Foto: Luis Romero AP/ Gtres

Foto: Luis Romero AP/ Gtres

América ENTREVISTA

"Recuerdo la cara de las 27 personas que maté"

"Me arrepiento todos los días". Habla un expandillero que se define como un "solvente asesino". En esta entrevista explica cómo funcionan las maras en El Salvador y cómo logró salir de prisión y dejar atrás su vida de asesino.

San Salvador

A Mike, nombre ficticio, la vida le sucedió de la siguiente manera: nació en el seno de una familia humilde en una colonia de El Salvador donde se instaló la pandilla; de niño jugó con los miembros de la pandilla; de adolescente los amigos le pidieron si quería seguir "jugando" con ellos, que se uniera a la pandilla; pasó drogas y armas por la pandilla; mató a un tipo para entrar en la pandilla; asesinó a 26 personas más por la pandilla; se hizo el jefe de su pandilla; empezó a robar a su pandilla; fue delatado por su pandilla; le torturaron los policías para que él delatara a su pandilla; delató a sus compañeros para evitar que en el penal lo asesinaran los miembros de su pandilla; huyó de la pandilla y hoy, arrepentido de tanto horror, sabe que si le encuentran... le matara su pandilla.

Esta es la entrevista a un marero, un "solvente asesino" como él mismo se define:

¿Cómo fue su vida? ¿Tiene hermanos, estudios?

Tuve una vida normal con mi padre, madre y hermanos. El factor económico era horrible, cuando tuvimos refrigerador en casa yo tenía 18 años.

¿Cómo entra en la pandilla?

El porqué me lo sigo preguntando a estas alturas de mi vida. Tenía vecinos y hermanos que jugaban a lo mismo y no fueron parte de la pandilla y yo sí. Quizá de una necesidad de autoestima. Yo tenía 14 años.

En su barrio existía esta pandilla...

Estaba rodeado de la pandilla 18. Convivía con ellos haciendo favores, fumando marihuana, haciendo compras para hacer parte de la pandilla.

¿Y?

Viene la pregunta: ¿vos quieres ser parte de la pandilla?

¿Decir que no implica algún problema?

No, ninguno, pero decir que no implica que no vengas a sentarte conmigo, no escuches mi plática, no tienes derecho a algunos privilegios de un pandillero.

¿Cuáles son?

Un privilegio es ir a la escuela y un tipo rudo me quiere golpear. Llega la pandilla, 15 o 20, los que sean necesarios, y al tipo lo van a golpear o hasta más. La protección es un beneficio, el respeto o miedo de la gente es otro beneficio.

¿Qué tuvo que hacer al entrar?

Lo primero es ir a postear. A la pandilla le gusta que seas menor de edad. El menor de edad puede mover un arma, la droga... Si me cacha la policía no me va procesar. Lo máximo voy a estar seis días y de nuevo a la calle.

¿No tuvo que hacer los rituales de entrada en los que deben aguantar una paliza o matar a alguien?

Eso es cuando ya eres brincado. Antes del brincado es el punto más importante. Para hacer el brincado debes matar.

¿Cómo se produce ese momento?

La pandilla casi siempre tiene perfiles, sabemos los enemigos. El peor enemigo de la 18 es la MS. Nos conocemos, vive en una colonia que hay MS, va tatuado y a ese hay que matar. Y tengo que ir por la noche a esa colonia.

A la pandilla le gusta que seas menor de edad. El menor de edad puede mover un arma, la droga... Si me cacha la policía no me va procesar

¿Le dijeron una persona?

Sí.

Y cuando se lo dijeron, ¿tuvo dudas?

En el momento que estaba con ellos no, me siento acuerpado. Vamos, y vamos ya si es posible. Yo lo tengo identificado, él vive cerca de donde vivo. Conozco todos sus movimientos, quiero ir ya. Pero la situación va a ser por la noche. A mí se me da la orden por la mañana y solo en mi casa sí comienzo a tener dudas.

¿Las tuvo?

Sí, pensé para dónde me voy a ir, si alguien me mira, si llega la Policía, si me arrestan...

¿Tuvo alguna duda ética sobre el hecho de matar a alguien o era sólo un enemigo?

Eso es lo que te meten y digo te meten porque desde que uno comienza a hacer favores te meten esa idea de que ahora que eres parte de la pandilla tienes enemigos y la única forma de seguir viviendo es matando si no vos a ser la víctima.  Si yo no mato a este tipo él me va a matar mañana a mí. Entonces ya no existe aquel valoración de la vida de él, me importa poco porque lo veo como un enemigo que me va a matar a mí si yo no lo mato.

