Inclusion en movimiento

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Opinión Inclusión en movimiento

El Camino, las barreras y esa costumbre tan nuestra de pensar que siempre ha sido así

Un texto sobre la inclusión y el Camino del CEO y fundador de Alda Hotels

Alberto Rodriguez
Publicada

Hay cosas que uno aprende en hotelería sin que nadie se las enseñe. Por ejemplo, que una persona no entra nunca en un hotel solo con una maleta. Entra también con su cansancio, su carácter, sus expectativas, sus preocupaciones y, muchas veces, con batallas que los demás no vemos.

En Alda Hotels tenemos ya más de cien establecimientos en funcionamiento. No todos están en el Camino de Santiago, pero una parte importante sí. Y, si miro hacia atrás, tengo bastante claro que el Camino ha sido uno de los grandes vertebradores de nuestro crecimiento. Desde Santiago de Compostela, que es donde empezó todo para nosotros, casi podría decirse que hemos ido desandando el Camino al revés, creciendo etapa a etapa, hasta llegar a subir a los Pirineos.

Y en todo ese recorrido hay una escena que se repite mucho, y que a mí siempre me despierta la misma curiosidad: la de un peregrino entrando por la puerta de uno de nuestros hoteles. A veces llega empapado, otras veces tostado por el sol, casi siempre con la cara de quien ha vivido algo más intenso que un simple desplazamiento de un punto a otro. Y yo, que tengo esa manía de observar, suelo imaginar quién es, de dónde viene, a qué se dedica, dónde empezó su Camino y qué le habrá pasado hasta llegar allí.

Con el tiempo he descubierto algo curioso. Muchas veces, los más exhaustos no son los que más etapas llevan encima. Los ves llegar en la segunda o tercera jornada, andando o en bicicleta, y parecen al borde de firmar la paz con sus piernas. Sin embargo, cuando el cuerpo ya lleva dos semanas de Camino, suele pasar algo casi mágico: se acostumbra. El cansancio deja de ser una protesta y se convierte en experiencia, casi en un estandarte. Ya no se camina solo con las piernas; se camina también con la cabeza, con la rutina y con esa mezcla de resignación y orgullo que tan bien entendemos por aquí.

El Camino tiene algo profundamente igualador. Todos avanzan, todos acumulan kilómetros, todos persiguen una meta compartida: llegar a Santiago. Incluso personas con muchos recursos disfrutan de vivir esa esencia del Camino sin grandes lujos, casi como un recordatorio de que no hace falta demasiado para sentirse bien. Y, al mismo tiempo, quienes tienen menos también pueden permitirse hoy ciertos pequeños apoyos: transportar la mochila, descansar mejor, darse una ducha caliente o dormir con cierta comodidad, aunque no sea siempre en un Alda, que uno también tiene que barrer para casa.

Eso es, al menos, lo que nos gusta pensar: que el Camino iguala.

Pero no siempre iguala del todo.

Porque hay mochilas que no se ven y pesan bastante más que las físicas. Y si digo esto no lo hago desde la teoría, ni desde la corrección de manual, ni porque quede bien escribirlo. Lo digo porque en mi casa ha sido siempre una evidencia. A mi familia nos acompaña, probablemente desde hace generaciones, una cierta aleatoriedad en nuestra genética. Es una lotería, como cualquier otra, de esas que nadie compra voluntariamente, pero que a veces tocan. Y cuando tocan, todo cambia. Todo se vuelve más difícil. Les ha tocado a tíos, a primos, a personas a las que he querido y quiero.

Cuando a alguien le cae encima, la vida cambia de escala. De repente, pequeños logros que para otros pasan desapercibidos se convierten en auténticos hitos. Cosas aparentemente sencillas, cotidianas, incluso triviales, pueden transformarse en retos enormes. Y lo que para unos es una cuesta, para otros puede parecer directamente una pared.

Por eso, cuando se habla de inclusión, a mí me incomoda un poco ese enfoque que a veces reduce todo al aplauso. Esa especie de entusiasmo social por felicitar a quien, “a pesar de todo”, consigue llegar. Claro que emociona ver a alguien superar límites. Claro que inspira. Pero la inclusión no debería consistir solo en admirar a quien lo logra. No debería ser una palmada en la espalda al final del recorrido, como si bastante hubiésemos hecho ya con emocionarnos.

La tarea de una sociedad ambiciosa es otra: minimizar barreras. Pensar en el otro, al menos, como pensamos en nosotros mismos.

Y eso no va de regular, ni de obligar, ni de cubrir expedientes. Como suelo decir, cuando toca regular debemos hacerlo desde la tristeza de no haber sido capaces de educar antes. Porque esto, sobre todo, va de concienciar. De mirar mejor. De entender que la mejora continua también es esto, una obligación moral con los miembros de nuestra sociedad. Se trata de pensar cómo hacemos para que más personas puedan intentarlo. Para que el esfuerzo sea el del propio Camino y no lleve añadidos obstáculos por nuestra falta de empatía o por esa costumbre tan nuestra de pensar que siempre ha sido así.

El Camino de Santiago no es solo una ruta. Es un símbolo. Es una línea que une, que crea comunidad, que da sentido a la diversidad y que, en el mejor de los casos, iguala al diferente sin pedirle que deje de serlo.

Y quizá ahí esté lo importante.

Porque una comunidad inclusiva no es la que espera en la meta para aplaudir a quien llega. Es la que trabaja desde el principio para que más personas puedan ponerse en camino, recorrerlo con dignidad y no renunciar antes de tiempo. En eso, como en casi todo lo importante, no se trata de admirar al que resiste, sino de esforzarnos entre todos para que nadie quede fuera por barreras que sí está en nuestra mano derribar.