Florentino Pérez

Hay gente que nace para dedicarse toda la vida a lo mismo. Los políticos, a diferencia de los ingenieros, arquitectos, soldadores o podólogos, se eternizan en su profesión, y solo de vez en cuando recurren a sucedáneos (el cambio de chaqueta) para distraer el asunto.

Florentino Pérez (Madrid, 1947) utilizó el trampolín de la política para saltar a la Administración, la empresa privada y el fútbol. Marcó el paso en UCD bajo la batuta de Adolfo Suárez, alias “quiero prometer y prometo”. Pero aquello duró poco, así que Florentino aprendió a escalar peldaños nuevos para hacerse un nombre en la empresa privada (el ladrillo: ACS). Finalmente, el Real Madrid lo convirtió en uno de los españoles con más poderío.

Los grandes clubs de fútbol funcionan como empresas y tienen por objetivo engordar la cuenta de resultados. Con la llegada de la pandemia, Florentino se dedicó a pensar. Tanto pensó el hombre que un día reinventó su sueño: la “Superliga”. Una competición paralela que ha generado mucha polémica. Se trataba de juntar a los mejores equipos de Europa y hacer que el dinero corriera como la pólvora. El presidente del Madrid estaba convencido y así lo proclamó: “Si no hacemos algo, estaremos muertos”.

Pero las opiniones públicas, los Gobiernos y los organismos del fútbol internacional no tragaron. Los clubs se fueron desenganchando y Florentino se quedó más solo que la una. Con él también participaba Agnelli, un prohombre de la Fiat que acumula sueños de grandeza. Pero tampoco Agnelli convenció a nadie, así que el sueño ha quedado en stand by (Floren dixit).

Ni Barça, ni Chelsea, ni Inter ni Manchester. Todos se han achantado ante la magnitud del culebrón. Unos clubs dicen que no tienen pasta. Otros, como el Barça, han de consultar primero con los socios, etc. El castillo de naipes se ha desmoronado. Habrá que esperar tiempos mejores.

La Jurado

Dedico estas palabras a Rocío Jurado, la gran ausente, a quien la vida se llevó por delante para evitar que presenciara el desplome familiar. Fue morirse y el mundo tembló bajo sus pies. En el epicentro de los problemas estaba Rocío Carrasco, hija única de “la más grande” y heredera universal de su fortuna, que al acabar el duelo por su madre dejó de hablarse con todo el mundo.

Rocío Jurado se llevó el dolor a la tumba. Su féretro estaba envuelto en la bandera andaluza mientras un coro rociero despedía a la chipionera con la salve. Rocío Carrasco, huérfana de cuerpo entero, permanecía abrazada a Fidel Albiac, el hombre que había sustituido a Antonio David Flores en el corazón de la heredera, quedando así apeado del sueño que forjó antes del divorcio.

Uno a uno, Rociíto fue descartando a todos los parientes que formaban parte del clan familiar: a Gloria, hermana de la cantante, que ejercía de segunda madre de Rociíto, y a José Antonio, su cuñado; también al hermano Amador y a Rosa Benito, peluquera y alter ego; al maestro Ortega Cano, por quien Rociíto no profesaba ningún cariño; y a los hijos adoptivos de la cantante y el torero, por los que la niña sintió una súbita desafección.

Otro tanto le ocurrió con Raquel Mosquera, segunda esposa de Pedro Carrasco, a la que nunca aceptó como pareja de su padre.

Pero el caso más sangrante fue la relación de Carrasco con su hija “Ro”, causante de graves conflictos que todavía escuecen. Con ella no se habla porque, según Rociíto, no está suficientemente preparada. En cuanto a su hijo David, no se ha pronunciado del todo. Es un ángel feliz y eso deja a su madre con la conciencia tranquila. Respecto a Fidel Albiac, no sabe, no contesta, aunque la hija de Jurado se queda arrobada mirándolo. ¿Será por eso?

Isabel II

Últimamente Isabel y Felipe han sido los protagonistas de los días más tristes. El duque de Edimburgo (me gusta llamarlo Mountbatten en honor a Louis Mountbatten, su abuelo) acababa de morir y por todas partes le salían biógrafos.