¿Lo hizo?

Sí.

¿Cómo?

Con una pistola.

¿Después de eso hizo el brincado?

Eso sí la pandilla da el OK y dice que tienes el valor y puedes formar parte.

¿Puede pasar que aunque mates no lo acepten?

Hay algunos que hicieron algo y se les vio cierta actitud de temor y no les brincaron. Tuvieron que matar, iban acompañados por otro miembro veterano y no les vio la actitud.

En su caso hizo el brincado, ¿no?

Sí.

¿En qué consiste el brincado?

Uno es golpeado en todo el cuerpo, lo único que respetan es la cara y las partes sensibles. Le golpean a uno entre tres homeboys, personas ya brincadas. No puede participar ni estar presente alguien que no esté brincado. Está también el palabrero que cuenta los 18 segundos.

¿Que siente durante esos 18 segundos?

Hay bastante adrenalina, no hay dolor. A veces se complica porque el palabrero puede contar como le dé la gana. Él puede decir uno y en lo que se termina un cigarrillo decir dos.

¿En su caso cómo fue?

Siento que fue rápido, fueron 18 segundos. Quizá más rápidos que el reloj. Hay veces que se usa como castigo porque alguien infringió una norma y cuentan como les da la gana. 18 segundos pueden durar cinco minutos. Yo me pude defender, abracé a dos tipos y sólo me pegaba uno en mi espalda

Pasa entones a ser parte de la pandilla y a ser un soldado a las órdenes del palabrero, ¿qué labor tiene?

Ya no posteas ni mueves armas o drogas.. Ya no se puede dar mucho color, el homeboy se tiene que cuidar de la Policía.

Y entonces, ¿cual era su labor dentro de la pandilla?

Seguir matando.

¿Cuántas personas ha matado?

Unas 27.

¿Recuerda las caras de las 27 personas?

Sí.

Me arrepiento todos los días de la muerte de todos. Independientemente de si eran contrarios, si me hubieran querido matar, a cuantos mataron ellos.

¿Cuando recuerda esas caras, en su cabeza, alguna ha significado algo especial o todas eran iguales?

No eran todas iguales. Se dieron algunos casos donde eran vecinos, había algún vínculo de amistad, pero tenía antecedentes malos con la pandilla y había que matarlo.

¿La orden de matar se la daba el palabrero?

La regla ya está establecida. Primeramente mi enemigo es el MS y otras pandillas que existen como los Mao Mao, Maquina y Mirada con los que también hay que acabar. El peor enemigo es el MS, son muchos.

Además de ellos hay muchos a los que quitar la vida, se les llama piedra de tropiezo. Es una persona que no está de acuerdo, que llama a la policía cuando estamos reunidos, que está estorbando a la pandilla.

Para entenderlo, serían los civiles, ya que ustedes son soldados, que llaman a la policía, el comerciante que no les paga la renta...

¿Le tocó matar a alguno de esos?

No.

¿Siempre fueron pandilleros los que mató?

Sí, tenían vínculo o eran de la pandilla.

¿Mujeres y niños?

Hubo una mujer pandillera. Niños no.

¿Hay alguna vez que se haya arrepentido de la muerte de alguno?

Me arrepiento todos los días de la muerte de todos. Independientemente de si eran contrarios, si me hubieran querido matar, a cuantos mataron ellos... eso no me importa. Hoy lo veo diferente y siento que yo no tenía el derecho para quitarle la vida a ninguno.

¿Tuvo contacto con el entorno de alguno? Dice que algunos eran vecinos...

No tengo contacto, pero sí he visto y de repente te los chocas por la calle o en un autobús y toca esconderse.

¿Ellos saben que había sido usted?

¿Tuvo novia dentro de la pandilla?

Sí, pero no era de la pandilla.

¿Cómo lo vivía?

Uno tiene muchas novias, pero una es la principal. Todas las chiquillas quieren estar con uno por protección. La novia se siente protegida y con un estatus.

¿Las pandilleras tienen que tener relaciones sexuales con todo el grupo?

No y ninguna es violada. Siempre se respeta a la novia o mujer de un homeboy. Hay chicas que son afines y quieren estar sólo vacilando con la pandilla. Si alguna quiere tener algo puede, pero ninguna es obligada.

¿El rito de iniciación de ellas es mantener relaciones sexuales con los pandilleros?

