Salamanca

A Marco Pérez (Salamanca, 2007), en esa edad fronteriza donde decía Salinger que la infancia se despeña al final de un campo de centeno, le cosen ya su primer traje de luces. El chaval es un fibrado saco de huesos que, a sus quince años, se codea con las grandes figuras del toreo. Ídolos que, como saltados de las revistas taurinas, de los pósteres, de la televisión o de un YouTube que le pide la edad para visualizar su oficio, se acercan a él para socorrerlo en la doma de un talento innato. Marco, en las vísperas de firmar sus primeros contratos como novillero, es un crío que todavía se ruboriza cuando le preguntan por las chicas y que se calienta las manos en el café con leche de su madre.

Criado entre las volteretas propinadas por los bravos animales del campo charro, el niño tuvo que pellizcarse el pasado 12 de octubre porque dudaba de que fueran ciertas las dos orejas y el rabo que acababa de cortar en su debut en la Maestranza de Sevilla. Aquel día compartió cartel con Diego Urdiales, José María Manzanares, Daniel Luque, Juan Ortega, Pablo Aguado y el novillero Diego Bastos. Pero para él fueron las portadas de los diarios locales. La resaca de una noche entera toreando en la habitación del hotel con una toalla de cara. Hasta las cuatro de la mañana estuvo ensayando los kikirikís que sabe que son tan del gusto de la afición sevillana, después de que un documental de Curro Romero en Canal Sur lo encendiera. 

El triunfo confirmó las sospechas de los aficionados acerca de un crío del que circulaban vídeos desde hacía más de cinco años. Marco Pérez quema etapas como las dictaduras los libros prohibidos. Y nada le importa que sea esa la hoguera en donde muchos quieren arrojar la tauromaquia –el boxeo de las artes, que diría Morante de la Puebla– porque les parece salvaje, caníbal, montaraz. Toda una sociedad en contra, todo un futuro incierto, toda una vida contracorriente que convierten los toros en contracultura y a Marco en el último de los jedi que resiste a una pasión clandestina.

Marco Pérez torea de salón en el Museo Taurino de Salamanca, el pasado 10 de noviembre. Álex López E.E.

Es el segundo jueves de noviembre en Salamanca y Marco espera junto a su madre, Lourdes, a EL ESPAÑOL | Porfolio bajo el reloj de la Plaza Mayor. Viene de pasar unos días en Francia con el maestro José Miguel Arroyo, Joselito, la figura del toreo que dominó los noventa rivalizando con Enrique Ponce. Han estado en Saintes Marie de Mer, en el sur de Francia, a menos de 40 kilómetros de Arlés. El acoso y derribo a cinco vacas y dos novillos congregó en la playa a 4.000 aficionados. 

"Tienes pinta de torero: verás la que vas a formar el miércoles"

Emilio Muñoz, matador de toros

Fueron tres días en los que Joselito aconsejó a la joven promesa. No con pesadas recomendaciones sobre lo que hacer en la cara del toro, sino con lo aprendido por las anécdotas que lo cosen como las cornadas. Como un mes antes lo había hecho Espartaco en su finca Majavieja, en Constantina. O como Emilio Muñoz aquella misma mañana, el cicerone que mostró al joven becerrista la Maestranza pocos días antes de que descerrajara su Puerta del Príncipe. "Tienes pinta de torero: verás la que vas a formar el miércoles", vaticinó en una visita cubierta por Abc. "Algún día presumiré de haber sido el primero en contratarte para que torees en la Maestranza", auguró. Marco necesitó para torear un permiso especial de la Junta de Andalucía por ser menor de 16 años. 

Marco Pérez da la vuelta al ruedo en la Maestranza de Sevilla, el pasado 12 de octubre. Cedida

¿Pero es sólo el toreo lo que le gobierna? ¿Se trata de otro muchacho que, impulsado por aquel viejo aforismo de El Espartero, se arrima porque más cornás da el hambre? Nada de eso. Lejos del cliché que vincula el desapego patológico de toreros y futbolistas a los libros, Marco acumula tantos sobresalientes (10) como triunfos. "Me gusta mucho estudiar y leer", acota un chaval que el lunes posterior a la entrevista se subió con las rimas de Bécquer entre las piernas a un avión con destino Venezuela. Se presentó en este país toreando en el emblemático cortijo de la ganaderia de San Antonio: indultó a su primer novillo y le cortó las orejas y el rabo al segundo. Todavía en 3º de ESO, se debate entre la Medicina y el Periodismo como futuras carreras universitarias

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Unos estudios que tendrá que compaginar con una frenética vida de plaza en plaza. Lo más probable es que el chico debute como novillero sin caballos en América, a principios de 2023. Tan solo quedan unos meses para que todo se precipite. ¿Vértigo? "No pensamos en eso", contesta Lourdes, "sino que vivimos el día a día". "Mañana o el sábado comenzaré a prepararle las cosas para Venezuela. Pienso en ese día. Cuando era pequeño... Ahora los toros son cada vez más grandes", se desvía el pensamiento hacia el temor de madre.