Había nacido en Corfú y era hijo de Andrés de Grecia y Alicia de Battenberg, una familia tan noble como desdichada. Sus padres huyeron de Grecia llevando al niño en una caja de verduras. Marcado por la pobreza y las guerras, Felipe recibió una estricta educación en Escocia y andando el tiempo se dio a la Marina. La familia continuó sufriendo desventuras y viviendo de la caridad de los parientes.

Los biógrafos señalan que Mountbatten solo le fue fiel a su esposa durante cinco años. Sin embargo, siempre agradeció que le diera una familia. Del día de su funeral queda viva una imagen que los Windsor no olvidarán nunca: la tristeza reflejada en el rostro de la soberana

Cumplió 95 años el 31 de abril. No hubo salvas, ni saludos ni nada. La reina se recogió a orar en la Capilla de San Jorge, muy cerca del féretro, y permaneció largo rato en silencio. Vestía un traje de alivio y su semblante era la huella del abatimiento. Al día siguiente, los periódicos titularon, a propósito de Felipe de Edimburgo: “El hombre que caminaba tres pasos por detrás de Isabel II”. Sin embargo, ese día fue, por primera (y ultima) vez, dos pasos por delante.

Una vez tuve la suerte de ver a Isabel II en una recepción ofrecida por los Reyes Juan Carlos y Sofía en la embajada española en Londres. Corría el año 1986 y allí estábamos todos mezclados, royals y periodistas, como si fuéramos de la misma familia.

Me sorprendió ver a la reina madre con el vaso de ginebra en la mano, como si nada. Y lo mismo la princesa Margarita, también objetora de la ley seca. Nunca habría podido imaginar que nos juntarían a todos como si fuéramos chusma.

Lilibeth, la reina de Inglaterra, parecía sacada de un recortable. Vi también a Peter O' Toole medio tambaleándose, y al príncipe Carlos, y a Lady Di, cuyo amor ya empezaba a hacer aguas. No faltaba ni el apuntador. Rectifico: a la princesa Ana solo le faltaba el caballo.

Fue una noche divertida e increíble. El embajador era José Joaquín Puig de la Bellacasa, que ha muerto esta semana victima de coronavirus. En su momento dio que hablar por reconvenir al Rey sobre sus andanzas con Marta Gayá. Duró muy poco en el cargo. Como su Majestad no le hacía caso, cogió el portante y se largó. Juan Carlos le dijo: “Volverás”. Pero no volvió.

Miguel Ángel Rodríguez

Es el Iván Redondo de Ayuso, como Iván Redondo es el M.A.R de Pedro Sánchez. Entre “spin doctors” anda el juego. El poder en la sombra de los Rasputines de la imagen. Rodríguez sabe mucho de eso desde que aterrizó en Madrid de la mano de Aznar, recién llegados ambos de Valladolid (Fachadolid, que se decía entonces) a principios de los años noventa del siglo pasado.

El último acierto de Miguel Ángel Rodríguez, por omisión, ha sido haber retirado a tiempo a su jefa de la trifulca protagonizada en la SER por los candidatos a las elecciones de Madrid. O sea, dejar “au-dessus de la mêlée” (por encima de la bronca,) a Isabel Díaz Ayuso, candidata del PP y presidenta de la Comunidad de Madrid hasta que las urnas del 4 de mayo no digan lo contrario.

Es verdad que el último acierto de M.A.R., como jefe de gabinete de la presidenta madrileña, ha sido convertir a Ayuso en espectadora del carajal político de la semana, aunque a mí me conmueve más su esfuerzo por hacernos creer que el mérito es de la doña, porque es a ella a la que se le ocurre dejarse entrevistar en la calle, simplificar el mensaje, hacerse cercana a la gente o erigirse en adalid de la libertad y protagonizar sucesivas chulerías. Ella es así.

Una anécdota: la de los turistas varados en el aeropuerto de Barajas en pleno estado de alarma por la pandemia. M.A.R. apoyó que se enviaran colchones para que los turistas no tuvieran que dormir en los pasillos y a punto estuvo de consumarse la iniciativa. Pero ella se negó en redondo: “No permitiré que circule la foto de un país tercermundista con gente tirada por los suelos. Los llevaremos a los hoteles”. En esta ocasión, el criterio de Ayuso se impuso al de M.A.R., el experto en cuestiones de imagen.

Como me lo cuentan, lo cuento, manque me joda reconocerlo.

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