Presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Allison Robbert Europa Press

Observatorio de la Defensa

¿Puede Europa defenderse sola ante los vaivenes de EEUU?: Las amenazas de Trump reabren la gran duda estratégica

El debate ya no gira en torno a si la Unión Europea debe reforzar su defensa, sino a si llegará a tiempo para hacerlo antes de un repliegue estadounidense.

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Las claves

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Las amenazas de Donald Trump y la erosión del compromiso militar estadounidense han reabierto el debate sobre la capacidad de Europa para garantizar su propia seguridad.

Europa sigue dependiendo de Estados Unidos en áreas clave de defensa como inteligencia, transporte estratégico y defensa antimisil, pese al aumento del gasto militar tras la invasión rusa de Ucrania.

El artículo 42.7 del Tratado de la UE cobra protagonismo como posible base para una defensa europea más autónoma, ante la incertidumbre del apoyo estadounidense.

Surge la opción de una defensa basada en coaliciones flexibles entre países europeos, donde Francia y Reino Unido aportarían disuasión nuclear y Alemania y Polonia fortalecerían la defensa convencional.

Las recientes amenazas de Donald Trump de cerrar bases militares estadounidenses en Europa o expulsar algún país de la OTAN—una decisión jurídicamente inviable—, en respuesta a la negativa de varios aliados europeos a respaldar su ofensiva contra Irán, ha reabierto una duda que el continente creía superada desde la Segunda Guerra Mundial: si sería capaz de garantizar su propia seguridad sin el apoyo de EEUU.

A ello se suman episodios como la presión de Washington sobre Groenlandia, que tensó la relación con Dinamarca, así como las reiteradas críticas al nivel de gasto en defensa de los aliados de la OTAN.

En conjunto, estos factores reflejan una creciente divergencia estratégica a ambos lados del Atlántico y han acelerado en Bruselas el debate sobre el rearme, la autonomía estratégica y la construcción de una defensa común frente a la amenaza de Rusia.

Europa empieza a asumir una realidad incómoda: ya no puede dar por garantizado el respaldo indefinido de EEUU a su seguridad. La erosión del compromiso de Washington ha reactivado un debate largamente aplazado en Bruselas: cómo defender el continente con medios propios si la protección militar estadounidense deja de ser automática.

El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos estima que sustituir durante los próximos 25 años el respaldo militar estadounidense costaría cerca de un billón de dólares. No se trata únicamente de aumentar presupuestos, sino de reconstruir capacidades críticas que Europa externalizó durante décadas bajo el paraguas atlántico.

Aunque el gasto en defensa ha aumentado desde la invasión rusa de Ucrania, las carencias persisten. La autonomía estratégica europea, en términos realistas, no implica romper con la OTAN ni levantar un muro frente a Washington, sino reducir las dependencias críticas.

Europa puede producir munición, drones o artillería en volúmenes crecientes, pero continúa dependiendo de Washington en los llamados “habilitadores estratégicos”: inteligencia de largo alcance, transporte aéreo intercontinental, reabastecimiento en vuelo, defensa antimisil de gran altitud, guerra electrónica o vigilancia satelital.

Bombardero B-17 de EEUU

Bombardero B-17 de EEUU

Sin esos recursos, sostener una campaña militar de alta intensidad resulta extremadamente complejo. A ello se suma una fragmentación industrial crónica: Europa mantiene múltiples modelos de carros de combate, flotas de cazas con escasa interoperabilidad y sistemas de mando dispares.

El resultado es claro: duplicidades, mayores costes y menor eficiencia, frente a un Estados Unidos que opera con economías de escala.

El artículo 42.7

Ante este escenario, los líderes europeos han comenzado a mirar con mayor atención al artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea, la cláusula de defensa mutua comunitaria. “Si un Estado miembro es víctima de una agresión armada en su territorio, los otros Estados miembros están obligados a ayudarle y asistirle por todos los medios a su alcance”, reza el texto.

Algo que se parece mucho al artículo 5 de la OTAN que vincula a todos los miembros de forma que, si un país de la alianza es atacado, se considerará que los demás también están siendo atacados y actuarán en consecuencia.

