6 abril, 2024 02:34

Carlos Boyero es un barco pirata. “Así es la vida a bordo de El Temible”, como le dijo Godard a la novia que se le quejaba de su carácter derrapante. “¿Te bajas o no?”.

Pero Boyero también es tierno y elegante y divertido, un conversador colosal, un caballero antimoderno desarraigado del mundo, un permanente insatisfecho aferrado a los márgenes del tiempo. Un personaje literario y coqueto. Un nihilista poético, hedonista y melancólico, fuerte, trágico, asombroso. Hastiado. Muy hastiado.

Parece que para ser libre hay que estar un poco roto. En una ocasión le preguntaron a Leopoldo María Panero: “Oiga, ¿a usted le gusta la vida?”. Y él respondió: “A mí lo que me gusta es la libertad”. Pues algo así, algo así. Aquí tenemos al último anarquista practicante de España: con lo caro que sale eso.

Tampoco engaña a nadie: ya conocen su tienda de flores raras, de libros y películas y cigarros, de anécdotas rocambolescas de la vida que quema. Boyero con su risa luminosa de niño que descansa un segundo de la gamberrada. Boyero sordo a las modas y a la velocidad del mundo como una cabina abandonada. Boyero con su ejército de amigos. Boyero amando a los hijos que no tuvo, que son los hijos de sus amigos: Boyero muriéndose de alegría al verlos recibirle con los brazos abiertos, corriendo desde lejos. Boyero tecleando con las tripas. Boyero demostrando lo peligroso que puede ser un hombre “sólo” escribiendo sobre cine. Pasen si quieren y si no, lárguense y no molesten. Él les perdonará, y lo hará porque no le importa.

“¿Aún será la hora del café?”, le digo mientras me pido un cortado junto a las cristaleras del Hotel Catalonia de Gran Vía. “Es la hora del whisky”, responde. Siempre lo es, aunque sean las doce de la mañana como ahora, por aquello de que en alguna parte deben de ser las cinco en punto. Pero no bebe nada. Ni agua. Sólo fuma un cigarrillo antes de la charla entre el viento raro de la ciudad, con los cuellos del abrigo subidos, como un vampiro o un gángster, con el ademán milagroso de las películas de su vida.

Le digo a Carlos que quedamos muy expuestos en las cosas que amamos y comparte la idea. Pienso en secreto en cómo definirle a través de su obra favorita, El buscavidas, aquella joya de Robert Rossen protagonizada por Paul Newman. Y ya lo tengo:

-Si tengo talento, ¿qué me hizo perder?
-Tu carácter. ¿Crees que se puede jugar fuerte (…) contando sólo con el talento? No. ¿Crees que el gordo de Minessota tiene fama de ser el mejor por su talento? El talento no basta. El temperamento lo es todo.
-Me emborraché. Él sabrá beber mejor que yo.
-Sabe, desde luego. También hay que tener talento para beber whisky.

Boyero.

Boyero. Sara Fernández.

Boyero será esa mezcla de brutal talento, de un carácter que celebra y agrieta la vida y de algunos vicios a los que echarle la culpa de, a veces, no ser lo que es: el mejor en lo suyo. “No he sido un maldito… Ojalá que no, al menos. El malditismo tiene mucho prestigio literario, pero los auténticos malditos lo pasan fatal… no es un destino envidiable, aunque parezca muy molón”, cuenta.

“Es posible que sea un disidente. Pero no por pose, sino porque no estoy de acuerdo con muchas de las cosas establecidas o impuestas. Desde niño me pasa así. No me voy a comportar como tú quieras. No me gusta la policía de la moral. Yo me rebelo contra la autoridad”. Ahora presenta No sé si me explico (Espasa), con colaboración de su amigo Borja Hermoso. Es su biografía punki. Se explica perfectamente desde siempre, para terror de algunos. 

P.- Es usted, en realidad, un anarquista. Al leer su biografía le he hecho caso en la recomendación y me he comprado ‘El corto verano de la anarquía’. ¿Cuántas veces obedecemos al día? Quizá Carlos Boyero muchas menos que el resto, ¿no?