Eso era en un principio, de los primeros pandilleros de los 90 hasta 2002. La mujer tenía que tener relaciones con 18 homeboys. Era porque no podía ser golpeada por tres hombres, le hubiera causado bastante daño. No había bastantes mujeres, pero cuando fue creciendo el número de homegirls ya el ritual cambió. La que entraba, si la clica [una sección de la pandilla] tenía tres homegirls, ya podían golpearla. Para 2004, si una clica sólo tenía dos mujeres otra clica le podía prestar una para que la iniciación no fuera tener relaciones sino ser golpeada.

¿Hasta dónde llegó en su 'clica'?

Llegué a ser palabrero.

¿Cómo sucede?

La labor del barrio es matar y matar. Hay diferentes actitudes, en aquel momento mi adrenalina era tal que me importaban poco las consecuencias. Yo iba a seguir. El promedio de alguien que mata es cinco o siete rivales y cae preso. Yo llevaba 15 y todavía seguía en las calles. Yo era de los que cuando el palabrero mío decía hay que ir donde fulano a matarlo, yo levantaba la mano y decía voy, ahora, ¿cuándo vamos? Yo tomaba la iniciativa. Entonces hubo un operativo de la policía donde el palabrero de mi clica cae preso. En ese momento hay que nombrar a alguien.

Yo me estaba gastando cada fin de semana 1.500 dólares en una discoteca. En cocaína, prostitutas, alcohol... Era un desorden horrible.

¿Cómo se hace?

La propia clica decide, hay que hablar dentro del penal. En el penal siempre va a haber alguien de mayor rango.

¿Le nombra un preso?

El palabrero habla con su palabrero dentro de penal y le dice este tipo tiene cualidades. Ellos luego hablan para fuera.

¿Las pandillas se dirigen desde los penales?

Sí.

¿Hay un gran líder por encima de todos en Barrio 18?

No, depende de cada ubicación.

¿El pandillero gana dinero? ¿Se vive mejor que en la calle?

Es complicado. No todos los pandilleros viven bien. Yo sí vivía bien porque me tomaba de manera personal la renta. Por ahí se vendía un poco de droga, se comercializaban armas y eso me lo quedaba yo sin decírselo a nadie. En el barrio que predomina la pandilla está prohibido robar o ponerle extorsión a las tiendas pequeñas. Sólo al que entra y sale lo vamos a extorsionar, pero lo que pasa es que le gente por temor se acerca: "Aquí te dejo para la comida". Antes de que yo le ponga una extorsión él llega y me da. Yo no lo estaba reportando a la pandilla y así me hacía con mucho dinero.

¿Cuánto?

Más de 2.000 dólares al mes.

¿Y un 'homeboy' normal cuánto gana?

No hay un número. El palabrero, que era yo, lleva un fondo de la pandilla que es reportable. Camiones grandes como la Constancia sí tenían que dar una cuota. El transporte colectivo tiene que pagar una cuota por pasar por la colonia y eso lo sabía toda la pandilla. Y ese dinero lo tenía yo, era una situación transparente que cualquiera lo podía ver. Yo tenía que ver la necesidad de cada uno.

¿Usted repartía?

El homeboy no pide. Cada quien hace su rebusca. En la colonia que vive no puede robar, pero si en otra colonia. Si existe la necesidad de que un homeboy necesita zapatos, hay que comprarle zapatos o si lo echa su familia de la casa hay que ver de que manera se le alquila una casa y comprarle un colchón o una cama. Esas necesidades se cubren con el dinero que se reporta.

¿Qué pasa para que decida romper y marcharse?

Lo que pasa es que todas estas situaciones que no reportaba se fueron dando cuenta, pero no había nadie con la solvencia de asesino que yo tenía para reclamarme. Nadie me podía decir nada porque yo les decía que yo me lo ganaba matando y que nadie mataba más que yo. El problema fue que un día caí preso. Yo no quise llegar al penal donde estaban los demás homeboy porque allá si no me iban a decir así como vos mataste no te vamos a castigar.

Se sabía todo lo que hizo.

A esas alturas de mi vida todos sabían que yo me estaba gastando cada fin de semana 1.500 dólares en una discoteca.

¿Se gastaba ese dinero en drogas, prostitutas...?

En cocaína, prostitutas, alcohol, era un desorden horrible. Yo gastaba un dinero que para la pandilla hubiera ido para armas, por ejemplo. Eso era algo gravísimo dentro de la pandilla y yo tuve miedo y decidí irme a un penal de civiles. Eso ya es grave dentro de la pandilla, en ese momento yo me comporto como un civil y le estoy dando la espalda a la pandilla, puede ser mi cabeza la que va a rodar por eso. En ese momento la decisión está tomada, no podía yo después de haber tocado un penal civil irme donde ellos, me iban a matar.

En el penal me pegaron fuerte y en una ocasión me asfixiaron con una bolsa de plástico.

