Cuidarse no es sinónimo de un excesivo autocontrol.
Cuando la alimentación 'perfecta' ya no es saludable: las claves de la ortorexia, un trastorno invisibilizado
El llamado clean eating puede esconder dinámicas de control y autoexigencia que acaban afectando gravemente al organismo.
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El auge de las conductas alimentarias rígidas vinculadas a la idea de la “alimentación perfecta” es cada vez más visible en las sociedades occidentales.
Bajo etiquetas aparentemente inofensivas como clean eating o “comer limpio”, se esconden, en algunos casos, dinámicas de control, autoexigencia y miedo que pueden acabar deteriorando la salud física, mental y social.
Lo que comienza como un interés legítimo por cuidarse puede transformarse, casi sin darse cuenta, en una relación tensa y restrictiva con la comida. La frontera entre lo saludable y lo patológico no siempre es evidente, sobre todo en un contexto en el que se premia la disciplina, el autocontrol y determinados ideales corporales.
Del clean eating al comer sin flexibilidad
La dietista-nutricionista María Muñoz Yuste define el clean eating como un estilo de vida basado en consumir alimentos reales, poco o mínimamente procesados, priorizando su calidad y origen, con el objetivo de cuidar la salud y el medio ambiente.
“En sí mismo no es patológico y puede formar parte de una alimentación saludable”, explica, siempre que exista flexibilidad y no interfiera en la vida social, emocional o nutricional.
El problema surge si este tipo de conducta se lleva al extremo. “Cuando se empiezan a clasificar los alimentos en ‘permitidos’ y ‘prohibidos’ y se asocia la salud a la perfección alimentaria, aparece la culpa, la autoexigencia y una relación poco flexible con la comida”, advierte Muñoz Yuste. En ese punto, la alimentación deja de ser una herramienta de bienestar para convertirse en una fuente constante de estrés.
La nutricionista María Muñoz Yuste, en su consulta, Cedida
En los casos más extremos, esta rigidez puede derivar en ortorexia nerviosa, un patrón de conducta caracterizado por la obsesión por comer “correctamente”, pensamientos intrusivos sobre la pureza de los productos y una restricción progresiva de ciertos grupos.
Un trastorno poco visible
La psicóloga sanitaria María Montero, directora del centro Anyre, especializado en trastornos de la conducta alimentaria, señala que este es un problema poco visible e incluso infradiagnosticado. De hecho, a nivel nacional no existen cifras concretas sobre el número de personas que lo padecen.
“No está reconocida como diagnóstico independiente en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR), pero puede encuadrarse dentro de los trastornos de la conducta alimentaria especificados cuando los síntomas generan un malestar clínicamente significativo o un deterioro en el funcionamiento. Pero no cumplen de forma completa los criterios establecidos para casos de anorexia y bulimia nerviosa o trastorno por atracón, entre otros”, aclara.
Para Montero, la clave a la hora de diferenciar una preocupación saludable por la alimentación de una conducta patológica no está tanto en qué se come, sino en el impacto que esa rigidez tiene en la vida de la persona.
“Lo saludable implica poder adaptarse a distintas situaciones. En la ortorexia, esa capacidad desaparece y se ven afectadas áreas como la vida social, familiar o laboral, llegando al punto de que salir a comer con amigos puede convertirse en un auténtico desafío”, explica.
¿Por qué ocurre?
Las expertas coinciden en que el contexto actual favorece este tipo de conductas. Muñoz Yuste observa que cada vez llegan más personas a consulta —especialmente mujeres— con un exceso de información nutricional procedente de redes sociales.
“Durante años se nos ha educado en el control del peso, la apariencia y el cuidado perfecto. Hoy el foco ya no está solo en adelgazar, sino también en el antienvejecimiento, la optimización del cuerpo o la gestión impecable de etapas vitales como la menopausia”, señala.
A esto se suma una presión constante por hacerlo todo bien. “Tenemos mucha información, pero poca calma —apunta la nutricionista—. Cuando ese conocimiento se convierte en normas universales y se persigue un ideal de perfección poco realista, aumenta la autoexigencia y el miedo a equivocarse, algo que poco tiene que ver con la salud real”.
Desde el ámbito psicológico, Montero añade que muchas personas con problemas de este tipo se refugian en el deseo de comer de forma muy saludable. “La alimentación flexible a menudo está socialmente castigada, como si fuera un fracaso”, señala. Y aunque la incidencia es mayor en mujeres, matiza que aún es necesario investigar más para determinar si el género es en sí mismo un factor de riesgo.
Cómo llegan a consulta
Según Muñoz Yuste, suelen hacerlo a través de dos vías principales. Por un lado, por problemas físicos como alteraciones digestivas, hormonales o una fatiga persistente, consecuencia de años de restricción y control.
Por otro, personas que buscan “cuidar su salud”, pero se sienten desbordadas por el exceso de información y no saben qué comer ni en quién confiar. “En ambos casos, la rigidez acaba siendo un eje central del problema, aunque no siempre sea el motivo explícito de consulta”, subraya.