R.- (Ríe). Sí. Procuro no obedecer. Te quiero decir: todos tenemos jefes. Es inevitable, pero me las he ingeniado para ir un poco a mi aire. Hasta donde he podido, he ido por libre. Hay un poema… una canción de Leonard Cohen, que a mí me apasiona, que dice: “Como un pájaro en el alambre. Como un borracho en el coro de medianoche. He intentado, a mi manera, ser libre”.

P.- Y cuando no le han dejado, se ha arremolinado.

R.- Sí. Vamos, si no me dejas ser libre, es que me voy.

P.- ¿Quién es la persona a la que más caso le ha hecho usted en su vida?

R.- A mí mismo, así, fundamentalmente. Tengo una especie de instinto, aunque haya metido la gamba algunas veces y no me haya sentido bien conmigo mismo… pero sí, hay un instinto al que siempre hago caso, y ese instinto no te reporta ventajas, frecuentemente. Te supone enfrentamientos. Te supone intentos de marginarte.

P.- ¿Y qué es lo que se gana? La autenticidad, supongo. ¿Eso se come?

R.- (Ríe). No duermes mejor, pero sé que si hubiera agachado la cabeza tendría aún más problemas de insomnio. Ni siquiera las pastillas que tengo que tomar para dormir desde hace infinitos años me habrían hecho efecto. Pero no duermo a pierna suelta ni digo “qué vida tan feliz tengo, qué contento estoy conmigo mismo”. No. No puedo. Pero no sé mentir. Sólo que eso no tiene mérito.

P.- La cabeza bien que han intentado cortársela por no agacharla. Almodóvar, sin ir más lejos. ¿Cómo se reconoce a los hijos de puta?

R.- ¡Complicado! Pero yo tengo un olfato privilegiado para eso que parte de la primera impresión. Todo esto de las vibraciones de la gente, que desprenden… malas o buenas… qué sé yo, sé reconocer a alguien amable o que me guste, o que me genere complicidad. Y gente que nada más verla no necesito ni que me hable. “Que me voy, que te vayas”. Ni buenos días, ni buenas tardes, ni hostias. Y eso te hace tener fama de hosco, de duro. Alguna vez he metido la pata hasta extremos terroríficos. Muy pocas, ¿eh? Pero he tenido equivocaciones con seres humanos hacia los que sentí manías irracionales… y eran buenas personas, eran legales. Pero con los hijos de puta casi nunca me equivoco (ríe). Los huelo y los cazo. Noto su desafío. Menos mal que me relaciono poco con la gente. Y hay mucho hijo de puta por ahí, en todas partes, incluido en los periódicos, esos templos de la sabiduría…

P.- ¡Uh! Esos artefactos intelectuales.

R.- (Ríe). 

P.- ¿Qué pregunta le haría usted a Almodóvar? Una preguntita. Un ejercicio de ficción.

R.- No tenemos nada que decirnos. No tengo el menor interés en nada de lo que acontece en su prestigioso trabajo ni en su vida.

"El problema de Almodóvar es que nunca ha conseguido que me despidan, y lo ha intentado durante años: la antipatía es mutua"

P.- Enemigos íntimos, como diría su querido Sabina.

R.- Sí. Ha pasado tanto tiempo… nos veíamos por ahí, por la noche, frecuentábamos los mismos sitios en una época. Y habremos tenido algunas conversaciones largas. Le entrevisté un par de veces porque me lo pidieron, no por placer, claro.

P.- A punta de pistola.

R.- Algo así. Pero no. No nos gustamos.

P.- ¿No le dieron ganas de venganza? Yo soy un poquito vengativa. Cuando vi la parafernalia que montó para que le despidieran, pensé: ¿y cómo es que Boyero no ha jugado a la guerra…?

R.- Su problema es que no ha conseguido que me despidan, no ha podido joderme. En tantos años. Pero sí lo ha intentado en los medios en los que he trabajado, sobre todo en El País. Y sospecho que también en El Mundo, seguro que con Pedro J. también lo intentó, porque con él estuve como veinte años. Nuestra antipatía ha sido mutua, sólo que Almodóvar dispone de mucho más poder que yo.

P.- Eso lo decía Fran Lebowitz. “Estoy rabiosa porque no tengo poder, pero sin embargo tengo muchas opiniones”.

