El paso de Mario Vargas Llosa por la política peruana fue efímero y frustrante. Uno siempre cree que puede cambiar las cosas y las cosas le cambian para siempre. El intelectual piensa que puede liderar al pueblo, mejorarlo, y al final el pueblo lo que quiere es a alguien que se parezca más a sí mismo.

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El desconocido Alberto Fujimori, por ejemplo, con su discurso más chabacano, más populista, menos atildado. Fujimori, "el chino", un ingeniero agrónomo alejado de las grandes ideas y tremendamente práctico. Un gestor. Alguien llamado a acabar con el terrorismo a cualquier precio y por el camino revitalizar una economía en claro declive tras años de gobierno de Alán García.

Vargas Llosa nunca superó la derrota con Fujimori, que es lo que le pasa a todo candidato que entiende que es superior. Así, González con Aznar. Así, Aznar con Zapatero. Tanto él como su hijo Álvaro se convirtieron en portavoces internacionales del anti-fujimorismo, especialmente de 1992 en adelante, cuando el presidente se dio un golpe a sí mismo a lo Hugo Chávez para perpetuarse en el poder.

A Fujimori se le puede considerar un abanderado del "populismo neoliberal": privatizaciones masivas con cámaras siempre listas para registrar actos estrambóticos. Una fiesta sin Chivo.

Caído Fujimori pero no "el fujimorismo", que marca la agenda política en Perú desde hace 31 años, las últimas elecciones han tenido un punto de círculo que se cierra. El populismo se ha convertido en lo que ya era en Bolivia, Venezuela o Ecuador: un discurso que mezcla lo rural con conceptos mal entendidos y peor aplicados del marxismo para las clases bajas, las que miran con desprecio a las élites limeñas, poderosas, sí, pero minoritarias numéricamente. Pedro Castillo, en concreto, y su formación Perú Libre.

Vargas Llosa ha dado su apoyo a Keiko Fujimori, a la que se ha referido como el "mal menor"

Y ante ese populismo, surge de nuevo Vargas Llosa para dar su apoyo a la candidata que se enfrenta a Castillo, citando una supuesta vinculación de éste con los postulados más conservadores de la Iglesia católica: su lucha contra el aborto, contra el matrimonio homosexual, contra cualquier derecho individual que desafíe la moral imperante. El marxismo rancio, el marxismo conservador, el marxismo que no tolera al diferente porque todos somos piezas de algo común.

Lo chocante es que la candidata en cuestión no es una liberal, es otra populista, es Keiko Fujimori, la hija del dictador, el "mal menor" en palabras del Premio Nobel. El personaje más querido y más odiado de la política peruana durante los últimos 15 años.

"Primera dama" post-adolescente

Keiko Fujimori se convirtió en una figura principal de la vida pública peruana en 1994, cuando su padre decidió convertirla en primera dama del país en sustitución de Susana Higuchi, su esposa. Higuchi había pedido el divorcio acusando a su marido de "torturas" y se pasó a la oposición militante al fujimorismo, una profesión, por entonces, con muy poco futuro.

Aquella elección de la hija como primera dama tenía algo de extraño, semi-incestuoso, propio de los regímenes que consideran que todo les está permitido. Keiko, además, no caía bien. Probablemente, hubiera algo de machismo en ello: la chica quería ser modelo y los señores se reían de aquella regordita pizpireta.

La candidata presidencial en Perú, Keiko Fujimori EFE

En 1997, se fue a estudiar a Boston con el dinero que gestionaba el oscuro Vladimiro Montesinos. Tanto se le fue la mano a Montesinos gestionando amaños y torturando terroristas que acabó huyendo del país con Fujimori haciéndose vídeos persiguiéndole por las calles. Cuando vio que la cosa se complicaba aún más, y tras manipular las elecciones presidenciales de 2000, el dictador se fue a Japón a un acto institucional y no volvió. Fue condenado en ausencia por varios delitos y se le sustituyó del cargo por "incapacidad moral declarada". Su hija se instaló en Nueva York, a esperar que escampara.

Las revelaciones de las investigaciones en torno a Montesinos y Fujimori fueron tan graves que era imposible pensar en un regreso, en la aceptación popular de un regreso triunfante. Y, sin embargo, la corrupción generalizada del gobierno de Alejandro Toledo hizo pensar a los Fujimori que podía ser así. Alberto marchó de su exilio en Japón, donde había empezado a convertirse en un personaje incómodo, y decidió volver a Perú vía Chile.

Por supuesto, él sabía que iba a ser detenido nada más llegar a su país, pero quizá la detención podría ser una excelente propaganda de cara a las elecciones de 2006. Aterrizado en Chile, sellado el pasaporte para cruzar la frontera, Fujimori fue detenido antes de que empezara la "caravana" con la que pretendía resucitar su legado. A cambio, quienes encabezaron la resurrección fueron sus hijos.