Los genes se manifiestan en Ciudad Rodrigo

Quizás haya que retroceder unos 30 años para comprenderlo todo. Hasta la primavera de 1992, hasta la plaza de toros de Salamanca durante un festival en homenaje al torero local Julio Robles. Un banderillero de Ciudad Rodrigo que anda suelto –es decir, que se coloca a las órdenes de diferentes matadores de toros– acompaña al maestro José Ignacio Sánchez, lidiando en varas al último toro de la tarde. Lo acompañan en el cartel, atentos a la lidia tras el burladero, figuras de la talla de El Viti o Manzanares. El toro engancha al subalterno y lo empotra contra las tablas del tendido 1.

Marco Pérez, sentado en una cafetería en la Plaza Mayor de Salamanca. Álex López E.E.

Vicente Pérez, que disfrutó como novillero de las mieles de un triunfo en Las Ventas a finales de los ochenta que no consagró con la espada, se rompe la rótula y dice adiós a los toros para siempre. Decide entonces fundar una nueva vida, una carnicería y una familia. Escribir una biografía civil. Nada de recuerdos, nada de batallitas toreras, nada de inculcarle a sus futuros hijos una afición que esperaba umbilical, nada de recortes de prensa con puertas grandes, nada de retratos amonterado en el salón. Adiós a la foto firmada en el restaurante.

­­—Cuando se retiró no quería saber nada, nada, nada, de los toros. Vivíamos en Ciudad Rodrigo y nunca íbamos a los toros. Nada de toros, nada de fotos, nada de nada —relata Lourdes.

—¿Cómo le entra a Marco el veneno entonces?

­­—Un año fuimos al Carnaval del Toro de Ciudad Rodrigo, que son muy famosos porque desde por la mañana hasta por la noche no para de haber toros, capeas, festivales ­­—sigue la madre­­—. Marco tenía seis años. 

­­—Fui a un festival y me entraron muchas emociones y sentimientos ­­—cuenta Marco­­, que habla en C2 de torero—. Les dije a mis padres que quería ser torero, que me quería apuntar a la escuela taurina.

—¿No habías escuchado que tu padre había sido torero?

­­—No, no. Tenía seis años: un niño a esa edad no es consciente. 

Era 2013 y comenzaba entonces la cuadratura del círculo. José Ignacio Sánchez, el torero bajo cuyas órdenes se lesionó Vicente, director de la Escuela Taurina de Salamanca, lo acogió en su seno. Lourdes pasó a ser la madre de un torero en ciernes. Vicente comenzó a instruir en el toreo de salón al chaval en el garaje de la casa, un Silicon Valley a la española. Salamanca comenzó a cuajar a un torero. Marco se convirtió en el partido de vuelta de su padre contra la vida.

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A los pocos meses se puso delante de su primer becerro, en la ganadería de Pedraza de Yeltes, y en septiembre debutó en público en el coso local, la plaza de toros de La Glorieta. "Todos los que fuimos nos quedamos...", desliza Lourdes sobre el momento en que se destapó la caja de Pandora. Con ocho años volvió otra vez, ya con un periodista de La Gaceta de Salamanca y un fotógrafo. En 2017, con nueve, toreó un festival con Paquirri, Cayetano, El Juli, Roca Rey y Alejandro Marcos en Ávila. La primera vez que se acartelaba junto a las figuras del toreo.

­­—Era muy pequeño y por ello no me acuerdo de todos los instantes, pero sí recuerdo que fue una tarde muy bonita. Fue como dar un paso hacia lo que yo quería conseguir. Ya ver una plaza prácticamente llena, el ambiente torero del patio de cuadrillas. Y una cosa más seria dentro de lo que cabe: una añoja o una erala pequeña.

Marco Pérez, en el Museo Taurino de Salamanca. Álex López E.E.

Que había un chaval en Salamanca que toreaba como los ángeles recorrió como la pólvora los mentideros taurinos. En mayo de 2019 comenzó a apoderarlo el matador de toros francés Juan Bautista. ¿Quién era ese mocoso, esa figura del toreo en miniatura? Uno de esos niños precoces que nacen de tanto en tanto, con El Juli como precedente más fresco. En abril de este año, de hecho, tras compartir ambos cartel en un festival en Granada, protagonizaron un particular mano a mano titulado El toreo y la niñez.

—¿Cómo es tu relación con el miedo? 

­­—Miedo, lo que es miedo, no tengo todavía. Sí que paso preocupación y nervios, porque soy muy perfeccionista y me gusta que todo salga bien, que no haya un enganchón, que no me pise la muleta en las tandas. También siento la responsabilidad en estas tardes que sabes que tienen que ser claves para marcar la carrera, aunque sea todavía muy pronto. Miedo, de momento, no. De momento.

