En los últimos años hemos convertido el turismo en sospechoso habitual. Parece que viajar es una forma elegante de invadir, de desgastar, de molestar. Se vincula a términos problemáticos como masificación, ruido, pisos turísticos ilegales, colas infinitas. Y sí, existen excesos. Sin embargo la situación es bastante más compleja. Reducir esta potente industria a estos manidos conceptos es la salida fácil y poco rigurosa.
El turismo no es una moda reciente ni una extravagancia moderna. El turismo, bien gestionado, no solo mueve maletas. Sostiene patrimonio, mantiene oficios, fija población y financia infraestructuras que también usa quien no se mueve de casa.
Porque hay iglesias que no se conservan con aplausos y buenas intenciones., se restauran con entradas. Hay cascos históricos que siguen vivos no por arte de magia, sino porque alguien los visita y generan una actividad económica. Hay rutas señalizadas, museos activos y centros culturales varios que funcionan porque hay demanda. Y parte significativa de su financiación llega de quienes los disfrutan. Hay gente que trabaja y gana dinero explicándolos y cuidándolos.
Sin ese flujo de personas, muchos bienes culturales acabarían cerrados o degradados. Con visitantes, se convierten en patrimonio vivo.
El turismo también sostiene algo más frágil: los oficios. Ese ceramista que vende piezas a quien pasa. El artesano textil que gracias a sus ventas puede mantener técnicas heredadas. El pequeño productor que encuentra en el viajero un cliente dispuesto a pagar por calidad y por lo auténtico, lo que no encuentra en su casa. En muchos territorios pequeños, el cliente local no basta. Sin visitantes, muchos profesionales y Pymes colgarían el cartel de “cerrado para siempre”.
No es poesía. Es riqueza.
También quiero destacar que el turismo ayuda a fijar población. En muchos territorios, especialmente en el rural, el turismo genera actividad, empleo, servicios. No resuelve todos los problemas demográficos, pero evita que la sangría sea mayor. Donde hay movimiento y visitantes surgen oportunidades. Donde no lo hay, solo queda el vacío.
Pero el turista es exigente. Para conquistarle los destinos necesitan profesionalizarse. Generar productos de calidad, planificación, idiomas, estándares cada vez más altos. Deben mejorar infraestructuras que luego utiliza todo el mundo: los residentes y los visitantes. Cuando un destino se toma en serio su actividad turística, suele mejorar su gestión en general.
No todo es tan idílico
Ahora bien, no quiero tampoco dibujar un cuadro idílico. Bajo el nombre del turismo también se han cometido errores graves. Se han levantado edificios sin sentido, sin público, sin modelo de gestión. Centros de interpretación que tras una inauguración a bombo y platillo se cierran por falta de presupuesto para personal, para promoción, para mantenimiento. Espacios culturales que nadie conoce. Infraestructuras caras que generan más costes que beneficios. Proyectos pensados para cortar una cinta y morir, no atraer o para durar años.
Eso ocurrió. Esta moda dejó cicatrices presupuestarias que aún estamos pagando. Y todo apunta que no hemos aprendido la lección.
Me preocupa ver que, en algunos casos, la nueva ola millonaria de inversiones vinculadas a los Planes de Sostenibilidad Turística en Destino (los famosos PSTDs) pueda caer en el mismo agujero. Cambia el discurso, cambia la terminología, pero el riesgo es idéntico: gastar millones de euros sin una estrategia real. La sostenibilidad se transforma en una etiqueta elegante para justificar proyectos vacíos que seguro en meses no tendrán ni demanda ni plan de mantenimiento. Eso sí, ¡atentos a las inauguraciones que se avecinan en los próximos meses!.
La sostenibilidad, palabra que tanto nos gusta no es un estado. Es una forma de entender los proyectos. Y para que sea honesta debe aplicarse midiendo, escuchando al territorio, diseñando modelos con cabeza y pensando a largo plazo. El problema es que esto genera menos titulares y exige estrategia y cambio en la gestión.
Resumiendo, no todo vale en turismo. Pero tampoco hay que demonizarlo por sistema.
Viajar para abrir mentes
Viajar sigue siendo una de las formas más civilizadas de entender a los demás. De abrir mentes, de entender el mundo. De respetar otras formas de vida. De generar ingresos en lugares donde no tienen sentido las chimeneas industriales. De activar economías locales sin deslocalizar empleo. De reforzar la identidad, conservar costumbres y tradiciones. Siempre y cuando se viaje con respeto. Y los destinos se hagan respetar.
El debate pues no debería girar en torno a si el turismo es bueno o malo. Esa es una pregunta demasiado simple para un fenómeno harto complejo. Para mí la pregunta relevante es ¿qué modelo queremos?; ¿qué límites marcamos?; ¿Cómo evitamos repetir errores y experiencias fallidas con nombre y apellido?.
Porque el turismo no es un fin en sí mismo. Es una herramienta. Y como toda herramienta, depende de quién la use y para qué. Existe un turismo positivo el cual yo defiendo y promuevo.
Si aprendemos de lo vivido, el turismo y los Planes de Sostenibilidad en Destino serán una oportunidad. Estamos a tiempo de que cobren sentido. Si no, volveremos a construir castillos que nadie habita. Creo de esos “tesoros” ya tenemos suficientes.