Woody Allen.

Woody Allen.

LA TRIBUNA

La nueva moral progresista

El autor denuncia que la ética que impone la nueva moral progresista ha acabado degenerando rápidamente en nuevas formas de censura. 

13 febrero, 2021 01:22

No hay día sin un nuevo escándalo. Los nuevos escándalos tienen una cosa en común con los de toda la vida: necesitan mucho aparato escénico. Es decir, ruido, efectismo y grandilocuencia. Pero, como se suceden a ritmo vertiginoso, pasa con esos escándalos lo que sucede en las malas películas de terror, que se ven obligados a subir más el nivel de impacto. En su caso, para abrirse hueco y tener su minuto de gloria.

Cuando ustedes lean este artículo, el caso que ahora les cuento será el penúltimo, sepultado por otros que probablemente le superarán en emotividad. Camille Kouchner, hija de Bernard Kouchner, exministro francés y fundador de Médicos sin Fronteras, acaba de publicar un libro, La familia grande, en el que acusa a su padrastro, el también célebre politólogo Olivier Duhamel, de agresiones sexuales a su hermano mellizo cuando este era aún adolescente.

La convulsión que ha causado en la sociedad francesa (habría que precisar que parisina, más bien) se debe a una confluencia de factores. El primero, como es obvio, que son personajes muy conocidos, de fuerte impacto mediático. Segundo, que forman parte de la elite social, cultural y política del país vecino. Tercero, el linaje gauche divine de todos ellos. El cuarto y más importante, que el asunto era un secreto a voces. Pero todos callaban.

Por supuesto, nuevamente, el mundillo intelectual francés conocía, amparaba y callaba

El escándalo se superpone al que desató hace poco otro libro, Le consentement (que acaba de traducirse al español) de Vanessa Springora. En él, la escritora francesa denuncia la pedofilia del también célebre literato Gabriel Matzneff. La propia autora del libro había sido una de las víctimas, cuando solo tenía 14 años. Por supuesto, nuevamente, el mundillo intelectual francés conocía, amparaba y callaba.

Al mismo tiempo que aparecía el libro de Springora, Matzneff emitía un comunicado en el que se presentaba como una víctima más del linchamiento mediático que habían sufrido figuras como Roman Polanski, Woody Allen y David Hamilton. Lo cierto es que la lista es tan larga que podía haber añadido otros muchos nombres famosos: Dominique Strauss Kahn, Kevin Spacey, Plácido Domingo o, incluso, caso de haber oído hablar de él, Jaime Gil de Biedma.

El caso Gil de Biedma presenta rasgos peculiares en este contexto, no porque se trate de hechos ocurridos hace muchos años (característica que comparte con los ya citados), sino porque en esta ocasión es el propio sujeto el que consigna sin sentido de culpa sus prácticas pederastas. También es interesante porque, como han denunciado entre otros Andrés Trapiello y Félix Ovejero, desvela la hipócrita doble moral de nuestras elites progresistas.

La moral: la ley del embudo. En una parte, la resiliencia pública de James Rhodes. En la otra, la vida privada de Gil de Biedma

Parodiando el célebre exabrupto de Franklin D. Roosevelt sobre Anastasio Somoza, el director del Instituto Cervantes no tiene duda alguna de que Gil de Biedma es “nuestro hijo de puta” y por tanto su pederastia debe ser contemplada con otros ojos, o no sé si directamente velada por la rendida admiración que nos produce su poesía. La moral como ley del embudo. En una parte, la resiliencia pública de James Rhodes. En la otra, la vida privada del poeta catalán.

Nada que objetar (ocioso es subrayarlo) a la eclosión de esta nueva sensibilidad social que ampara a las víctimas de esta o de cualquier otro tipo de violencia. Al contrario, no cabe más que felicitarse porque se facilite la persecución de estos delitos y los agresores rindan cuentas ante la justicia. La legislación de todos los países avanzados se ha adaptado a esta nueva realidad y protege hoy más que nunca a los desamparados de hace poco.