"Siento la responsabilidad en estas tardes que sabes que tienen que ser claves para marcar la carrera, aunque todavía sea muy pronto"

—Tienes 15 años, pero te llevamos viendo desde hace cinco. Se habla de ti como un nuevo niño prodigio del toreo, los aficionados nos acordamos de El Juli. ¿Te da miedo perder frescura?

­—No pienso en eso, pienso en mejorar como persona y como torero. A medida que he ido compartiendo días de tentadero y tertulias con las grandes figuras del toreo me he dado cuenta de que cuanto más humilde, más grande eres. Es algo que todas las figuras del toreo me dicen y me demuestran.

Hacer las Américas

Marco recuerda una conversación aún fresca con Pedro Gutiérrez, El Niño de la Capea, con su hijo, también torero; y con el matador de toros Domingo López Chaves. Evocaron las tardes de Capea padre, "la pasión que desataba cuando llenaba la México". La México ­–siempre en femenino, no solo por la metonimia, sino por la misma razón que Hemingway escribía la mar en español–, es la plaza de toros más grande del mundo. Un enorme socavón de tierra donde caben casi 50.000 aficionados etílicos de toreo y mezcal. 

—Tú ya sabes lo que es torear en América: acabo sacándote César Rincón a hombros en Manizales (Colombia).

—El marco del festival era precioso, a beneficio del hospital de niños de allí. Era nocturno y antes del paseíllo todos los toreros y cuadrillas dimos una vuelta al ruedo con la virgen, en procesión. La plaza a oscuras, el público con velas. Fue impactante. Colgaron el no hay billetes. El festival también resultó muy bien. Una tarde para el recuerdo.

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Fue el 8 de enero de este año. Marco brindó su novillo al mejor torero americano de la historia, venerado por los toristas por su lidia a aquel toro Bastonito de Baltasar Ibán en el San Isidro del '94, y le cortó las dos orejas. El torero de Bogotá que comenzó rebuscando entre la basura y acabó paseado triunfal en un camión de bomberos, que retrasmitía el festival por la radio, se quitó los cascos de locutor y salió como alma que lleva el diablo para sacarlo a hombros

Marco Pérez frente a un cuadro en el Museo Taurino de Salamanca. Álex López E.E.

Porque América todavía es El Dorado, la tierra prometida donde urdir una leyenda torera, y Marco lo sabe. Puede que, como aquel chihuahua que se compró Belmonte en México, vuelva un día del otro lado del charco convertido en un mastín. Lo lee en esos libros que le alimentan la nostalgia de lo no vivido, lo ve en esos vídeos antiguos que no le censuran, lo recrea en las conversaciones camperas de sol y moscas que lo sustentan. En América, ese lugar que pese a la oleada prohibicionista y populista que lo recorre sigue siendo el edén, las ganaderías están a varios wésterns de distancia las unas otras y los toreros siguen siendo dioses.

—Cuando vas a América es distinto —asegura el torero—. Además de vivir el festival, es la experiencia del viaje. En México o en Ecuador las ganaderías están a cientos de kilómetros de distancia las unas de las otras. Llegar ya es una experiencia. Y encima después, a lo mejor, pasas el día entero en la finca. La variedad de culturas también te forja mucho como persona. A mí me impactó mucho que en Quito no hay modernidades, no han evolucionado tanto como en Europa.

Todavía quedan años para acometer la conquista. Marco, mientras, dice anhelar un rito "más salvaje" como el que lee en los libros, donde la mera inexistencia de avances médicos lo hacía todo más peligroso. Lo hace en el Museo Taurino de Salamanca, tras pasear por la ciudad incomprendido, con reminiscencias unamunianas. "El otro día en Sevilla hiciste la roblesina", imita el pase acuñado por el ídolo local Julio Robles el recepcionista, convirtiéndose en ese barbero de Garci que nunca vio a Rocky Marciano en el Madison Square Garden.

—Creía que nadie se había dado cuenta... —musita Marco mientras se le iluminan los ojos.

Porque, pese a anhelos de ritos salvajes y que ya vea el final al campo de centeno, sigue siendo un crío. Un crío que salta como poseído por su casa porque Sergio Ramos lo ha seguido en Instagram. "Mamá, mamá, que le siguen 50 millones y sigue solo a 1000". Y es que el central del Paris Saint Germain, aficionado a los toros como siempre lo han sido los buenos capitanes del Madrí, citó al niño para conocerlo. Fue en la finca de Nacho y acudió al encuentro el matador de toros Alejandro Talavante. La camiseta del héroe de Lisboa luce ahora firmada en su cuarto. Junto a los muñecos de toros sobre la cómoda. 

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