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La Casa Cortés de A Coruña: Arquitectura musical en la plaza de Galicia

La casa Cortés de la Plaza de Galicia es obra del arquitecto Rodríguez-Losada y uno de los edificios más notables del primer ensanche de A Coruña. Una obra que tiene algo de música y también de ubicua.
La Casa Cortés de A Coruña
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La Casa Cortés de A Coruña
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El 5 de enero de 1875 se inauguró en París la Ópera Garnier. El 18 de diciembre de 1892 se estrenaba en el Teatro Mariinski de San Petesburgo El Cascanueces. Un par de hechos aislados, quizás.

El Cascanueces es ese ballet de Piotr Ilich Chaikovski cuya música, al escuchar apenas unos segundos y recuerda a la Navidad. El sonido evocador de la celesta traslada, de forma ineludible, al mundo de la magia y la fantasía. El escenario que sugiere esta obra es pura fantasía, aquella que aparece en la memoria al cerrar los ojos mientas suena de fondo La danza del Hada del Azúcar.

Apenas unos años antes se había inaugurado en París el edificio de la ópera (un edificio Beaux Arts obra del arquitecto Charles Garnier), como parte de las transformaciones de la ciudad durante el Segundo Imperio. Una vocación de desarrollo urbano promovida por el Barón Haussmann por orden de Napoleón III. Este conjunto de procesos de modernización que se llevaron a cabo en París, tenían como objetivo dar una imagen de la ciudad más limpia y contemporánea, pero además escondía una vocación imperialista capaz de impedir rebeliones a través de la arquitectura e influir a través de su forma en el comportamiento de los ciudadanos. 

El clima arquitectónico del cambio de siglo diseñaba el escenario de una vida en la que dos hechos como los anteriores definían un pulso. Quizás una huida hacia adelante desde la resaca romanticista de Lord Byron y Percy Shelley, hacia un mundo de utopías envisionadas como factibles debido a los grandes avances científicos de las sucesivas revoluciones industriales.  A esta parte tan onírica y volátil, se le suma la vertiente de la conciencia racional arquitectónica que marca los tiempos de la realidad. La disciplina atravesaba en aquel cambio de siglo una auténtica explosión de lenguajes, gracias precisamente a todo el contexto histórico en que la revolución industrial se mezclaba con la constructiva, las comunicaciones con las influencias de lugares lejanos, y los arquitectos, más en número que años pasados, se daban el testigo intergeneracional entre personas cuya trayectoria profesional cada vez era más larga gracias a los avances médicos.

De juegos ingenuos y un gran spoiler

Volviendo al Cascanueces y a la Ópera Garnier, dos obras al azar que anticipan el cambio de siglo a través de la ensoñación de un mundo mágico, en el que la materialización del arte se produce a través de una cuidada, aunque también saturada, puesta en escena. Y ambas con un halo de leyendas y magia a su alrededor, incluso fantasmas que viven en profundos sótanos. 

Buscar su igual en A Coruña sería una labor aparentemente ingenua, algo como poner el cascanueces, cerrar los ojos y pensar en la Ópera Garnier hasta que venga a la memoria algún edificio más doméstico. Un juego inocente sí, pero didáctico para entender la relación de un edificio con su tiempo y su lugar. Un ejercicio de contextualización arquitectónica, en una disciplina que nace y progresa en simbiosis con el ser humano como una extensión de sí mismo a través del hábitat.

Poco a poco aparecen algunas imágenes... la Casa Barrié, el Edificio Escariz, la Casa Alfonso Escudero, las viviendas en c) Compostela 6, las Escuelas Labaca o la Casa Cortés. Obras que parecen envueltas en ese mismo halo mágico que suena a celesta. Casi sin dudarlo el camino guiado por la música a través de esa ciudad personal de la memoria, pasaría por la calle Ferrol. Esta calle, que condensa las obras del modernismo y racionalismo de los arquitectos más representativos de la ciudad, termina con un fondo perspectivo hacia el puerto que se enmarca con un hermoso prólogo: la Casa Cortés. 