R.- ¡Maravillosa! ¿Te gusta Lebowitz…? Qué señora increíble. ¿Viste lo que hizo con ella Scorsese?

P.- Sí, vi el documental de Supongamos que Nueva York es una ciudad.

R.- ¿No has leído sus libros?

P.- No. Pero me gustaba que fuese tan francotiradora que tuviese que dejar de escribir porque sabía que ella misma no resistiría a su propia crítica.

R.- Eso es… es más lista que la madre que me parió. Tan segura de sí misma, tan ácida.

Boyero.

Boyero. Sara Fernández.

P.- ¿En qué consiste ser de izquierdas ahora, Carlos?

R.- Pues no lo sé. Pero yo no me identifico nada con los que se declaran de izquierdas ahora. Esa división que hizo tan tajante el presidente del Gobierno sobre la “fachosfera” y la “no fachosfera”… pues no sé cuántos debemos de andar rondando la “fachosfera”. Si ser de izquierdas equivale a avalar a Pedro Sánchez, a lo que él hace y dice… no soy de izquierdas, claro que no.

P.- En el libro dice que es un magnífico mentiroso.

R.- Lo es. Es un enorme mentiroso. No puedo con él. No puedo. 

P.- Será usted muchas cosas, pero facha no creo.

R.- (Ríe) Eso pienso. El fascismo es una cosa que me ha parecido horrenda desde pequeñito. Establecer el mundo en buenos y malos… yo creo que todo es mucho más complejo.

P.- ¿Y si el que no es de izquierdas es Sánchez?

R.- Probablemente. Yo, al menos, no me identifico con su izquierda. Incluso me pongo muy nervioso o me irrito. En mi pensamiento y en mi comportamiento he sido ácrata, libertario, desde antes de saber qué era la acracia, y eso implica una desconfianza absoluta hacia el poder. El poder siempre te va a joder.

"Si ser de izquierdas es avalar a Sánchez, no lo soy, es un enorme mentiroso"

P.- ¿Qué opina de Ayuso?

R.- Ah, ya sé que es el diablo para mucha gente. Yo no la conozco, no he estado con ella. Tiene un desparpajo que a mí me hace gracia, y me parece una mujer atractiva. Guapa. Que ya he oído que la llaman hasta “la fea esa”. Qué barbaridad. 

P.- ¿Podría ser una protagonista de cine negro? Una femme fatal... 

R.- Podría (risas). Soy tan frívolo… me preguntaron por ella hace años y dije que me encantaría encontrármela en un after a las tres de la mañana. Desde luego, ya sé que es el enemigo a abatir y todo eso. Sánchez tiene buena pinta, es guapo, habla inglés, pero no me interesa nada ni me creo nada. Ayuso me parece… eso. Atractiva.

P.- Volviendo al poder. Usted ha tenido poder. Y además lo ha usado.

R.- (Ríe). Nunca he sido consciente de haberlo usado. Me he limitado a contar lo que yo creía, a dar mi visión de las personas, de las películas… y exclusivamente hablando en mi nombre, pero luego resulta que siempre he tenido muchos lectores. Si estás de acuerdo conmigo, de puta madre, y si no, pues vale, tenemos poco que ver… no soy tan racional como para decir que te respeto. Te quiero decir: a mis amigos y a mí nos suele gustar lo mismo. Y a mis amores también. Si esas mujeres hubieran detestado lo que a mí me gusta, o al revés, mal rollo. Dice mucho de la gente, ¿no? Sus aficiones.

P.- Quedamos muy expuestos en las cosas que nos gustan.

R.- Sí, lo que te conmueve y lo que te repele… no evita las discusiones, o el desgaste, o la incertidumbre, pero mi experiencia me dice que lo que más contento me pone en la vida es ponerle a alguien que me gusta música que amo, o películas, o descubrirle un libro… o ellas a mí, ¿no? Y que lo flipásemos. Era un subidón, una alegría. Se folla mejor con la gente con la que compartes libros y películas, cuando te gustan los mismos…

"El desparpajo de Ayuso me hace gracia, es una mujer muy atractiva"

P.- ¿Qué tiene la cocaína cuando la bendicen? Dicen que es la droga de nuestro siglo porque es la droga de la ansiedad.

