Una mujer tomando un bol de yogur y frutas.

Una mujer tomando un bol de yogur y frutas. iStock

Salud y Bienestar

Cristina Barrous, nutricionista: "Una ensalada con ansiedad no siempre es más saludable que una pizza con amigos"

Existe una línea muy delgada entre cuidar la alimentación y convertirla en una obsesión peligrosa.

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Durante años, la conversación sobre alimentación ha estado dominada por una idea aparentemente incuestionable: cuanto más "limpia" sea nuestra dieta, mejor será nuestra salud.

Comer más verduras, reducir los ultraprocesados o cocinar en casa son hábitos con beneficios demostrados. Sin embargo, existe una línea muy fina entre cuidar la alimentación y convertirla en una obsesión.

Paradójicamente, nunca habíamos tenido acceso a tanta información sobre nutrición y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan fácil sentir que estamos comiendo mal.

Las redes sociales han amplificado este fenómeno. Cada semana surge un nuevo alimento señalado como perjudicial, mientras términos como "tóxico", "inflamatorio" o "veneno" se repiten hasta el exceso.

El gluten, los lácteos, el azúcar o los aceites vegetales se convierten cíclicamente en los grandes enemigos de la salud. El resultado es que muchas personas afrontan cada comida con la sensación de estar sometiéndose a un examen.

Deja de ser positivo

En este contexto, cobra fuerza un concepto que preocupa cada vez más a los profesionales sanitarios: la ortorexia. Aunque todavía no está reconocida oficialmente como un trastorno de la conducta alimentaria, describe una obsesión patológica por comer exclusivamente de forma "correcta" o "pura".

El problema no está en intentar elegir alimentos saludables, sino en el espacio mental que esa preocupación acaba ocupando.

Renunciar a una comida con amigos por miedo a no controlar los ingredientes, sentirse culpable después de un helado durante las vacaciones o experimentar ansiedad cuando no es posible seguir las propias normas alimentarias son señales de alerta.

En ese momento, la alimentación deja de mejorar la calidad de vida y empieza a limitarla.

Mujer con atuendo de deporte.

Mujer con atuendo de deporte. iStock

El estrés cuenta

La ciencia lleva años demostrando que la salud depende de mucho más que los nutrientes presentes en el plato. Dormir bien, mantenerse físicamente activo, gestionar el estrés, cultivar las relaciones sociales y disfrutar de la comida forman parte de la misma ecuación.

Comer bajo una presión constante, con miedo o culpa, activa respuestas fisiológicas relacionadas con el estrés que pueden afectar a la digestión, al descanso e incluso a la relación que mantenemos con los alimentos a largo plazo.

Por eso, una ensalada acompañada de ansiedad no siempre resulta más saludable que una pizza compartida con amigos y disfrutada sin remordimientos.

Alimentos "buenos" y "malos"

Nuestro cerebro busca reglas sencillas, pero la nutrición rara vez funciona en blanco y negro.

Clasificar los alimentos en permitidos y prohibidos suele desencadenar un mecanismo bien conocido: cuanto más restringimos un producto, más presente está en nuestros pensamientos.

Esa restricción termina con frecuencia en episodios de descontrol, seguidos de culpa y de la promesa de empezar "el lunes" un régimen todavía más estricto.

Este círculo vicioso explica por qué muchas dietas fracasan. No suele ser una cuestión de falta de voluntad, sino de que las normas excesivamente rígidas son difíciles de mantener en el tiempo.

Microbiota imperfecta

Es uno de los grandes aliados de nuestra salud y tampoco exige una alimentación impecable.

Lo que realmente favorece a las bacterias intestinales es la diversidad. Incorporar distintas frutas, verduras, legumbres, frutos secos, semillas y cereales integrales aporta una amplia variedad de fibras y compuestos vegetales que enriquecen el ecosistema intestinal.

Por eso, una dieta flexible, variada y rica en alimentos de origen vegetal suele ofrecer más beneficios que una dieta extremadamente restrictiva, aunque esta parezca más "limpia" sobre el papel.

Comer es un momento social.

Comer es un momento social. iStock

Comer es social

La comida va mucho más allá de su valor nutricional. Es una forma de celebrar, compartir, mantener tradiciones familiares y conocer otras culturas. Alrededor de una mesa se construyen recuerdos, vínculos y experiencias que también forman parte de la salud.

Cuando la alimentación se reduce a una lista de normas, corremos el riesgo de perder esa dimensión social y emocional.

Quizá el mayor cambio que necesita hoy la nutrición no sea descubrir un nuevo superalimento, sino abandonar la idea de que existe una dieta perfecta.

Una forma de comer saludable no es la que nunca falla, sino la que puede mantenerse durante años. La que deja espacio para la espontaneidad, permite disfrutar sin culpa y entiende que ningún alimento, por sí solo, tiene el poder de definir nuestra salud.