Alberto Fujimori.

Primera resurrección

Keiko y Kenji Fujimori siempre han sido muy distintos. A Keiko se la nota a menudo tensa, incómoda, como si le hubiera tocado jugar con unas cartas que no acaba de reconocer como suyas. Kenji es divertido, carismático, temerario en ocasiones y con menos ambición que su hermana, que inmediatamente cogió las riendas del debate público. Candidata a congresista ese mismo 2006, fue la más votada de todo Perú.

¿Cómo es posible que alguien tan íntimamente ligado a un régimen dictatorial consiguiera un resultado tan espectacular pese a su notoria falta de carisma?
El periodista peruano Diego Salazar lo explica de la siguiente manera: "Existe una imagen sobre el legado de Alberto Fujimori, según la cual es el artífice de la paz y la inserción del Perú en una economía globalizada. Como en cualquier narrativa, parte de esa construcción tiene fragmentos de verdad, pero hay una exageración evidente y, sobre todo, omisiones muy serias sobre la corrupción y otros crímenes graves de su Gobierno. Pese a eso, hay una parte de la ciudadanía que sigue valorando su legado".

Ahora bien, continúa Salazar, "la otra gran fuerza política de los últimos 30 años es el anti-fujimorismo, de ahí que Keiko haya sido ambivalente con la figura del padre: por momentos ha abrazado su legado con cierta timidez, a ratos, sin negarlo, ha intentado distanciarse... hasta este año".

Esto era ir más allá del franquismo sin Franco. Era fujimorismo sin Alberto pero con Keiko. Keiko luciendo apellido pero eligiendo cuidadosamente qué partes del pasado rescatar y qué partes hundir en el olvido, no siempre con éxito.

La candidata presidencial en Perú, Keiko Fujimori EFE

En las elecciones de 2011, Keiko Fujimori y Fuerza 2011 -en adelante, Fuerza Popular, lo que acredita nominalmente el populismo inherente al movimiento- quedan segundos en la primera vuelta y repiten derrota en la segunda ante Ollanta Humala, un excomandante del Ejército al que se le asignan inmediatamente parecidos con Chávez e intenciones dictatoriales.

Con todo, si Humala es malo, Keiko es peor, al menos para Mario Vargas Llosa, con el Nobel recién estrenado y una importantísima influencia sobre el votante medio peruano. El apoyo del liberal por antonomasia a Humala es una bofetada en la cara de Fujimori, una manera de decirle "no volváis por aquí". Podría ser una de esas derrotas que marcan un antes y un después. Sin ser excesivamente contundente, no admite muchas discusiones: 51,5% frente a 48,5%. ¿Si el objetivo era 2011 y en 2011 se pierde, qué queda entonces? Resistir de nuevo. Resurgir cinco años más tarde.

La traición de Kenji

Pedro Pablo Kuczynski era un hombre de perfil bajo pero agradable. Un señor mayor que no podía caer mal a nadie, pero al que en principio le faltaba algo para llegar lejos en política. En 2011, había quedado tercero en la primera vuelta y había mostrado su apoyo a Keiko Fujimori como alternativa al "peligroso" Humala.

En 2016, decidió volver a presentarse, esta vez con el apoyo en la sombra de Kenji, el hermano díscolo, el enemigo encubierto de una familia que más parece una tragedia griega. Kuczynski no era favorito a nada, pero la segunda presidencia de Alan García había vuelto a dejar a Perú como un erial y la nostalgia del pasado se volvió a extender por todo el país.

Kenji Fujimori, hermano de Keiko Fujimori. EFE

Así, el presidente del consejo de ministros con Alejandro Toledo se coló por los pelos en la segunda vuelta para enfrentarse a Keiko, cuyo partido, Fuerza Popular, conseguía en esas mismas fechas la mayoría absoluta en el Congreso. Para hacerse una idea del favoritismo de la ex primera dama, Fujimori ganó la primera vuelta doblando a su siguiente rival y rozando el 40% de los votos, que es una barbaridad. Cuando todo el mundo daba por hecha su presidencia, cuando ella misma se dirigía al pueblo ya con esa mesura y esa distancia que da el poder, llegó el día de las elecciones y perdió. Exactamente por 41.000 votos, un 0,24% del total del país.

Por supuesto, la reacción fue acusar al rival de fraude. Cualquiera lo habría hecho. En su contra, jugaba el antecedente del padre, y en cualquier caso no se pudo demostrar nada. Keiko Fujimori quedó como Mariano Rajoy cuando perdió por segunda vez contra Zapatero. Diez años después de su regreso a la política peruana se veía obligada a esperar otros cinco para conseguir la ansiada presidencia. En medio, llegó la Justicia y la puso aún más contra las cuerdas. En 2018, Keiko Fujimori fue detenida por un caso de lavado de dinero. Hay cierto consenso en que el juez se extralimitó y por ello fue retirado del caso. El veredicto sigue pendiente.