R.- Hay un punto, con mucha de ella encima, que tienes sensación de laxitud. Te la puede proporcionar también. Sí. Pero se presta mucho a la prepotencia, a creer que lo que dices o piensas es infalible, interesantísimo… y no. No siempre. Para el sexo, la cocaína es ideal. Te puede acorralar… sí. En nombre de ella se hacen y dicen tonterías pero te proporciona mucho placer mental. Me he encontrado mogollón de gente que dice “no, yo sólo soy consumidor social”, como fumador social. Social es todo (ríe). Pues no: yo he bebido y me he drogado y fumado…

P.- ¿Diariamente?

R.- Sí, he sido un consumidor diario de cocaína y alcohol y tabaco. Durante muchos años. Y he conseguido mantenerme.

Boyero.

Boyero. Sara Fernández.

P.- Realmente es admirable el control que ha mantenido, sobre todo en el trabajo. En el libro contaba que iba sin dormir cada dos por tres al curro, ¡a la radio, incluso, sin una hora de sueño y pasadito! Qué vértigo. 

R.- Ese era mi miedo: volverme imbécil. Cuando estás colocado crees que eres más listo que nadie, que lo que dices es acojonante… y ahí se pueden producir repeticiones, obsesiones…

P.- Salen cosas, ¿eh?

R.- Muchas cosas. Todo tiene su lado bueno y malo. “Las drogas son horribles”, dicen. ¿Y por qué se engancha tanta gente a ellas, coño? Porque las disfrutan. Con un par de copas puedes sentirte mucho mejor o hacer cosas que no harías. Yo creo que empecé a beber por las tías, como casi todo en mi vida.

P.- No, si ahora va a ser culpa nuestra también…

R.- (Ríe). No, te quiero decir, que yo era tímido y no soy Paul Newman precisamente.

"Se folla mejor con la gente con la que compartes libros y películas”

P.- No entiendo por qué repite tanto lo de que es feo. Siempre ha sido un hombre atractivo. Recuerdo un vídeo suyo en RTVE, con la nuez muy marcada y patillas, gafas tintadas, fumando, hablando con una cadencia acojonante… estaban todas encantadas ahí charlando con usted.

R.- He tenido, afortunadamente, suerte. Benditas sean las mujeres que me han querido.

P.- ¿Qué tipo de amante es usted? ¿Qué tal se ama a Carlos Boyero?

R.- Creo que es fácil enamorarse mucho de mí, pero los bajones pueden ser terribles. Cuando llega el desencanto…

P.- Caemos desde muy alto.

R.- Sí. Vuelo muy alto, y caigo desde ahí, y la otra persona conmigo. He tenido muchos momentos de plenitud, de decir “ojalá se acabara todo aquí”. Luego llegan las tormentas y la oscuridad. Pero cuando estás ahí arriba, joder…

P.- Vaya vistas.

R.- Es una sensación formidable.

P.- ¿Se ha enamorado de verdad, a todo trapo? 

R.- Sí, me he enamorado. Ha habido de todos: amantes frecuentes, amistades largas, ligues de una noche… y parejas, relaciones fijas. Bastantes. Demasiadas, quizá. Alguna… sí. Ha durado. Entiendo por relaciones largas el estar 13 años con una mujer o un mínimo de 6 meses.

P.- ¿Qué crees que piensan ellas cuando piensan en usted? ¿Cómo le recuerdan las mujeres de su vida?

R.- Igual no me gustaría ahora, saber… con el paso del tiempo… no sé, joder (ríe). Algunas fueron buenas amigas. Se produjo algo entrañable y te recuerdan con cariño. Pero con las novias ha habido de todo. Depende de cómo hayan sido los finales.

"Para el sexo, la cocaína es ideal: te proporciona placer mental pero piensas que eres infalible, interesantísimo… y no”

P.- Tampoco puede acabar todo plácidamente. Estamos hablando de amor: ¿habrá algo más problemático?

R.- Al final es la historia de un fracaso que fue un éxito. Las separaciones siempre tienen un punto de crueldad, lo hayas provocado tú o el otro. Siempre es mejor que lo provoques tú. ¿Qué te quedan? Los recuerdos, más en mi avejentada edad.

