Ilustración: Tomás Serrano

Ilustración: Tomás Serrano

EL BESTIARIO

Las infantas, el hombre de las cloacas, un alcalde que ríe y el adiós a Quique

De la muerte del humorista al escándalo de las vacunas; la autora comenta lo más destacado de la semana a través de sus protagonistas.

7 marzo, 2021 02:56

José M. Villarejo

Villarejo ha salido de la cárcel de Estremera. Ahora ya podemos verle el careto, o por lo menos la mascarilla. Se acabaron los paseos arriba y abajo del telediario tapándose con la carpeta y una visera de chulángano. Si sumáramos el tiempo que el excomisario ha invertido en cruzar el telediario no bajaría de siete días y sus correspondientes noches.

J. Manuel Villarejo fue la noticia estrella de la mañana del jueves. La Cope le hizo un recibimiento impecable. Carlos Herrera dijo de él que “es un señor muy agradable” y el coro respondió al unísono: “Muy agradable, muy agradable”.

Entonces yo he recordado algunas de las frases célebres que el ex comisario ha dejado grabadas para la Historia. Verbigracia: “Sólo en un país de medio pelo puede haber personas como yo. Si fuera una persona seria, con la información que he podido reunir ya me habrían dado matarile”.

A Villarejo le esperaba en la puerta de la prisión su esposa, Gema Alcalá, de la que está separado (según otra versión, Alcalá asistía regularmente a los vis a vis con el único propósito de trasladarle información).

El “comisario jubilado” –como quiere que le llamen, en lugar de excomisario- es coleccionista. Su fondo de armario está siempre a rebosar. No de cadáveres, sino de dosieres. Los hay que valen hasta seis millones de euros. A Villarejo le gusta fanfarronear. Por eso dice, aireando las plumas como un pavo real: “Fui a ver a Corinna para resolver un asunto de Estado”. Toma ya.

Almeida

José Luis Martínez-Almeida Navasqüés, León y Castillo Cobián es una la ristra de apellidos que forman parte de la genealogía del alcalde y de paso, del retrato sociológico de Madrid, al que pertenece su familia. Ese retrato está compuesto por altos funcionarios del Estado, población urbana y atildada, católicos a ultranza y defensores de la monarquía, a la que han servido los tres últimos siglos.

Hasta la Wikipedia cuenta que los Mtz-Almeida estaba vinculados a la Familia Real. Su abuelo era del consejo privado de don Juan de Borbón. En su casa de Madrid se organizaban tertulias apoyando el regreso del conde de Barcelona, que entonces estaba exiliado en Estoril.

Además de alcalde fue abogado del Estado y hombre de cierto poderío intelectual. Culto, locuaz, expansivo, dotado de simpatía natural y don de gentes. Estudió Derecho en la Universidad Pontificia de Comillas y después opositó.

Declarado aguirrista, en las elecciones municipales de 2015, fue incluido como número 3 en la lista encabezada por Aguirre. Y en 2019 fue seleccionado por Pablo Casado como aspirante a la alcaldía. La suerte ya estaba echada. En junio era investido como primer edil.

Desde que llegó al Ayuntamiento, Almeida no ha parado. Lo mismo aparece en un acto solidario que disputándose con Sánchez un lugar en una fila de autoridades.

Cae bien a todo el mundo, incluidos los taxistas, que ya es decir. Es risueño y trabajador. Los periodistas no perdemos la esperanza de pillarlo en algún renuncio para darle caña. Menos mal que él siempre está al quite con su sentido del humor.

Almeida ha estado hace poco haciendo el ganso en El Hormiguero. En realidad él lo dijo de otro modo: “Quiero medirme con Pablo Motos, a ver si estoy a su altura”.

Donde hay ironía, hay talento. El resultado arrojó una diferencia de dos centímetros a favor del pelirrojo. De ahí pasaron al karaoke, donde interpretaron a dúo una versión libre de Hey, vagamente inspirada en Julio Iglesias. Y si Almeida sabe cantar por Julio Iglesias, seguro que también sabe hacerlo por el Waterloo de Ada y Puigdemont.

