Manifestantes vestidos con chalecos amarillos bloquean el acceso a la refinería de Frontignan.

Manifestantes vestidos con chalecos amarillos bloquean el acceso a la refinería de Frontignan. Efe

Tribuna

¿Quiénes son, de verdad, los Chalecos Amarillos?

El autor reflexiona sobre el movimiento francés mediante tres observaciones y otras tantas preocupaciones.

Esta es la transcripción del discurso pronunciado por el filósofo Bernard-Henri Lévy en la clausura de la Convención Nacional del Consejo Representante de las Instituciones Judías en Francia (CRIF), el domingo 18 de noviembre. En este texto profundo y bien argumentado Lévy explica por qué la ira no puede tener todos los derechos en la República, y las grandes reservas que le inspira este movimiento.

Les voy a hablar sobre lo que ocurrió ayer en París y otras partes de Francia.

Les voy a hablar sobre los Chalecos Amarillos, porque tanto este asunto como el título de su Convención tienen que ver con lo mismo: el destino de la República.

Tres observaciones preliminares.

La primera: es incuestionable que ayer pasó algo

Los comentaristas han repetido que un movimiento auto-organizado, sin una reivindicación clara, unido por un amalgama de descontentos contradictorios dio lugar al nacimiento forzoso de un no-evento.  

Y bien, yo no lo creo.

Porque ese esquema (amalgama de reclamos y cóleras) es exactamente el mismo del que hablaba Sartre cuando describía el paso de los "revolucionarios" de un grupo serial a uno que fusiona las distintas serialidades en 1789.

Y en ese grupo fusionado donde, como su nombre lo indica, las identidades, los orígenes y los intereses contradictorios están fusionados en un solo cuerpo que parece estar animado por un alma y una voluntad que le son propias. Sartre es muy claro sobre esto: es el grupo por excelencia; un actor político importante; y su aparición es, casi siempre, el comienzo de un Evento con mayúscula de largo alcance.  

Entonces, sí, la aparición de los Chalecos Amarillos es un evento de esta naturaleza.

Tal vez es un evento "malo" porque puede acarrear resabios ideológicos que no les gusten. Pero es un evento y sería irracional negarlo o tratarlo con desprecio.

Segunda observación preliminar

Este movimiento también es, por supuesto, una llamada de socorro

Un chaleco amarillo, como saben todos los conductores de Francia y Navarra, es un chaleco con bandas fluorescentes que las normas de seguridad vial exigen tener en el coche desde hace diez años. Todos los tenemos para, en caso de alguna avería o accidente, estar visibles en la calle y hacer de esta visibilidad un llamado de socorro.  

Por esto, debemos tomarnos en serio el hecho de que los Chalecos Amarillos hayan elegido este signo para manifestarse

Habrá que hacer una fenomenología del chaleco amarillo como la que hizo Sartre de los "revolucionarios" o como la que Roland Barthes hubiera podido hacer de una de sus Mitologías

Y, antes de interesarse por el hecho de que los Le Pen y Mélenchon ven este evento como una sorpresa divina, y antes de preguntarse cuál es la proporción de estos manifestantes que votó por los partidos de la Francia populista, hay que decir esto: 

Los Chalecos Amarillos son los accidentados de la globalización

Son hombres y mujeres sin trabajo, reconocimiento y respeto. 

Y esa elección de chaleco es la manera que tienen de lanzar una llamada de socorro, un SOS, en plena noche. 

Tercera observación preliminar

Ésta es que esa llamada de socorro, ese SOS, hay que escucharlo y recibirlo de manera imperativa, a pesar de cualquiera de sus repercusiones.

Es deber del poder político y, de una manera general, de los que llamamos las élites, los más pudientes o los más acomodados... en suma, de aquéllos a los que no les afecta mucho el precio del diésel porque se mueven en scooter por un París que se convierte a la ecología y se vacía progresivamente de sus pobres. Porque, para cambiar de registro y pasar de la seguridad al clima, la alerta amarilla no es sino una advertencia de primer grado. Después vendrá la anaranjada. Y, por último, la roja. Cuando llegue la alerta roja será tarde porque el tejido social estará roto y los más pobres no podrán realmente hacer nada más.

Y es, de forma accesoria, el deber de los que están aquí esta noche. Porque si hay algo que nos ha enseñado nuestra historia milenaria es la necesidad de mantenerse fiel a esta difícil pero esencial lección expresada, como saben, en un versículo: "Ustedes conocen el alma del extranjero", donde la palabra "extranjero" significa migrante, pero también excluido, e incluye al que no puede mucho más, a ése que está tan cerca de agotar sus fuerzas y se ha convertido en un extraño para sí en su propia casa.

Por esto, tenemos que empatizar con ese sentimiento, fundamentado o no, de abandono y desarraigo.

