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Europa ha dejado de considerar los incidentes con drones rusos como episodios aislados para asumirlos como parte de una dinámica sostenida de presión en su flanco oriental. La reciente interceptación de un dron que sobrevolaba Letonia por la OTAN es solo el último episodio de una serie que se viene repitiendo con bastante frecuencia en el espacio aéreo europeo a lo largo de los últimos meses.
A este caso se suman otros incidentes como el de Rumanía de hace solo unos días, cuando un dron ruso impactó contra un edificio residencial, dejando dos ciudadanos heridos. O el más grave, ocurrido en septiembre del año pasado en Polonia, cuando al menos 19 drones militares de origen ruso violaron su espacio aéreo y terminaron estrellándose en territorio polaco.
Aunque cada uno de estos incidentes tiene un origen distinto (puede ser porque les están haciendo jamming, spoofing, GPS o en comunicación C2 (command&control), hay un patrón preocupante que se repite. Y es que el espacio aéreo europeo ha dejado de ser un dominio pasivo.
Hoy es un entorno disputado, saturado de señales, interferencias y sistemas autónomos con capacidades de penetración creciente que suponen una clara amenaza para los ciudadanos de la Unión Europea que viven en esos países.
Estos incidentes han hecho saltar todas las alarmas en los responsables políticos de la Unión Europea, que no creen que estemos ante hechos aislados.
Derribar un sistema de pocos miles de euros con un misil de cientos de miles o incluso millones no es sostenible, y mucho menos en escenarios de saturación como el que vivimos.
Es el caso por ejemplo de Andrius Kubilius, comisario europeo de Defensa y Espacio, que ha advertido en varias ocasiones que los servicios de inteligencia europeos consideran posible que Rusia esté en condiciones de lanzar una agresión contra un país de la UE hacia 2030.
Kubilius considera estos ataques con drones como parte de una estrategia de guerra híbrida orientada a probar defensas, generar incertidumbre y desgastar la cohesión política europea.
La nueva frontera de la defensa
Los drones representan en este contexto un cambio de paradigma, no solo por su capacidad destructiva, sino por su volumen, su coste marginal y su dependencia absoluta del espectro electromagnético. Es precisamente en este dominio invisible, en el espectro, donde se está definiendo la nueva frontera de la defensa.
Hagamos un pequeño ejercicio de memoria, y echemos la vista atrás. Durante décadas, la respuesta más habitual frente a una amenaza aérea se hacía con interceptores, misiles o artillería antiaérea. Sin embargo, la proliferación de drones baratos ha roto esa ecuación.
Derribar un sistema de pocos miles de euros con un misil de cientos de miles o incluso millones no es sostenible, y mucho menos en escenarios de saturación como el que vivimos.
La alternativa emergente y que se está consolidando en la realidad de los conflictos modernos como la Guerra de Ucrania o la de Oriente Medio es la guerra electrónica. Ya no se trata de destruir el objeto físico, sino que el objetivo es neutralizar su capacidad de operar. Es decir, actuar sobre el enlace entre el dron y su entorno digital.
En este nuevo espacio es donde se enmarca el trabajo que estamos desarrollando desde Integrasys. No lo estamos haciendo solos.
Lo estamos desarrollando primero en el marco de la colaboración con distintas instancias de Ucrania, como su ministerio de Defensa o las Tech Forces, donde la innovación en guerra electrónica se ha acelerado de forma significativa en condiciones reales de conflicto. Y segundo, liderando diversos programas europeos de defensa.
Objetivo, controlar el espectro
La aproximación tecnológica que estamos desplegando se estructura en cuatro ejes principales que estamos desarrollando a través de dos programas que estamos liderando en el marco del Fondo Europeo de Defensa (EDF), y de unas tecnologías propias, todos ellos orientados a un objetivo común, recuperar el control del espacio electromagnético.
El primero se llama EOBLINDING y tiene como finalidad alcanzar la superioridad electromagnética mediante la detección, clasificación y neutralización de sensores ópticos y de radiofrecuencia de drones hostiles.
La realidad es que la guerra electrónica ya no es un complemento, sino que se ha convertido en un elemento central de la supervivencia operativa.
En lugar de recurrir a la destrucción física, el sistema degrada o inutiliza la percepción del dron, cegándolo electrónicamente. El resultado es una neutralización silenciosa, que puede provocar su caída o desvío sin explosiones ni daños colaterales en entornos civiles.
El segundo se llama GNSS-ARMOUR, diseñado para proteger los sistemas de navegación frente a fenómenos de spoofing y jamming. En múltiples incidentes recientes en Europa del Este, los drones han perdido su trayectoria debido a interferencias deliberadas o colaterales en señales GNSS.
Este tipo de alteraciones no solo afectan a plataformas hostiles, sino también a sistemas aliados. GNSS-ARMOUR introduce resiliencia en la capa de posicionamiento, evitando la desincronización de activos críticos en el campo de batalla moderno.
El tercer componente agrupa nuestras soluciones tecnológicas Clean RF y Jam CCS, que pueden describirse como un antivirus del espectro radioeléctrico.
La primera actúa como un sistema de depuración en tiempo real, eliminando interferencias hostiles que intentan degradar radares o sistemas de defensa.
La segunda permite la interrupción selectiva de comunicaciones enemigas, afectando directamente a los canales de navegación y coordinación de drones de largo alcance antes de que alcancen espacio aéreo sensible.
En ese terreno invisible, el espectro electromagnético, es donde se está definiendo la próxima generación de la seguridad europea.
El cuarto eje es quizás el más innovador desde el punto de vista operativo. Es lo que hemos bautizado como centros de defensa móviles.
Hemos demostrado la integración de estas capacidades en plataformas móviles basadas en vehículos tácticos como son los URO de las Fuerzas Armadas Españolas.
Hemos equipado uno de estos vehículos ya retirados con cinco tecnologías: ControlSat, Jam CCS, Clean RF y OrbiSat, además de dos antenas, una UHF y otra parabólica.
Estamos hablando de una plataforma multidominio capaz de vigilar el espectro, detectar amenazas e interferencias y proteger las comunicaciones críticas. La unidad se puede desplegar rápidamente en entornos de defensa, emergencias o infraestructuras estratégicas, donde resulta clave garantizar la continuidad, seguridad y resiliencia de las comunicaciones.
Como decíamos antes, los conflictos actuales, especialmente el de Ucrania, han acelerado la evolución de estas tecnologías a una velocidad sin precedentes. La realidad es que la guerra electrónica ya no es un complemento, sino que se ha convertido en un elemento central de la supervivencia operativa.
El futuro de la defensa aérea europea no depende ya únicamente de la capacidad de interceptar drones, sino de la capacidad de impedir que estos puedan ver, comunicarse o navegar.
En ese terreno invisible, el espectro electromagnético, es donde se está definiendo la próxima generación de la seguridad europea.
*** Álvaro Sánchez, CEO de Integrasys