Elena y Cristina

Nunca imaginé que dos vacunas, y encima chinas, podrían provocar semejante zapatiesta. No nos entra en la cabeza. Para empezar, hace mucho que las infantas ya no van por la vida como dos hermanas gemelas.

Elena aprovecha cualquier ocasión para arrimarse al padre (ella es su ojito derecho), y Cristina, desde que pasó lo que pasó (caso Nóos) camina con desgarbada timidez, como la pobre tía Pi, que en paz descanse, y lleva una vida bastante independiente. La infanta Elena, en cambio, tiene andares erguidos y apenas se dejaba ver por la calle. Ella siempre ha sido más de coche.

Estos días se ha hablado mucho de la pasada estancia de las infantas en Abu Dabi. En realidad fueron a ver a su padre, pero ya que estaban, decidieron vacunarse. Elena y Cristina, sin embargo, utilizaron a posteriori una excusa más light. Dijeron que habían sido invitadas a vacuna. Sea cual fuere la versión cierta, las dos han reconocido los hechos. Casi mejor. Las mentiras suelen dar malos resultados.

La noticia, desde el primer momento, escandalizó a los españoles. Hablar de escándalo tal vez sea una exageración. El episodio no es escandaloso en sí mismo, aunque visto aisladamente, resulta cuando menos chirriante y poco estético.

Creo que no es fácil vacunarse en Abu Dabi, salvo cuando se trata de un privilegio, como podría ser el caso de las infantas. En principio, allí solo pueden vacunarse los abudabíes y los residentes en el país, y éste no es el caso de las infantas.

El día que el radiodespertador me sobresaltó con la noticia, a punto estuve de sufrir un síncope. Mi primer pensamiento fue para el Rey Felipe, a quien sus hermanas han metido en un buen lío. Debería blindar la Zarzuela para evitar esa clase de sustos. No se lo merece.

Quique San Francisco

La suya ha sido una de las muertes más despiadadas de la semana. Una de dos: o tenía más amigos que el resto de los mortales o le han llorado el doble. En unas imágenes salían un numeroso grupo de colegas despidiéndole con cervezas y aplaudiendo. Parecía el anuncio de los chefs famosos caminando por una senda de pinos que recuerda la Costa Brava. Los amigos de Quique no son chefs ni llevan chaquetilla blanca y tampoco recorren una senda de pinos. Con una mano sujetaban la chupa y con la otra la cerveza para brindar.

He leído dedicatorias de sus amigos, palabras entrañables de los actores. La noche que murió le habían dejado fotos en la mesilla para que no se sintiera solo. Leí también un emotivo tuit de Rosario Flores, que fue novia de Quique durante cuatro años. Daba toda la impresión de estar llorando. “Se me ha ido mi compañero, mi maestro, mi amor”, escribió. “Nunca te olvidaré, mi genio inigualable”.

El feo más atractivo del mundo ha dejado una legión de mujeres a las que enamoró. Todos los días mueren actores, cantantes, sex symbols. Dudo que alguno de ellos sea tan recordado como Quique San Francisco, el hombre de la mirada de agua.

Su vida fue un terremoto. Hijo de madre soltera, fue abandonado por su progenitor. Y vivió una juventud desquiciada. Tras pasar por la Legión, su madre, Queta Ariel, le recomendó que se dedicara al teatro, donde triunfó con su vena cómica. Estuvo preso en Nepal y sucumbió a las drogas.

Hizo amigos (y amigas) por un tubo. Entre ellos, Emma Suárez, Jorge Sanz, Micky Molina y el clan de los Flores al completo, empezando por Antonio, que le presentó a su hermana Rosario y con ella tuvo un romance de varios años. Era un hombre libre y tenía alas para volar.

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