Debemos evitar decir: "Escondan a ese pueblo que no lo puedo ver".

O: "Echen a esos chalecos amarillos que apestan a diésel".

Lo peor, lo más criminal y suicida para la sociedad sería actuar como si nada, como si no los hubiéramos escuchado. 

Tres preocupaciones

Después de lo dicho, voy a lo esencial.

No sé cuál será el futuro de este movimiento, ni siquiera sé si tendrá alguno.

Pero, para todos los efectos, quiero formular tres preocupaciones.

La primera es que al lado de la angustia está la cólera y cuando ésta entra en política se convierte en algo mucho más complicado.

Por decirlo rápido, hay iras magníficas y generosas que hacen crecer a las personas y a los pueblos; y hay iras nocivas que tienden a destruirlos y alimentar lo peor que hay en sus memorias.

¿La diferencia?

Los griegos tenían dos palabras para referirse a la cólera. A la buena la llamaban "orgè": la de Aquiles, "más dulce al paladar que la miel"; o la que describe Aristóteles en su Ética a Nicómaco como "provocada por la injusticia", a la que hoy llamaríamos indignación. A la otra cólera, la mala, la llamaron "thumos" y es la que vemos, por ejemplo, en el horrible Calicles de Platón; o de la que Crisóstomo dice que si Dios la ha encerrado en la caja en su pecho es porque "es como una bestia feroz que, sin esto, nos laceraría". No excluyo que en nuestro lenguaje moderno esta segunda cólera pueda ser lo que llamamos "resentimiento".

El Gobierno ha generado el descontento ciudadano al decretar un alza de los impuestos a los carburantes.

El Gobierno ha generado el descontento ciudadano al decretar un alza de los impuestos a los carburantes. Efe

Los judíos también hicieron una distinción entre dos tipos de cólera que, traducidas en la lengua septuaginta, se encuentran, como por azar, con las dos palabras griegas.

De un lado, la cólera de los profetas; más tarde, la de San Pablo que usó para exhortar a los judíos convertidos al cristianismo a no "dejar que el sol se acueste si están sumidos en cólera". Es, en una palabra, esa generosa cólera que Nietzsche, en un pasaje célebre de su Aurora llama "cólera santa" y de la que los judíos y cristianos transmitieron al mundo su "majestad oscura" que eclipsa la ira tibia y suave de los que él llama la irresponsable "segunda mano".

Del otro lado está la cólera que el libro de los Proverbios describe como una "locura" que "expira todo su aliento"; la de los egipcios que, en vez de comprender a la primera, como Aarón, que al golpear el mar sólo salen ranas, y que, aunque le vuelvan a pegar una y otra vez como hombres sordos llenos de cólera, el único resultado será una inundación de ranas en todo el país. También la escenificó el rey Herodes cuando decapitó a todos los recién nacidos en Belén. En resumen: del otro lado está la cólera malvada, absurda y criminal que destruye todo, primero la inteligencia. Y por esto, Talmud dice que es uno de los nombres de la idolatría

En cuanto a los Modernos, es suficiente tomar un gran texto como el Tratado de las pasiones del alma de Descartes, que es mucho más sutil en este punto que Spinoza, que también reconoce que hay diferentes iras. Primero, la buena, sana y justa, que -cito de memoria- tiene la triple propiedad de ser:  breve; fundada en el amor y la empatía; y de una naturaleza que eleva el alma. Y luego, en el artículo siguiente del Tratado (de memoria, el 202...) muestra que esta otra ira que tiene las tres propiedades contrarias: larga o incluso interminable; resultado no de empatía sino del odio hacia los demás y, a menudo, hacia uno mismo; y de naturaleza oscura y destructora del alma del sujeto.

Es lo mismo en la política

Hay una cólera que eleva y otra que arruina

Hay una cólera que hace que nos queramos y sintamos más solidarios, fraternales y abiertos hacia los demás; y otra que hace que las personas se encierren en sí mismas.

Existe una cólera que, ayer contra los especuladores del trigo y hoy contra los que manipulan los precios del petróleo, defiende el bien público y, no contenta con proteger el derecho, inventa nuevos. Y está la cólera que se burla del Derecho, y le da igual el Bien Público. Ésta no tiene nada que hacer en la República. 

Entonces, ¿cuál es, desde este punto de vista, la cólera de los Chalecos Amarillos?

No tengo ni idea. Pero cuando los veo romper, bloquear, entrar en una Prefectura y saquearla; cuando veo a algunos incendiar los coches como en los disturbios de noviembre del 2005; cuando por fin los escucho; cuando comprendo la tonalidad nihilista de algunos de sus reivindicaciones, me surgen las dudas más serias

Segunda observación: el pueblo

¿No es el pueblo quien se expresa?

Y, ¿no tenemos, en una democracia, el deber sagrado de ponernos del lado de la gente?

