Alguna vez has conocido a una polilla.
No al insecto. A la persona.
Está ahí, flotando en el aire viciado del bar, de la oficina, de la familia, del grupo de amigos. No dice gran cosa, pero siempre acaba cerca de la luz. De tu luz. No porque le importes, no porque te admire. Porque brillas. Y porque la luz quema, pero también atrae.
La polilla es un concepto psicológico no escrito en manuales universitarios, pero perfectamente reconocible en la vida real. Vive en los márgenes. No crea, no arriesga, no se expone. Observa. Espera. Calcula. Y cuando detecta a alguien que se mueve, que destaca, que incomoda al sistema simplemente por existir… vuela hacia ahí.
A nivel social, las polillas son mayoría silenciosa. No hacen ruido propio, lo amplifican. Se alimentan de la energía ajena: del éxito ajeno, del fracaso ajeno, de la caída ajena. No buscan luz para iluminarse, sino para sentirse menos oscuras durante unos segundos.
La polilla no quiere volar alto. Quiere que tú no lo hagas.
No quiere cambiar nada. Quiere que te canses.
No quiere destruir el sistema. Quiere sobrevivir dentro de él sin mojarse.
Las ves en redes sociales, opinando con frases recicladas, moral barata y valentía prestada. Las ves en trabajos donde jamás levantan la voz, pero toman nota de quién se equivoca. Las ves en grupos humanos donde nunca lideran, pero siempre están cuando alguien cae para decir: “ya se veía venir”.
La psicología lo llamaría proyección, dependencia emocional, mediocridad funcional o miedo crónico al vacío. Yo lo llamo hambre de luz ajena.
Porque la polilla no soporta el silencio interior. Necesita el zumbido constante de lo que otros hacen. Y cuando la luz se apaga —cuando tú fallas, cuando dudas, cuando te rompes— la polilla no huye. Se posa. Ahí es donde se siente cómoda. En la ceniza.
El problema no es la polilla. Nunca lo fue.
El problema es confundirla con una mariposa.
Creer que está contigo cuando solo está cerca de lo que ilumina.
Así que si alguna vez notas ese cosquilleo alrededor, esa presencia tibia, ese aplauso tibio, esa crítica disfrazada de consejo… no te preguntes qué haces mal. Pregúntate cuánta luz estás dando.
Porque las polillas no siguen a cualquiera.
Siguen a quien arde.
Y arder, amigo, siempre ha tenido un precio.