Señales de alerta
No las debemos ignorar y la nutricionista consultada detalla las pautas que podrían indicar que se está entrando en un patrón de ortorexia.
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Pensar de forma constante en la comida o eliminar cada vez más alimentos o grupos alimentarios sin una causa médica clara.
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Sentir culpa o ansiedad al salirse de la dieta, evitar planes sociales o vincular la autoestima al grado de control alimentario.
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Conductas como la comprobación compulsiva de etiquetas, el uso continuo de aplicaciones para controlar la comida, la rigidez extrema en horarios o ayunos y la sensación de que, si no se cumple el plan, el día “ya está perdido”.
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El impacto en otras áreas de la vida. “Hablamos de un trastorno cuando la rigidez genera un malestar intenso y afecta a la vida social, familiar, académica o laboral”, explica la experta.
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El aislamiento social y la necesidad constante de controlar los ingredientes son dos de las alarmas más evidentes.
Las consecuencias de vivir en modo control
A medio y largo plazo, aparecen déficits nutricionales, alteraciones hormonales, problemas digestivos, fatiga y una desconexión progresiva de las señales de hambre y saciedad. “Paradójicamente, buscar salud desde la rigidez suele alejarnos de ella”, señala Muñoz Yuste.
En el plano emocional, según Montero, “podemos observar sensación de fracaso, culpa y autocastigo al no poder cumplir con los objetivos rígidos establecidos. También tristeza o sentimiento de soledad derivado del aislamiento social al no exponerse a situaciones que impliquen comida".
A todo esto se añade, "una autoestima baja debido a esa sensación continua de fracaso; miedo a perder el control; y desconexión emocional al ignorar las sensaciones de agotamiento que implican este tipo de estilo de vida y/o las sensaciones de placer que puede generar el disfrute con la alimentación”.
La obsesión con el ejercicio y la dieta pueden ser señales de alarma. iStock
Volver al equilibrio
Para evitar caer en la obsesión por comer perfecto, las expertas insisten en cambiar el foco. “La nutrición no depende de un alimento concreto, sino de un patrón global que incluye alimentación, actividad física, descanso y gestión del estrés —explica Muñoz Yuste—. El objetivo no es hacerlo todo impecable, sino levantarse con energía, poder concentrarse y sentirse bien en el día a día”.
Montero coincide en que el abordaje debe ser integral. “La ortorexia va mucho más allá de la comida y suele esconder dificultades emocionales más profundas. Por eso, el enfoque multidisciplinar es clave: la terapia psicológica ayuda a trabajar lo emocional, mientras que la nutrición acompaña en la exposición gradual a los alimentos y en la reconstrucción de una relación más flexible con la comida”.
Porque comer bien no significa hacerlo perfecto, sino cuidarse con equilibrio, calma y flexibilidad.
El testimonio de Carolina
Esta joven de 32 años llegó a normalizar una relación extremadamente rígida con la comida y el ejercicio bajo la idea de estar “sana” y en su mejor forma física. Criada en un entorno donde cuidarse era prioritario y deportista desde niña, el giro se produjo el año pasado, cuando intensificó el control.
Empezó a entrenar dos veces al día, a contar calorías y macronutrientes y a planificar cada comida, cada paso y cada sesión de ejercicio. Lo hacía sin supervisión profesional, guiada por información leída y por un objetivo claro: verse mejor antes del verano y de plantearse un embarazo.
La exigencia fue en aumento. Eliminó grupos enteros de alimentos, especialmente grasas y carbohidratos, evitaba planes sociales para no “romper” su esquema y vivía pendiente de la báscula. Cualquier desviación le generaba ansiedad, culpa y una sensación constante de fracaso.
Aunque exteriormente encajaba en el ideal de cuerpo fit que circula en redes sociales, su salud empezó a deteriorarse: insomnio, fatiga extrema, alteraciones hepáticas... Y, finalmente, amenorrea hipotalámica, una señal clara de que su cuerpo estaba sometido a un estrés excesivo por restricción alimentaria y sobreentrenamiento.
La ausencia de menstruación fue el punto de inflexión. Tras consultar con ginecología, endocrinología y nutrición, comprendió que ese estilo de vida —tan celebrado socialmente— estaba poniendo en riesgo su salud hormonal y reproductiva.
El proceso de recuperación no fue sencillo: tuvo que reducir el ejercicio, volver a comer alimentos que había demonizado y aceptar cambios físicos que chocaban con su identidad ligada a la disciplina y el control. El miedo a “perder resultados” y a cómo la percibían los demás fue uno de los mayores obstáculos.
Hoy, Carolina entrena menos, descansa más y ha aprendido a usar su conocimiento nutricional desde el cuidado y no desde la restricción. Disfruta de la comida, se permite la flexibilidad y prioriza el equilibrio.
Su experiencia le ha dejado una convicción clara: la salud no puede medirse solo en apariencia ni en control, y muchas conductas alimentarias rígidas se ven reforzadas por un discurso social que glorifica la delgadez y el sacrificio sin mostrar sus consecuencias.
Contar su historia, dice, es una forma de alertar de un problema que suele pasar desapercibido precisamente porque parece sinónimo de éxito y autocontrol.