Sí y no.

Creo que debemos tener el coraje, de una vez por todas, para decir que la democracia es la soberanía del pueblo, el respeto de sus voluntades, etc.; pero no sólo eso. 

Primero, no hace falta decirlo, porque la gente se equivoca y debería, en este caso, castigarse como lo haría con cualquier otro soberano. Pero también porque la democracia es mucho más que respetar la voz de la mayoría de las personas. El pueblo soberano debe, en la medida en que sea, repito, el Soberano, respetar escrupulosamente estos otros mandamientos, estos otros grandes principios que nos hacen vivir, no en la tiranía, sino en la democracia. ¿Algunos ejemplos? Los derechos del resto de las personas y, en particular, de las minorías; o la seguridad, dada a cada persona, de nunca ser puesto en la posición de "enemigo del pueblo"; o algunos principios básicos como la capacidad de circular, de expresarse libremente o escuchar a los periodistas hacer su trabajo de forma correcta….

Los griegos también tenían dos palabras diferentes para decir "el pueblo". Decían "démos" para referirse al pueblo de la Democracia; y "ochlos" para el pueblo que consideraban deforme y parecido a un mal soberano con el que no habría ninguna razón, lo digo de nuevo, para no ser tan severo como con los soberanos habituales, es decir, los reyes, tiranos o los aprovechados de pueblo como tal. 

El pensamiento judío es lo mismo. Tiene el mayor respeto por la gente siempre que no abuse de su soberanía y por todo eso, por ejemplo, respeta los principios promulgados en el Sinaí. Pero el otro pueblo, el que no respeta más que a sí mismo, el que dice "somos el pueblo y porque somos el pueblo tenemos todos los derechos, absolutamente todos, para comenzar, el de romper la Ley", bueno, ese pueblo, queridos amigos, me permito señalarles que es contra el que se desata la santa ira de Dios.

Hay una historia famosa que lo cuenta muy bien y que todos ustedes conocen. Es la historia, de Korah en el Éxodo. Es primo hermano de Moisés por ser hijo de Hishar, hijo de Kehat, hijo de Levi, a quien llamamos Coré en francés y quien, aprovechando la ausencia de Moisés, partió nuevamente a la montaña para hacer su decimoctava negociación con Dios.

Movilizó a unos cuantos centenares de hombres; los excitó contra Moisés y Aarón, a quienes concedieron todos los poderes y les dijo: "Ustedes que están aquí al pie del monte, tribus de Israel aquí reunidas, ustedes que están en apuros, no pueden esperar a que Moisés termine su interminable reflexión, ustedes deben saber que toda la asamblea es santa”.

Ya sabemos cómo termina la historia. Moisés, desenmascarando el golpe y descubriendo a estas personas que piensan que basta con ser una asamblea para que esta asamblea sea santa, logra el milagro más grande de la Torá, ya que obtiene de Dios, para reparar el crimen, una bría hadacha, un evento que nunca ocurrió y que marcará, junto con su victoria, la magnitud del crimen que quiere castigar -consigue que se abra una boca de la tierra y que, como en una Creación en sentido inverso, envuelva, todo crudo y vivo, Korah…

Y, en cuanto al pensamiento moderno de la Política, éste ha procurado hacer una distinción entre los movimientos populares que contribuyen al Pacto Social y los que, como en la introducción del Léviatán de Hobbes, lo rompen, lo dejan obsoleto o lo hacen caducar. El ejemplo más célebre es, por supuesto, esos "revolucionarios" descritos por Sartre cuando hizo su teoría del grupo en fusión. Pero Sartre sabe muy bien que la nueva lava termina siempre por congelarse y ese grupo, por degenerar en lo que llama la “Fraternidad del Terror”. Es la Princesa de Lamballe decapitada y cortada, los fragmentos de su cuerpo expuestos en el mostrador del carnicero. Son los carros de los sacerdotes refractarios que van al andamio y cometen los últimos ultrajes. Mi amigo Jean-Claude Milner mostró el horror, el terror y el odio que inspiraron a Robespierre estas masacres de septiembre… 

No es cuestión de esto hoy en Europa, en este inicio del siglo XXI. Pero, reflexionamos o no reflexionamos. O tomamos el evento en serio o lo tratamos con menosprecio y nos quedamos a la espera de que se radicalice o se pudra. Y bien, si, como deberíamos hacer en esta cámara, tratamos de pensar, estamos obligados a decirnos que el grupo en fusión no es un argumento; que el pueblo no tiene, y no puede tener todos los prestigios y poderes; y que las instituciones están hechas, en República, en Democracia y en las Repúblicas bien democratizadas, para limitar los poderes, todos los poderes, de todos los soberanos -incluido aquí el pueblo o esta fracción del pueblo que pretende cubrir la voz de las otras fracciones, bloquear al país y empujar al Presidente a dimitir. 