P.- A lo mejor se vuelve a enamorar. 

R.- No. Eso ocurrió hace ya mucho tiempo. Y tampoco sé cómo enamorarme, porque casi no salgo de mi casa y no tengo redes sociales. Me han contado que la gente ahora queda directamente para follar por redes sociales. Yo… no sé. Igual aprendo (ríe). Pero ese mundo me da mucho miedo.

Boyero.

Boyero. Sara Fernández.

P.- Dijo en una ocasión que usted follaría consigo mismo pero no se casaría. Quería preguntarle si se quedaría a dormir.

R.- (Se parte). Sí, de vez de cuando me quedaría a dormir conmigo mismo, incluso los despertares podrían ser encantadores.

P.- ¿Tiene buen humor por las mañanas?

R.- Desde hace años, no tengo humor siquiera. Me jode despertarme. Estoy tan a gusto ahí… no sé quién decía “ya no tengo ilusiones ni esperanzas de amores”. Te quiero decir: vivo recluido después de haberme pasado la vida en la noche, con todo lo que pasa en los bares y en los amaneceres.

P.- ¿No está de puta madre, a pesar de todo...? ¿Es un as de la supervivencia? 

R.- Te diría que tomo 12 pastillas diarias, imagínate el descacharre. Me tengo que pinchar cuatro veces al día insulina, lenta y rápida, por la diabetes. Sólo puedo dormir, desde hace 25 años, con pastillas. Una vez le dije al psiquiatra “joder, esto es un enganche también”.

P.- Es brutal esa hipocresía.

R.- Desde luego. Todos dopados legalmente... y tan contentos, ¿no? El psiquiatra me dijo “mira, con lo que has sido, ahora no te pongas exquisito” (ríe).

P.- ¿Qué hay de las malas resacas, esas en las que uno se quiere matar? ¿Cómo se sale de esa jungla? ¿Recuerda la peor?

R.- Tantas, tantas. Hubo una época en la que a la resaca no le permitía herirme, la cortaba con nuevos tragos y rayas. Es muy desesperado eso. A la resaca nunca me he acostumbrado. Es una hija de la gran puta.

P.- Y viene con la culpa.

R.- Sí, claro. Aparecen la culpa y el desorden mental. Y si ya lo vives… o es un compañero… puede ser terrible. Y la autocompasión. Cuando el cuerpo se siente mal, afecta al alma. Suponiendo que la tenga, claro. Algunos dicen que soy un desalmado. En fin, va pasando. Y hace mucho tiempo que tengo las drogas legales fuera. Sin la coca llevo 20 años. El alcohol estuve una vez 9 años sin probarlo, después de internamientos y movidas.

"La vida es menos divertida sin drogas: no sólo proporcionan placer, sino ensoñación"

P.- Un éxito de la reinserción.

R.- Con el alcohol… sigo bebiendo de vez en cuando. Pero es que cuando bebo, bebo. Una vez al mes, quizá.

P.- Ray Loriga escribió que cada vez que alguien abandona un vicio, el demonio gana un alma.

R.- Es cojonuda esa frase. Sí. Me fascina. A Ray le conozco mucho, pero esa no me la sabía.

P.- ¿Ha ganado el demonio su alma al dejar los vicios?

R.- La vida es menos entretenida sin drogas, menos divertida. No sólo te proporcionan placer, sino ensoñación. Está muy bien y está muy mal. Ahora dicen de abolir todo… lo de las aboliciones es…

P.- ¿Usted legalizaría las drogas? ¿Confía en el autocontrol y la responsabilidad de la gente?

R.- Yo sí las legalizaría, pero no ocurrirá nunca, porque es el mayor negocio del mundo junto al tráfico de armas. La cantidad de pasta que hay en juego y la corrupción que implica es de otro mundo. Pero joder, ya me hubiera gustado a mí encontrar en mis tiempos coca pura a precio. La cocaína de verdad la descubrí en Latinoamérica, que dije “hostia, ¿qué había estado tomando hasta ahora?”. Los porros siempre me han gustado pero acompañado. Tuve una novia que era lo primero que hacía, antes del café, y yo fumaba con ella. Y drogas tangenciales: tomé ácido durante un tiempo hasta que vi que me podía quedar por ahí perdido. Mis drogas han sido la coca, el tabaco y el alcohol.

