Toda tu existencia se convierte en una trayectoria circular.

Siempre alrededor de lo mismo.

Siempre rozando el mismo cristal.

Siempre oliendo el mismo calor que ya conoces.

Hasta que un día descubres que hace mucho tiempo que dejaste de avanzar.

Solo dabas vueltas.

Qué palabra tan perfecta: orbitar.

Porque quien orbita nunca llega.

Nunca toca.

Nunca posee.

Nunca descansa.

Solo gira.

Y gira.

Y gira.

Como si el universo entero hubiera sido diseñado para convertir el deseo en una condena perpetua.

Quizá por eso el infierno no sea un lugar.

Quizá el infierno sea una bombilla encendida en mitad de la oscuridad.

Y nosotros…

Nosotros seamos esas pobres moscas que confunden el calor con el amor, el resplandor con la salvación y el incendio con el hogar.

Lo más terrible no es que acabemos muriendo contra el cristal.

Lo más terrible es que, mientras caemos con las alas chamuscadas y el cuerpo roto, seguimos convencidos de que la siguiente vuelta será distinta.

Y nunca lo es.

Nunca.

Porque la bombilla jamás ha tenido la intención de iluminar a las moscas.

Solo necesitaba que ellas creyeran que la luz también podía quererlas.