¿Usted decide si va a un penal civil?

En este país sí. Yo no tengo ningún tatuaje y podía aparentar. Cuando yo caigo preso estoy fichado por la policía pero no por el sistema carcelario. Me preguntaron y yo les dije que no pertenecía a ninguna pandilla.

¿Por qué le detienen?

Siete homicidios, extorsión, agrupación ilícita, líder de pandilla, secuestro, privación de libertad.

¿Le enganchan cuando está cometiendo un delito?

No, a esas alturas tenía ya siete órdenes giradas. Yo ya había huido de operativos. Por los techos me corrí en dos ocasiones. La policía me iba buscando por mar y tierra. Y no tenía nada que perder. Seguí en la calle, fregando, con el vicio y gastando el dinero. En una de esas caí de manera tranquila, sorpresiva.

¿Iba armado?

No.

¿Por qué no se había hecho tatuajes?

No era obligación hacerlo y cuando uno es palabrero conoces algunas situaciones y te das cuenta de que no vas a vivir toda la vida de la pandilla, que no es todo color de rosa como te lo habían pintado al principio. Te das cuenta de cuanto te habían estado robando, haciéndote creer que todo es lealtad, que este dinero es de toda la pandilla y te das cuenta que otros están robando más que vos.

Volvamos a la cárcel. Se da cuenta de que está sentenciado a muerte en la cárcel, que ya no puede volver, ¿qué decide hacer?

[Mike se queda en silencio y me hace un gesto para que apague la grabadora, no quiere que grabe esta parte de la historia].

Estaba procesado, me sentí agobiado y la Policía vino hablarme.

¿Le proponen un trato?

La primera visita fue dentro del penal y todos sabían que yo hablaba con la Policía. Me pidieron datos de homicidios, detalles, y me dejaron un mes dentro entre la espada y la pared mientras verificaban si era cierto. El resto de gente del penal me comenzó a mirar mal. Un sapo es un sapo en cualquier lado y debe morir. Cuando comprobaron que era cierto me llevaron a una celda pequeña 11 meses. Creí en la palabra de ellos, de algunos agentes. Se detuvo a mucha gente por lo que yo hable.

¿Le torturaron?

Me pegaron fuerte y en una ocasión me asfixiaron con una bolsa de plástico.

¿Cuando era palabrero tenía relación con policías?

La pandilla no compra policías pero sí negocia con ellos. El agente te detiene por 72 horas por agrupación ilícita y luego sales, generalmente te piden algo a cambio por dejarte ir. Cuando fui palabrero regalé más de 200 teléfonos móviles a policías.

¿Tras hablar le dejaron libre?

En 2013 me soltaron.

¿Tiene miedo de represalias de tus excompañeros?

Mucho, quiero irme del país. Me cambié de ciudad, vivo lejos, pero sé que estoy marcado y si me encuentran me matarán.

¿Se siente un traidor?

No me siento un traidor. Hoy no me familiarizo con las pandillas, sería mejor que no existieran. A mí me detuvieron porque me traicionó uno de mi clica.

Yo me veo con familia, casa propia, un carro. Una vida normal.

¿Cree que le matarán?

Hoy la prioridad para ellos es su lucha con los policías, supongo que yo pasé a un segundo plano. Ahora se están juntando tras la tregua para combatirlos. Ya conviven distintas pandillas juntos en los penales.

Con todo lo que ha hecho, ¿se siente una mala persona?

Cuando me autoanalizo, que era una palabra que yo no conocía, siento que por dentro no era mala persona. Ahora intento hacer las cosas lo mejor que puedo pero claro, alguien bueno no mata a 27 personas.

[Pide que apague de nuevo la grabadora al hablar de su vida actual].

¿Ha cambiado?

Los policías me decían que no iba a cambiar, que cuando volviera a la calle sería igual, pero yo demostré que soy ese caso entre mil. Hoy pienso que si no es mío no tengo porque tomarlo y así me arrepiento de la vida. Si no eran mías esas vidas por qué las tuve que quitar, porque fui yo el que dije si este muere o este no.

¿Cómo se ve en 15 o 20 años? ¿Se ve con familia o ve que le habrán podido matar?

Cabe la posibilidad, pero yo me veo con familia, casa propia, un carro. Una vida normal.

Si tiene un hijo, ¿se atrevería a contarle su vida?

Cuando yo considere que tiene la capacidad de escucharlo porque son situaciones muy fuertes que le pueden impactar, pienso que sí. Se lo puedo contar para dar el ejemplo de lo que no se debe hacer y de que cuando uno quiere cambiar las cosas, se puede.