P.- ¿Por qué existe esa búsqueda? ¿Qué hay detrás? ¿Hacia dónde corre uno… de qué huye… o qué espera?

R.- La vida no te ofrece lo bastante.

Boyero.

Boyero. Sara Fernández.

P.- La existencia es un poco decadente y la gente es aburrida, ¿no? Parece esto una peli de Woody Allen. 

R.- También (ríe). Hay un cuento maravilloso de uno de mis escritores favoritos que es Scott Fitzgerald. Ahí un personaje le dice a otro “¿por qué bebes?”. Y la respuesta es “porque cuando bebes, ocurren cosas”. Para mí es una explicación extraordinaria. Ocurren cosas en tu cerebro, ocurren cosas en tu sistema nervioso, en tu corazón, en tu imaginación… ocurren cosas.

P.- Bebemos igual que leemos: porque la vida es insuficiente.

R.- Sí. La vida siempre ha sido insuficiente. Excepto para el que se conforma con ella. Esto está lleno de resignados.

P.- ¿Ha tenido envidia de esa gente?

R.- No. Envidia no. Me hubiera resultado todo mucho más fácil, pero no he podido renunciar a lo otro… a veces lo pienso… en Roger Rabbit decían: “¿Qué voy a hacer yo, qué culpa tengo yo de que me hayan dibujado así?”. Es lo que hay. El alcohol me ha permitido acercarme a las tías, matar la timidez, y si salía bien, pues mira qué bien, y si salía mal, no pasaba nada tampoco. Es el instinto de gustar, de seducir y ser seducido, y el deseo… eso me funcionó genial. Ahora ya estoy averiado.

"¿Que cómo han sido las mujeres que me han gustado? Por esto me pueden matar: guapas"

P.- ¿Cómo han sido las mujeres que le ha gustado?

R.- Por esto me pueden matar: guapas (ríe).

P.- ¡Bueno! Eso decía Fernando Fernán Gómez: “Si es culta, mejor para maestra. Me gustan las mujeres guapas”.

R.- Ya sabes lo que te digo: mujeres muy atractivas siempre. La belleza física para mí es importante, y si luego descubro la belleza interior… ya es la hostia la combinación. Leonard Cohen, en la canción que le dedicó a Janis Joplin, Chelsea Hotel, decía: “Me dijiste que sólo te gustaban los hombres guapos, pero que conmigo harías una excepción. Te recuerdo, no tampoco excesivamente, en el Chelsea Hotel”… Cohen no sólo era lírico, podía ser muy cínico. Muchas mujeres guapas hicieron una excepción conmigo y digo: pues tan contento.

P.- Encantadas de subirse a su barco pirata.

R.- Puedo inspirar miedo. O cierto vértigo. Hasta que descubren que soy un corderito. Pero eso da también encanto a las relaciones. Y hay que cuidarlas… ¡hay que cuidarlas…!

P.- ¿Alguna vez pensó en un “para siempre” de verdad?

R.- Cada vez que me he enamorado sí he pensado “sería maravilloso que esto durara”. Hubo una vez que me quise morir, quise que acabara todo. Una vez estuve con una mujer increíble, maravillosa, con la que vivía… y estaba con nosotros el mejor amigo que he tenido… estábamos viendo el fútbol y veíamos a un tal Maradona. Maradona marcó un gol, una obra de arte, esa señora y yo estábamos colgadísimos… y tenía a mi mejor amigo a mi lado. Tenía el arte, el amor, la amistad, todo a la vez. Dije “qué bonito si se acabara ahora todo”. Mi amigo murió un tiempo después, en circunstancias trágicas, siendo joven, esa mujer y yo nos separamos, a Maradona nunca volví a verle… ¿sabes lo que te digo? Es imposible que se pueda repetir tanta belleza.

P.- ¿Por qué le dejó ella?

R.- Como decía la canción de Los Chunguitos: “Hiciste las maletas y yo sin saber por qué… ay, qué dolor” (ríe).

P.- ¿Le hizo daño?

R.- Mogollón. No me lo esperaba. Llevábamos años y con lo listo que es uno… pues nada, no lo percibí, creí que el amor seguía ahí.