La Casa Cortés

Esta casa, uno de los iconos más reconocibles del tejido residencial del ensanche coruñés, es una obra del arquitecto Eduardo Rodríguez-Losada (1886-1973). Cabe advertir un pequeño detalle antes de proseguir, un secreto a ojos de la arquitectura, pero que puede influir en el veredicto del camino a ritmo de la música: Rodríguez-Losada además de arquitecto era compositor de óperas, sinfonías y otras músicas de cámara.  A través de sus manos la arquitectura y la música convergen.  Así la casa Cortés parece resonar con alguna melodía con tan sólo contemplar su fachada.

Caricatura de Rodríguez-Losada dirigiendo la opera O Mariscal en el Teatro Rosalía de Castro, el 27 de Mayo de 1929 via wikimedia common

Rodríguez-Losada, forma junto con Pedro Mariño (1865-1931) y Leoncio Bescansa (1879-1957), el grupo de los arquitectos eclécticos coruñeses. Mariño fue el autor del palacio de Maria Pita o la Casa del Sol además de arquitecto municipal, Bescansa fue autor del Diente de Oro y de las escuelas Labaca entre muchas otras obras. Rodríguez-Losada era el más joven de los tres, y por lo tanto el que no tuvo que hacer el ejercicio de transición del modernismo o el art-Dèco hacia esta nueva forma de hacer arquitectura más manierista. A cambio, viviría la transición hacia el racionalismo y movimiento moderno de generaciones posteriores a él como Santiago Rey Pedreira (1902-1977) o Antonio Tenreiro (1893-1972). Rodríguez-Losada es autor de la Casa en calle Ferrol 12 (1913), la  Casa Alfonso Escudero (1913) o la Casa Escariz (1925), entre muchas otras obras, en las que el lenguaje ecléctico es patente. 

La casa Cortés es un edificio que tuvo una construcción ligeramente abrupta. Situado en pleno ensanche, es uno de los primeros edificios que se construyen aplicando la nueva normativa que rige este plan. Debido a estas circunstancias tan particulares, el edificio se ejecuta en dos fases, una primera en la que se construyen dos piezas a diferente altura y una segunda de regulación que englobaría todo bajo un mismo volumen. Las primeras actuaciones sobre el solar comenzaron en 1910, pero el volumen actuales un proyecto de 1918-1919. Los primeros volúmenes edificados eran dos bloques uno dedicado a vivienda de alquiler con cinco alturas (con acceso por el chaflán) y otro para oficinas con acceso desde la calle Ferrol. El proyecto de 1919 unifica ambos bloques en el actual de cinco plantas, planta baja y entresuelo, con acceso desde la plaza de Galicia.

La distribución del edificio está fuertemente condicionada por su fachada, que se compone a través de una sucesión de galerías y huecos sencillos. Partiendo de la disposición de las diferentes estancias en fachada, se van ordenando los diferentes espacios del programa de las viviendas. Cada planta contaba con cuatro viviendas, priorizando organizativamente la vivienda en la esquina cuya distribución es más amplia que las otras tres. Esta organización determina también su estructura mediante una crujía que se repite a lo largo de la parcela. 

Estética para una nueva imagen

La estética del edificio es uno de los aspectos más interesantes de la Casa Cortés, sobre todo porque el peso de la génesis del edificio cae en este aspecto y determina otros aspectos esenciales de la arquitectura como la morfología, estructura o funcionalidad. El estilo ecléctico es por definición una forma de componer y crear elementos arquitectónicos libre pero de raíces historicistas. La estética de la arquitectura ecléctica es el pensamiento que se encuentra tras la génesis del proyecto y que se teoriza en base a algunos principios comunes: composición de al menos dos lenguajes estilísticos, referencia historicista y reminiscencia afrancesada.

Los ecos arquitectónicos de influencia francesa, tienen que ver con el nacimiento de esta teorización estética, que surge en parte como consecuencia de la Revolución Francesa. Tras la caída de la monarquía y la aristocracia francesa, la arquitectura barroca y excesiva de los palacios se asocia al antiguo régimen, por lo que nace una nueva retórica que recupera símbolos del pasado que los revolucionarios ven como una renovación respecto al escenario viciado que conocían. De alguna forma, se produce a través de los posteriores planes de reforma dirigidos por el barón Haussmann a la orden de Napoleón III, una democratización urbanística a través del eclecticismo. El eclecticismo permite el embellecimiento urbano de edificios de viviendas pertenecientes a la nueva burguesía o a pequeños propietarios, de forma que la ciudad se enriquece estéticamente. Es decir, no se trata de una democratización a nivel tangible o económico, sino a nivel lingüístico buscando influir sobre el hábitat humano: la ciudad. 

