En el nuevo orden mundial al que parece que nos asomamos, Europa parece quedar a merced de la fuerza bruta. En este nuevo contexto de desprecio frontal a las normas y su cumplimiento, cabe plantearse algunas preguntas sobre cómo nos podría llegar a afectar este nuevo paradigma como individuos que fiamos nuestra privacidad a compañías norteamericanas, o incluso qué podemos hacer para mantener la soberanía de nuestros datos personales.
En los últimos tiempos hemos visto crecer la corriente “prepper” o preparacionista: gente que trata de prepararse para sobrevivir ante un posible conflicto o colapso social, desde almacenando alimentos, comida o medicinas, hasta aprendiendo defensa personal, purificación de aguas o primeros auxilios.
Sin llegar a un escenario hipotético tan extremo, conviene reflexionar sobre las precauciones que adoptamos para proteger algunos de nuestros derechos fundamentales, como la libertad y la privacidad en un contexto de hegemonía de una potencia militar. Podría ocurrir que no escaseen los bienes materiales más elementales, pero que nuestra clasificación como individuos en función de hábitos, creencias o ideologías afecte directamente a nuestros derechos o seguridad.
A pesar de la irrupción de TikTok o el dominio de Spotify, las tecnológicas con más adeptos siguen siendo las norteamericanas GAFAM: Google, Amazon, Facebook (ahora Meta, con Instagram y WhatsApp entre otras), Apple y Microsoft, a las que probablemente debamos añadir ahora OpenAI, propietaria de ChatGPT. Si sumamos la información personal de la que disponen acerca de cualquier ciudadano medio europeo: ¿existe alguna posibilidad de mantener la soberanía de nuestros datos personales?
Google es el artífice de Google Chrome, uno de los principales navegadores de internet. Al que se suma su otrora prestigioso buscador, lo que le permite conocer al dedillo qué información buscamos en la red, en qué servicios nos adentramos, dónde nos detenemos a leer o qué decidimos ignorar. La posibilidad de acreditarse con las credenciales de Google en múltiples servicios o webs le facilita información adicional. Además, el servicio de correo electrónico de Gmail analiza nuestra correspondencia exhaustivamente, al punto de que, hecha una compra de billetes de avión, procederá automáticamente a anotar el vuelo en nuestra agenda. Google opera también Android en millones de dispositivos móviles, cuyo contenido se sincroniza con Google Drive, donde descansan desde los contactos del teléfono móvil hasta las fotografías que tomamos. Google posee también Google Maps, un servicio de geolocalización hegemónico que permite rastrear nuestros desplazamientos y de ellos inferir dónde vivimos, trabajamos, o acudimos a hacer deporte.
A su vez, Amazon tiene una radiografía exacta de nuestros hábitos de consumo: qué compramos, qué nos gustaría comprar, cada cuánto necesitamos determinado producto, o en qué momento del día solemos hacer compras. Puede parecer inocuo, pero esta información agregada puede permitir inferir si estamos enfermos, si mostramos interés por determinada disciplina, o si hemos sido padres recientemente, y qué tipo de crianza hemos escogido para el retoño. Sin olvidar AWS, la gran nube de Amazon donde se alojan los datos de millones de webs o servicios que utilizamos.
Si hablamos de Meta, el caso de Cambridge Analytica es suficientemente expresivo de cómo los datos e interacción de los usuarios en sus plataformas permiten un perfilado psicológico de los mismos, predecir su personalidad y sus vulnerabilidades, y posteriormente explotarlas para manipular su voto.
Por su parte Apple, si bien ha intentado diferenciarse de las demás grandes tecnológicas como abanderado de la privacidad, accede y procesa datos personales bajo el pretexto de la seguridad o “utilidad” para el usuario. Por ejemplo, en el caso de las fotos tomadas con un iPhone, Apple las analizará con un sistema de aprendizaje automático para detectar a las personas, agrupando todas las fotos en que aparezca una persona determinada, que a su vez intentará identificar analizando los contactos del teléfono, así como la descripción que hayamos puesto en ese contacto para inferir la relación que nos une, e incluso monitoreará las comunicaciones que hayamos intercambiado con esa persona. También analizará las ubicaciones establecidas como casa y trabajo en Contactos o Mapas, en qué sitios hemos hecho fotos o qué fechas importantes hemos registrado en nuestro calendario y hemos asociado a un contacto, tales como cumpleaños o aniversarios.
En cuanto a Microsoft, se trata del entorno corporativo por excelencia, sede de millones de interacciones relativas al trabajo, así como propietaria de Azure, la gran nube que ofrece servicios de computación que usan, a su vez, otras muchísimas empresas que manejan todo tipo de datos.
Es cierto que todas ellas son empresas privadas, pero no lo es menos que muchas han demostrado un desprecio reiterado a la normativa de privacidad europea. Cuando desde la UE se han intentado imponer sanciones o restricciones a algunas prácticas no respetuosas con la privacidad de los usuarios, las críticas han sido furibundas no sólo por parte de los dueños de las tecnológicas, sino también del propio gobierno estadounidense.
Existe de hecho cierta identificación de las grandes tecnológicas y el estado, que ha expresado en múltiples ocasiones su malestar con la regulación europea al respecto. Por ejemplo, en relación con la sanción impuesta a X por incumplir la conocida como “Ley de Servicios Digitales”, el actual secretario de estado Marco Rubio advirtió de que se trataba “no solo un ataque contra X, sino contra todas las plataformas tecnológicas estadounidenses y el pueblo norteamericano por parte de gobiernos extranjeros”. En la misma línea, el embajador estadounidense ante la UE, Andrew Puzder, ha calificado esta reciente sanción como “el resultado de una regulación excesiva de la UE dirigida contra la innovación estadounidense”.
Con este panorama cabe reflexionar sobre las posibles alternativas a los servicios de estas grandes tecnológicas que permitan en la medida de lo posible mantener la soberanía de nuestros datos.