Boyero.

Boyero. Sara Fernández.

P.- ¿Ha escrito cartas de amor?

R.- Sí. Decía Pessoa que todas las cartas de amor son ridículas, no serían de amor si no fueran ridículas, pero que los ridículos son los que no escriben cartas de amor. Escribí de adolescente y de joven. Mi última carta de amor fue con unos… 28 años. Es que yo cobro por escribir, ¿sabes? (Reímos). Nunca escribo gratis. He hecho muchas declaraciones de amor orales y te sientes tan de puta madre… cuando dos personas se dicen “es que te amo”. Lo mejor. O cuando no se lo dicen pero lo notan. Eso existe y tiene finitud. No me creo lo otro. O a esas parejas que llevan mogollón de tiempo y dicen que siguen follando. Habrá que verlo, ¿no? 

P.- En el libro cuenta su experiencia con prostitutas de lujo. Me pregunto por qué un chico tan exitoso recurre a eso. No le haría falta. ¿Qué razón de fondo hay?

R.- Ya sabía yo que me ibas a preguntar por eso. La respuesta es que: me gustaban. Esa es la verdad. Me gustaban. Era otro de mis vicios. Y te puedes imaginar lo que pienso de la prostitución obligada, de la explotación… es un horror, una lacra. Me parece repugnante la trata de blancas. Pero yo me las arreglé siempre para tener dinero y conocí a señoras maravillosas.

P.- Algunas de ellas, he leído, sólo le cobraron la primera vez. Luego tuvieron buenas relaciones... 

R.- Sí. Hice amigas en la prostitución.

"Me gustaban las prostitutas de lujo: hice amigas ahí… quizá hasta me enamoré alguna vez"

P.- ¿Se enamoró de alguna, como Sabina de La Magdalena?

R.- Puede que sí, y puede que ahí actuaran más cosas… en fin, fueron relaciones largas. En cualquier caso, a los 15 o 16 años no follabas. Estabas con alguien y de meter, nada. Era un calentón permanente. Dije “habrá que estrenarse”. Y una navidad le mangué la pasta a mi abuela y me fui a un burdel que era la hostia, porque allí no había nadie, claro, estaban todos los señores tan familiares en sus casas… (ríe). Y yo con las putas cantando villancicos. Defiendo el derecho de una persona a utilizar su cuerpo como le dé la gana. La prostitución de lujo, que es la que he conocido, es así: gente que decidió vivir así y cobraban muchísimo dinero, por las circunstancias que sean. He tenido todos los vicios, yo qué sé.

P.- ¿Recomienda tener sexo en la primera cita? ¿O cree que es mejor esperar un poco para educarnos en el deseo?

R.- Yo creo que esas cosas pasan por la noche… a las cuatro de la mañana. Las personas de una noche existen, claro. Pero curiosamente, mis relaciones largas e importantes no se produjeron por encontrarse en la noche. Esto de “Extraños en la noche”, que yo adoro la canción de Sinatra, y tal, pues no. Nos conocimos de día y llegó la noche.

P.- ¿Hay que verse con el sol?

R.- Sí. Igual pierde encanto, pero… qué sé yo. En la noche pasan otras cosas… no conozco a nadie que esté a las cinco de la mañana tomando tónicas. Menos yo en los 9 años que paré. Era un problema muy jodido, porque no cambias de amigos: te tomas siete Coca-colas y es casi peor que la droga, o con siete zumos, porque el ritmo mental de la gente va subiendo y el tuyo no. No vas a dejar a tus amigos. Quieres mucho a esa gente. Es difícil.

Boyero.

Boyero. Sara Fernández.

P.- ¿Cuándo se va usted de El País? ¿Lo va a boicotear desde dentro, como Savater?

R.- (Ríe). No. Soy muy mayor ya para andar cambiando. Creo que no atravieso mi mejor momento, pero me pregunto qué momentos plenos ha habido en mi vida profesional. Digamos que estoy muy contento de ir a la radio, me encanta estar con mi amigo Francino, es perceptible en el tono y todo…

P.- Desde luego. Está más amable que nunca.

R.- Sí, ¿verdad? En fin, cada vez escribo menos. Eso me ha venido impuesto. No era mi voluntad. Me imagino que voy a seguir molestando.

