EEUU busca consolidar su ventaja militar frente a China y Rusia con la mayor inversión en defensa de su historia.

EEUU busca consolidar su ventaja militar frente a China y Rusia con la mayor inversión en defensa de su historia. EE

Observatorio de la Defensa

EEUU sitúa la IA, el espacio y la guerra submarina en el centro de su nueva estrategia tecnológica de Defensa

Decidir más rápido, atacar a mayor distancia y mantener operativas sus fuerzas bajo un ataque tecnológico masivo.

Washington quiere conservar su ventaja militar frente a China.

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Las claves

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EEUU sitúa la inteligencia artificial, el espacio y la guerra submarina como ejes de su nueva estrategia tecnológica de Defensa para mantener la supremacía militar frente a China y otros rivales.

La estrategia prioriza el desarrollo de sistemas autónomos, defensa antimisiles, tecnologías cuánticas y la combinación de plataformas sofisticadas con sistemas más baratos y numerosos.

Washington busca reducir la burocracia, acelerar la innovación y proteger su base tecnológica de accesos extranjeros, especialmente de China, endureciendo controles sobre inversiones y colaboraciones.

La cooperación con aliados como Australia y Reino Unido se destaca como multiplicador de capacidades, equilibrando la protección tecnológica con la defensa colectiva.

Washington quiere conservar su ventaja militar frente a China y otros competidores con una apuesta por la inteligencia artificial, los sistemas autónomos, el dominio submarino, el espacio, los misiles hipersónicos y las tecnologías cuánticas.

EEUU está diseñando una nueva carrera tecnológica en la que la ventaja militar ya no dependerá únicamente del número de aviones, buques o misiles, sino de quién controle las tecnologías capaces de detectar antes, decidir más rápido, atacar a mayor distancia y mantener operativas sus fuerzas bajo un ataque tecnológico masivo.

Así lo establece en su nueva National Security Science and Technology Strategy (NSSTS), publicada en agosto de 2026, donde fija las prioridades con las que Washington pretende preservar su ventaja frente a sus competidores estratégicos y acelerar la incorporación de nuevas capacidades a sus Fuerzas Armadas.

Alineado con la Estrategia de Seguridad Nacional 2025, el documento coloca la competición tecnológica en el centro de la rivalidad entre potencias. La ambición de Washington es clara: “Seguir siendo el país más avanzado e innovador científica y tecnológicamente del mundo”.

El documento identifica tres ámbitos como prioritarios para conservar la superioridad estadounidense en el campo de batalla: el dominio submarino, el espacio y la inteligencia artificial y los sistemas autónomos.

En el ámbito submarino, Washington pretende mantener una clara ventaja tecnológica tanto en la supervivencia de sus submarinos como en las capacidades de guerra antisubmarina. En el espacio, la estrategia reclama una superioridad que permita detectar, caracterizar y contrarrestar amenazas desde las órbitas muy bajas hasta el espacio cislunar.

La tercera gran apuesta es la IA y la autonomía, consideradas un área de competencia crítica por su aplicación tanto a los sistemas militares como al conjunto de las capacidades de seguridad nacional.

A estas tres prioridades se suman otros dominios considerados esenciales para la proyección del poder estadounidense: la superioridad aérea mediante tecnologías furtivas, guerra electrónica y defensa antiaérea, los ataques de largo alcance capaces de penetrar defensas avanzadas y alcanzar objetivos con precisión, y el dominio de la información mediante sistemas C5ISR —mando, control, comunicaciones, ordenadores, ciberdefensa, inteligencia, vigilancia y reconocimiento—.

La lista de tecnologías consideradas estratégicas es amplia: desde fabricación y materiales avanzados hasta IA y autonomía, comunicaciones, energía dirigida, computación avanzada, hipersónicos y misiles, ciberseguridad, energía nuclear, sistemas de posicionamiento, navegación y sincronización, semiconductores, sensores y tecnologías espaciales.

Sistemas baratos y numerosos

Uno de los elementos más relevantes del documento es la defensa de una combinación de capacidades tecnológicas de muy alto nivel con sistemas más baratos, numerosos y prescindibles.

Washington advierte de que no siempre resulta rentable responder a los sistemas ofensivos de un adversario con otro sistema igualmente sofisticado. En determinados escenarios, la solución puede pasar por emplear tecnologías avanzadas integradas en plataformas de bajo coste que puedan desplegarse a gran escala y complementar a un número limitado de sistemas de máxima capacidad.

La estrategia plantea explícitamente combinar plataformas de alta sofisticación desplegadas en pequeñas cantidades con sistemas de menor coste que puedan operar en grandes números. El objetivo es aumentar la capacidad militar estadounidense y, al mismo tiempo, obligar al adversario a invertir recursos en defensas mucho más caras.

Es una aproximación especialmente relevante en un contexto marcado por la proliferación de drones, municiones merodeadoras y otros sistemas autónomos de bajo coste. Washington busca evitar una competición en la que un adversario pueda neutralizar sistemas estadounidenses de alto precio utilizando soluciones considerablemente más baratas.

El "Golden Dome" y la defensa del territorio

La estrategia tecnológica no se limita al campo de batalla. Washington pretende utilizar estas capacidades para blindar también el territorio estadounidense.

