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Tecnología

El Criticador: Niputaideismo, el deporte de élite español

El Niputaideismo, por excelencia, es el deporte de élite en España, aunque muchos otros países luchan por desbancar y arrebatar nuestra merecida medalla de oro. Pese al gran esfuerzo internacional, nadie puede batir la perseverancia y el entrenamiento diario de los imparables competidores ibéricos.

Como su propio nombre indica, el Niputaideismo representa mucho más que un sencillo deporte profesional español; es toda una filosofía de vida, más vieja y poderosa incluso que el Taoísmo oriental.

Practicar éste deporte beneficia en muchísimos aspectos psicofísicos, produciendo, rápidamente, cambios sanos e importantes: salvaje autoestima, aumento de vanidad, ascendencia a la idiotez absoluta o tendencia al autochupapollerismo. Es una forma más de esculpir el ego, cincelarlo y perfeccionarlo, haciéndolo, si cabe, más letal y afilado.

Éste deporte masivo se basa en juzgar y criticar sobre todas las temáticas existidas, existentes o por existir. La regla fundamental del Niputaideismo consiste en que sus participantes deben realizar sentencias  lo más brusca y agresivamente posible, sin tener ni puta idea de qué están hablando. La crítica debe ser inversamente proporcional al conocimiento de la misma: cuanto menos sepas de lo que estás hablando, mejor.

Los practicantes saben, como defensa innegable de su cultura, que vivir en una sociedad aparentemente libre con derecho a la opinión, los licencia automáticamente para ejercer de profesionales críticos y jueces de todas aquellas materias y conceptos que ni los más grandes sabios y pensadores ancestrales consiguieron resolver. Pero nosotros sí, porque somos machos y hembras alfa. Porque yo he leído mucho, ¿sabes? Que eso que tú dices es mentira, que yo ya lo he leído por ahí no sé dónde.

En la praxis, el Niputaideismo se puede aplicar a cualquier rutina o disciplina de la vida. Por ejemplo, decir que una película es una puta mierda –no que te parece una mierda, una opinión absolutamente sincera, genial y eficiente, si no que es, rotundamente, una puta mierda–, dando por hecho que has estudiado durante años los complejos conceptos teórico-prácticos de la narrativa cinematográfica y que tú, frente a un equipo de 200 personas, lo harías 300 veces mejor. Lo mismo cuando un político, sea competente o no, no cumple con nuestros intereses: mira éste gilipollas de mierda, es que yo lo haría cien veces mejor. Ah, ¿sí? ¿Y qué harías? ¿Y por qué no lo haces tú mejor? Pregunto.

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Oiga, ¿por qué narices hace la paella así? Es que así no se hace la paella, vamos, jamás, qué inútil. Esta lección culinaria se la dice alguien que no ha hecho ni un huevo frito en toda la vida a un cocinero prestigioso que lleva treinta años trabajando entre fogones.

No importa, todos podemos juzgar, creyéndonos que por el simple hecho de ser humanos y pertenecer a un colectivo social, ya podemos sentenciar todas las artes del mundo como si fuéramos maestros de todas.

Niputaideismo es para todos. Desde las personas que te dicen como aparcar “porque yo lo hago asín de toa la vida” hasta los que se leen una rancia noticia en el diario y luego te vienen a dar lecciones morales con esa información, como si fueran verdaderos genios y libre pensadores. Son los que, totalmente convencidos de que su mierda huele a trufas frescas, te dicen en tu profesión cómo tienes que ejercer las funciones. No lo neguéis, todos conocéis a alguien que practique éste sano deporte nacional, todos lo hemos practicado alguna vez, orgullosos de ejercitar las nalgas.

Leerse un libro y juzgarlo sin contemplaciones, aunque nos pasemos por el arco de triunfo cientos de docenas de reflexiones y contextos, de información, aunque escueta, ya sólo por respeto e interés en la materia. ¿Qué importa?, es que ese libro no se entiende y es súper aburrido, tío, y es que eso es así, no me jodas.

Obviamente, muchos podrán acusarme a mí de lo mismo que me quejo: hablar de las cosas, en éste caso, del comportamiento social, sin tener ni puta idea de nada, basándome en mi gilipollez de élite y en la generosa ignorancia de la que dispongo.

Pero, por lo menos, yo ya lo advierto desde el primer día, prevengo de escozores anales, porque esta es sólo mi opinión, la proyección totalmente personal de un mundo bastante estúpido donde, cada vez más, el conocimiento se castiga. Pero no decidiré por otros ni sentenciaré cuestiones que no me corresponde a mí ejercerlas, como tampoco le corresponde a un panadero decidir qué es o deja de ser un poema técnicamente correcto, al igual que al poeta no le corresponderá criticar el óptimo amasamiento de un buen pan rústico. Otra cosa es que ambos puedan ejercer ambas profesionaes con total libertad y criterio.

¿Reflexión? No hay que juzgar, hay que opinar. El juicio se basa, como el caso del panadero y el poeta, en el criterio y en el conocimiento de todas las partes y las causas, en la meditación, profunda y documentada. El juicio es un arte, una especialización, es una gran responsabilidad y no deberíamos tomarnos las críticas como algo tan banal, tan sencillo, que todos, teóricamente, podemos ejercer. Nada “es” por el simple capricho vano de querer decidirlo así. Todos podemos opinar, es más, debemos opinar, como yo hago aquí, como todos hacen en los comentarios. Eso es prodigioso, agradable fruto que nace de compartir inquietudes y sensaciones entre nosotros mismos. Así avanzamos y nos enriquecemos gracias al colectivo respeto.

Pero juzgar, decidir, sentenciar sin tener ni puta idea de nada, no, gracias. Ya véis que no todos los deportes son siempre sanos.