Hasta ahora, la disposición europea apenas había tenido recorrido político. Solo Francia la activó en 2015 tras los atentados terroristas contra Charlie Hebdo. Sin embargo, el nuevo contexto geopolítico ha cambiado las prioridades.

Bruselas quiere dotar al artículo de contenido operativo real: mecanismos automáticos de respuesta, catálogos de capacidades disponibles, simulacros conjuntos y planificación permanente.

El debate ha cobrado especial relevancia en Chipre, Estado miembro de la UE pero no integrante de la OTAN. La isla, expuesta a las tensiones del Mediterráneo oriental y del entorno de Oriente Próximo, se ha convertido en símbolo de una defensa europea no necesariamente subordinada al marco atlántico. “Necesitamos rellenar de contenido [el punto de defensa colectiva de los tratados]”, afirmó el presidente chipriota, Nikos Christodoulides.

Y, precisamente, esta idea formará parte de uno de los puntos más destacados del nuevo plan de defensa europea que está preparando la Comisión Europea y que pretende presentar este año, según adelantó Kaja Kallas, la jefa de la diplomacia europea.

Rusia como catalizador

La percepción del riesgo, sin embargo, no es uniforme. Polonia considera a Rusia una amenaza existencial inmediata y destinó el 4,5% de su PIB a defensa el pasado año. España, más alejada geográficamente del frente oriental, se situó en torno al 2%.

Esa divergencia estratégica explica por qué la integración plena de las defensas europeas sigue siendo improbable a corto plazo.

También pesan rivalidades industriales y políticas. Berlín y París mantienen desacuerdos sobre el futuro caza europeo de nueva generación, -en el que también participa España- mientras muchos gobiernos continúan privilegiando a sus campeones nacionales frente a soluciones comunes.

El auge de fuerzas soberanistas y euroescépticas añade nuevas resistencias a cualquier cesión de competencias en materia militar.

Una Europa de coaliciones

Ante la dificultad de construir una defensa europea plenamente integrada, gana fuerza una solución más pragmática: un mosaico de coaliciones flexibles entre Estados con intereses convergentes.

Ya existe la Fuerza Expedicionaria Conjunta liderada por Reino Unido, que agrupa a diez países del norte de Europa. Londres y París mantienen además una estrecha cooperación bilateral y encabezan varias “coaliciones de voluntarios”, tanto para la seguridad marítima en el estrecho de Ormuz como para el respaldo futuro a Ucrania.

Alemania, por su parte, ha fijado el objetivo de disponer en 2039 del ejército convencional más potente del continente. Y Emmanuel Macron ha reabierto el debate nuclear al plantear una ampliación del paraguas disuasorio francés a socios europeos como Alemania.

De ese conjunto disperso podría emerger un núcleo duro integrado por Reino Unido, Francia, Alemania y Polonia, acompañado por países nórdicos y bálticos. Un esquema donde París y Londres aportasen disuasión nuclear, mientras Berlín, Varsovia y otros socios asumiesen mayor peso en la defensa convencional.

El tiempo como factor decisivo

Más allá de los discursos sobre “autonomía estratégica”, la cuestión central es temporal. Europa no necesita reemplazar íntegramente a Estados Unidos en todos los ámbitos globales, pero sí debe ser capaz de sostener por sí sola la defensa de su vecindad inmediata: del Báltico al Mediterráneo, del Ártico al Mar Negro.

La comunidad de seguridad transatlántica basada en confianza automática y solidaridad estratégica atraviesa su momento más delicado desde 1945.

La llamada “OTAN 3.0”, defendida por sectores de la nueva administración estadounidense, apunta a una Europa responsable de su defensa convencional, con un apoyo norteamericano más limitado y condicionado.

En ese contexto, la pregunta ya no es si Europa desea autonomía militar. La verdadera incógnita es si logrará construirla antes de que Washington decida que ya no puede —o ya no quiere— seguir garantizándola.

Como tantas veces en la historia europea, la clave estará en convertir la retórica política en capacidades reales: industria, tecnología y poder militar.