Fotografía de Turismo de Galicia, turismo.gal

La Casa Cortés es uno de esos edificios eclécticos que comienzan a componer el primer ensanche coruñés. Uno de los muchos que utilizan este lenguaje buscando una nueva estética que caracterice el nuevo barrio a través del cual crece la ciudad. La Casa Cortés incorpora una composición estilo Beaux Arts en la que prevalece la simetría y la jerarquía que sirven como la base para integrar elementos regionalistas como la galería, algo muy claro en esta casa. Frente a los elementos puramente beauxartianos como la casi-mansarda que hunde sus raíces en el clasicismo (tipo de cubierta desarrollada por el arquitecto clasicista francés François Mansart 1598-1666), capiteles con guirnaldas, bajorelieves, balaustradas y cornisas, se introduce la galería tradicional coruñesa impostada con agrafes, artificio que disimula su carácter regionalista cubriéndolo de cierta sofisticación europea. 

Si algo tenía el eclecticismo era la capacidad de trasladar al observador despistado a cualquier otro país... si no, ¿una foto descontextualizada del Edificio Adriática realmente permitiría adivinar que se encuentra en Sevilla? ¿Seguro que no es Italia o Budapest? De la misma forma, si no fuese por la inconfundible galería, un elemento icónico de la arquitectura coruñesa y que originalmente era de tonos oscuros, la Casa Cortés bien podría estar en el Paseo de Gracia o en los Campos Elíseos. Así es como la estética articula la esencia de la arquitectura, siempre a la vista, siempre presente y exuberante, pero en realidad un actor en la sombra trazando recorridos profundos e insospechados que influyen de forma subconsciente al observador o al habitante de la ciudad. Una filosofía de fondo, que algunas veces se utiliza como motor de la arquitectura buscando transformaciones profundas, en este caso un embellecimiento a la europea de un fragmento urbano.

Por antonioxalonso vía Flickr

Música, arquitectura y el debate sobre la belleza

En toda arquitectura hay detalles escondidos, aunque a veces se encuentren más a la vista de lo que parece. El diseño arquitectónico como vehículo para transmitir ideas conscientes y subconscientes. El edificio Cortés incorpora ese doble juego con su presencia espectacular y brillante que eclipsa el análisis hasta casi impedir el desmembramiento de los aspectos teóricos que lo forman. El crítico musical Eduard Hanslik decía  en ''La belleza en la música'' (1854): 

Nuria Prieto

"Lo bello es y sigue siendo bello aunque no despierte emoción alguna y aunque no haya nadie que lo mire. En otras palabras, aunque lo bello existe para la satisfacción de un observador, es independiente de él. En este sentido, la música tampoco tiene fin (objeto), y el mero hecho de que este arte en particular esté tan íntimamente ligado a nuestros sentimientos no justifica en modo alguno la suposición de que sus principios estéticos dependan de esta unión".

Al final, la Casa Cortés, aunque transmita belleza o poesía, es una extraña con respecto a otros edificios coetáneos a ella, porque de alguna forma traslada la estética al debate por la ciudad y la composición arquitectónica, como si se tratase de cualquiera de las composiciones musicales de Rodríguez-Losada. Un debate abierto que se plantea siempre como fractura en arquitectura y que al igual que en la música hay obras capaces de suturarlo. Quizás lo mejor sea sentarse con un café frente a la Casa Cortés y pensar en esa magnífica reflexión de Paolo Sorrentino, que reclama la cultura y la belleza como derecho fundamental del ser humano, en voz de uno de sus personajes interpretado por John Malkovich:  "¿Sabes qué tienen de horrible estas interminables batallas por los derechos? Que no queda espacio para la poesía".

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