Entre sus prioridades figura el desarrollo y mantenimiento de un escudo antimisiles de nueva generación dentro de la iniciativa Golden Dome for America, además de la protección de redes, datos, infraestructuras críticas y activos estratégicos frente a ciberataques y espionaje. También contempla el uso de la ciencia y la tecnología para reforzar las fronteras y mantener una disuasión nuclear "superviviente y creíble".

Diseño de la Cúpula Dorada según L3Harris

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La resiliencia se convierte así en otro de los pilares de la estrategia. EEUU pretende reducir su dependencia de tecnologías y cadenas de suministro vulnerables y evitar que un único fallo tecnológico pueda paralizar una capacidad crítica.

El documento apuesta por una arquitectura capaz de soportar ataques sin quedar completamente inutilizada. La filosofía se resume en el concepto de "degradación gradual": sistemas que puedan sufrir daños y continuar funcionando en lugar de colapsar de forma completa.

IA y tecnología cuántica

La estrategia también mira más allá de las capacidades militares que ya están entrando en servicio. Washington identifica tres grandes campos con potencial para transformar el equilibrio estratégico en las próximas décadas: inteligencia artificial y autonomía, biotecnología y tecnologías de información cuántica.

En IA, EEUU apunta hacia modelos avanzados, sistemas multiagente, inteligencia de enjambre, robótica, sistemas autónomos en los dominios terrestre, aéreo, marítimo, espacial y cibernético, así como hacia el mando y control autónomos.

En el ámbito cuántico, las prioridades incluyen computación, sensores, comunicaciones y redes cuánticas, mientras que la biotecnología adquiere una dimensión directamente vinculada a la seguridad nacional por su potencial tanto para generar nuevas capacidades como para producir amenazas biológicas.

La estrategia advierte además de que EEUU debe adelantarse a tecnologías cuyo impacto estratégico todavía no está completamente definido. "No podemos permitir que un avance tecnológico nos sorprenda", señala el documento al defender que Washington lidere también las tecnologías emergentes que todavía se encuentran en fases iniciales.

Menos burocracia y más industria

Uno de los mensajes más contundentes del documento es la necesidad de acortar radicalmente los plazos entre investigación, desarrollo y entrada en servicio.

Washington quiere eliminar cargas administrativas y regulatorias innecesarias, fomentar la experimentación y permitir que los responsables de los programas asuman mayores riesgos tecnológicos. El objetivo es que la innovación comercial pueda llegar mucho antes al ámbito militar.

La estrategia reclama mecanismos de financiación rápida, concursos de innovación y contratos más flexibles para que las nuevas tecnologías puedan llegar antes a las Fuerzas Armadas. También anima a investigadores y empresas a experimentar, aprender rápidamente de los errores y cambiar de rumbo cuando un proyecto no funcione.

La filosofía queda resumida en una expresión especialmente significativa: "fallar rápido", como mecanismo para acelerar el aprendizaje y evitar que los programas tecnológicos queden atrapados durante años en procesos burocráticos.

En el terreno de la adquisición militar, el documento apuesta expresamente por reducir los ciclos de desarrollo y compra. La estrategia recuerda además la orden presidencial para reformar los procesos de adquisición con énfasis en "velocidad, flexibilidad y ejecución".

China en el punto de mira

La protección de la base tecnológica estadounidense ocupa un capítulo específico. Washington considera una amenaza que potencias rivales puedan acceder a tecnologías, propiedad intelectual, datos o empresas estadounidenses mediante inversiones, investigación académica o cadenas de suministro.

El documento presta especial atención a China y a su estrategia de fusión militar-civil, que, según la Administración estadounidense, puede permitir que inversiones y actividades comerciales contribuyan indirectamente al desarrollo de capacidades militares y de inteligencia chinas.

Por ello, la estrategia plantea reforzar los mecanismos de control de inversiones extranjeras, ampliar las competencias del CFIUS y limitar determinadas inversiones estadounidenses en sectores tecnológicos considerados estratégicos.

Washington también quiere proteger sus centros de investigación. La estrategia propone, entre otras medidas, impedir determinadas ayudas federales a entidades consideradas de alto riesgo, incluidas empresas chinas vinculadas al ámbito militar, así como reforzar los controles sobre investigadores y proyectos financiados con fondos públicos.

Los aliados como multiplicador

La estrategia, pese a su marcado énfasis en la autonomía tecnológica estadounidense, reserva un papel relevante a los aliados. Washington pretende utilizar las capacidades científicas y tecnológicas de sus socios como un multiplicador de fuerza.

El documento cita expresamente la cooperación con Australia y Reino Unido en ámbitos como las tecnologías críticas y emergentes, los minerales estratégicos, la energía y el fortalecimiento de la base industrial submarina estadounidense. También contempla acuerdos tecnológicos en inteligencia artificial, energía nuclear, tecnologías cuánticas, comunicaciones avanzadas, navegación y espacio.

La estrategia insiste en que la cooperación debe proteger simultáneamente la ventaja tecnológica estadounidense y permitir que los aliados contribuyan a la defensa colectiva. Por ello plantea equilibrar los controles a la exportación con la necesidad de que los socios puedan desarrollar y aportar capacidades avanzadas.

El mensaje final de Washington es inequívoco: la superioridad tecnológica se considera una herramienta de disuasión militar.

La propia Estrategia de Seguridad Nacional, citada en el documento, lo resume así: "Mantener a largo plazo la preeminencia económica y tecnológica estadounidense es la forma más segura de disuadir y prevenir un conflicto militar a gran escala".