P.- ¿Era más morboso, más interesante intelectualmente, transgredir en un periódico liderado por Pedro J. que en El País actual?

R.- Sí. Yo tengo muy buen recuerdo de él.

P.- En el libro dice que es brillante, y se nota que no usa esa palabra alegremente.

R.- Es que lo es. Pedro es listísimo. Tenía más ideas que nadie. Y a mí me descubrió, me puso a escribir de tele, que era escribir de todo, me retuvo, y yo estuve allí aunque tuviéramos alguna bronca.

P.- Como cuando le llevó al despacho y le preguntó: "¿Quién es el más gilipollas del mundo, Carlos?". Y usted le dijo que podría hacerle una lista, que no sabía especificarle así, en caliente... y él dijo "¡el más gilipollas del mundo eres tú! ¿Cómo se te ocurre meterte con El Papa, me cago en dios...?". 

R.- (Ríe). Eso fue... una genialidad de las suyas. Le recuerdo con cariño, digamos. Me parece un tipo muy inteligente y un periodista fuerte, de raza, quizá el mejor. Ahora que hago el repaso de tanta gente que he conocido en mi vida… yo de Pedro J. escribo con mucho respeto. Publiqué una columna en El País sobre Pedro J. que me costó carita: El País lo dirigía entonces un tal Antonio Caño. Él ni debió enterarse. Pero es que el Caño… aquello salió, montó la de dios, me quitó todo. “¿Cómo puedes…?”.

P.- Así que Pedro J. le ha costado dinero. ¡No iba a ser sólo al revés…!

R.- (Ríe). Caño: “¿Cómo ha salido esto publicado, hostia?”, me dijo el tío. Y le dije: “Joder, faltaría más que yo tuviera que controlar eso. Pues qué tontos sois, que no leéis”. Y me quitó casi todo. No me echó, porque se hubiera montado un escándalo tremendo, pero…

P.- Ah, como los grandes torturadores: no te matan, prefieren minarte despacio.

R.- Ajá. Me quitó todo menos la crítica de cine, y el sueldo me lo dejó en la mitad. Fue un poco ajuste de cuentas con ese pavo. Me tenía enfilado y estaba todo el puto día mirándome. ¿Te acostumbras a eso? No, no me acostumbro, siempre es jodido. Era ese tiempo de las broncas entre El Mundo y El País… yo hubo una época que era la única persona que trabajaba en El Mundo, en La Ser, y en Canal Plus, que era Prisa, lo cual me pone muy orgulloso.

Boyero explicándose.

Boyero explicándose. Sara Fernández.

P.- Así que esa columna equivale a su última carta de amor.

R.- (Ríe). Pues sí, algo así. Quién me lo iba a decir a mí. Yo le estoy agradecido, y no he compartido muchas cosas con él, pero es que eso ya es lo de menos, porque me dejaba decirlo en su propio medio, y eso tiene un valor incalculable. Me sentí libre.

P.- ¿Ha pensado en su funeral? ¿Le gustaría que fuera como el de Big Fish, donde aparecen todo tipo de personajes extravagantes y entrañables con los que se cruzó en la vida…?

R.- A veces digo que me despidan con una canción determinada que se llama ‘Acqua e sale’, que son Mina y Celentano. Pienso mucho en la muerte desde hace mucho tiempo.

P.- Aun con lo bravo que ha sido con la vida.

R.- Sí. Quisiera una muerte, ante todo, indolora y rápida. Es lo que deseamos todos. Y si estoy muy malito, que me lo faciliten. O malito. O incluso si no quisiera seguir viviendo, que me lo facilitaran. La eutanasia para mí es fundamental, y el suicidio asistido para el que no tenga ganas ni fuerzas de quedarse aquí por las circunstancias que sean. La gente necesita ayuda. Suicidarse está complicado. No sabe uno cuántas pastillas hay que tomar o cuántos cortes hay que darse. A ver si te quedas hemipléjico. “El respeto por la vida humana”… pues la vida para el que esté de acuerdo con ella. Y bueno: confieso que he vivido, que decía Neruda. Y confieso que he bebido. Y no me he aburrido… casi nada.