Entrevistar a un solvente asesino

Ha pasado ya un tiempo largo de aquel encuentro con el "solvente asesino", así se definió mi entrevistado. Fui a El Salvador a encontrarme con él, quería entrevistar a un marero que hubiera tenido una relevancia dentro de su pandilla. Pretendía entender y explicar tanta mierda, tanto odio, tanta muerte y abuso en uno de los lugares más violentos del mundo. Había estado ya una vez en El Salvador meses atrás haciendo un reportaje en la cárcel de mujeres de Ilopango. La gente de este país me pareció entonces especialmente agradable, en ese lenguaje dulce centroamericano, ese quehacer generoso y ese sobrevivir ajeno al cabrón mundo en el que nacieron acorralado por el hambre y la violencia.

Ahora regresaba a acercarme más a esa obscena realidad de las maras. Primero estuve patrullando con policías municipales en San José de Guayabal, un pueblo con un alcalde que se juega cada día la vida para luchar contra los criminales; entrevisté a una madre y un padre que lloraban frente a mí con desesperación recordando como asesinaron a su hijo de 14 años a pocos metros de su casa, en su colonia, de la que tuvieron luego que huir ellos para salvar la vida; me reuní con el actual presidente del parlamento de El Salvador, Guillermo Gallegos, un político que aboga por instaurar la pena de muerte para luchar contra aquella lacra; acudí a la inauguración de una escuela en la Colonia de Soyapango donde había decenas de militares cuidando las escalonadas calles entre pintadas en las paredes de la Mara Salvatrucha. Ese día pude hablar con el ministro de Justicia que ejerció de político subrayando la normalidad de que allí se reabría una escuela, "no será tan peligroso", me dijo, y obviando que había más soldados y policías que escolares.

Sin embargo, me quedaba escuchar a los malos, a los que matan, y eso fue complicado conseguirlo. Finalmente llegó el día. Toda aquella entrevista pasó deprisa. Lo primero fue encontrar un lugar seguro dónde poder hacer la charla. Decidimos que sería en mi hotel. Vino con Juan, la persona que negoció el encuentro. Vino en moto. Con el casco nadie lo reconoce y no ser reconocido es lo que le permite seguir vivo. Se sentó. Era un tipo afable, educado. Su discurso era muy estructurado. Su lenguaje era correcto. No llevaba tatuajes. "Los mareros hoy ya no los llevan para que no los identifiquen", me dice. Tomamos un café yo y un vaso de agua él.

Me exigió de nuevo que no hubiera fotos (ya me había dicho Juan que esa era la condición previa). Puse la grabadora. Empecé la entrevista sobre su vida en un ambiente distendido. Se me olvidó por momentos quién era y qué había hecho mi entrevistado. De alguna manera tuve una cierta empatía hacía una vida que parecía conducir obligatoriamente a que se convirtiera en un asesino. Como si él no fuera culpable, como si aquellas muertes no fueran sólo suyas y fueran un poco de todos.

Yo bajaba algo la voz si hablábamos de muertos, con una cierto temor a que le descubrieran. Él bajaba entonces el tono creo que por imitarme. Me fue narrando todo. Me pidió que apagara la grabadora cuando me dio detalles más precisos primero de la mara y después de su vida actual. Me pidió que eso no lo publicara porque aún lo persiguen y no quiere dar pistas de dónde se esconde. Me quedé con la duda de a qué se dedica realmente ahora. Evité preguntar por detalles morbosos de sus crímenes. Llegué a sonreír en algún momento. Entonces, en medio de aquella entrevista tan dura como afable, soltó aquella frase lapidaría: "Yo era un solvente asesino".

Desperté de un bofetón de realidad. Aquel salvadoreño agradable que estaba en mi cuarto sin que nadie supiera nada era un asesino que había matado a 27 personas, que le había destrozado la vida a 27 familias. Al poco me levanté y me fui al baño. Miré la mesa que estaba junto a la ventana. Estaban a la vista mi cartera, el ordenador y la cámara de fotos. Fue una sensación rara, pero no fue miedo. Lo que había en aquella mesa era más dinero del que él necesita para poder salir a México o Nicaragua. Regresé. Él seguía sentado. Bebió un poco más de agua y se levantó para irse. Me pidió un dinero para la gasolina de la moto y me dijo que había aceptado hablar porque pretendía cambiar su vida. Sentí real sus palabras. Me dio la mano y lo vi marchar. Al verle de espaldas me pareció frágil. Me pareció frágil un hombre que había matado a 27 personas. Sentí cierta vergüenza y remordimiento de pensar eso.