Pero, si se fijan, la mayor parte de los casos desgranados al principio no terminan en los tribunales de justicia y, si lo hacen (por ejemplo, los sonados procesos que tuvieron a Woody Allen de protagonista), no arrojan un veredicto de culpabilidad asimilable al establecido mediáticamente. Qué raro, ¿no? O quizá no tanto. Un juicio digno de tal nombre es el que ofrece todas las garantías para el acusado. Para cualquier acusado, hasta el más infame.

Una rémora intolerable para quien tiene clara la culpabilidad desde el momento de la denuncia. El juicio mediático es mucho más sencillo, pues establece desde el principio quién es inocente y quién culpable, a quién hay que creer y a quién no. “Hermana, yo sí te creo”. Frente a las garantías procesales de las democracias contemporáneas, estamos ante una vuelta atrás de proporciones incalculables: una nueva caza de brujas.

Constantes sospechosas en los casos que más han llamado la atención pública: los victimarios son personajes famosos

Hay algunas constantes sospechosas en los casos que más han llamado la atención pública. Los victimarios son casi siempre personajes famosos, cuya caída produce un poco disimulada complacencia. Quienes ayer les adoraban, hoy les lapidan. Además, los hechos por lo general se remontan a muchos años atrás. ¡Ay, qué pena, no hay pruebas! O, simplemente, los delitos han prescrito. Nada de esto importa para el veredicto mediático.

¿Qué se pretende, pues? La denuncia se agota en sí misma, hasta el punto de que parece ser medio y fin al mismo tiempo. Se busca la verdad, dirán los enragés, pero la verdad se limita a la posición de una de las partes. Y se trata siempre, ¡oh, nueva casualidad!, de una verdad al servicio de una causa. No discuto la causa, que quede claro. Discuto los procedimientos, así como el celo inquisitorial, el oportunismo y la hipocresía.

El procedimiento adultera el veredicto. La justicia dispensada por las redes sociales no es justicia, sino ajuste de cuentas. Finalmente, el escarnio público se convierte en una moderna edición del castigo de Lady Godiva. Detrás de todo ello anida la voluntad de determinados grupos que usan su postergación (a veces real, pero otras pasada o supuesta) como palanca para obtener beneficios. El victimismo es un arma cargada de futuro.

Confluyen la corrección política, el feminismo radical de tercera o cuarta generación y los grupos con reclamaciones identitarias

Esta poderosa corriente, en la que confluye la corrección política, el feminismo radical de tercera o cuarta generación y los grupos con reclamaciones identitarias, entre otros, quiere imponernos una nueva moral, en el fondo tan totalitaria como la mayor parte de morales que en el mundo han sido. Ya afecta a nuestro lenguaje, a nuestras actitudes, a las relaciones sociales e incluso a una revisión del pasado no por pintoresca menos eficaz. ¡Cristóbal Colón, genocida!

Aunque su espíritu pretenda ser progresista, esta nueva moral es profundamente retrógrada, por muchas razones. Cercena la libertad, nos devuelve a un estado infantil (seres tutelados), divide a los humanos en castas dicotómicas (opresores/oprimidos) y establece como criterio moral la subjetividad. Así, el concepto de microagresiones, pequeñas ofensas que los privilegiados cometemos sin darnos cuenta, pero que no por ello nos hacen en menos culpables.

La nueva moral comporta, naturalmente, una nueva censura. Es verdad que sus apóstoles, siempre que han podido, han usado el arma de la persuasión. Pero desde hace algunos años, primero en los campus estadounidenses y luego en otros muchos ámbitos y en todo el mundo, están menudeando los escraches, boicots y otras acciones violentas para acallar a todo el que no piensa como ellos. Es conveniente tenerlo en cuenta antes de que sea demasiado tarde.

*** Rafael Núñez Florencio es historiador, profesor de Filosofía, editor y crítico en El Cultural y Revista de Libros.

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