Esta mañana me han robado el paraguas.

Robado no. Me han hurtado. Porque no hubo violencia ni intimidación. Hubo astucia, disimulo cobardía. Una señora cobarde.

He entrado en Zara a por una camiseta que ya tenía fichada; compra rápida y directa que he tardado un minuto en gestionar. Bueno, quizás tres. Tres minutos porque he tenido que pagar. No como la señora que me hurtó el paraguas, que resolvió su gestión sin pasar por caja. Mucho más eficiente, la verdad.

Digo señora porque a esas horas y en Zara había mayoría de mujeres. Pura probabilidad. No voy a entrar en debates de género. Bastante tengo con el paraguas (que ya no tengo) y con mi creciente cabreo.

Porque yo dejé mi paraguas en el paragüero como un caballero que deposita su espada antes de entrar en la taberna. Mi paraguas no era uno cualquiera. Era mi Tizona. Mi espada del Cid Campeador. Entré en Zara confiada. Salí desarmada. Llegué a casa con el honor pelo empapado. El Cid podía cabalgar sin su espada. Yo no.

¿A quién se le ocurre robar un paraguas? No es un bolso. No es un reloj. No es el último iPhone. Un paraguas es un objeto triste que vive plegado y olvidado hasta que el cielo lo reclama. Accesorio de emergencia. Y ojo, que yo entiendo la tentación del momento porque fuera llueve y el paraguas (MI paraguas) está ahí. Abandonado a su suerte. Pero una cosa es pensarlo y otra muy distinta es llevártelo. Por lo visto es un delito menor bastante común. Y bastante ruin, añado.

Y no, no fue una confusión. Cuando lo dejé en el paragüero no había ningún paraguas transparente. Pensé incluso en entrar con él, pero me dio reparo mojar el suelo. Educación. Civismo. Creer que el mundo funciona en base a unos mínimos acuerdos morales. Error. El Cid nunca habría dejado su espada en un cubo compartido. El paragüero es como un limbo; nadie vigila, nadie reclama.

Así que aviso oficialmente: a partir de ahora pienso entrar con mi nuevo paraguas en cualquier recinto cerrado. Zara, panadería, consultas médicas, funerales y bodas, si hace falta. Que se mojen los suelos, no mi pelazo confianza en la humanidad.

Y aprovecho este medio, que me da cierta visibilidad, para volcar mi indignación y dirigirme directamente a usted, señora del paraguas. Espero que le haya sido útil. Que haya llegado seca a su destino y se le hayan empapado los remordimientos. Pero también espero que en algún momento le haya dado el viento de frente y una varilla del paraguas le haya sacado un ojo arañado la cara. No fuerte. Lo justo para sentirse ridícula.

Y ya puestos, deseo que el día que tenga una boda y salga de la peluquería con unas ondas perfectas, una paloma con criterio y buena puntería, le haga caca sus cosas encima. De manera que ese dinero que no invirtió en un paraguas, tenga que gastárselo en la peluquería. Otra vez. Algunos lo llaman economía circular. Yo lo voy a llamar karma con plumas.

Además, ahora camino por la calle mirando con desconfianza cada paraguas transparente. Pensando mal de cada persona que se cruza conmigo protegida de la lluvia. Usted no solo me robó un paraguas. Me robó la inocencia meteorológica.