Una última palabra sobre el slogan: "Macron dimisión", que hemos escuchado por todas partes, y de los centenares de Chalecos Amarillos que se han reagrupado en la plaza de la Concordia que intentaron llegar hasta el Elíseo.

Escuché a los comentaristas decir: "Es increíble… sin precedentes… nunca hemos visto durante la República a la multitud llegar tan cerca de las rejas del Elíseo". 

Esto es inexacto. 

Hay un precedente

Hay varios, sin duda, pero uno en concreto me llega al espíritu. 

Una cosa, ese eslogan “¡al Elíseo!”, que escuchamos durante todo el final de la tarde del sábado y que está siendo retransmitido en bucle por las cadenas de información, es el mismo que el de los sediciosos que empujaban al general Ernest Boulanger a derrocar la República en 1879. 

Es el de los "patriotas" o "insurgentes" que alentaron a Paul Déroulède, otro personaje poco recomendable, a cruzar el Rubicón y derogar, él también, la República diez años más tarde... y casi triunfan. 

Pero el verdadero precedente es el 6 de febrero de 1934 cuando esa procesión de Liguards intentó investir la Asamblea Nacional. Todos lo sabemos, pero es curioso que hemos olvidado que se dirigieron hacia el Elíseo con consignas que no eran muy distintas a las que usan los Chalecos Amarillos hoy. 

Encontré un texto totalmente extraordinario. 

Es mejor que un texto: un reportaje en un periódico francés, pro Croix-de-feu (Cruz de fuego) y Mussolini, que se llama Vu. Este relata, minuto a minuto, esas horas en las que pretendieron buscar al presidente incluso debajo del oro del Elíseo. Ese reportaje está firmado por un buen escritor que acababa de terminar su mudanza al fascismo y se llamaba Pierre Drieu la Rochelle

Neumáticos bloquean el acceso a la refinería de Frontignan.

Neumáticos bloquean el acceso a la refinería de Frontignan. Efe

No tengo el tiempo ni el estómago para leerlo ahora. 

Pero nos lleva directamente a la plaza de la Concordia donde miles de hombres "se ahogaban en los espacios abstractos de la geometría más bella del mundo". Cuenta “las procesiones” y barricadas que se formaron al nivel de la rotonda de los Campos Elíseos, después de la rue Royale, donde se mezclaron "burgueses y jóvenes trabajadores; rebeldes tanto de derechas como de izquierda" incluidos, entonces, los "comunistas". 

Muestra cómo todos desafían las "filas de coches" publicadas a la altura del Hotel de Crillon por "la policía atestada y preocupada", que parece, en un primer momento, abrumada por el evento.

Luego, "el flujo" de hombres que se precipita hacia la rue Royale "tomados del brazos" y repitiendo "¡no tenemos órdenes ni líderes!"

Después, los mismos, que pasando de la timidez a la audacia y cantando La Marsellesa ("bien, por cierto", nota Drieu...), "giran en la rue de Faubourg Saint-Honoré donde observan desde las aceras una franja gruesa de curiosos y tímidos”.

La policía "todavía no se mueve", marchan hasta la esquina de la rue Boissy d'Anglas, y llegan a la calle del Elíseo donde estaba establecido "un pelotón a caballo y tres o cuatro líneas de gendarmes móviles".

Desde el "decimoquinto rango" en el que se encuentra, Drieu vio entonces ese "momento poco creíble", que exalta hasta lo más alto, desde donde alguien grita "¡al Elíseo!" y la multitud de insurgentes retoma la consigna a todo pulmón.

El reportaje termina con una carga de a las fuerzas del orden que no tenía, se debe decir, la sangre fría de las de hoy y que obligaron a Drieu, "preso de un susto fuerte”, a "regresar por la rue de Aguesseau" y "precipitarse con otros a la rue Saussaies”.

La comparación, de nuevo, no está bien

Pero si les cito este reportaje, si subrayo las alucinantes similitudes políticas y topográficas entre esas dos escenas que sucedieron con casi un siglo de distancia, pero que pudieran haber ocurrido el mismo día, es porque puede que las paredes no tengan oídos, pero los adoquines tienen memoria.

Cuando gritamos "¡al Elíseo!" o "¡Macron dimisión!", cuando ("buen chico" o no…) pretendemos forzar las rejas del "Palacio" donde se supone que residen todos los poderes, creo que jugamos con fuego, el de la memoria y el idioma.  

Francia está ahí.

Este movimiento de los Chalecos Amarillos puede dar la vuelta y contribuir a esa reinvención de la política y la ciudadanía que tanto necesitamos. Pero también, a la decadencia de la grandeza de Francia y a prolongar ese adormecimiento de las inteligencias que genera cada vez más monstruos. 

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