La candidata presidencial en Perú, Keiko Fujimori EFE

Aquello parecía el clavo definitivo en el ataúd familiar. Meses antes, se había vivido el escándalo del "indulto de Navidad" por el que Kuczynski le devolvió un favor político a Kenji Fujimori e indultó a su padre por razones humanitarias. Indultos, como se ve, hay en todas partes. No pasó un año antes de que el Supremo considerara dicho indulto como "inaplicable".

Alberto Fujimori, pasados ya los 80 años, tuvo que volver a presidio. Su legado volvía a tambalearse: Kenji había ligado su futuro al de Kuczynski y había calculado mal. Un mes antes de las elecciones presidenciales de 2021, las encuestas colocaban a Keiko en sexto lugar. Volvemos a Salazar: "Parecía que por fin, el fujimorismo había dejado de ser un factor político después de 30 años". Todo el mundo se equivocaba.

El ascenso de Castillo

En marzo de 2021, las elecciones presidenciales peruanas parecían cosa de dos: Yonhi Lescano y Rafael López Aliaga. Keiko Fujimori no llegaba al 10% de expectativa de voto. Pedro Castillo no superaba ni el 5% y su presencia parecía puramente testimonial, recuerdo de aquel hombre que lideró a los sindicatos de enseñanza durante la huelga de maestros de 2017.

Sin embargo, llegó abril y Castillo empezó a subir como la espuma: a sólo una semana de las elecciones, Ipsos daba prácticamente un quíntuple empate en torno al 10-12%. Siete días después, Castillo superaba a todos los candidatos con un 18,9% de los votos, más de cinco puntos por encima de, una vez más, Keiko Fujimori.

Pese a empezar por debajo de su rival, Keiko sumó apoyos y llegó a colocarse unas décimas por delante

Si existe una definición de "ahora o nunca", se podría aplicar a esta situación para Fuerza Popular y la propia Keiko. Asustados ante el perfil claramente izquierdista, sin matiz alguno, de Castillo, las élites peruanas decidieron aliarse por primera vez en 30 años con el fujimorismo. Así, la citada intervención de Vargas Llosa que parecía desnivelar la balanza.

Pese a empezar la campaña unos tres puntos por debajo de su rival, Keiko siguió sumando apoyos de campos centristas y llegó a colocarse unas décimas por delante. Lo peor que podía pasar, para el país y para la candidata, era otra derrota agónica, otro recuento eterno, otra ristra de acusaciones de fraude y otro país roto por la mitad.

Eso, exactamente, es lo que ha sucedido. Fujimori ha vuelto a rozar la victoria y ha vuelto a perder por la mínima: según el último recuento de la ONPE, al 99,75% de escrutinio, Castillo cuenta con un 50,19% de los votos por un 49,80% de su rival. Las impugnaciones de actas se suceden pero la evidencia es la misma: da igual el rival, dan igual los nombres, dan igual las ideologías. Cada elección en Perú es un plebiscito a favor o en contra de Alberto Fujimori en la persona de su hija. Y su hija, sistemáticamente, pese a las crisis, las detenciones injustas, los tejemanejes, el recuerdo de la dictadura, la traición a la madre... tiene el apoyo exacto de la mitad menos un puñado de peruanos.

Pedro Castillo hablando a sus seguidores. Reuters

El problema es que la mitad más el puñado restante están en su contra. Y votan a Castillo como votan a Humala o a Kuczynski o al que haya. Quizá estas elecciones han sido las más duras dialécticamente: los veinte años de distancia y la "legitimación" de los sectores liberales han hecho que Keiko saque más pecho por su padre del que se habría atrevido en otro momento. Por su parte, Castillo llegó a afirmar que él no era de los que dejaba que torturaran a su madre, en clara alusión a la situación de Susana Higuchi.

Salvo giro improbable de última hora, cualquiera diría que la carrera de Keiko está acabada... pero es Keiko. Puede que el fujimorismo derive ahora en otra cosa. En una especie de liberalismo más convencido, más en la línea de Chile, Colombia o la oposición venezolana. Imposible de saber.

Si Castillo resulta tan batallador como parece, las élites querrán una oposición firme y presentable internacionalmente. El apellido Fujimori sigue sonando demasiado mal en demasiados sitios y eso puede ser un problema. Ahora bien, si hay que resistir, nada mejor que una superviviente. Que nadie espere una cuarta resurrección no quiere decir que no vaya a producirse. En qué forma, está por ver. Todos los culebrones merecen un último capítulo.

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